El poder de tu figura

 - {author}
Si tu rostro está encendido,
color fuego en tu sonrisa,
y si sientes que la prisa
te ha insegura convertido,
suelta el aire, afianza el paso
y del miedo no hagas caso.
Si tu ser desprotegido
se halla al fin de una cornisa
y en el fondo se divisa
un futuro confundido,
medio lleno mira el vaso
que tu luz vence al ocaso.
Si tu mundo se revela
solitario o sin apoyo
como si el más firme escoyo
quisiese apagar tu vela,
en agua tu alma convierte
que no habrá nada más fuerte.
Si has perdido al centinela
que libraba todo embrollo
y cayendo tras un hoyo
sientes tu inestable estela,
ignora a quien detenerte
intenta trabar tu suerte.
Haya incertidumbre o miedo
o incluso vías de fuego,
nada habrá que a tu dulzura
pueda hacerle figura.

Iraultza Askerria

Pacto con el diablo

Demonio - {author}
Háblame de la historia del pecado
que en tu cara creó gracia y lindeza,
pues no habrá ningún sino más preciado
que aquel que dio un comienzo a tu belleza.
Por eso me pregunto atormentado
si con Satán pactaste la proeza
de que fuera tu faz mundo estrellado
otorgándole a cambio tu pureza.
¡Admítelo! ¡Admítelo mortal!
Astuta dama, fémina perfecta
cuya belleza el corazón me afecta,
que eres la primogénita del mal,
sirena, vampiresa sin amor
para este niño entrado en el terror.

Iraultza Askerria

El trino de un pájaro

ruiseñor 01 - rossinyol - rufous nightingale - luscinia megarhynchos - {author}En el punto intermedio entre la razón y el alma, un pájaro sembró su trino. Era melódico, dulce, acompasado; como un gemido, como un arrullo, como un silencio sonriente. Tenía forma de cabello liso y de mirada radiante; también aroma de flor virginal y textura de seda dorada. Recordaba a la vida más inocente, a la simpatía más melosa y a la belleza más inmarcesible. El trino de un ave que abarcaba todas estas sensaciones y sentimientos. Un trino que en el fondo de su música cantaba tu nombre de dos sílabas. Un nombre, que aún hoy, no me atrevo a pronunciar.

Iraultza Askerria

 

Azucena

Fragancia de Azucena - Aysha Bibiana Balboa

¡Ay!, hermosa azucena en este valle,
blanca miel en boca de serafín;
del ladrón codicioso su botín.
Ojalá entre mis brazos al fin te halle.

Como la vagabunda de la calle
que se expande de aquel a éste confín,
en mi corazón te extiendes afín,
por mi cuerpo con lujoso detalle.

Azucena estival, ¿dónde estarás?;
tu aroma en este valle y nada más,
y tus caricias solo en mi recuerdo.

Azucena querida, mi azucena,
inabarcables pétalos de pena,
convirtiendo en demente a un hombre cuerdo.

Iraultza Askerria

A la musa

 - Paula Aparicio
Yo creo que mereces que te escriba
un soneto que alabe tu mirada,
tu sonrisa, tu cara inmaculada,
todo tu cuerpo, desde abajo arriba.
Pues me encanta también que seas viva,
como un cielo de azul o llamarada
que nunca está brumoso o apagada,
siempre abierta, melosa y efusiva.
Así que niña de la antigua Bética
aquí te cedo mi ronco cariño
para que feliz hagas a este niño,
y te conviertas en su vida y ética,
en su diosa presente aunque distante,
en Margarita, Lo o Bea de Dante.

Iraultza Askerria

Cenicienta

Cristal. - Marcos de MadariagaCenicienta. Zapatitos de cristal. La corona que relumbra en tu frente. Los ojos… abiertos, pétalos, tesoros, estrellas, mansos ríos y agitadores vientos. Carmín derretido en la curva de tu sonrisa. Las mejillas frágiles…, pedazos de pan, caliente y húmedo de mi saliva, de mi ansia. Cuerpito de dócil fuego, ardiente arena, morena luz… ¡todo eso eres tú! Cenicienta por una noche, que al amanecer desapareces tras un sueño de cenizas y dolorosas nostalgias.

