Verte dormir

Photo - {author}Cuando duermes y te miro, me pareces el cuenco de misterios y el eco de las supernovas que llaman al otro lado del universo. Tu boca entreabierta, suspirando pecados y promesas ciertas, y las pestañas largas bien cerradas sobre tus ojos de arco iris. Las mejillas blancas, los pómulos enrojecidos por la almohada, la frente serena e inmaculada. Tu rostro suspendido en el sueño como el más beato de los inmortales.

Verte dormir es un espectáculo en la oscuridad de la noche; una nueva disciplina artística; una oportunidad de brindar por la naturaleza contemplando tu belleza. Y en ello quiero pasar mis horas nocturnas, diurnas, muertas, ciegas, vivas, eternas, acechándote mientras descansas, sabiéndote mía bajo el amparo de las sábanas como el loco hambriento que soy, enloquecido por tu hermosura.

Iraultza Askerria

Danubio

Photo - {author}Hay un barco navegando por el Danubio, de casco níveo y motorizado, sin más velamen que una melena negra, agitándose al son de la libertad. Hay una embarcación que se desliza por el agua turbia, como una caricia sobre un sexo eyaculado, mientras unos ojos femeninos avistan el horizonte, limpiándolo todo con su inherente dulzura. Hay un bajel que transporta a una diosa ante la mirada sorprendida de los parroquianos, y que siente el orgullo de ser el trono de una princesa, el palacio de una diva, el amparo de una reina. Hay un navío sobrevolando las ondas azules, fieles reflejos del cielo perlado, que al romperse ante esa mirada gloriosa, parecen aplaudirla como dándole la bienvenida. Hay un ferry sumergido en el Danubio, llevando consigo un corazón, un alma, una niña, un amor, alardeando ante ella de la belleza de una ciudad aun sabiendo que transporta la más hermosa figura de Europa.

Iraultza Askerria

Cuando a una joven ves bailar

Bien entrada la madrugada, la música aún sonaba en el interior del club, cuya estancia subterránea parecía ajena a lo que sucedía en las afueras. En el exterior, el frío hería los sentimientos del ser humano y cuajaba su piel frágil y macilenta, mientras la lluvia amortiguaba los gritos del cielo sobre sus cabellos de polvo. Nada hacía apetecible salir a la penumbra de la noche.

En el interior del club, todo era más agradable, ameno y acogedor. Las luces de colores iluminaban los corazones joviales. La pista de baile estaba inundada por los cuerpos de mis amigos, y algún que otro bailarín espontaneo más. Era tarde, y la mayoría de la gente había abandonado ya el local, por lo que se podría decir que sólo quedábamos nosotros.

La música sonaba vespertina por los altavoces ubicados en las alturas. Descendían los sonidos agudos al ritmo de los timbales sintetizados, marcando el paso, el giro y el movimiento de cintura; ese movimiento tan enloquecedor en la pelvis de las muchachas de veinte añitos. Había en la pista varias jóvenes que se abrazaban a la melodía y se dejaban arrastrar por la misma, mientras sus cuerpos se contoneaban como un rayo de luna envuelto en el fuego del sol.

Me sentía igualmente sofocado por la popular canción, tantas veces escuchada en radios y emisoras, que en aquel instante resonaba por toda la estancia. La voz masculina invitaba al movimiento más lujurioso y el teclado solista marcaba los intervalos entre las bruscas vueltas y los pasos acompasados y firmes. Incluso yo, tan poco dado a la expresión corporal del arte, podía desquiciarme en la locura de la música festiva, haciendo que mis extremidades se meneasen como un apéndice del cadencioso tambor.

Pero la madrugada se acercaba ya al irremediable despertar y el club nocturno estaba prácticamente vacío. Sólo los soñolientos camareros, mi cuadrilla de amigos y algún otro espíritu danzarín paseaban al ritmo de la moribunda música.

Cuando la canción terminó, los focos que habían permanecido apagados cobraron vida en forma de blancos rayos, y las luces de colores quedaron muertas en la oscuridad más aburrida. La luminosidad nos cegó unos breves instantes para despertar poco después ante una realidad poco excitante: era momento de volver a casa.

La gente comenzó a recoger sus chaquetas y abrigos, mientras algún rezagado corría hacia el aseo a liberar la vejiga. Entre tanto, los camareros habían abandonado la barra del bar para recoger los recipientes desperdigados a lo largo y ancho del local. Los altavoces entonaban suavemente canciones tranquilas, a un volumen casi inapreciable.

