La ciencia del amor

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Yo siempre deseé sabiduría.
Curiosa y muy tenaz era mi mente;
cualquier libro tomaba y absorbía
hasta entender su cátedra latente.
De ti me enamoré en oscuro día.
Aún hoy eres el más extraño ente.
Por las noches proclamo: “todavía
no supe leer tu libro inherente”.
¿En qué lenguaje fuiste cincelada?
¿En qué alfabeto? ¿En qué idioma extraviado?
¿Cómo entender tu sílaba estampada?
Si me amas, no lo sé; ni si me quieres.
De tu boca no sé el significado;
impenetrable, oscura, ¡ignota!… eres.

Iraultza Askerria

¡Contenido extra!

Originalmente este soneto fue publicado el 5 de diciembre de 2010, bajo el título de “Soneto II”. Recupero hoy esta poesía bautizándola como “La ciencia del amor”, nombre que aún así no me convence.
Si algún lector concibe un mejor título, estaré encantado de recibir la aportación en mi dirección de correo. Como siempre, ¡gracias!

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La pareja misteriosa

Photo - {author}Era la vigésima vez que la pareja se personaba en aquel hotel costero, y siempre bajo los mismos procedimientos. Llegaban por la tarde, prácticamente sin equipaje, y notificaban la reserva de una habitación por una sola noche. Al día siguiente, abandonaban el hospedaje a las cinco de la mañana en un taxi con destino al aeropuerto, sin haber salido del hotel, ni siquiera para disfrutar de la playa o el sol. Así durante los últimos dos años.
La idiosincrasia de la pareja había despertado gran interés en el alojamiento hotelero. Se trataba de una mujer de rasgos soviéticos y un hombre de origen africano. Ambos rondarían la treintena, si bien él parecía algo más mayor.
Algunos mayordomos sugerían que conformaban un matrimonio, con algún trabajo importante que les obligaba a trasladarse a España frecuentemente. Las asistentas opinaban, sin embargo, que podían estar viviendo una aventura, y que se desplazaban a la península ibérica para perpetuar su romance alejados de sus respectivos cónyuges. El director, por su parte, prefería no deliberar nada, consciente de la trascendencia de no entrometerse en la vida de sus clientes.
Aun así, todos los empleados del hotel querían saber la verdad. Y todos se equivocaban en sus conclusiones. Ninguno pudo nunca intuir que la pareja la integraban dos hermanos que viajaban a España bimensualmente para visitar a sus padres adoptivos, y que tras descansar en el hotel regresaban a sus países natales, en Rusia y en Sudáfrica, con el avión de primera hora.

Iraultza Askerria

El bosque

Muir Woods National Monument - Héctor García

Circulando por aquella despoblada carretera, a varios kilómetros de la ciudad, la única huella de vida que podía encontrarse era la selva impenetrable y repelente que flanqueaba la autopista. Los árboles robustos, cual guardianes protegidos gracias al compacto apoyo de sus hermanos vegetales, resultaban gigantescas y apagadas antorchas clavadas en la tierra, cuyas cimas se zarandeaban como las llamas de una hoguera, bailando con resplandores pardos y verduscos. Los matorrales, barullos ilimitados de delgadas ramas, espinas rotas y raíces embarradas, tenían como corona la hojarasca que descendía de los árboles mayores, obteniendo un aspecto de ficticia solemnidad. Ya las flores sólo eran una ilusión pisoteada por el desapego y la tosquedad de los arbustos: nimias y polícromas gotas de vida extraviadas en un torbellino de agitaciones desinteresadas.

Así pues, el bosque ancestral, la selva inexplorada, aquella maraña de verdor casto perdía el atractivo que solía anteceder a las florestas tropicales y a las arboledas solitarias y románticas. El bosque era algo incivilizado, una muestra frecuente para la naturaleza, pero infrecuente para el ser humano.

Aquel bosque, al fin y a la postre, erigía una de las pocas barreras que la mujer y el hombre aún no había traspasado.

Extracto de Sexo, drogas y violencia, de Iraultza Askerria