Iraultza Askerria

La princesa de Gades

Home - Juan Diego JiménezSara abrió entonces los ojos, y con ello, la costa gaditana se llenó de claridad. El sol fulguraba sobre aquella princesa, encamarada a lo alto del faro que alumbraba las caprichosas ondas del Atlántico. Su mirada de niña mimosa rivalizaba con la propia estrella solar. Eran unos ojos de noche estelífera, mucho más nítidos y profundos que la monumentalidad violenta del astro rey. Vida llena de vida.

La brisa marina le retozaba por la cara, creando tibios molinos en su cabello de ébano y agitando cada hebra en una profusión de destellos. El amanecer sonrosado simulando el pudor de sus mejillas virginales. ¿Había algo más bonito que aquel rostro asomado al fin del mundo? ¿Había algo más pleno e íntegro? ¿Más completo? ¿Más perfecto?

Cualquier hombre habría respondido con un no. Sara era la verdadera sirena de Gades, la gran perla de la Bética, la sensual bailarina que desafiaba a la mismísima Teletusa.

De hombros esbeltos y finísimo cuello. Estaba ataviada con un peplo escotado de albino color, y un cinturón que abrazaba su vientre de bizcocho dorado, como la cebada. Bajo los brazos desnudos, el vino fluctuaba trasportando dulzura y en las dársenas de sus dedos se cobijaba en tímidas palpitaciones.

¿Y en sus pechos? Allí brillaba una canción en aleluya, en la mayor, mástil inconmensurable de poesía. Ciertamente, aunque nadie en Gades lo supiera, Sara había recibido el don de Apolo. La décima musa. Sara era poetisa.

Había trascrito sus amores mirando al mar, a veces desde el Templo de Saturno, otras desde el foro, pero siempre con un pergamino y un cálamo, dejando a la imaginación desbordarse desde sus cuencas negras hasta la vastedad del cielo.

Frecuentemente, se despertaba en mitad de la oscuridad, recorría las calles adormecidas de Gades y trepaba por el faro del muelle. Desde la cima podía contemplar el crepúsculo en su máximo apogeo y escribir la belleza de las emociones. Tal y como había intentado hacer aquella mañana.

Pero en esta ocasión, no la habían conducido a lo alto de la torre marina ni sus ilusiones literarias ni su afán por contemplar la hermosura del universo. En vez de ello, gemebunda y llorosa, se había encamarado a la cresta del faro con la única intención de plañir. Desconsolada, perla de concha cerrada, henchida de heridas en el caparazón, cubierta de sal y desabrigada en una playa inhóspita.

La princesa moría de amor.

Aquel joven apuesto y franco, de cabellos rubios y acento íbero, había sido mandado a luchar a las Galias, bajo las órdenes de un general conocido por su temeridad. Cuando la noche anterior se habían despedido con un beso de fuego y nada más, Sara supo que nunca más volvería a verlo.

Ahora, con el joven exiliado a mil kilómetros, su corazón le llamaba a voces y la poesía de su alma brotaba a raudales por los poros de la piel, quemando e irritando las emociones. ¿Valía la pena escribir palabras de dolor, versos atribulados, lírica atormentada? ¿Valía algo la pena cuando el amor se perdía? ¿Y la vida, que era la vida sin un amante, sin una mano suave, sin un abrazo férreo más que pena?

La vida no era nada; y la poesía menos aún.

La princesa de Gades, carcomida por el tormento, no podía ver más allá su romance; y por eso, mientras miraba la luz del amanecer rojo y dejaba que su cuerpo cayera al vacío, no cesó de pensar en él.