A los pocos minutos, estábamos a punto de abandonar el local y varios compañeros empezaban a subir las escaleras que conducían hacia la salida. Pero justamente entonces, una canción comenzó a sonar en el ambiente, rasgada y melancólica. Me quedé clavado junto a la pista de baile, escuchando una sevillana que nunca había oído; una sevillana que guardaba el ritmo más nostálgico del flamenco.

Sangre Flamenca

Entonces me volví hacia la pista de baile, parecido a un desierto, a un vacío. Pero en el centro, un oasis lozano y vigoroso se movía; único, inalcanzable y solitario. Se trataba de una muchacha, una muchacha de veinte primaveras.

Pelirroja, de ojos dulces, carita pálida y generosas caderas; todo ello ataviado con una chaqueta verde y unas sencillas zapatillas negras. Me pareció el último ángel del mundo, tan sola como estaba en el centro de la pista, danzando bajo la inspiración de aquella sevillana nocturna.

Alzaba un brazo y bajaba otro; doblaba las muñecas y extendía los dedos. La guitarra flamenca le marcaba un paso hacia adelante y otros hacia atrás; mientras las palmas y las castañuelas recogían su cintura en un sensual abrazo.

Un silencio en la canción y la muchacha se detuvo. Cerró los ojos, espléndida, y retomó la marcha un segundo después, meneándose como una cálida brisa, como una ola espumosa de energía; mientras la melodía flamenca la aplaudía y la engalanaba con sus sones, con sus requiebros, que aunque tristes, enamoraban.

Me apoyé contra una pared del local, perturbado por la máxima manifestación de arte y belleza que podía soportar mi mente. Casi habría muerto de osadía por querer contemplar lo que debía estar prohibido para los mortales. Pero resistí como un héroe empedernido, mientras la sevillana seguía lloviendo por los altavoces, y la muchacha se mojaba bajo la cadenciosa música.

No te vayas todavía,
no te vayas por favor.
No te vayas todavía
que hasta la guitarra mía
llora cuando dice adiós.

Olé. Su cuerpo se deslizaba como un suspiro y su aroma de niña se dilataba junto a una música de ensueño. Echó la cabeza hacía atrás y se puso de puntillas, aguantando en el pecho el silencio oportuno de la canción; para luego caer sobre sus livianos tobillos y proseguir aquella marcha de ensueño.

Rompía con sus brazos el aire y con las manos extendía esplendor. Se agarraba el borde inferior de la chaqueta y lo alzaba simulando un vestido de volantes. Vertiginosa e intensa como esa estrella fugaz que se escapaba de las emociones mundanas. Paso, atrás, arriba, niña quieta que vuelve y se revuelve en su propio aplauso.

Entonces derramé una lágrima. Luego esbocé una sonrisa. Lágrima por el dolor de la canción y sonrisa por la hermosura de aquella danzarina y serafín, de aquel sueño real en una noche tormentosa, perdido en la plena casualidad del destino. No hay mayor arte que aquel que aúna sentimientos.

Algo revivió en mi alma cuando a aquella niña vi bailar.

Salí apresurado del club con la imagen de aquel cabello rojo agitándose entre luces de nieve; corrí lejos de mis amigos, lejos de mi propia sombra y muy cerca de la musa que agonizaba sin una pluma con la que saciarse.

De este modo llegué a casa, abrí el tintero y escribí estas líneas.

Iraultza Askerria

Tus ojos

alina's eye - ^@^ina (Irina Patrascu)

Frente, sudario de perlas
sobre cristal oceánico.
Niña tus ojos son llave
de los candiles volcánicos.
Boca que sabe agua dulce
bajo un acuoso remanso.
Niña tus ojos son oda
de los torrentes más cálidos.
Pechos, soporte de estrellas
del azul cielo el ornato.
Niña tus ojos de mi alma
son el enérgico ánimo.
Vientre varado a la orilla
de los manjares más caros.
Niña tus ojos del mundo
son el edénico hálito.
¡Ay, mi niña! De tu cuerpo
con versos pinto su trazo.
Pero por mucho que afane
no sé pintar tus ojazos.

Iraultza Askerria

Labios

Lujuria / Lust: Sabores - {author}Tienes los labios más bonitos del mundo, con su leve aroma a jazmín y a rosa, su elegante forma de acueducto romano, húmedo en cada uno de sus arcos. En la comisura de los labios nace el augurio de un futuro mítico, celestial, merecedor de epopeyas y poemas épicos. Luego se despliegan hacia el centro, ensanchándose como el latido de un corazón, y es entonces cuando más hermosa se vuelve la boca, con el labio inferior y el labio superior pugnando por ver cuál es más bello.

