Música para violines

Photo - {author}Abres la ventana al amanecer. Respiras el aire puro de las montañas, la brisa cálida del mar y el abrazo exquisito de la naturaleza. Te sientes arropada por las cosas buenas del mundo y por la paz del universo. Ante ti sopla el sonido de los monumentos construídos por las personas: los pozos húmedos, los cultivos ricos, las bibliotecas ilustradoras, las cumbres inalcanzables y las sonrisas en forma de caminos. Todo lo que el hombre y la mujer han erigido por el bien de su propio mundo.

Abres la ventana al amanecer. Ves el sol radiante dedicándote una sonrisa, los árboles crecer al amparo del altruismo, la gente camina cogida de la mano entre risas y bailes tribales. Tus ojos se llenan de alegría ante la plenitud de un mundo en paz.

Abres la ventana al amanecer. Y oyes el sonido más bonito del cosmos: risas humanas acompañadas de música para violines. Al escucharlo, te sientes parte de un mundo al que amas, del que te has enamorado y al que defiendes como lo más bello, ecuánime y bondadoso.

Al escuchar esos violines, te sientes una nota más de su melodía.

Iraultza Askerria

El trino de un pájaro

ruiseñor 01 - rossinyol - rufous nightingale - luscinia megarhynchos - {author}En el punto intermedio entre la razón y el alma, un pájaro sembró su trino. Era melódico, dulce, acompasado; como un gemido, como un arrullo, como un silencio sonriente. Tenía forma de cabello liso y de mirada radiante; también aroma de flor virginal y textura de seda dorada. Recordaba a la vida más inocente, a la simpatía más melosa y a la belleza más inmarcesible. El trino de un ave que abarcaba todas estas sensaciones y sentimientos. Un trino que en el fondo de su música cantaba tu nombre de dos sílabas. Un nombre, que aún hoy, no me atrevo a pronunciar.

Iraultza Askerria

 

Las musas ardientes

Foc de Sant Joan - . SantiMB .
Era todo tan sensual que muy pronto me dejé avasallar por la confianza que me ofrecía aquel placer.

En el techo, las luces caían heterogéneamente sin seguir un curso definido, iluminando aquella o esta esquina, pero nunca todas. El salón, aterciopelado en tapices y frondosas alfombras, recibía los luminosos besos entre sus hilos rojizos como bocas de seda que todo lo tragan.
Seguí desorientado en el gozo interior, con la voluntad extasiada. Me deslizaba bajo la luz del salón y sobre las alfombras rojas como un deportista de patinaje artístico. Medalla de oro.

A mi alrededor, ardientes bailarinas rodeaban mis ebrios paseos, ciñéndome con sus extremidades abiertas. Sentía su húmedo aliento pegado a mi rostro encantado, y labios femeninos fundirse en el aire de mis latidos aquí y allá. Ellas danzaban a mi alrededor como musas insaciables, buscando en mi alma los resquicios por donde excitar mi inspiración.

La temperatura aumentaba por momentos y los gemidos femeninos pronto se transformaron en cálido vapor. El vaho fundía mis sudorosas ropas con el descaro, y pronto, muy pronto, me vi desnudo ante aquellas musas ardientes.

Alrededor de mis sentidos embrujados, todo el salón era de un rojo volcán donde hembras de arena zarandeaban su tibia hermosura. No había más color que el del fuego en aquellos cuerpitos infernales que quemaban por dentro. Y cuánto me gustaba, ¡ay, cuánto me gustaba!

El olor almizclado de sus senos comenzaba a enloquecerme. Las magdalenas se abatían sobre mis labios como frutos tropicales. Era demasiada exquisitez para un mortal como yo. Pero invocar a Apolo tenía sus consecuencias, y es que las musas no cesarían hasta dejarme seco.

Me tumbaron sobre las alfombras rojas. Mientras una tañía el vello de mi cuerpo exhalando canciones, otra se acuclillaba muy cerca de mi labio para narrarme amores. A un lado, otra musa me comentaba la historia de cómo había perdido la virginidad. Una cuarta bronceaba mi piel mientras pronunciaba un salmo caritativo y otra lloraba sobre mi pecho por el placer de verme tan feliz. Mientras la sexta aún persistía en sus eróticos bailes sobre mi mirada, otra musa me hacía reír con sus sugerencias. La penúltima se había arrodillado detrás de mí y exhibía ante mis ojos la universalidad de los pendientes astrales. Y la última, la última de las musas me estaba demostrando que era la flautista más encomiable de las nueve.

