Durante los primeros años del quinto siglo antes de cristo, el mundo civilizado antiguo estaba en vilo. Los persas de Oriente habían extendido su imperio hacia poniente, estableciéndose con rotundidad en Anatolia y desplegando su flota naval en el mar Egeo. Los griegos observaban intimidados la repentina expansión propulsada por Darío I, mientras las costas tracias caían derrotadas por el avance persa. Algunas islas y ciudades helénicas se doblegaron ante la amenaza, y pasaron a ser aliadas del Imperio Persa, también llamado Imperio Aqueménida.
La batalla de Maratón
En este contexto tan poco plácido para la Antigua Grecia, dos ciudades se alzaban como el última baluarte griego. Por un lado, la militarizada Esparta, que poseía, posiblemente, las mejores legiones del momento. Por otro, Atenas, el centro democrático por excelencia, situada en la península de Ática.
Allí, en Ática, desembarcaron los persas cerca de la ciudad de Maratón. Su intención era conquistar la ciudad ateniense, y después todo el Peloponeso. Pero el ejército griego esperaba plantar cara. En las fértiles llanuras de Maratón se conformó aquella trascendental batalla.
Maratón se encontraba a poco más de cuarenta kilómetros de Atenas. En el lugar se dispusieron las legiones atenienses dispuestas a resistir las embestidas de las fuerzas persas. A pesar de que éstas eran mayores en número, los griegos aplastaron la invasión oriental e infligieron una durísima derrota al Imperio Aqueménida, cuyos supervivientes regresaron a los navíos anclados en el mar.
Una carrera de fondo
Tras la eufórica victoria, los griegos se apresuraron a enviar un mensajero a Atenas. Debían difundir cuanto antes la exitosa noticia, para tranquilizar a mujeres, niños y ancianos. El encargado de la misión se llamaba Fidípides y recorrió a la carrera la distancia kilométrica que separaba Maratón de la polis griega.
El mensajero llegó a la ciudad y difundió la nueva, pero el esfuerzo le costó la vida.
Sin embargo, todavía hoy se recuerda aquella popular carrera. La lejana batalla entre persas y griegos concibió lo que hoy se conoce como la disciplina deportiva de los maratones, que se ha venido celebrando desde los Juegos Olímpicos de 1896.
Ciertamente, este hecho parece retocado con tintes míticos. Algunos autores afirman que fue todo el ejército griego quien caminó la distancia que separaba Maratón de Atenas, en contra de la creencia popular de que lo hizo un solo corredor. Este testimonio se encuentra en los libros de Heródoto, quien afirmaba que las tropas griegas se replegaron rápidamente hacia Atenas para prevenir un segundo ataque persa desde la costa.
La existencia de Fidípides tampoco ha podido ser verificada. Sí parece ser una figura histórica, y de hecho, Heródoto cuenta que recorrió la distancia entre Atenas y Esparta (240 kilómetros) pocos días antes de la decisiva batalla, aunque no mencionó nada sobre la carrera final de su vida.
En cualquier caso, nunca sabremos con exactitud la certeza de estos hechos. No obstante, podemos afirmar con rotundidad que este es el origen de esta popular carrera de fondo.
El género de la palabra
Como punto final, me gustaría explicar la concordancia de género de la palabra maratón. Si bien el término está actualmente definido por la RAE como sustantivo masculino, la misma entrada del diccionario agrega que puede utilizarse también en femenino. La razón se remonta a ediciones anteriores del diccionario, cuando el vocablo estaba catalogado como sustantivo femenino, compartiendo similitud de género con otros sinónimos como: carrera, prueba, competición. Nótese, sin embargo, que otras palabras que terminan en “-tón” son, generalmente, masculinas; como por ejemplo, apretón, portón, botón, frontón, pisotón.
Así, el uso exponencial de “el maratón”, obligó a la academia española a modificar la aceptación, llegando a la situación actual: ambos usos, tanto femenino como masculino, son correctos.