El mundo nos pertenece

Besos / Kisses - Macnolete—El mundo nos pertenece —susurré.

Luego me incliné sobre su cuerpo y la besé tiernamente. Mis labios se derritieron sobre los suyos, fundiéndose en una única boca. Bebimos a sorbos nuestras voces anhelosas mientras caminábamos por las arenas de nuestras carnes, donde nos hundimos en un abrazo cómplice para luego ahogarnos entre los dedos del otro. No sé cuánto tiempo se prolongó aquel arrebato de pasión y delirio, pero recuerdo que cuando mis labios estaban ya secos por la sal de su boca, los suyos dejaron de besarme, como si el bravo oleaje de un desafiante mar cesase en su pugna de conquistar la tierra.

En la cenicienta penumbra del pequeño salón, nos perfilamos, ella y yo, sobre el mullido sofá. Sus ojos, tiernos como una sonrisa, y su sonrisa, resplandeciente como unos ojos, se me aparecieron en la oscuridad de la noche como un regalo de Dios, como un fruto del Edén, como una luz celeste. Su presencia era divina; esencia de ninfa y benevolencia de serafín.

Nos mantuvimos largos minutos, quizás horas, no lo sé, con la mirada perdida en los ojos del otro y la sonrisa reflejándose, como un sueño de primavera, en los dientes ajenos. El tiempo parecía lejano, como parte de una realidad paralela que no podía penetrar en el estrecho y dichoso universo de dos enamorados; tal éramos ella y yo.

Contemplando directamente los soles de sus ojos, me embriagué de su beldad. La penumbra los maquillaba con un aura prodigiosa, donde los destellos del iris sobresalían como una luna ardiente en una noche cerrada. Abrió los labios para decir que me amaba. Su posterior sonrisa me mostró el deseo que crepitaba dentro de su alma y que se percibía en el sudor de su piel, cuyo aroma tan finamente intenso me hacía desfallecer. Me besó con arrebato. Sus labios sabían a lujuria.

La miré un instante y luego se abalanzó sobre mí.

Me arañó la espalda y me arrancó con furia la camisa que cubría mi torso. No pude más que rendirme a su dominio de mujer. Sabía de antemano, y lo había aprendido con el devenir del amor y del sexo, que no se podía vencer a una mujer en celo. Me limité a saborear el dolor provocado por sus uñas y sus dientes, que pintaban sobre mi cuerpo un húmedo cuadro, entintándome además, de su rica saliva. Besó mi piel y devoró mi alma. Después de eso, lo único que quedaba de mí era un corazón débil y apocado.

Al trasluz de las estrellas, su rostro parecía un seductor misterio. Mi cuerpo, ansioso del suyo, no podía más que abandonarse a la pasión. La besé con ternura y suavidad, combatiendo la fiereza con la que me había domeñado hasta aquel momento. Ella, quizá por el cansancio de su ira celosa o por la apetencia de que la llevara al cielo, se rindió ante mí. Cerró los ojos y se mordió el labio, mientras los míos descendían por su cuello hasta alcanzar los botones de una chaqueta plateada. Los desaté con la torpeza promovida por la penumbra y el desvarío de la lascivia, mientras ella lanzaba la cabeza hacia atrás, mostrando tímidamente el sujetador carmín que abrigaba sus senos. El sostén formaba dibujos de flores sobre sus pezones almendrados. Muy pronto, su torso estuvo desnudo. Ayudándome de las manos, acaricié y besé el contorno de sus pechos y trepé poco después por ellos con miedo, como quien escala la ladera de un volcán a punto de erupcionar.

Levanté el rostro y vi el suyo descompuesto por el placer del momento, con los labios abiertos, las mejillas encendidas y los ojos entornados para contagiarse del excitado ambiente.

Oí un suspiro quebrado acercarse a mi oído, y como la voz, tan cristalina y pura, me rogaba como un moribundo, que le hiciera el amor. Recordé aquella lejana vez en la que ambos nos fundimos, temerosos de que sus padres nos descubrieran repentinamente, en un rincón de su habitación bajo la luz del atardecer estival.

Ahora, empero, nos encontrábamos solos y en intimidad, señores de nuestro pequeño imperio secreto y dueños de una inmensa felicidad. De ahí, que hiciera caso omiso de su agónica súplica por empezar ya y terminar cuanto antes el preciado actor carnal. Me reduje a rodearla con los brazos y a besar lentamente su fino vientre, desde donde podía escuchar nítidamente los latidos de su corazón desbocado.