La inspiración adquiría esbozos de agonía, con aquellas nueve musas disputándose el trofeo de mi virilidad. Los tapices y las alfombras parecían lava sólida. La luz había tomado los impulsos de una llamarada. La temperatura aumentaba y aumentaba, al igual que el sudor de diez cuerpos desnudos vibrando entre gemidos de placer.

Solo cuando llegué a la culminación, pude sentir el dolor. Mis nueve musas se deslizaron como ceniza entre mis manos, cayendo como cera sobre mi piel. Se habían calcinado a merced de la inspiración ardiente, al igual que la seda roja del salón, ahora transformada en una ingente llamarada, aniquiladora de las eróticas musas de mi imaginación.

Ahora, me tocaba a mí rendir homenaje a la condena.

Pronto las llamas me consumieron.

Iraultza Askerria

A las seis artes

Photo - {author}
Consagro este poema a las seis artes,
do la descomunal arquitectura
junto a las dulces formas de escultura
retratan la natura en sus tres partes.
A veces izan estas de estandartes
el airoso pincel de la pintura.
Luego surge la música insegura:
ya en arpas, ya en canción de los baluartes.
Sigue a ésta después la bella danza:
bailes y movimientos en su vía
mostrando la firmeza de una lanza.
Y por último la mayor locura
del arte al que llamamos poesía,
cuyo nombre es también literatura.

¡Contenido extra!

Aunque este poema no sea digno de representar a ninguna de estas seis artes, quise escribir algo dedicado exclusivamente a las artes clásicas. Quizá con un poco más de dedicación, hubiese podido componer un poema más extenso dividido en varios sextetos… pero por el momento, lo dejaremos así.

Gracias por suscribirte al blog. Sólo por ser seguidor de esta bitácora, podrás leer este contenido extra.

Cuando a una joven ves bailar

Bien entrada la madrugada, la música aún sonaba en el interior del club, cuya estancia subterránea parecía ajena a lo que sucedía en las afueras. En el exterior, el frío hería los sentimientos del ser humano y cuajaba su piel frágil y macilenta, mientras la lluvia amortiguaba los gritos del cielo sobre sus cabellos de polvo. Nada hacía apetecible salir a la penumbra de la noche.

En el interior del club, todo era más agradable, ameno y acogedor. Las luces de colores iluminaban los corazones joviales. La pista de baile estaba inundada por los cuerpos de mis amigos, y algún que otro bailarín espontaneo más. Era tarde, y la mayoría de la gente había abandonado ya el local, por lo que se podría decir que sólo quedábamos nosotros.

La música sonaba vespertina por los altavoces ubicados en las alturas. Descendían los sonidos agudos al ritmo de los timbales sintetizados, marcando el paso, el giro y el movimiento de cintura; ese movimiento tan enloquecedor en la pelvis de las muchachas de veinte añitos. Había en la pista varias jóvenes que se abrazaban a la melodía y se dejaban arrastrar por la misma, mientras sus cuerpos se contoneaban como un rayo de luna envuelto en el fuego del sol.

Me sentía igualmente sofocado por la popular canción, tantas veces escuchada en radios y emisoras, que en aquel instante resonaba por toda la estancia. La voz masculina invitaba al movimiento más lujurioso y el teclado solista marcaba los intervalos entre las bruscas vueltas y los pasos acompasados y firmes. Incluso yo, tan poco dado a la expresión corporal del arte, podía desquiciarme en la locura de la música festiva, haciendo que mis extremidades se meneasen como un apéndice del cadencioso tambor.

Pero la madrugada se acercaba ya al irremediable despertar y el club nocturno estaba prácticamente vacío. Sólo los soñolientos camareros, mi cuadrilla de amigos y algún otro espíritu danzarín paseaban al ritmo de la moribunda música.

Cuando la canción terminó, los focos que habían permanecido apagados cobraron vida en forma de blancos rayos, y las luces de colores quedaron muertas en la oscuridad más aburrida. La luminosidad nos cegó unos breves instantes para despertar poco después ante una realidad poco excitante: era momento de volver a casa.

La gente comenzó a recoger sus chaquetas y abrigos, mientras algún rezagado corría hacia el aseo a liberar la vejiga. Entre tanto, los camareros habían abandonado la barra del bar para recoger los recipientes desperdigados a lo largo y ancho del local. Los altavoces entonaban suavemente canciones tranquilas, a un volumen casi inapreciable.

A los pocos minutos, estábamos a punto de abandonar el local y varios compañeros empezaban a subir las escaleras que conducían hacia la salida. Pero justamente entonces, una canción comenzó a sonar en el ambiente, rasgada y melancólica. Me quedé clavado junto a la pista de baile, escuchando una sevillana que nunca había oído; una sevillana que guardaba el ritmo más nostálgico del flamenco.

