El trofeo de la guerra

“… dejarán como trofeo, a Príamo y a los troyanos, la argiva Helena.”

Homero; Ilíada, canto II (verso 158).

Cuadriga en la Puerta de Brandeburgo - dietadeporteEn un mundo tan competitivo como el nuestro, la palabra trofeo aparece constantemente en periódicos, televisión y cualquier otro medio de comunicación, siendo especialmente notable su tedioso protagonismo durante los eventos deportivos. Así, los trofeos de tenis, fútbol o motociclismo, copan el lustre de tantas noticias destacadas.

Sin embargo, pese al frecuente uso de la palabra trofeo, pocos conocen su verdadero significado. Intentaremos desentrañarlo y saborear de esta forma las mieles de la victoria.

Del castellano al indoeuropeo

Tal y como explica el Diccionario de la Real Academia Española, trofeo proviene del latín trophaeum, vocablo escogido del griego τρόπαιον. La palabra deriva de la forma verbal τρέπω (trepō), y esta a su vez del nombre τρόπος (tropos). Esta última palabra se traduce como “vuelta” o “giro”, teniendo su origen en la raíz indoeuropea trep.

Trofeo no es la única palabra del diccionario que comparte este origen etimológico. De ejemplo puede servir tropismo: movimiento de orientación de un organismo sésil como respuesta a un estímulo. Si bien este último sustantivo ya tiene implícita una cualidad móvil y por ello se puede entender su relación con la palabra griega “vuelta”, vale preguntarse qué tiene que ver un trofeo con todo esto. Los trofeos, por sí solos, ni se mueven ni giran ni vuelven ni regresan, por lo que de primera mano, parece una broma su origen etimológico.

Pero nada más lejos de la realidad.

Los trofeos de la Antigua Grecia

Ahora debemos adentrarnos en los entresijos de la historia, esos engranajes que, desconociéndolos, han provocado la fisionomía del mundo en el que vivimos.

Por todos es sabida la fama bélica de los griegos, sustentada en ocasiones sobre antiguos mitos como la Guerra de Troya, y otras sobre acontecimientos históricos de la categoría de las Guerras Médicas o las conquistas de Alejandro Magno. Con esto, nos cercioramos de la voluntad belicosa de los antiguos pobladores de Grecia.

Pero tal y como recitan las gloriosas epopeyas de Homero, los guerreros aqueos no luchaban únicamente por el control territorial o las riquezas. Había algo, si cabe, más importante: el honor. Así nos lo demuestra la Ilíada, cuando Menelao marcha a Troya a rescatar a su legítima esposa y en una batalla contra Paris, éste escapa como un cobarde, girándose sobre sus propios talones, volviéndose hacia la protección de las murallas de Troya.

Sin embargo, Menelao, el bizarro rey de Esparta, no pudo dar alcance a Paris. Si lo hubiera logrado, habría dado muerte al joven príncipe troyano jugándose una merecida venganza; después le habría despojado de sus armas, armaduras y cualquier otra joya de valor, y finalmente, habría regresado al mismo lugar donde Paris había comenzado su huida (su vuelta, su giro) y ahí mismo habría levantado un monumento con los despojos del cadáver.

En la Antigua Grecia, este monumento alzado con los restos del enemigo en el mismo lugar donde éste se había vuelto en retirada, era conocido, ni más ni menos, como trofeo.

Los trofeos en la literatura

Por lo tanto, los trofeos no eran ni medallas, ni copas de oro, ni cualquier otro tipo de símbolo victorioso que se regalaba al vencedor. Los trofeos estaban construidos con las armas y las armaduras de los enemigos, y se levantaban justo donde el ejército rival había comenzado su fuga. Aquí subyace el origen etimológico de la palabra tropos, que recordemos significa: “vuelta” o “giro”.

Una vez conocida esta tradición de la Antigua Grecia, resulta interesante analizar algunas citas de obras consagradas de la Época Clásica.

El dramaturgo Esquilo, en su tragedia Los siete contra Tebas, dice así:

“Hago el voto de rociar con sangre de ovejas los hogares de las deidades, y hacer en honor de los dioses sacrificios de toros y erigir un trofeo con las vestiduras de los enemigos y dedicar a los santuarios el botín conquistado en la lucha.”

Esquilo; Los siete contra Tebas.