Noté sus dedos encerrándose entre mis cabellos, y sus uñas, dementes, clavarse en mis sienes. Me arrastró la cabeza como si quisiera guiarme por los recónditos secretos de su cuerpo. Sabía conscientemente qué era lo que tanto anhelaba; pero no iba a rendirme tan dócilmente a sus impulsos.

La cogí de los brazos y le eché los mismos hacia atrás, por debajo de la nuca. Me quité el cinturón y até sus manos. Ella se rió de mis intenciones y dio permiso para rendirse ante mí, para que hiciera con ella todo cuanto quisiera, o todo cuanto quisiera ella.

Volví a empezar desde principio. Descendí por su tierno cuerpo, mordiendo y besando su fogosa carne, apeándome en su garganta, en sus montañas y en su acantilado, y me detuve ante el ceñido obstáculo de unos pantalones vaqueros. Mordí el botón de la prenda con suma sensualidad mientras desabrochaba la cremallera. Ella, con los ojos cerrados y el cuerpo transpirando de placer y delirio, levantó levemente la cadera, al tiempo que sus muslos se abrían a orden de mis brazos. Los pantalones desaparecieron de la escena en pocos minutos, acosados por la ropa interior. Un instante después la tímida pradera de ébano asomó ante mí respirando con libertad.

Como un zorro sigiloso me introduje a golpe de beso en sus húmedos secretos. La banda sonora de sus gemidos me guiaba como un ángel guía a su profeta hacia la Meca. No dudé en atravesar los límites del pudor, tan seguro que estaba de alcanzar mi objetivo: su corazón y su éxtasis. Mis labios jugaban con los suyos y mis dedos hacían a su vez de veteranos jugadores de billar. Me sentía ebrio bajo su influjo carnal, ido, loco, demente, atormentado por una felicidad contagiosa. Con los ojos cubiertos por las sombras, mi tacto me devolvía el sabor del amor y mis oídos las muestras de agradecimiento de mi amada. Año tras año, la misma dulzura exquisita de su cariño me había arropado, y década tras década iba a ser así. Siempre un inicio, siempre como una primera vez.

Varios minutos después, erguí la cabeza y la miré a los ojos. Los tenía cerrados, los labios ligeramente abiertos y las mejillas ardiendo como un volcán. Parecía fatigada, cerca de la agonía, ese sentimiento tan próximo en intensidad al éxtasis.

—Princesa… te quiero —le susurré, muy cerca de sus pechos.

No escuché su respuesta si la hubo. Los dos estábamos demasiado abrumados por nuestros cuerpos. Acaricié su rostro con los dedos mientras desataba sus muñecas apresadas. Cuando al fin se sintió libre, enlazó las manos alrededor de mi cuello y me miró jadeante, suplicante, ansiosa. Junté mis muslos a los suyos y sentí como de su boca se exhalaba un intenso suspiro. Me uní a ella con la suavidad del rocío matutino.

Ella se abrazó con fuerza a mi espalda. A cada impulso, más se ceñía a mí, con cada penetración más intenso se volvía cada contacto. Estábamos fusionando físicamente nuestros cuerpos. Luego, al compás de nuestros suspiros quejumbrosos y con la combinación de sus gemidos y mis gruñidos, aunamos nuestras mentes. Y nuestros espíritus se enlazaron poco después, a medida que más cerca sentíamos el orgasmo final.

Vi, alrededor de sus ojos de miel, los colores de nuestros cuerpos fundidos en un solo matiz, los aromas de nuestra fogosa piel diluidos en un único olor y nuestro aliento licuado en la misma atmósfera. Y por si fuera poco, contemplé sobre su corazón el universo en el que vivíamos con sus millones de galaxias. Todo dentro de ella, todo dentro de nosotros. Dueños del cosmos.

—Cariño… —exclamó ella, rota por dentro.

Y yo del mismo modo, gritaba en mi interior.

Así alcanzamos el apogeo, acariciando por un instante la infinidad del universo.

Yo me derrumbé sobre ella, y ella disminuyó la presión sobre mi espalda.

Callados, silenciosos… Así estuvimos varios minutos. El uno abrazado al otro.

—Tenías razón —me dijo, aún con las punzadas del orgasmo palpitando en sus labios rojos.

—¿Sobre…? —pregunté, mirándola a los ojos.

—El mundo nos pertenece —respondió, silenciosa—. El mundo pertenece a los enamorados.