Iraultza Askerria

Verte dormir

Photo - {author}Cuando duermes y te miro, me pareces el cuenco de misterios y el eco de las supernovas que llaman al otro lado del universo. Tu boca entreabierta, suspirando pecados y promesas ciertas, y las pestañas largas bien cerradas sobre tus ojos de arco iris. Las mejillas blancas, los pómulos enrojecidos por la almohada, la frente serena e inmaculada. Tu rostro suspendido en el sueño como el más beato de los inmortales.

Verte dormir es un espectáculo en la oscuridad de la noche; una nueva disciplina artística; una oportunidad de brindar por la naturaleza contemplando tu belleza. Y en ello quiero pasar mis horas nocturnas, diurnas, muertas, ciegas, vivas, eternas, acechándote mientras descansas, sabiéndote mía bajo el amparo de las sábanas como el loco hambriento que soy, enloquecido por tu hermosura.

Iraultza Askerria

Danubio

Photo - {author}Hay un barco navegando por el Danubio, de casco níveo y motorizado, sin más velamen que una melena negra, agitándose al son de la libertad. Hay una embarcación que se desliza por el agua turbia, como una caricia sobre un sexo eyaculado, mientras unos ojos femeninos avistan el horizonte, limpiándolo todo con su inherente dulzura. Hay un bajel que transporta a una diosa ante la mirada sorprendida de los parroquianos, y que siente el orgullo de ser el trono de una princesa, el palacio de una diva, el amparo de una reina. Hay un navío sobrevolando las ondas azules, fieles reflejos del cielo perlado, que al romperse ante esa mirada gloriosa, parecen aplaudirla como dándole la bienvenida. Hay un ferry sumergido en el Danubio, llevando consigo un corazón, un alma, una niña, un amor, alardeando ante ella de la belleza de una ciudad aun sabiendo que transporta la más hermosa figura de Europa.

Iraultza Askerria

Cuando a una joven ves bailar

Bien entrada la madrugada, la música aún sonaba en el interior del club, cuya estancia subterránea parecía ajena a lo que sucedía en las afueras. En el exterior, el frío hería los sentimientos del ser humano y cuajaba su piel frágil y macilenta, mientras la lluvia amortiguaba los gritos del cielo sobre sus cabellos de polvo. Nada hacía apetecible salir a la penumbra de la noche.

En el interior del club, todo era más agradable, ameno y acogedor. Las luces de colores iluminaban los corazones joviales. La pista de baile estaba inundada por los cuerpos de mis amigos, y algún que otro bailarín espontaneo más. Era tarde, y la mayoría de la gente había abandonado ya el local, por lo que se podría decir que sólo quedábamos nosotros.

La música sonaba vespertina por los altavoces ubicados en las alturas. Descendían los sonidos agudos al ritmo de los timbales sintetizados, marcando el paso, el giro y el movimiento de cintura; ese movimiento tan enloquecedor en la pelvis de las muchachas de veinte añitos. Había en la pista varias jóvenes que se abrazaban a la melodía y se dejaban arrastrar por la misma, mientras sus cuerpos se contoneaban como un rayo de luna envuelto en el fuego del sol.

Me sentía igualmente sofocado por la popular canción, tantas veces escuchada en radios y emisoras, que en aquel instante resonaba por toda la estancia. La voz masculina invitaba al movimiento más lujurioso y el teclado solista marcaba los intervalos entre las bruscas vueltas y los pasos acompasados y firmes. Incluso yo, tan poco dado a la expresión corporal del arte, podía desquiciarme en la locura de la música festiva, haciendo que mis extremidades se meneasen como un apéndice del cadencioso tambor.

Pero la madrugada se acercaba ya al irremediable despertar y el club nocturno estaba prácticamente vacío. Sólo los soñolientos camareros, mi cuadrilla de amigos y algún otro espíritu danzarín paseaban al ritmo de la moribunda música.