Sangre Flamenca

Entonces me volví hacia la pista de baile, parecido a un desierto, a un vacío. Pero en el centro, un oasis lozano y vigoroso se movía; único, inalcanzable y solitario. Se trataba de una muchacha, una muchacha de veinte primaveras.

Pelirroja, de ojos dulces, carita pálida y generosas caderas; todo ello ataviado con una chaqueta verde y unas sencillas zapatillas negras. Me pareció el último ángel del mundo, tan sola como estaba en el centro de la pista, danzando bajo la inspiración de aquella sevillana nocturna.

Alzaba un brazo y bajaba otro; doblaba las muñecas y extendía los dedos. La guitarra flamenca le marcaba un paso hacia adelante y otros hacia atrás; mientras las palmas y las castañuelas recogían su cintura en un sensual abrazo.

Un silencio en la canción y la muchacha se detuvo. Cerró los ojos, espléndida, y retomó la marcha un segundo después, meneándose como una cálida brisa, como una ola espumosa de energía; mientras la melodía flamenca la aplaudía y la engalanaba con sus sones, con sus requiebros, que aunque tristes, enamoraban.

Me apoyé contra una pared del local, perturbado por la máxima manifestación de arte y belleza que podía soportar mi mente. Casi habría muerto de osadía por querer contemplar lo que debía estar prohibido para los mortales. Pero resistí como un héroe empedernido, mientras la sevillana seguía lloviendo por los altavoces, y la muchacha se mojaba bajo la cadenciosa música.

No te vayas todavía,
no te vayas por favor.
No te vayas todavía
que hasta la guitarra mía
llora cuando dice adiós.

Olé. Su cuerpo se deslizaba como un suspiro y su aroma de niña se dilataba junto a una música de ensueño. Echó la cabeza hacía atrás y se puso de puntillas, aguantando en el pecho el silencio oportuno de la canción; para luego caer sobre sus livianos tobillos y proseguir aquella marcha de ensueño.

Rompía con sus brazos el aire y con las manos extendía esplendor. Se agarraba el borde inferior de la chaqueta y lo alzaba simulando un vestido de volantes. Vertiginosa e intensa como esa estrella fugaz que se escapaba de las emociones mundanas. Paso, atrás, arriba, niña quieta que vuelve y se revuelve en su propio aplauso.

Entonces derramé una lágrima. Luego esbocé una sonrisa. Lágrima por el dolor de la canción y sonrisa por la hermosura de aquella danzarina y serafín, de aquel sueño real en una noche tormentosa, perdido en la plena casualidad del destino. No hay mayor arte que aquel que aúna sentimientos.

Algo revivió en mi alma cuando a aquella niña vi bailar.

Salí apresurado del club con la imagen de aquel cabello rojo agitándose entre luces de nieve; corrí lejos de mis amigos, lejos de mi propia sombra y muy cerca de la musa que agonizaba sin una pluma con la que saciarse.

De este modo llegué a casa, abrí el tintero y escribí estas líneas.

Iraultza Askerria

Agradable

Tamron 17-50 f/2.8 VC - Aitor Aguirregabiria

Agradable, agradable como la aurora cálida que tras un invierno gélido y eternamente níveo, despunta un día insospechado, sembrando en la tierra la esperanza y el sosiego que acarrea consigo su luz.

Agradable, agradable como el tierno trino de los arpados, que semejando las notas de la lira, corresponden con grata melodía a los arpegios que acompañan el susurro del viento.

Agradable, agradable como el néctar de un labio que, junto a otro, se comparte en recíproca devoción y ternura.

Agradable, agradable como el brío de una danza cuyos bailadores sonríen por la gloria de sus gráciles movimientos.

Agradable, agradable como unos ojos que, mirando a otros, se reflejan en los ajenos con intensiva y fogosa insinuación.

Agradable como la luz, agradable como la naturaleza, agradable como el amor, agradable como la música, agradable como la pasión.

Extracto de Rayo de luna, de Iraultza Askerria

A las llagas de la memoria

Yo, situado a unos metros del escenario, podía vislumbrar a los músicos y a la mayor parte del público: jóvenes rostros que sacudían la cabeza y el cuerpo con el alegre vaivén de la festividad cotidiana. Aquello parecía una reunión familiar, una íntima ceremonia, el casamiento entre la libertad y la noche que se habían amado durante siglos enteros, y que ahora se desposaban bajo un rocío de voces privilegiadas que cantaban al unísono.

Y entonces la vi.

Justo cuando terminó la canción, la vi.