El poeta trágico Eurípides también hace referencia a esta ancestral tradición en Los Heráclidas:

“Hemos vencido a los enemigos y se han erigido trofeos que contienen la armadura completa de tus enemigos.”

Eurípides; Los Heráclidas

Incluso Miguel de Cervantes, tal y como podemos leer en etimologias.dechile.net, manifiesta esta costumbre aquea en su archifamoso Don Quijote de la Mancha:

Los del escuadrón se estuvieron allí hasta la noche, y por no haber salido a la batalla sus contrarios, se volvieron a su pueblo, regocijados y alegres; y si ellos supieran la costumbre antigua de los griegos, levantaran en aquel lugar y sitio un trofeo.

Los trofeos a lo largo de la historia

Conocido ya el origen de los primeros trofeos, conviene señalar que esta práctica griega de conmemorar los éxitos militares fue adoptada por los romanos. No obstante, lejos de erigir estos monumentos en el campo de batalla, los generales de Roma optaron por edificar dichas obras en la entrada de las propias ciudades.

Inicialmente se edificaron columnas rostrales, en cuyos fustes se colocaban los espolones de los navíos enemigos apresados. Después se construyeron arcos rudimentarios, sobre los que colgaban las armas y armaduras capturadas al adversario a modo de trofeo. Finalmente, estos arcos se convirtieron en obras colosales de arquitectura, olvidando la razón genuina de exhibir los despojos del rival, y naciendo así los famosos Arcos del Triunfo.

En la actualidad, los trofeos han ido evolucionando hacia sencillas representaciones de éxito, como copas, placas conmemorativas, medallas, etc. Sin embargo, aún queda el viejo sabor de capturar los despojos del enemigo y exhibirlos con orgullo, tal y como sucede en la cinegética: los trofeos de caza. Resulta muy común ver en los ranchos de los cazadores, diferentes cabezas de jabalí o cornamentas de ciervo que tienen el mismo valor simbólico que los ancestrales trofeos de la Antigua Grecia.

¿Y que nos dice el diccionario?

Vale la pena asimilar la acepción de la palabra “trofeo” indicada por el DRAE, ya que en cada uno de sus significados se concentra parte de la historia que acabamos de narrar:

  1. Monumento, insignia o señal de una victoria.
  2. Despojo obtenido en la guerra.
  3. Conjunto de armas e insignias militares agrupadas con cierta simetría y visualidad.
  4. Victoria o triunfo conseguido.

Un trofeo a los cobardes

Me gustaría finalizar este artículo recordando a todos esos guerreros que en el campo de batalla giraron sobre sus propios talones, en un intento de volverse hacia la vida y escapar de la muerte.

Sin ellos, el trofeo, en su sentido más primigenio, no hubiera llegado hasta nosotros, y siempre resulta enriquecedor conocer el origen de las palabras, que además de enseñarnos algún capítulo de la historia, nos demuestra que, en el mundo etimológico, nada ocurre por casualidad.

Iraultza Askerria

Sus últimas palabras

malinconia su carta. - chiara baldassarri«Fin». Escribió. Luego dejó la pluma en el tintero. Volvió a leer el último párrafo que había escrito, a examinar cada signo ortográfico y cada verbo conjugado, a cerciorarse de la correcta expresión de las oraciones. Estaba perfecto. Firmó, dibujando su nombre y apellido con una artística caligrafía. Se vistió la cazadora de piel, el sombrero negro y los zapatos. No se olvidó de coger la carta antes de abandonar la habitación. Una vez la tuvo entre la manos, abrió la puerta, se subió a la barandilla del balcón y se lanzó al vacío. Lo último que quería decirle al mundo ya estaba escrito.

Iraultza Askerria

Las semillas de los cuatro vientos

Profundo pensador, que desde su retiro de Getafe lanzaba a los cuatro vientos sus prosas.

Pío Baroja, Desde la última vuelta del camino (1944-49).

La gente de ideas férreas tiende a expresarse con gravedad, promulgando argumentos aquí y allá para que alcancen todos los oídos posibles. Estas palabras se gritan a los cuatro vientos o, lo que es lo mismo, en todas las direcciones posibles.

En este sentido, los cuatro vientos hacen referencia a los cuatro puntos cardinales, tan bien marcados alrededor de la conocida rosa de los vientos. Por lo tanto, al hablar de los cuatro vientos se alude llanamente al norte, al sur, al oeste y al este.

