Nov272012
Archivo por meses: noviembre 2012
Nov172012
Intento fracasado de soneto
«Escríbeme un soneto», díjome ella.
«¿Cómo quieres la rima?», inquirí.
«No me importa, con tal que sea bella
y que salga cariñoso de ti».
«Y el tema, ¿en qué quieres que haga mella?,
buscando la respuesta le insistí.
«Tal vez: piensa que yo soy tu doncella;
tú, caballero audaz que lejos vi».
Reí por la propuesta y la besé.
Le prometí el soneto a la mañana
que convirtióse en épica más ancha.
En darle un nombre décadas tardé
para entonces mi amor era una anciana.
Nace así Don Quijote de la Mancha.
Nov132012
Pequeño juicio sobre la banca y sus desahucios
Leo en un artículo del diario 20 minutos que «Todos los bancos paralizarán durante dos años los desahucios en casos extremos», noticia que se publica a raíz de un comunicado de la patronal bancaria en el que explican que dicho compromiso responde a «razones humanitarias».
¿Razones humanitarias? ¿Después de varios suicidios y familias malviviendo sin un hogar? Razones humanitarias…
Solo faltaría que el próximo año os concediesen el premio nobel de la paz.
Nov102012
El fantasma de la ópera
Tuvo que ocultar su genio o hacer pruebas con él, mientras que con una cara regular hubiera sido uno de los ejemplares más nobles de la especie humana.
Gastón Leroux, en El fantasma de la ópera
Nov52012
Sala de torturas
Llevo años encerrado en esta estancia de mármol, de azulejos blancos y húmedas paredes. Soy incapaz de moverme y solo puedo examinar mi entorno con mi único ojo, siempre humedecido por los escupitajos de mis carceleros. Pero lo peor no es la penuria de mi cautiverio, sino ver como torturan a mi compañero de celda.
Todos los días, a la misma hora, tres veces por jornada, entran en la estancia de mármol, le agarran por el cuello con sus férreas manos y estrujan y estrujan hasta que un líquido blanco egresa por su garganta. Luego, como si fuera un despojo, apartan al herido y se vuelcan sobre mí, lanzándome su asquerosa saliva mezclada de agua e inmundicia. Me escupen, me ensalivan, babean y carraspean sobre mí; me ensucian y me gritan con insultos mientras mi compañero, herido, se retuerce de dolor. Así día tras día, noche tras noche. De uno en uno, pero todo los carceleros repiten el ritual.
Ignoro que pretenden, cuál es su cometido; pero desde que tengo uso de razón, han repetido incansablemente el proceso. No se a cuántos compañeros he visto morir estrujados por el cuello por esas manos homicidas; pero seguro, que veré muchos más.
A éste último no le resta mucho tiempo de vida. Le han apretado la garganta una docena de veces. Ha exhalado mililitros del valioso líquido blanco que tanto aprecian sus torturadores. Posiblemente, su garganta no pueda aguantar ni una embestida más.
Así fue.
El primer torturador irrumpe en la estancia de mármol, lo agarra con sus manos firmes y le aprieta con insistencia el pescuezo. La víctima despide su última bocanada de vida y luego fallece, macilenta y arrugada. El carcelero ni siquiera se inmuta: coge el lánguido envase de pasta dentífrica y lo arroja a la papelera.
Después, se abalanza sobre mí.