Vi venir su imagen hacia mí como un huracán súbito e imparable, como el brazo irrefrenable de un maremoto, como la sacudida rabiosa de un catastrófico seísmo. Fui arrastrado a las llagas de la memoria, donde todo lo penetrante produce un profundo dolor en el espíritu y en el corazón, muy lejos del pasajero estremecimiento sentido apenas por la mente.

Extracto de Rayo de luna, de Iraultza Askerria

Megallones

En un planeta azotado por tempestades, guerras sin cuartel y hambrientas enfermedades que desgastan el espíritu humano, los países tercermundistas se ahogan en la abundante escasez de sus necesidades básicas, al tiempo que el mundo occidental concentra su preocupación en otras catástrofes de calado millonario. De ahí que se ahonde en el infame cierre de la página web de Megaupload, que ha levantado ampollas en la sociedad. La gente de a pie esgrime el argumento, veraz y a la vez hipócrita, de que ha perdido los archivos personales que compartía en el sitio web. Los indiviuos de las altas esferas, que nunca brillarán como el sol, argumentan en favor de los derechos de autor; derechos tan a menudo violados en el siglo actual.

Megaupload ha sido desde hace años uno de los pilares sobre el que se fundamentaba el negocio de las descargas directas y el centro neurálgico de un sinfín de páginas que se limitaban a almacenar, publicar y divulgar dichos enlaces. El 4% del tráfico de la red transitaba directamente por los servidores de megaupload.

La libertad de este servicio permitía almacenar online los documentos más transcendentes de tu ordenador personal, y compartir, por ejemplo, las fotos de tus vacaciones en Roma con cualquier familiar y amigo. Incluso una galería fotográfica de varios gigabytes de datos. Anque para ello, se hacía necesario disponer de una cuenta premium para amontonar en Megaupload dicha información. Un privilegio que se abonaba mensualmente. El cierre de Megaupload no les habrá gustado a aquellos que habían invetido su dinero y sus archivos personales en el populoso sitio de descargas.

No obstante, estoy convencido de que la función principal de megaupload era descargar -upload- más que cargar -load- archivos. Y diré más: como su nombre indica descargas masivas. Ahora llegamos al punto de inflexión de la propiedad intelectual, los derechos de autor y la piratería.

Es por todos conocido que desde Megaupload podías encontrar desde El quijote en versión pdf hasta Titanic, de James Cameron, en formato HD. También la última canción de Shakira o del Reno Renardo. Y aunque estoy a favor de la gratuidad cultural -sea música, cine o literatura-, también soy un acérrimo defensor de compensar a esos artistas que tan honradamente se han dedicado a la consumación de su arte.

Un artista debe disponer sin prejuicios de dos opciones. La primera y tradicional vender sus obras a terceros, para que estos divulguen el contenido mediante costosas herramientas de marketing y se nutran con millones de dolares, dejando al artista un aberrante diezmo de ganancias. La segunda, y el futuro más provechoso, promulgarlas públicamente por Internet, sin barreras, y limitarse a recibir donativos o beneficios publicitarios; alternativa que no debe agradar a discográficas y editoriales multinacionales.

Porque, seamos sinceros, la gran mayoría de los autores reciben escasas compensanciones por sus obras de arte. No nos engañemos: el arte enriquece a los inversores, productores y comerciales del marqueting. Y nosotros -lectores, cinéfilos y melómanos- nos contentamos en nuestro egoísmo con disfrutar de la obra sin ofrecer nada a cambio -¿ni un gracias?-, y cuando lo ofrecemos, va a parar a las manos de… los de siempre. Esas discográficas que venden cien mil discos compactos por un ingente precio de veinte euros; y que se lamentan porque la propagación cultural por Internet les invita a caer en la bancarrota. Ja, piratas.
¿Y qué tiene que ver todo esto con Megaupload? Pues mucho… Tengamos en consideración que hace unas semanas se publicó por Internet un video en favor de Megaupload, donde aparecían y cantaban varios exitosos artistas. Pegadiza la melodía, por cierto. Contemos además, con que Megaupload llevaba varios meses poniendo a prueba un servicio llamada Megabox y Megakey; un portal en el que los artistas, sin intermedarios, podrían colgar gratuitamente sus canciones e ingresar hasta un 90% de los beneficios derivados de la publicidad.

Pero para desgracia del progreso de la civilización humana, Megaupload no ha podido poner en práctica su ambicioso servicio debido a su clausura por parte del FBI. Una pena. ¿Habrá tenido algo que ver el totalitarismo de la discográficas?

¿Quién sabe?

Habrá que ver y esperar…

Iraultza Askerria

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