Esta acepción se remonta siglos atrás, encontrándose reseñas escritas ya en el Siglo de Oro:

Hay cuatro ermitas a los cuatro vientos, hay una a la parte de oriente que se dice San Juan Bautista, grande y muy antigua, tiene arrimado a ella un álamo grande, está en alto, y llamase por otro nombre San Juan del Viso, hay otra ermita antes de esta, que se dice San Sebastián pequeña junto al pueblo, hay otra ermita al mediodía, que se dice la Vera Cruz, hay otra al poniente, que se dice Nuestra Señora del Remedio, hay otra a la parte de septentrión, que se dice Santa Ana.

Anónimo, Relaciones topográficas de los pueblos de España (1575-80).

No obstante, ¿son los cuatro vientos meras metáforas de los puntos cardinales? ¿O esconden una verdad que se remonta a tiempos más antiguos? Como siempre, la respuesta a esta segunda pregunta es afirmativa. La historia tiene mucho que enseñarnos.El viento y la rosa de los vientos - Álvaro

Para entenderlo basta con mencionar a los Anemoi de la mitología griega, más conocidos como los dioses del viento. Aunque en la práctica había uno por cada dirección en la que soplase el viento, cuatro eran los principales:

  • Bóreas o viento del norte. En la mitología romana recibía el nombre de Aquilón o Septentrio.
  • Noto o viento del sur. Austro en la mitología romana.
  • Céfiro o viento del oeste. En la mitología romana, Favonio.
  • Euro o viento del este. Vulturno en la mitología romana.

De la interacción de estos cuatro vientos en la antigüedad y su relación directa con los puntos cardinales, ha llegado a la actualidad la frase “a los cuatro vientos”, cuyo uso ya hemos referido.

Sin embargo, este legado mitológico es esclarecedor en multitud de palabras del diccionario español, y por la curiosidad que despiertan, vamos a describirlas.

El vocablo Anemoi (dioses del viento) forma el prefijo de varias palabras utilizadas en el ámbito de la meteorología: anemografía, anemometría, anemoscopio o anemómetro. También ha influido en otras disciplinas como la música o la botánica: anemocordio o anemófilo.

Del Bóreas, el viento del norte, existen claras referencias lingüísticas como “auroras boreales” o “hemisferio boreal”. Sencillamente, se define como lo relativo al norte. Los nombres romanos de este dios son aún más reveladores. Aquilón y Septentrio han derivado en varias palabras con relación directa con el norte o con el viento que sopla del norte: aquilonal o septentrional son adjetivos que se pueden utilizar con este significado.

Después vio cuatro Ángeles sobre los cuatro fines del mundo, que tenían a los cuatro vientos, por que no soplasen sobre la mar ni sobre la tierra.

Juan de Pineda, Diálogos familiares de la agricultura cristiana (1589).

Con el viento del sur, Noto, ocurre algo similar, aunque es mucho más palpable el derivado del nombre romano: Austro. Igual que la aurora boreal, existe la aurora austral, aquella que acontece en el polo sur. No hace falta explicar la etimología de Australia.

Los vientos del este y el oeste han tenido menor repercusión en el español actual. Euro, del este, no tiene relación directa con ninguna palabra representativa, aunque algunos lingüistas lo asocian con la propia etimología de “Europa”. En su vertiente romana, el Euro es llamado Vulturno, y la real academia española define este término como: “bochorno”.

El Céfiro en la antigüedad era el viento del oeste que traía suaves y agradables brisas durante la primavera. Este atributo ha sobrevivido hasta nuestros días y no es extraño escuchar este vocablo para definir un viento apacible. En la mitología romana, el Céfiro era denominado Favonio, que significa, sencillamente, favorable. Sin duda alguna, este dios del viento occidental era el más querido por su benevolencia.

Aquí finalizamos este artículo mezcla de mitología histórica y curiosidades etimológicas, que ha intentado explicar el origen de la oración “a los cuatro vientos”. Aquellos vientos que soplaron desde cada uno de los puntos cardinales en tiempos de Aquiles y Ulises, llevaron consigo las semillas de unas palabras que, paulatinamente, terminarían por florecer.

