El amor de mi vida

copa y papel arrugado - {author}

Los versos se acumulan entre dolor y retazos de papel. Las palabras se amontonan ante el espejo de la soledad. Y tú en ellos apareces, como una estrella de fugaces resplandores, iluminando la desdicha de mi vida con el fuego del amor. Pero tan rápido como llegas, marchas, ¡desapareces!, y la efímera fortuna, agotada, me estrangula. El desgarro de tu ausencia me mata; la incapacidad de mis deseos me ahoga, y todo víctima de un sentimiento que sólo a tu lado puede ser hermoso.

Doy la vuelta a la hoja, la observo entre lágrimas. Los versos se destiñen ante mi lamento, y la tinta -color de mi sangre- me envenena. Aprieto el papel con la ira de mis puños, harto. Con furia arrojo la hoja lejos de mí, en un intento vano de alejar mi pesar. Pero al volver la cabeza, encuentro sobre mi escritorio más y más papeles que se abalanzan sobre mí, siendo tan solo un cúmulo de sueños y fantasías con forma de frases armoniosas. Nada más que una plaga de poemas, desconocidos por la musa que los inspiró. Por ti… mi vida.

¿Qué es la vida sino un momento?
¿Qué eres tú si no la eternidad?
¿Qué soy yo si no un lamento
y un resto de soledad?

Tantos versos se abren y luchan por salir a flote, como inmensa es la impotencia que me roe las vísceras. La furia me embarga, y solo hay oscuridad mientras mis puños se ceban con los hijos que yo mismo escribí. Los papeles blancos se tornan rojos y mis uñas sangran, sangran por pecadoras. En la habitación del demonio, gritos dementes y desgarradores dan la bienvenida al infierno.

Pero entonces, todo termina y el caos se diluye bajo la fuerza del cariño. Porque entre los inútiles papeles garabateados, surge una pequeña foto, un retrato de tu rostro que, majestuoso y divino, surte efecto ante el caos incontenible que me asola.

Los ojos de almendras, llenos de vida; los cabellos de ébano y lisos como un océano templado; las mejillas tersas y dulces; y los labios de fresa llenos de secretos. Todo ello se dibuja en la fotografía bajo el pincel de una sonrisa, de tu sonrisa. Una sonrisa que retrata en una pequeña lámina de papel la imagen más bonita del universo entero.

En ese instante, comprendo por qué te amo tanto y, más aún, por qué te necesito tanto. Aferro el retrato con fuerza y lo acerco a mis trémulos labios. Te beso como si fuese el último beso…, que te di… o que te daré… ¡quién sabe! Pero te beso con fuerza, con total ternura, sabiendo que eres el único amor de mi vida.

Iraultza Askerria

 

Retrato

Aparece una foto de tu tez
y sonrío y me lleno y desfallezco
por la belleza eterna que otra vez
vacilo en si yo mismo la merezco.

No hay nada más hermoso ni en Jerez
ni en Cádiz ni en Sevilla; pues me crezco
al pensar que retuve el dulce diez
de tu cuerpo desnudo, al que me ofrezco
de por vida a seguir enamorado
y escribirte mil versos cada día
estés aquí o allá o en la alma mía.
Que no quiero bondad más que a tu lado,
vivir hasta agotar la tinta roja
que escribe mis amores en tal hoja.

Iraultza Askerria

El pintor fracasado

Photo - {author}Pues sí, yo iba para pintor. De hecho, cuando me preguntaban qué quería ser de mayor, yo lo tenía claro: “¡pintor de cuadros!”, gritaba exaltado con mi aguda voz de infante mimado, “¡pintor de pincel!”.

Con esta premisa, recibí seis años de formación de dibujo artístico, llegando a adquirir una considerable maestría con el carboncillo, especialmente, como copista. Desarrollé esta aptitud hasta la adolescencia, cuando el deseo de dibujar paisajes sucumbió ante la necesidad de retratar mujeres.

Así que me dediqué a ello entusiasmadamente.