Iraultza Askerria

Exótica imitación

Pétalos y Gotas / Petals and Drops - Ana

En un susurro tan silencioso
como los céfiros del ancho mar,
oí a tus voces dulce rimar,
un dulce cántico, tema amoroso.
Pensé que un sueño, un dulce engaño,
con una exótica imitación,
burlado había mi corazón
para con lágrimas hacerme daño.
Mas cuanta dicha sentí aquel día
cuando los párpados de par abrí
y de tus ojos la luz yo vi,
rayos del éxtasis y de alegría.

Iraultza Askerria

En el éxtasis

 - Lumosmaxima.Los ojos entornados contra la penetrada oscuridad, las piernas entreabiertas ante la luz creciente, la boca quejumbrosa bajo un peso atroz y los brazos aferrados a un sudoroso mundo; un sentimiento tan agónico que la dejó finalmente desprotegida, herida e incluso devastada por el huracán ardiente que la había traspasado, abandonándola casi seca, perdida y sin energías, pero colmada de una plena satisfacción por haber hecho el amor con el hombre que más amaba del mundo.

Iraultza Askerria

Una idea excitante

Kumbia Queers - Montecruz FotoA nadie en toda la estancia le importaba la audición del guitarrista, con excepción de a Eva, la cual se había hecho con la idea de acostarse con él, una idea que se acrecentaba con cada mirada. No le quitaba el ojo de encima, y no se lo quitaría mientras el cuerpo del hombre no estuviese impregnado de su mortal sangre.

No sabía exactamente qué cualidad física le atraía tanto de aquel músico, tal vez sus membrudos brazos que no dejaban de tañer la guitarra, o quizá, ese fulgor expresivo que descollaba de sus pupilas. Ignoraba por qué poseía unas ganas inmensas de hacer el amor con él sabiendo que podía juguetear sin embarazo con cualquier camarero del local. Siendo pariente de quien era, Eva podía consumar todos sus caprichos, llevando a la cama a alguno de los empleados o, si lo quisiese, a todos ellos. Sin embargo, se sentía cautivada por la presencia del guitarrista.

Nadie le aseguraba que lograría acostarse con aquel hombre, y esa posibilidad de fracaso la excitaba. Quería flirtear con él sentada en la barra del bar, sintiendo la intriga y la ilusión, las punzadas de astucia y los intentos de galanteo. Tenía que seducirlo, algo que le causaba un morbo orgásmico, un éxtasis excepcional.

Extracto de Sexo, drogas y violencia, de Iraultza Askerria

Y ella a mí

Niebla - Silvia ViñualesSus labios suspiraban, enlazados a los míos. Los dedos palpitaban, ardiendo como el verano, vistiéndose de sol. Los ojos temblaban bajo mi cuerpo, acaso temiendo la culminación de aquel fuego que abrasaba.

Yo también temblaba, pero no de frío. Habíamos perdido el rumbo de nuestras ansias, y ellas manipulaban nuestra voluntad al antojo de dos corazones alocados.

Volví a extraviarme en el cielo, embriagado. Mi ángel volaba junto a mí, guiándome por el edén en la inmensidad del placer y del éxtasis.

Aterrizamos unos instantes después bajo el ronco jadeo de mis labios. El silencio retuvo las largas horas de la madrugada mientras hablaban nuestras pupilas.

Al final, escuché un no. Daba igual. Pese a todo la amaba.

Y ella a mí, aunque se negaba a admitirlo.

Extracto de Rayo de luna, de Iraultza Askerria

Una chispa de excitación

Era tan apuesto, tan hábil en su movimiento manual…, que se preguntaba si sus dedos serían tan agradables pulsando las melodías guardadas entre sus muslos. Le imaginó desnudo, sin esa camisa, sin esos pantalones ceñidos, sin la ropa interior que le arrancaría a mordiscos. Le imaginó tendido sobre ella, soportando su sagrado peso contra la cadera, percibiendo como el sudor recorría sus cuerpos flamígeros, mirándose recíprocamente con las pupilas extraviadas en el culminante éxtasis. Imaginó la saliva varonil y meliflua descender empalagosamente por su propia garganta.

Blue eye-Pablo Fernández

Sus ojos femeninos chispeaban de excitación, rehuyendo de la ferocidad de su hermano.

—¡Qué me des tu móvil, joder! —Su hermano alcanzó la culminación de la ira. Empuñó con ambas manos el fusil, miró al otro hombre y le disparó—. ¡Y mírame a la cara cuando te hable!

Se hizo un completo silencio, un silencio puntualmente roto por la caída de un cadáver.

Extracto de Sexo, drogas y violencia, de Iraultza Askerria