Iraultza Askerria

Tirando del lazo

La Visera - {author}El mundo se ha reducido al infierno. Un caos estrepitoso, asfixiante, de hirientes palabras que descubren una realidad deshonrosa: guerras, atentados, violaciones, corrupción…, y entre tanta maldad, unas pocas personas avanzando y progresando, levantando a sus espaldas el peso de la humanidad. Son ellos quienes mantienen el rumbo, el porvenir, la probabilidad de seguir existiendo en este planeta o en cualquier otro. Científicos, investigadores, filósofos, en cuyo pensamiento y perseverancia establecen las pautas de la evolución humana. Cada acción, cada experiencia se expande por el universo como el oxígeno dentro de los pulmones. Sondas alrededor de Júpiter examinando el origen del agua, radiotelescopios tan grandes como un parque de atracciones, autobuses electrónicos impulsados por energías renovables, hallazgos en ámbar que nos recuerdan de dónde venimos. Miles de historias, peldaños hacia un horizonte cuya distancia se agranda a cada paso. Pero no importa cuán remoto sea el punto. Hacia allí siguen las mujeres y hombres que viven labrando un futuro digno, tirando del lazo que sustenta al resto de la humanidad.

Iraultza Askerria

Hoy no me apetece escribir

Refill Pelikan - {author}Hoy no me apetece escribir. Quiero cogerme el día libre, cerrar el tintero y jubilar la pluma. Quiero decirle a la musa que me voy de vacaciones y que apunte en la agenda cualquier nuevo encargo. Quiero que las palabras surjan en mi cabeza sin adjetivos, sin metáforas, con fallos gramaticales y estructuras dispares. Quiero que mis frases no sean leídas una y otra vez.

Hoy no me apetece escribir. Quiero montarme en la moto y accionar el acelerador. Quiero sentir el aire de la costa contra mi rostro mientras escucho acordes expeditos de rock & roll. Quiero detenerme un instante sobre un acantilado y mirar al futuro de la consciencia, donde los deseos se hacen realidad. Quiero que mi corazón se desboque a lomos de la irracionalidad.

Hoy no me apetece escribir. Quiero salir a correr tras una balón de fútbol, apuntar a la portería contraria y encajar un gol por la escuadra. Quiero gritar de júbilo mientras celebro la digna proeza en una ataque de frenesí y locura. Quiero sentir la adrenalina descender hasta los niveles de la tranquilidad. Quiero sudar y caerme sobre la hierba para levantarme luego con mayor entusiasmo.

Hoy no me apetece escribir. Quiero ir a tu oficina y sacarte a la fuerza del pequeño cubículo que compartes con los demás. Quiero encerrarme contigo en el ascensor, detenerlo en mitad del abismo y besarte delirante. Quiero alzar tus muslos por encima de mi cadera y penetrarte violentamente mientras te mantengo en el aire, en el cielo, en el paraíso, y te susurro al oído sucias palabras de amor.

Hoy no me apetece escribir. Y, sin embargo, al hacerlo he vivido todo cuanto quería hacer.

Iraultza Askerria

La ciencia del amor

love? - reiven
Yo siempre deseé sabiduría.
Curiosa y muy tenaz era mi mente;
cualquier libro tomaba y absorbía
hasta entender su cátedra latente.
De ti me enamoré en oscuro día.
Aún hoy eres el más extraño ente.
Por las noches proclamo: “todavía
no supe leer tu libro inherente”.
¿En qué lenguaje fuiste cincelada?
¿En qué alfabeto? ¿En qué idioma extraviado?
¿Cómo entender tu sílaba estampada?
Si me amas, no lo sé; ni si me quieres.
De tu boca no sé el significado;
impenetrable, oscura, ¡ignota!… eres.

Iraultza Askerria

¡Contenido extra!

Originalmente este soneto fue publicado el 5 de diciembre de 2010, bajo el título de “Soneto II”. Recupero hoy esta poesía bautizándola como “La ciencia del amor”, nombre que aún así no me convence.
Si algún lector concibe un mejor título, estaré encantado de recibir la aportación en mi dirección de correo. Como siempre, ¡gracias!

Gracias por suscribirte al blog. Sólo por ser seguidor de esta bitácora, podrás leer este contenido extra.

El pintor fracasado

Photo - {author}Pues sí, yo iba para pintor. De hecho, cuando me preguntaban qué quería ser de mayor, yo lo tenía claro: “¡pintor de cuadros!”, gritaba exaltado con mi aguda voz de infante mimado, “¡pintor de pincel!”.