Ninguno pierde: perfección dentro de la perfección.

El labio de arriba dominante, certero, sabio, con su traza barroca, monumental, producto de la arquitectura de un pintor de la corte, como Velázquez o Goya. El de abajo más inocente, puro, erótico, sensual, como un edén de perfumes almizclados o la carne de una doncella sin desvirgar. En conjunción, lo tienes todo: fuego y agua, tierra y cielo, caos y cosmos, retrato de una reina y retrato de una dama.

Tus labios son la pareja perfecta entre el amor y la sexualidad. Con ellos puedes consagrar la felicidad con una sonrisa y besar las bocas de aquellos mortales que tuvieron la suerte de probarte. Con ellos puedes gritar, resollar, reír. El oráculo de los deseos. El templo de Venus. El Partenón de la beldad femenina.

Y aquí estoy yo, rezando; sacrificando hecatombes líricas en tu recuerdo, suplicándole a tus labios que me tiñan el rostro con su eterna saliva. Quiero besarte, besarte, besarte, rozar tu boca con la mía, y con las yemas de los dedos recorrer la sinuosa pendiente que va de arriba abajo. Quiero entrar en tu boca con un anhelo vehemente, y mirarla durante horas, fotografiarla en la memoria, reír mientras ríe, besar mientras besa, gemir mientras gime. Quiero que devores mi alma y morir entre tus labios de jazmín.

Quiero entrar en la puerta de los cielos y nunca más salir de ahí.

Iraultza Askerria

El pintor fracasado

Photo - {author}Pues sí, yo iba para pintor. De hecho, cuando me preguntaban qué quería ser de mayor, yo lo tenía claro: “¡pintor de cuadros!”, gritaba exaltado con mi aguda voz de infante mimado, “¡pintor de pincel!”.

Con esta premisa, recibí seis años de formación de dibujo artístico, llegando a adquirir una considerable maestría con el carboncillo, especialmente, como copista. Desarrollé esta aptitud hasta la adolescencia, cuando el deseo de dibujar paisajes sucumbió ante la necesidad de retratar mujeres.

Así que me dediqué a ello entusiasmadamente.

Con el bloc de folios bajo el brazo y el carboncillo en el bolsillo, me acomodaba en un banco cercano al metro de la calle Ibiza, junto al Parque del Retiro. El momento del día elegido era el ocaso. El amanecer traída consigo el rostro soñoliento de las jóvenes promesas y solo las horas despertaba la belleza de esos rasgos incipientes; por ello, la tarde era un periodo mucho más propicio para desplegar mis cualidades como dibujante.

Me sentaba ahí, tranquilo, a la espera de que las chicas jóvenes de mi edad, con el pelo perfumado, el rostro dulce, la inocencia vacilante en el iris de los ojos y los ademanes ligeros, apareciesen junto a la salida del metropolitano. Entonces, cuando una de ellas surgía de la nada, como un ángel invocado, desenvainaba el lápiz y trazaba las formas de tan dulce doncella.

Dibujaba, retrataba, insistía; sombreaba, esbozaba y seguía; bosquejaba, afilaba y veía que mi ángel se volvía deforme. Tornaba, pintaba y reproducía; maquillaba, perfilaba y comprendía que aquella mujer no podía ser retratada, que su belleza, aunque bonita a ojos de un mortal, era falsa e irreverente para la grafía de un pintor.

De esta guisa, lanzaba el retrato fallido a la papelera más cercana, y esperaba a una dama más bonita, más dulce, más divinal que la primera.

Ya cuando la noche rozaba las diez y la oscuridad había dilatado mis pupilas como si estuviera drogado, apareció ella. Una muchacha de quince primaveras, con el pelo recogido en un coleta larga, azabache y aterciopelada. Le caía el cabello hasta más allá de la cintura, y las puntas le rozaban morbosamente la nalga derecha. Tanto ésta como la izquierda eran firmes, duras, redondeadas; y el ceñido pantalón vaquero, de poco más de treinta centímetros, acentuaba aún más esas formas de vértigo. Los muslos surgían fibrosos, morenos, torneados; me pregunté si algún labio habría ascendido por esas portentosas carnes para escalar el monte de Venus. Si no lo había, mi pincel sería el primero en hacerlo.

Antes de perderla de vista, me dediqué a la fatigosa tarea de retratarla. Su figura era almíbar y sus ojos cacao, su rostro leche y sus labios frambuesa; un cúmulo de sabores y texturas que avanzaba lentamente por la acera, dejando la estela imborrable de su figura. Tenía los pechos menudos, pero ovalados y puntiagudos; una ajustada camiseta morada remarcaba sus pezones. Ojalá hubiese podido subir y bajar por el valle de su aliento, dejando el vestigio de mi saliva. Si no podía yo, mi lápiz haría el trabajo.

