Azucena

Fragancia de Azucena - Aysha Bibiana Balboa

¡Ay!, hermosa azucena en este valle,
blanca miel en boca de serafín;
del ladrón codicioso su botín.
Ojalá entre mis brazos al fin te halle.

Como la vagabunda de la calle
que se expande de aquel a éste confín,
en mi corazón te extiendes afín,
por mi cuerpo con lujoso detalle.

Azucena estival, ¿dónde estarás?;
tu aroma en este valle y nada más,
y tus caricias solo en mi recuerdo.

Azucena querida, mi azucena,
inabarcables pétalos de pena,
convirtiendo en demente a un hombre cuerdo.

Iraultza Askerria

Rosa de mi tumba

Fotos Cementerio de Vegueta : El Guardián de La Memoria. Las Palmas de Gran Canaria - El Coleccionista de Instantes

Ya habiéndose mi amor adormilado
en el lecho aciago de la memoria,
acudió una princesa hasta mi tumba
a adornarla de rosas.
Yo me revolví junto a los gusanos
que roían mi piel poca a poca,
queriendo conocer a esa exquisita
desconocida sombra.
Adivinarlo nunca pude, y hoy
me pregunto, ¿quién era aquella moza
que cubrió mi cadáver con las flores
de tan dulce aroma?

Iraultza Askerria

Flor del estanque

Nenúfar, water lily. - Vvillamon

Flor en el estanque, solitaria. Las ondas se multiplican bajo su perfume, como si quisieran compartir su existencia con el resto de los seres vivos del hábitat. Las nutrias levantan la mirada y le sonríen, los flamencos le ceden sus alas rosas, repiquetean los picos de las rapaces pescadoras y destellan las aletas de las truchas.

La naturaleza entera ama a su flor del centro del estanque: mágica, singular, pequeña, hermosa, única. El cielo azul se desborda sobre sus pétalos, la blancura se destila como gotas de vino y una tibia sonrisa emerge de su tallo vidrioso cuando la flor se abre al mundo.

Es el renacimiento de la primavera, la llegada de la pasión, el momento que todo amante ha aguardado impaciente: por fin, se reencuentra con su flor.

Y yo, mientras contemplo ese solitario nenúfar del estanque, pienso en ti, margarita mía.

Iraultza Askerria

La tentación

tentacion. - mami13

Es la tuya la sincera
manzanita del paraíso
que acaricio ya muy cerca
¡tentador que es el destino!
Es pecado capital
observar los corazones
de la niña virginal
y querer comer sus flores.
La serpiente me envenena
y me muero de agonía
por ansiar besar la pena
atascada en tu sonrisa.
Un reflejo en mis razones
¡advertencia!, caso omiso.
Ignorando los temblores
voy con mi emoción de niño.
Niña mía, soy tu hombre;
sirenita, mi Yasmín.
Es real y azul mi nombre,
no te escapes, ¡ven aquí!
Eres árbol en el centro
no movible del edén.
Con tu fruto me enveneno,
¡qué ahora Dios me juzgue bien!

Iraultza Askerria

Lazo rosa

Rosa - {author}Lazo rosa, de piña colada, con una sutil textura picante. Tierna gracia sin fin, como la fresa que al morderla exhala cálidas vitaminas. Pan de molde cuya miga de pan se mantiene siempre blanda. Fogosa delicia que despide una fragancia única. Flor de doble pétalo rosado, cuyas semillas blancas traen frutos de ensueño, no hallados en ningún otro edén del universo, más que en tu cara.

Así pienso que es tu boca: una obra perfecta de la naturaleza, con sus largas comisuras y su carnosidad caliente, donde germina todo un jardín de sensaciones. Habla y grita, muerde y saborea, destila el meloso gusto de tu lengua punzante, como la espina de un rosal, que protege coquetamente el borde de los labios.

Es allí donde florecen los deseos de este hombre, tibios y sinceros, que encuentran en la profundidad de tu garganta el escondrijo en el que ocultar sus razones, sus secretos, su amor y su alma entera.

Iraultza Askerria

El bosque

Muir Woods National Monument - Héctor García

Circulando por aquella despoblada carretera, a varios kilómetros de la ciudad, la única huella de vida que podía encontrarse era la selva impenetrable y repelente que flanqueaba la autopista. Los árboles robustos, cual guardianes protegidos gracias al compacto apoyo de sus hermanos vegetales, resultaban gigantescas y apagadas antorchas clavadas en la tierra, cuyas cimas se zarandeaban como las llamas de una hoguera, bailando con resplandores pardos y verduscos. Los matorrales, barullos ilimitados de delgadas ramas, espinas rotas y raíces embarradas, tenían como corona la hojarasca que descendía de los árboles mayores, obteniendo un aspecto de ficticia solemnidad. Ya las flores sólo eran una ilusión pisoteada por el desapego y la tosquedad de los arbustos: nimias y polícromas gotas de vida extraviadas en un torbellino de agitaciones desinteresadas.

Así pues, el bosque ancestral, la selva inexplorada, aquella maraña de verdor casto perdía el atractivo que solía anteceder a las florestas tropicales y a las arboledas solitarias y románticas. El bosque era algo incivilizado, una muestra frecuente para la naturaleza, pero infrecuente para el ser humano.

Aquel bosque, al fin y a la postre, erigía una de las pocas barreras que la mujer y el hombre aún no había traspasado.

Extracto de Sexo, drogas y violencia, de Iraultza Askerria