Con esta premisa, recibí seis años de formación de dibujo artístico, llegando a adquirir una considerable maestría con el carboncillo, especialmente, como copista. Desarrollé esta aptitud hasta la adolescencia, cuando el deseo de dibujar paisajes sucumbió ante la necesidad de retratar mujeres.

Así que me dediqué a ello entusiasmadamente.

Con el bloc de folios bajo el brazo y el carboncillo en el bolsillo, me acomodaba en un banco cercano al metro de la calle Ibiza, junto al Parque del Retiro. El momento del día elegido era el ocaso. El amanecer traída consigo el rostro soñoliento de las jóvenes promesas y solo las horas despertaba la belleza de esos rasgos incipientes; por ello, la tarde era un periodo mucho más propicio para desplegar mis cualidades como dibujante.

Me sentaba ahí, tranquilo, a la espera de que las chicas jóvenes de mi edad, con el pelo perfumado, el rostro dulce, la inocencia vacilante en el iris de los ojos y los ademanes ligeros, apareciesen junto a la salida del metropolitano. Entonces, cuando una de ellas surgía de la nada, como un ángel invocado, desenvainaba el lápiz y trazaba las formas de tan dulce doncella.

Dibujaba, retrataba, insistía; sombreaba, esbozaba y seguía; bosquejaba, afilaba y veía que mi ángel se volvía deforme. Tornaba, pintaba y reproducía; maquillaba, perfilaba y comprendía que aquella mujer no podía ser retratada, que su belleza, aunque bonita a ojos de un mortal, era falsa e irreverente para la grafía de un pintor.

De esta guisa, lanzaba el retrato fallido a la papelera más cercana, y esperaba a una dama más bonita, más dulce, más divinal que la primera.

Ya cuando la noche rozaba las diez y la oscuridad había dilatado mis pupilas como si estuviera drogado, apareció ella. Una muchacha de quince primaveras, con el pelo recogido en un coleta larga, azabache y aterciopelada. Le caía el cabello hasta más allá de la cintura, y las puntas le rozaban morbosamente la nalga derecha. Tanto ésta como la izquierda eran firmes, duras, redondeadas; y el ceñido pantalón vaquero, de poco más de treinta centímetros, acentuaba aún más esas formas de vértigo. Los muslos surgían fibrosos, morenos, torneados; me pregunté si algún labio habría ascendido por esas portentosas carnes para escalar el monte de Venus. Si no lo había, mi pincel sería el primero en hacerlo.

Antes de perderla de vista, me dediqué a la fatigosa tarea de retratarla. Su figura era almíbar y sus ojos cacao, su rostro leche y sus labios frambuesa; un cúmulo de sabores y texturas que avanzaba lentamente por la acera, dejando la estela imborrable de su figura. Tenía los pechos menudos, pero ovalados y puntiagudos; una ajustada camiseta morada remarcaba sus pezones. Ojalá hubiese podido subir y bajar por el valle de su aliento, dejando el vestigio de mi saliva. Si no podía yo, mi lápiz haría el trabajo.

De esta forma, me hallaba dibujando, pintando y retratando; formando, componiendo y trazando; detallando, definiendo y diseñando. Hasta que la chica me sobrepasó por varios metros, perdiendo por completo la perspectiva de su rostro. Entonces, sólo entonces, procedí a revisar mi trabajo.

Era un monstruo: había dibujado un monstruo. Aquel ángel se había transformado en una horrible Górgona. Los cabellos parecían culebras, negras de veneno; las piernas delgadas serpientes; los ojos se asemejaban a agujeros sin vida y la boca se abría como una burla mordaz. Ni siquiera los pechos habían guardado algo de similitud con los originales: eran planos, sin forma, sin gusto.

Iracundo, furioso y enrabietado, aplasté el dibujo entre los dedos, rasgué el papel y lancé los jirones al suelo. Lo mismo hice con el carboncillo y el resto del cuaderno. Después, me alcé de un salto del banco y seguí con la mirada a aquella joven mujer que no supe trazar con el lápiz.

La seguí varios metros, tal vez kilómetros, lo suficientemente alejado de ella como para que no se percatase de mí. ¿Por qué lo hice? No quería olvidarla, era demasiado bonita. Puesto que no supe retratarla con un dibujo, quise mantener el recuerdo siempre vivo en mi memoria.

Y, de esta forma, pasé el resto de mi vida pintándola con palabras.

Iraultza Askerria

Los primeros proletarios

“¡Proletarios de todos los países, uníos!”

