Ojos teñidos de lágrimas

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Ojos teñidos de lágrimas me observaron durante la noche helada.

Tú estabas acurrucada bajo un soportal, con las manos vistiéndote el rostro y los gemidos de tu voz envolviendo acompasadamente el perfil de tu figura. Menudo, como un arbolillo silvestre, se me aparecía tu cuerpo; frágil como un deseo de porcelana que se rompe cuando llega a cumplirse.

Así de inestable, insegura e inconsolable surgiste en mi vida. Me acerqué a tu público escondite, me arrodillé ante ti como un vasallo y te pregunté si te podía ayudar. Naturalmente, entre argumentos generosos y explicaciones inciertas, declinaste mi ofrecimiento. Querías estar sola con tu soledad; alguien te había hecho daño y nadie podía apaciguar tu dolor.

En esta circunstancia, me acomodé a tu lado, en silencio, y me convertí en una sombra invisible, en una invisible fortaleza, en una fortaleza impenetrable y en una impenetrable alegoría del príncipe azul. Siempre en silencio.

No tenía intención de abandonarte en tu dolor. Aquellos ojos teñidos de lágrimas eran demasiado bonitos como para olvidarlos. Quería verlos felices antes de morirme.

De esta guisa, transcurrí horas a tu lado: mudo, como otra sombra de la noche. En ningún momento me miraste. Pasadas las horas, pensé que te habías olvidado de mi presencia, pero mucho tiempo después, me preguntaste cómo me llamaba.

Habías dejado de llorar. Y sonreías.

Han pasado muchos años, y aún hoy recordamos aquella noche, riéndonos dichosos.

Ya es hora de que el mundo sepa cómo nos conocimos.

Iraultza Askerria

Soledad

Last days of summer - Jose Maria Cuellar

Aquella noche me abrigué bajo el frío de la soledad. No quería la compañía de nadie ni de nada. Ni siquiera la compañía de la literatura. Deseaba profundamente estar solo. ¿Por qué? Lo ignoro.Llegué a casa embutido en un grueso abrigo y con el cabello chorreando por la tormenta que me había cogido desprevenido. Mis amigos se habían librado del chaparrón, y en tal instante se divertían en un aparatoso bar saturado de jóvenes, música y jolgorio. Pero yo quería estar solo. Solo por eso les había abandonado en el amparo y la compañía del resto, y me había precipitado a la inmensidad de la álgida lluvia.

Tras franquear la puerta del domicilio, dejé el abrigo en la percha del vestíbulo y sequé mi pelo para evitar contagiarme de cualquier malavenido resfriado que pudiese entorpecer mi anhelada soledad. Después, me encaminé a mi sombrío dormitorio, donde una pequeña ventana obstaculizaba el acecho desafiante de los rayos y las centellas.

Con la dejadez de un anciano moribundo, me tumbé en el mullido colchón, lugar en el que diariamente pagaba por mi descanso a expensas de un mal aprovechado tiempo, y me limité a cerrar los ojos, cruzar los brazos y callar.

Me desvinculé del mundo, quedando en él la única constancia de mi cuerpo y corazón, y comencé a reflexionar. Medité sobre la vida y la muerte, sobre la codicia y la honradez, sobre el odio y el amor. Medité sobre todo aquello que había forjado mi personalidad y que creía importante. Medité sobre todo menos sobre mí mismo. Transcurrí horas así: con el pensamiento muerto y la apatía viva e insípida aguijoneándome las entrañas.

Serían las cuatro de la madrugada cuando mi teléfono móvil vibró instantáneamente, casi como un suspiro dormido. No respondí a dicho ruego. Ni siquiera pestañeé. Tampoco agité ningún músculo. Sencillamente, permanecí con los ojos clavados en la pálida techumbre, queriendo contagiarme de su blanca e inmensa pureza.

Sin embargo, los minutos transcurrieron incesantes y molestos, como el zumbido de un mosquito. No pude reprimir la curiosidad del momento: aferré el aparato electrónico y examiné la pantalla luminosa. En el centro del visor apareció el número que me había llamado. Era una chica; una chica como otra cualquiera, pero una chica al fin y al cabo.

Entonces, me percaté de que no quería estar solo.

¡Contenido extra!

Recupero en el día de hoy este texto escrito en mi adolescencia, y que en cierto sentido, aglomera la amargura contenida durante los tumultuosos años de la juventud. Pese a todo, el relato esconde cierto brillo de esperanza e ilusión, lo que apenas sin percatarnos de ello nos empuja a luchar por nuestros sueños.

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Mi reloj

Photo - {author}Quiero apropiarme de tu tiempo, y que no tengas que estudiar, dormir o comer. Tan solo te dejaría ir al baño, para ducharte conmigo. Al ser dueño de cada uno de tus segundos, no deberías nada a nadie, ni siquiera a la muerte, siendo mía para toda la vida.

En esa eternidad nuestra, no podrías separarte de mí. Serías mi alma gemela, mi sombra, mi intuición y mi voz, mi sentimiento y mi felicidad. Cada uno de los impulsos eléctricos de mi piel y mi capacidad de absorción de ideas. Podría dejarte que fueras yo mismo inclusive.

Sin miedo al pasado y sin recelo del futuro, sólo existiría nuestro presente. Me encerraría contigo en la habitación blanca de un hotel, y en ella te haría el amor para luego leer las huellas de mis besos sobre tu piel incandescente, y entre los lapsos de cada lectura, aprovecharía para escribirte cuánto te amo.

Al ser amo y señor de tu tiempo, estaría tan pendiente de ti que incluso soñaríamos las mismas cosas, y al final, tú también te convertirías en la dueña de mis horas y mis días.

La aguja de mi reloj vital; la luz de mi reloj de sol; la tierra de mi reloj de arena.

Iraultza Askerria

Entre comas

Photo - {author}No puede poner un punto y aparte, ni tan siquiera un punto y seguido, a los acontecimientos que entrelazan nuestras vidas, porque no concibo una relación a trompicones, compuesta de pequeños trozos a los que los signos de puntuación ponen un punto y final, algo que me niego a compartir, puesto que sólo deseo un vínculo largo, infinito, con un inicio, pero sin ninguna conclusión, donde las estrellas iluminen en la lejanía una vía en expansión, esa que recorreremos tú y yo sin hacer un alto en el camino, andando de la mano y en recíprocos pensamientos por los senderos de la vida, en la cual no habrá mayores lazos que las comas, que las comas que, sosegadamente, calmarán los impulsos de nuestros sexos y nuestros viajes y nuestras conversaciones, y dicho de otra forma, nuestras vivencias y convivencias, porque no existirá término alguno, ningún punto y final, hasta que la muerte decida, por propia voluntad, escribir el requiescat in pace.

R.I.P.

Iraultza Askerria