Una trastienda de pecados

campana iglesia de la Compañia de Jesus construidas en 1753 en España - {author}¿Qué son las horas? ¿Y los días? ¿Qué son los años? ¿Qué es la vida? SSoloólo un martirio, un vía crucis, una mentira, una despensa donde apilamos los sermones, un baúl olvidado entre remordimientos, una trastienda de pecados y reproches.

Eso es la vida, eso es el tiempo. Una carrera sin trofeo alguno, una competición siempre en derrota, una quimera que en forma de cielo tomamos por un bien común. Tanta mentira, tanta evasión, tanta súplica sin esperanza… ¿para qué? Para nada.

Y aun así, soy incapaz de suicidarme.

Iraultza Askerria

Sus últimas palabras

malinconia su carta. - chiara baldassarri«Fin». Escribió. Luego dejó la pluma en el tintero. Volvió a leer el último párrafo que había escrito, a examinar cada signo ortográfico y cada verbo conjugado, a cerciorarse de la correcta expresión de las oraciones. Estaba perfecto. Firmó, dibujando su nombre y apellido con una artística caligrafía. Se vistió la cazadora de piel, el sombrero negro y los zapatos. No se olvidó de coger la carta antes de abandonar la habitación. Una vez la tuvo entre la manos, abrió la puerta, se subió a la barandilla del balcón y se lanzó al vacío. Lo último que quería decirle al mundo ya estaba escrito.

Iraultza Askerria

Infidelidad

Enchanted corner - {author}Aquel día supe que me habías sido infiel.

Cuando recibí la noticia, me mostré impasible sin dejar traslucir ningún tipo de emoción. Siempre había sido un mago de la ocultación sentimental. Pero en la soledad de una almohada, era el más sensible de todos. Podía pasarme una noche entera con los abiertos, sin pestañear, mojados por el rojo hierro de unos dolorosos pensamientos.

De este modo, al llegar a casa y cerrar la puerta de mi casa, me puse a llorar, desconsolado. Dejé caer la cazadora, apoyé la frente en el marco de la puerta y un torrente de lágrimas comenzó a descender por la madera. El alma se me despedazaba mientras imaginaba tu cuerpo desnudo entre los brazos de aquel italiano, abierta de brazos y de piernas, con la boca extendida para recibir todo el amor que tuviera que darte y los ojos bien clavados en aquel que me había sustituido.

Me golpeé la cabeza contra la jampa, un dolor que mitigó temporalmente el sufrimiento pasional. Luego recorrí la cocina americana y me senté en el sofá de cuero. Estaba encorvado, contemplando el suelo alfombrado sobre el que tantas veces habíamos follado como cerdos, en cualquiera de las posiciones imaginadas por el ser humano. Recordé aquella vez que con un descuido, te golpeaste la nalga derecha contra la mesa del centro, lo que te provocó un pequeño moratón, que sané con mis besos.

Pero ya no habría más caricias en tu cuerpo de nieve, ni más penetraciones a tu pelvis de escándalo, ni más arrumacos o caricias, o ni tan siquiera, una palabra de aprecio o agradecimiento. Tú ibas camino de una nueva vida y yo enfilado hacia la muerte.

Me levanté, trastabillando con mis propios pies que buscaban ya caer rendidos al inframundo. A trancas y barrancas llegué a mi dormitorio. La luz de las farolas de la calle entraba a través del balcón, lo suficiente como para alumbrar las aburridas paredes de yeso de la habitación. En ellas había pegado un sinfín de fotos tuyas, y nuestras, que componían la figura de un corazón.

Me dirigí al mural y arranqué una de las fotos de la esquina inferior. En la imagen, tú estabas tendida en la cama, con los ojitos cerrados y los labios entreabiertos, dormida como un angelito. Pedazo de zorra. Quité otro de los daguerrotipos, justo arriba. Éste nos retrataba a los dos, subidos en la noria de Londres, con un fondo sombrío a nuestras espaldas. Ojalá te hubiera lanzado al vacío. Diagonalmente, tiré de otra fotografía, en la cual, un beso enlazaba nuestras bocas jóvenes. Maldita puta de labios carnosos. Me apropié de otra más arriba, en la que aparecías tú, en bikini, en una de las playas de la costa portuguesa. Arranqué la última de las instantáneas, aquella que había tomado desde el móvil, una noche, cuando después de hacer el amor, nos habíamos adormilado entre los brazos del otro. Era preciosamente hermoso, pero no dejaba de ser el pasado.