El 1º de Mayo se recuerda a los martires de Chicago - rafa59(II)

Con esta frase se convertía en leyenda el Manifiesto del Partido Comunista, obra del filósofo Karl Heinrich Marx y Friedrich Engels y una de las proclamas más influyentes de la historia. Esta consigna de origen alemán sigue siendo uno de los lemas más representativos del comunismo internacional a pesar de sus más de 150 años de vigencia. Pero pese a su relativa modernidad y el merecido protagonismo que recibió el proletariado a partir de entonces, lo cierto es que el proletario existía desde hacía dos milenios.

¿Qué es el proletariado?

No obstante, antes de adentrarnos en el origen de esta interesante palabra, vamos a definir correctamente el término moderno de proletario. Así, un proletario es un integrante de la clase obrera (proletariado). Para sobrevivir, este miembro del estamento inferior tiene que vender su esfuerzo laboral a la burguesía y al capitalismo, quienes poseen los medios de producción, medios de los que carece el proletario.

El Diccionario de la Real Academia Española resume esta idea en su primera acepción:

1. adj. Perteneciente o relativo a la clase obrera.

Veamos a continuación el origen del vocablo.

El proletario en el latín

El proletario proviene de la palabra latina proletarĭus. El término está muy relacionado con prole, un sustantivo latino que hace referencia a la descendencia o linaje de alguien, es decir, los hijos nacidos del proletario.

La historia nos cuenta que en tiempos de la Antigua Roma, el proletario era un ciudadano romano que carecía de propiedades y, por tanto, no podía ofrecer ningún servicio al Estado, salvo uno: engendrar hijos.

Así pues, para la nación romana este pobre individuo solo servía para concebir descendientes, creando una extensa prole que pudiera más tarde alistarse en las siempre insuficientes legiones romanas. Tal era la pobreza de los proletarii que ni siquiera podían pagar impuestos sobre la propiedad o realizar el servicio militar, al contrario que sus descendientes, aunque esto último cambiaría con las reformas de Cayo Mario de 107 a. C..

Muy relacionada con la prole y la funcionalidad del proletario está el verbo proliferar: “Multiplicarse abundantemente”. Con todo, se ha expuesto con claridad el verdadero significado del proletario: un miembro de la más baja ralea que sólo servía para reproducirse y engrosar los ejércitos de la Antigua Roma.

El símil comunista

En la teoría marxista se retoma el significado del proletario como referencia a aquel individuo de la clase social más baja, que igual que el ciudadano latino, carece de propiedades o medios de producción. El proletario antiguo aportaba sus hijos al estado y el proletario contemporáneo su fuerza de trabajo para sobrevivir, además de sus hijos que difícilmente saldrían de la miseria.

Aquí terminamos este breve artículo etimológico intentando explicar el significado real del proletario, “el que cría hijos”, y testificar que desde el Imperio Romano hasta los tiempos actuales, el proletario sigue siendo el miembro de la clase social inferior, empleado por el estado para recibir de él su esfuerzo, sus impuestos y, como no, su descendencia.

 

Iraultza Askerria

Máscaras y personas

máscaras venecianas - Manuel Martín VicenteRecientemente, he vuelto a colaborar con el blog Las dos vidas de las palabras con un artículo sobre la relación de los términos persona y máscara.

Se trata de un texto que repasa la importancia del teatro en la Antigua Grecia, así como la evolución semántica del vocablo persona, que como se verá en dicho artículo, es más que sorprendente.

Ciertamente, las personas somos máscaras o, dicho de otro modo, escondemos nuestra personalidad tras un antifaz impenetrable, tras el cual se guardan los verdaderos sentimientos y la sincera fisionomía del individuo.

Espero que os guste el artículo y, asimismo, os recomiendo la lectura del blog de Juan V. Romero, un profesional de la lingüística del que podréis aprender mucho sobre un idioma tan variado como el español.

Os dejo a continuación el enlace directo al artículo Las personas somos máscaras, una entrada que espero cause expectación, y os recomiendo también el otro artículo de colaboración sobre la Etimología de sarcófago.

Iraultza Askerria

Las pirámides y las piras funerarias

La pirámide roja - MrOmegaÚltimamente me he encontrado a mí mismo releyendo algunos cantos de la Ilíada, casi con una indiferencia propia del placer derivado del tiempo libre. Durante una de dichas lecturas, no pude dejar de imaginarme el cadáver del joven Patroclo, consumido por las llamas ante la atenta mirada de Aquiles.