Con el bloc de folios bajo el brazo y el carboncillo en el bolsillo, me acomodaba en un banco cercano al metro de la calle Ibiza, junto al Parque del Retiro. El momento del día elegido era el ocaso. El amanecer traída consigo el rostro soñoliento de las jóvenes promesas y solo las horas despertaba la belleza de esos rasgos incipientes; por ello, la tarde era un periodo mucho más propicio para desplegar mis cualidades como dibujante.

Me sentaba ahí, tranquilo, a la espera de que las chicas jóvenes de mi edad, con el pelo perfumado, el rostro dulce, la inocencia vacilante en el iris de los ojos y los ademanes ligeros, apareciesen junto a la salida del metropolitano. Entonces, cuando una de ellas surgía de la nada, como un ángel invocado, desenvainaba el lápiz y trazaba las formas de tan dulce doncella.

Dibujaba, retrataba, insistía; sombreaba, esbozaba y seguía; bosquejaba, afilaba y veía que mi ángel se volvía deforme. Tornaba, pintaba y reproducía; maquillaba, perfilaba y comprendía que aquella mujer no podía ser retratada, que su belleza, aunque bonita a ojos de un mortal, era falsa e irreverente para la grafía de un pintor.

De esta guisa, lanzaba el retrato fallido a la papelera más cercana, y esperaba a una dama más bonita, más dulce, más divinal que la primera.

Ya cuando la noche rozaba las diez y la oscuridad había dilatado mis pupilas como si estuviera drogado, apareció ella. Una muchacha de quince primaveras, con el pelo recogido en un coleta larga, azabache y aterciopelada. Le caía el cabello hasta más allá de la cintura, y las puntas le rozaban morbosamente la nalga derecha. Tanto ésta como la izquierda eran firmes, duras, redondeadas; y el ceñido pantalón vaquero, de poco más de treinta centímetros, acentuaba aún más esas formas de vértigo. Los muslos surgían fibrosos, morenos, torneados; me pregunté si algún labio habría ascendido por esas portentosas carnes para escalar el monte de Venus. Si no lo había, mi pincel sería el primero en hacerlo.

Antes de perderla de vista, me dediqué a la fatigosa tarea de retratarla. Su figura era almíbar y sus ojos cacao, su rostro leche y sus labios frambuesa; un cúmulo de sabores y texturas que avanzaba lentamente por la acera, dejando la estela imborrable de su figura. Tenía los pechos menudos, pero ovalados y puntiagudos; una ajustada camiseta morada remarcaba sus pezones. Ojalá hubiese podido subir y bajar por el valle de su aliento, dejando el vestigio de mi saliva. Si no podía yo, mi lápiz haría el trabajo.

De esta forma, me hallaba dibujando, pintando y retratando; formando, componiendo y trazando; detallando, definiendo y diseñando. Hasta que la chica me sobrepasó por varios metros, perdiendo por completo la perspectiva de su rostro. Entonces, sólo entonces, procedí a revisar mi trabajo.

Era un monstruo: había dibujado un monstruo. Aquel ángel se había transformado en una horrible Górgona. Los cabellos parecían culebras, negras de veneno; las piernas delgadas serpientes; los ojos se asemejaban a agujeros sin vida y la boca se abría como una burla mordaz. Ni siquiera los pechos habían guardado algo de similitud con los originales: eran planos, sin forma, sin gusto.

Iracundo, furioso y enrabietado, aplasté el dibujo entre los dedos, rasgué el papel y lancé los jirones al suelo. Lo mismo hice con el carboncillo y el resto del cuaderno. Después, me alcé de un salto del banco y seguí con la mirada a aquella joven mujer que no supe trazar con el lápiz.

La seguí varios metros, tal vez kilómetros, lo suficientemente alejado de ella como para que no se percatase de mí. ¿Por qué lo hice? No quería olvidarla, era demasiado bonita. Puesto que no supe retratarla con un dibujo, quise mantener el recuerdo siempre vivo en mi memoria.

Y, de esta forma, pasé el resto de mi vida pintándola con palabras.