Volví a contemplar el collage. Tras pasar por el quirófano, una larga estría había taladrado el antiguo corazón, de abajo a arriba y oblicuamente. Era la efigie de la jodida verdad. Tú me habías roto el corazón. ¿Qué me quedaba en la vida ahora?

Nada.

O al menos, nada más que morir.

Atravesé el dormitorio hacia el balcón. Fuera hacía un frío hiriente. Así lo comprobé en mis propias carnes. No había estrellas en el cielo, sólo una luna estridente me que oteaba con una mueca cáustica. Maravilloso. Adiós, cosmos infiel.

Me subí a la baranda y calculé cuánto tardaría mi cuerpo en atravesar tres pisos de altura hasta estrellarse contra el asfalto y romperse como un cristal, en multitud de astillas de piel, sangre y huesos.

Sería rápido, y nada quedaría ya de este hombre inútil, falso escritor y peor amante, que había prometido no amar a nadie más que a aquella mujer.

Sin embargo, daba igual. Un paso en falso y todo acabaría.

De repente, surgió una sombra femenina en una esquina de la calle. Caminaba sibilinamente hacia mi portal. Era rubia y menuda, delgada y sugerentemente atractiva. De lejos parecía muy guapa.

Me volví a internar en el piso y fui a recoger la cazadora.

Quería echar un polvo antes de suicidarme.

Iraultza Askerria

Soneto de despedida

Say good-bye room (AT) - zeitfaenger.atAmor de juventud que rompe al año
de ver la plenitud de tal enfado;
pensé inocente yo que yo era amado
por ti pequeña flor de triste engaño.
Te vas de mi custodia al aledaño
de aquel infiel que honras por su estado:
riquezas, mas bien sabes que a su lado
no está el amor que diérate este extraño.
Adiós melosa cruz de mi ilusión,
me marcho do la luz no pueda verme
tan lejos como atómicas valencias.
La muerte se abre a golpe en mi razón,
apenas siento el tuyo amor quererme
y menos apreciar las condolencias.

Iraultza Askerria

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Vía de escapatoria

ruta y niebla - {author}Ralla la duda iridiscente como una tormenta de otoño, y las lágrimas pasas se deslizan en el cristal de la mirada, como un hilo de terciopelo desgarrado. Un graznido, un reproche, un trueno que al corazón atraviesa y vuelve sus latidos lento toque de campanas. La solemnidad del llanto -orgulloso como una manzana roja erguida en la copa de un árbol ceniciento, cuyo color ha desaparecido bajo la aridez del clima- atraviesa el tiempo con sus caricias arrugadas que pliegan el espacio hasta la soledad más absoluta. El rojo ocaso es rojo amanecer, y el mediodía, aún más rojo, absorbe el blanco y el rosa, devorándolos. Ávida boca, voracidad intempestiva de la madrugada y el día. Mueren las manos al desasirse y caen las presas de la guerra como muñecos de lana sobre el campo de batalla. Minas de gloria, sexos húmedos, pero evaporados por la inclemente penetración de un aguileño pico. La pala excava. La pala entierra. Desaparecen los recuerdos tras un universo de grava, y en el polvo añejo se escucha el eco olvidado de un nombre. A los cometas se les va su cola y aparece una roca fría y tediosa. Chocar contra chocar. Las piedras se desmenuzan como papilla. No hay nada más sólido que la posibilidad de no existir. El suicidio parece la única vía de escapatoria.

Iraultza Askerria

Diciendo adiós

Photo - {author}Tarde o temprano todo el mundo siente que, la vida, en un principio maravillosa y tierna, aparece infatigablemente cruel y ladina al otro lado del muro de la ilusión. Es allí donde surgen sus garras más temidas, mezcladas de casualidad y sofisticada conspiración, para arrancar en un instante la mera ilusión de existir, la esperanza de mantenerse con vida.

Di adiós a la alegría, di adiós a la felicidad, da la bienvenida a un amor que te puso los cuernos y, después, si tienes cojones, pégate un tiro.

Iraultza Askerria

El lago camposanto

Eres un lago eterno de frescura.
Sin ahogarme en ti puedo naufragar.
Me llenas, me rodeas como un mar
templado; inmensa y plácida figura.

Me reflejo en tu líquida hermosura,
bálsamo rico, tú puedes curar
del monótono sentido de estar
buscando en esta vida la cordura.