De esta forma, me hallaba dibujando, pintando y retratando; formando, componiendo y trazando; detallando, definiendo y diseñando. Hasta que la chica me sobrepasó por varios metros, perdiendo por completo la perspectiva de su rostro. Entonces, sólo entonces, procedí a revisar mi trabajo.

Era un monstruo: había dibujado un monstruo. Aquel ángel se había transformado en una horrible Górgona. Los cabellos parecían culebras, negras de veneno; las piernas delgadas serpientes; los ojos se asemejaban a agujeros sin vida y la boca se abría como una burla mordaz. Ni siquiera los pechos habían guardado algo de similitud con los originales: eran planos, sin forma, sin gusto.

Iracundo, furioso y enrabietado, aplasté el dibujo entre los dedos, rasgué el papel y lancé los jirones al suelo. Lo mismo hice con el carboncillo y el resto del cuaderno. Después, me alcé de un salto del banco y seguí con la mirada a aquella joven mujer que no supe trazar con el lápiz.

La seguí varios metros, tal vez kilómetros, lo suficientemente alejado de ella como para que no se percatase de mí. ¿Por qué lo hice? No quería olvidarla, era demasiado bonita. Puesto que no supe retratarla con un dibujo, quise mantener el recuerdo siempre vivo en mi memoria.

Y, de esta forma, pasé el resto de mi vida pintándola con palabras.

Iraultza Askerria

Mirándote

Photo - {author}Así que todo es tan plácido al mirarte, que la marea se reprime y el oleaje decrece y las ondas suaves recorren la superficie marina en un sosiego pletórico, culminado por tu hálito, nana de bebé.

Al observarte, los labios se agitan con la caricia de una voz angelical, y el aire atmosférico se vuelve de rosa y oro. Es el resplandor vitalicio de tu proximidad ardiente, efusión química, física de los deseos; lanzas tu velo de fuego al oxígeno y al carbono y al nitrógeno que te rodea, quemándolo todo con tu belleza.

Te contemplo serena, sentada, charlando, con el largo cabello negro cayendo alborotadamente por tus mejillas de alabastro, y cubriéndote hombros, pechos y espalda con el roce suave de las hebras morenas, mientras los frecuentes movimientos de tu mano húmeda perseveran en apartar uno u otro mechón de pelo, como queriendo mostrar el rayo de luz que atesoran esas mejillas sonrosadas, esas que tanto añoro besar.

Te examino de esta forma, encerrada en un televisor, tan natural como la naturaleza misma, tan inmensa como el propio cosmos, y me siento tan enamorado de ti, tan obcecado por tu belleza, que el tiempo se para, inmutable, mientras mis ojos marrones te acechan en la distancia, buscando el momento más idóneo para desnudar tus carnes y hacer con ellas todo lo que está prohibido para la literatura.

Iraultza Askerria

Monumento

3189-Monumento a Daoiz y Velarde en Segovia (Castilla y Leon) - {author}Dulce y altiva como un monumento antediluviano que perdura en la memoria de hombres, retratos de artistas y diccionarios. Te alzas así sobre el mundo, momificada como un cielo cuya belleza sólo se puede contemplar. Tocarte, o aún peor, saborearte queda reservado a los dioses.

Catedral de huesos de mármol, templo de agua sagrada, alcázar de trémulas carnes que se defiende de la soledad. En tu seno la poesía vive y suspira, en tu boca florece la inspiración y se acongojan los miedos, y en tus pupilas crepitan soles, lunas, astros y galaxias enteras.

¿Existe mayor patrimonio para la humanidad? ¿Joya de más valor? ¿Mujer, flor, palacio o universo que acapare más belleza que la tuya? No, claro que no.

Yo inmortalizaré tu casco antiguo, convertiré tus esbeltas columnas en un nuevo orden arquitectónico, propondré las arquivoltas de tu cabello como patrón para ornamentar portadas, y la silueta de tu pecho formará un novedoso arco apasionado, sólido y precioso.

Las nuevas construcciones replicarán el perfil de tu cuerpo, y en el futuro todas las ciudades del mundo se parecerán a ti. No habrá lugar donde no se escuche tu nombre.

Iraultza Askerria

Desnudándose

Me dio la espalda.

Luego, se desprendió de la camiseta naranja.