Mientras el héroe mirmidón lloraba a su compañero, asesinado en la cruel Guerra de Troya, los egipcios y los hititas se discutían la posesión de las costas orientales del Mediterráneo. Al igual que la civilización griega, tanto el Antiguo Egipcio como el Imperio Hitita tenían sus propios ritos funerarios, siendo especialmente famosos los monumentos fúnebres egipcios. ¿Quién no ha soñado alguna vez con entrar en alguna pirámide, símbolo de la inmortalidad y de los secretos más ambiguos?

El significado moderno de las pirámides

Por encima de cualquier otro significado, la pirámide es un edificio monumental levantado antes de nuestra era por los fervientes egipcios, quienes enterraban a sus faraones en el interior de estas colosales tumbas. No son las únicas pirámides que han sobrevivido a las civilizaciones: las pirámides de los incas tienen el mismo valor histórico.

Sin embargo, según la RAE, la primera acepción del término pirámide se refiere a su forma geométrica: una base sólida y poligonal que se estrecha hacia el interior a medida que crece, juntándose al final en un punto central, en su vértice.

Además, si concebimos esta estructura física en un plano bidimensional, se dibuja otra imagen utilizada, frecuentemente como esquema pictográfico: la pirámide alimenticia, la pirámide social, la pirámide de edades, la pirámide de Maslow, etc.

El nacimiento griego de la palabra

Viendo los múltiples significados de estevocablo,conviene atender a su procedencia etimológica.El término proviene de la Antigua Grecia, allí donde sabios como Aristóteleso Pitágoras cultivaron todas lasciencias, desde matemáticas y astronomía hasta poesía y música.En aquellos tiempos ya se utilizaba la palabra pirámide en su forma griega,πυραμίς, que nosotros transcribiremos comopyramis.

Pese al supuesto origen griego del vocablo pirámide, han sido muchos los intentos de relacionar su procedencia con la lengua egipcia. Algunas de estas relaciones se inspiran en raíces como “per-am-is”, que viene a significar La casa de Isis. En este punto, os propongo recordar el cimiento etimológico de la palabra faraón.

El significado de la pirámide

Aceptado el origen griego del vocablo, restan algunas preguntas importantes: ¿nació esta palabra para designar los cuerpos piramidales? O, por el contrario, ¿se utilizó expresamente para identificar las pirámides funerarias egipcias? Son preguntas, que, posiblemente, nunca podrán ser reveladas y confunden un poco más el significado etimológico de la palabra pyramis; sobre la que predominan dos teorías:

Una de ellas, promulgada por el Diccionario de la Real Academia Española y por el eminente etimólogo Joan Corominas, defiende que, primitivamente, pyramis hacía referencia a un pastel o tortita elaborado a base de trigo por los griegos, que tenía una configuración piramidal. Desgraciadamente, no ha llegado hasta nuestros días ningún rastro de esta receta de repostería y es más apropiado pensar que dichos dulces recibían este nombre por su estructura de pirámide, no porque instaurasen el origen de la expresión.

Por tanto, hay que atender auna segunda teoría sobre el origen etimológico de pyramis. Comparativamente hablando,un cuerpo piramidal, como las tumbas funerarias egipcias, tiene cierto parecido con las piras funerarias: en la base el amontonamiento de leña que sevaestrechandopaulatinamente a cada elevación;a mitad del montículoaparece el cuerpo del cadáver y, finalmente, sobre él, las llamas que crecen yconvergenhasta conformar un vértice de humo.

Ahora, viene la interesanteasociación de imágenes e ideas:pyramis contiene el término pyra,que en griegosignifica “pira” u “hoguera”.A su vezpyra nace de la raíz indoeuropea pyr, que viene asimbolizar el fuego o la llama.En definitiva, según esta teoría,hay que alinearla palabra pirámide con una pira funeraria, considerando asimismo la raíz de ambos términos.El prefijopyro aparece en un sinfín de palabras del diccionario español, como pirómano, piromancia,la propia pira, o tal y como hemoscomprobado,lapirámide.

Aquí finalizo este pequeño artículo sobre el origen etimológico de la palabra pirámide, que a partir de ahora, conviene visualizar como una pira rodeada de un fuego purificador, aunque manteniendo el simbolismo religioso y eternal que siempre la ha caracterizado.

Iraultza Askerria