Iraultza Askerria

La fotografía

Crepúsculo - ▶MacLeod◀Acaricié los afilados extremos de la fotografía y comprobé los retratados rasgos de la princesa de mis sueños. El áspero trono en el que se asentaba su divino semblante se recortaba bajo un cielo de azul pálido, oscurecido en la lejanía por el reflejo del ocaso. A la derecha, las inquietas aguas del mar relamían las rocas de la ribera, matizando su pétreo vestido con orlas de húmedos y perlados destellos. En la cúspide de aquel decorado, mi indeleble amor se erguía como un cisne, con los labios ligeramente curvados y la mirada extraviada en la felicidad. La imagen me ofrecía su sonrisa en su natural apogeo. Era una fotografía súbita, instantánea e irrepetible, que cazaba desprevenido a su espontáneo protagonista.

Extracto de Rayo de luna, de Iraultza Askerria

La sombra de la memoria

Lavender dream - Bhumika.BMe resultó extrañamente doloroso verla en el austero papel, lejos del alcance de mis manos y tan cercana en la distancia de mis ojos. Viendo sus labios, recordé aquel beso que me entregó con fogosidad y que nunca más volví a sentir. Lo que veía sólo era un espejo, una ilusión, la mentira de un momento esculpido en el presente y proyectado en el pasado; pero aún así, se me figuraba tan bella como siempre, quizás más bella que siempre.La chica más bonita que he visto nunca.

Acaricié la foto evocando en mi mente la suavidad de su piel, de su rostro, de sus pestañas negras, de su mirada clavada en el corazón.

Sólo era una fotografía, pero el recuerdo le daba vida, le entregaba carne y cuerpo; la sombra de la memoria…

Extracto de Rayo de luna, de Iraultza Askerria

Un retrato inhumano

La guerra de Troya es un mito arraigado en nuestro sociedad. Parodias, reproducciones, adaptaciones e imágenes trasladan el mito hasta el reglón del presente. En occidente, nadie ignora la milenaria leyenda de Aquiles, Helena y el ilustre caballo. Pero no son igualmente conocidos los episodios de extrema crueldad que perduran tras el enfoque heroico;  el maltrato sufrido por el cuerpo de Héctor o la desdichada suerte de su hijo Astianacte son un buen ejemplo. Quinto de Esmirna nos cuenta en sus Posthoméricas lo que ocurrió con Sinón, el soldado griego que quedó a cargo del caballo de madera con el cometido de engañar a los troyanos:

«Lo interrogaron al principio con dulces palabras, pero, luego, con terribles amenazas […]. Él aguantaba firme […]. Al final, le cortaron las orejas y la nariz».

Quinto de Esmirna, Posthoméricas, XII.363 y sig.

Esto fue escrito aproximadamente hace dos milenios por el susodicho poeta griego. Los estudiosos sitúan la mítica o histórica guerra de Troya alrededor del año 1200 a. C. Lo que me lleva a decir que tenemos que dar un salto temporal de miles de años para llegar a nuestro presente. Y, desgraciadamente, después de tanta evolución, el ser humano sigue estancado en la misma crueldad que antaño.

Con esto, debemos trasladarnos más allá de Turquía, hasta los desiertos de Afganistán, y contar la inhumana historia de Bibi Aisha: una mujer joven, que ha sufrido por parte de su marido el mismo trato que recibió Sinón. Su esposo le desfiguró la cara, cortándola la nariz y las orejas. Una mutilación irracional, atroz, inmerecida, salvaje, injusta, bestial y sobre todo, inhumana. La foto fue tomada por la sudafricana Jodi Bieber, que se erigió ganadora del certamen fotográfico Word Press Photo. Un retrato colmado de dureza, atrocidad y realidad. Un retrato que refleja la incomprensión y el dolor de unos ojos repletos de dulzura. Un retrato… como un golpe en la espinilla, como una férrea llamada de atención, como una condena al machismo, a la esclavitud y a cualquier tipo de tortura. Un retrato que aunque nos revuelva el alma, todos deberíamos ver:

Bibi Aisha

Esperemos que algún día la frase “le cortaron las orejas y la nariz” sólo aparezca en las novelas de ficción, y no en los periódicos.

Iraultza Askerria