Pero así es suficiente: loco, amante
de un lago sin final, lleno de vida
y que llena la mía con talante.

Lago eterno infinito que en ti quiero
morir, que no me importa si me olvida
el mundo mientras dentro tuyo muero.

Iraultza Askerria

El amor de Casagemas, la inspiración de Picasso

La última vez que Pablo Ruiz Picasso visitó Málaga, su ciudad natal, fue en las navidades de 1900 a 1901. En esta ocasión, no viajaba a la capital con su familia. Tampoco parece que tuviera muy buenas relaciones con los parientes de la ciudad debido a su carácter bohemio; recordemos que en aquel momento tenía diecinueve años y todo la vida por delante. Su acompañante en este último periplo a su tierra natal fue Carlos Casagemas.

De la misma edad que Picasso, ambos se habían conocido en Barcelona en el año 1899, donde compartieron estudio y visitas a los burdeles de la ciudad. Los dos eran jóvenes promesas de la pintura, jóvenes artistas. Sólo uno de ellos, llegaría a consolidarse como tal, empero.

Se hicieron inseparables amigos, no sólo por su vocación artística, sino también por su personalidad aventurera. A finales del siglo XIX, no había mejor lugar para los románticos que París, centro bohemio. Aquel año de 1900, ambos artistas se encontraban en la capital francesa durante el mes de octubre.

El amor de Casagemas

Allí el cándido Carlos Casagemas conoció a una hermosa bailarina del Moulin Rouge, llamada Germaine. Ningún artista, por veterano e insensible que sea, puede derrotar el amor de una mujer. El joven barcelonés no fue un caso aparte: se enamoró perdidamente de la parisina y mantuvo una corta relación con ella. Sin embargo, la bailarina lo dejó antes de finalizar el año.

Como suele ocurrir en los corazones inexpertos y todavía inmaduros, Carlos cayó en una profunda depresión. Su gran amigo Picasso le propuso viajar a Málaga, donde esperaba que el barcelonés se recuperase de su desamor.

En la ciudad andaluza transcurrieron los dos pintores las últimas navidades del siglo XIX. Pasaron los días en cafés, bares, prostíbulos y ambientes bohemios, fieles a su estilo aventurero y romántico. No obstante, nada de esto fue suficiente para despertar el ánimo en el corazón roto de Casagemas.

A finales de enero, los amigos se separaron. Nunca más volverían a verse, del mismo modo que Picasso nunca más volvería a ver la Málaga donde nació; acaso para evitar recordar a su preciado amigo. Pablo partió a Madrid y Carlos a París. El barcelonés anhelaba reencontrarse con su amor perdido de la metrópoli francesa.

Pero por regla general, cuando se pierde un amor, se pierde para siempre. La fortuna de Carlos no fue distinta, y rechazado, su espíritu artista y romántico sólo tenía dos posibles caminos a seguir.

El primero de ellos era llorar impotente, y dedicarse a la consecución de diferentes obras de arte: óleos, retratos, pinturas, paisajes…; el desamor es uno de los pilares básicos de la inspiración. Desafortunadamente, Casagemas eligió el otro camino: el suicidio.

La muerte de Casagemas, París, 1901, por Pablo Picasso

La muerte de Casagemas, París, 1901, por Pablo Picasso

Se pegó un tiro en la sien derecha, la noche del 17 de febrero de 1901, en la que estaba acompañado por varios amigos, incluida su amada Germaine. Picasso, en aquel instante, estaba lejos, en la capital española. Pero cuando fue notificado del incidente, el pintor malagueño se ahogó en una terrible nostalgia que cambió por completo su noción del mundo.

La inspiración de Picasso

Pablo Ruiz Picasso pintó tres óleos en recuerdo de su difunto amigo. Además de una merecida dedicatoria, también significó la entrada en una nueva etapa artística, que llegaría a denominarse Azul (1901-1904), caracterizada por el empleo de este melancólico color.

Si bien el arte de Casagemas murió con él, puede decirse que la musa que inspiró su suicidio inspiró a su vez a Picasso. El amor de una mujer es la pluma y el pincel de los artistas, y aunque sea como un daño colateral, acaba inspirando obras en los maestros más destacados de la historia.

Pablo Picasso fue uno de ellos.

Iraultza Askerria

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Carlos Casagemas – Wikipedia
El suicidio que inspiró a Picasso
En busca de Casagemas