Yo ni siquiera aparté los ojos…

Se desnudó… despacio, con soltura pero despacio, dejando la prenda sobre el escritorio y manteniendo el cuerpo erguido en toda su altura, señorial. Tenía el cabello recogido en una serie de bucles que descendían por detrás de sus hombros. Pude ver la espalda en toda su magnificencia. Se me reveló la piel de seda un deseo inextinguible que me arrancaba la respiración; el corazón ya había sido arrancado tiempo atrás. Era tan hermosa, tan perfecta… Su piel morena, sus hombros menudos, su cintura estrecha…

Extracto de Rayo de luna, de Iraultza Askerria

Lo que esconden las palabras

Por las mañanas, cuando llegaba a la oficina, acostumbraba a tomarme un café con mucho azúcar. Disponíamos de una máquina en recepción, que ofrecía varios tipos de infusiones y bebidas de chocolate. Siempre había pensado que el electrodoméstico despachaba en realidad veneno de matarratas, porque el sabor agrio e insípido de la bebida tenía poco que ver con el café. Pero, visto de otro punto, no teníamos otra cosa en la oficina; y por las mañanas, siempre apetecía una bebida caliente.

En esto estaba: apoyado contra la máquina de recepción mientras mantenía una conversación insustancial con la secretaría. Llevábamos hablando casi cinco minutos, lo cual era todo un récord teniendo en cuenta que el diálogo aún no había sido interrumpido por el teléfono o por el timbre de la entrada.En aquel instante, Olga apareció en recepción. Me saludó con la cabeza y se encaminó directa a la impresora, ese engendro tan amigo de los escritores y enemigo de la naturaleza. Olga era una chica que no llegaba a los veinticinco años. Tenía una piernas largas y un culo de vértigo, siempre ataviado con un vaquero ceñido que hacía refulgir sus curvas de mujer. Se paseaba por la oficina como una modelo, siempre con la cabeza alta, la mirada orgullosa y el ego resguardado en sugerentes escotes. Resultaba excitante verla tan segura de su cuerpo perfecto, tan atractiva. Resultaba excitante respirar su aroma de seguridad y prepotencia. Resultaba excitante imaginar cuál sería el perfume de su húmedo sexo. Pero, desgraciadamente, resultaba patético saber que no tendría nada de excitante dentro de diez años, cuando las arrugas, las ojeras y la grasa localizada comenzasen a mellar su esbelta figura.

Aparté mi mirada de la joven mientras ésta manipulaba un cúmulo de papeles, y volví a centrarme en la conversación que mantenía con la secretaría. Pero el diálogo finalizó un instante después, cuando el teléfono comenzó a llamar la atención de la recepcionista.

Justo entonces, alguien entró en la oficina, abriendo la puerta con su tarjeta electrónica. Se trataba de Eva, otra joven de físico extraordinario, pero caracterizada por un genio fuerte, simpático y suspicaz.

—Buenos días —saludó Eva, con amabilidad.

—Hola —devolví el saludo, escrutándola con mis ojos de cuervo.

Había venido sorprendentemente arreglada. El caballo le caía como una cascada de rizos por los hombros, y resplandecía gracias al uso de alguna laca de fijación. Los ojos estaban adornados por una combinación de sombras azules y negras, y el rímel alargaba sus pestañas y las mantenía húmedas y brillantes. Sus pómulos estaban tersos y coloreados levemente. Vestía una chaqueta negra que se estrechaba en la cintura y una falda vaquera que dejaba entrever sus piernas desnudas. Todo esto se completaba con unas botas altas de cuero. Sinceramente, estaba buenísima.

Entonces, Olga volvía de la impresora con varios folios imprimidos, siempre con su caminar divino y egolátrico. Se detuvo de súbito al ver a Eva.

—Vaya, ¡qué guapa has venido hoy! —lisonjeó Olga, examinando a su compañera de arriba abajo mientras yo las analizaba a las dos.

—Gracias —respondió Eva con una sonrisa, y en sus ojos maquillados pude ver el verdadero significado de aquel agradecimiento.

Posteriormente, las dos jóvenes desaparecieron en el interior de la oficina, charlando entre ellas.

Yo seguía apoyado en la máquina de café, con un pequeño vaso en la mano. Ya estaba frío, tan frío como mi corazón al ver aquel numerito de alabanzas y agradecimientos.

Ni Olga ni Eva habían sido sinceras en sus palabras. Pero en sus ojos, profundos pozos de sinceridad, pude discernir el verdadero significado de sus frases:

“Esa perra está más buena que yo”, había pensado Olga.

“Esa zorra quiere algo”, había pronosticado Eva.

Ninguna de las dos se equivocaba.

Iraultza Askerria