Cuando la canción terminó, los focos que habían permanecido apagados cobraron vida en forma de blancos rayos, y las luces de colores quedaron muertas en la oscuridad más aburrida. La luminosidad nos cegó unos breves instantes para despertar poco después ante una realidad poco excitante: era momento de volver a casa.

La gente comenzó a recoger sus chaquetas y abrigos, mientras algún rezagado corría hacia el aseo a liberar la vejiga. Entre tanto, los camareros habían abandonado la barra del bar para recoger los recipientes desperdigados a lo largo y ancho del local. Los altavoces entonaban suavemente canciones tranquilas, a un volumen casi inapreciable.

A los pocos minutos, estábamos a punto de abandonar el local y varios compañeros empezaban a subir las escaleras que conducían hacia la salida. Pero justamente entonces, una canción comenzó a sonar en el ambiente, rasgada y melancólica. Me quedé clavado junto a la pista de baile, escuchando una sevillana que nunca había oído; una sevillana que guardaba el ritmo más nostálgico del flamenco.

Sangre Flamenca

Entonces me volví hacia la pista de baile, parecido a un desierto, a un vacío. Pero en el centro, un oasis lozano y vigoroso se movía; único, inalcanzable y solitario. Se trataba de una muchacha, una muchacha de veinte primaveras.

Pelirroja, de ojos dulces, carita pálida y generosas caderas; todo ello ataviado con una chaqueta verde y unas sencillas zapatillas negras. Me pareció el último ángel del mundo, tan sola como estaba en el centro de la pista, danzando bajo la inspiración de aquella sevillana nocturna.

Alzaba un brazo y bajaba otro; doblaba las muñecas y extendía los dedos. La guitarra flamenca le marcaba un paso hacia adelante y otros hacia atrás; mientras las palmas y las castañuelas recogían su cintura en un sensual abrazo.

Un silencio en la canción y la muchacha se detuvo. Cerró los ojos, espléndida, y retomó la marcha un segundo después, meneándose como una cálida brisa, como una ola espumosa de energía; mientras la melodía flamenca la aplaudía y la engalanaba con sus sones, con sus requiebros, que aunque tristes, enamoraban.

Me apoyé contra una pared del local, perturbado por la máxima manifestación de arte y belleza que podía soportar mi mente. Casi habría muerto de osadía por querer contemplar lo que debía estar prohibido para los mortales. Pero resistí como un héroe empedernido, mientras la sevillana seguía lloviendo por los altavoces, y la muchacha se mojaba bajo la cadenciosa música.

No te vayas todavía,
no te vayas por favor.
No te vayas todavía
que hasta la guitarra mía
llora cuando dice adiós.

Olé. Su cuerpo se deslizaba como un suspiro y su aroma de niña se dilataba junto a una música de ensueño. Echó la cabeza hacía atrás y se puso de puntillas, aguantando en el pecho el silencio oportuno de la canción; para luego caer sobre sus livianos tobillos y proseguir aquella marcha de ensueño.

Rompía con sus brazos el aire y con las manos extendía esplendor. Se agarraba el borde inferior de la chaqueta y lo alzaba simulando un vestido de volantes. Vertiginosa e intensa como esa estrella fugaz que se escapaba de las emociones mundanas. Paso, atrás, arriba, niña quieta que vuelve y se revuelve en su propio aplauso.

Entonces derramé una lágrima. Luego esbocé una sonrisa. Lágrima por el dolor de la canción y sonrisa por la hermosura de aquella danzarina y serafín, de aquel sueño real en una noche tormentosa, perdido en la plena casualidad del destino. No hay mayor arte que aquel que aúna sentimientos.

Algo revivió en mi alma cuando a aquella niña vi bailar.

Salí apresurado del club con la imagen de aquel cabello rojo agitándose entre luces de nieve; corrí lejos de mis amigos, lejos de mi propia sombra y muy cerca de la musa que agonizaba sin una pluma con la que saciarse.

De este modo llegué a casa, abrí el tintero y escribí estas líneas.

Iraultza Askerria