Una oferta de empleo

Photo - {author}La oficina olía a periódico viejo, café insípido y rancio aburrimiento. Las sillas arrastraban culos orondos mediante frenéticos movimientos hipercalóricos. La luz del techo guerreaba contra los rayos que irrumpían por los ventanales, en una orgía de explosiones y destellos. El ruido estridente de los teléfonos, de las chirriantes impresoras y de los ordenadores funcionando a toda máquina obstaculizaban los gritos de jefes, responsables y coordinadores.

Entre tanta discordia, el señor Alonso discurría cómo excusar la multa por exceso de velocidad que le habían impuesto hacía unos días, en vez de dedicarse a la monótona tarea de contabilizar las facturas que reposaban sobre su escritorio. Pero después de siete años gestionando las finanzas de aquella empresa que le suministraba un sueldo, se había dado cuenta de que le traía sin cuidado la economía de la misma, y que los problemas que tuviera él con hacienda o los servicios jurídicos tenían mayor repercusión.

Un repentino correo electrónico interrumpió el hilo de sus pensamientos. Se lo había enviado un amigable compañero, famoso por difundir chistes, fotos graciosas y todo tipo de estupideces digitales durante las horas laborales. En esta ocasión, se trataba de un enlace a un medio digital, en cuyo tablón de anuncios de empleo, llamaba la atención la siguiente noticia publicitaria:

Se busca hombre o mujer para asesino en serie. Entre 30 y 40 años. Se ruega seriedad y secretismo.

En cualquier punto de la vida, Alonso se habría tomado el anuncio como una chanza, una broma de mal gusto o un mero malentendido. Pero en aquel momento de hastío e indiferencia, rodeado de estúpidos parlanchines de oficina de dudosa profesionalidad, y acalorado por el ruido y la incomodidad de la sala, le parecía que aquello podía significar un nuevo horizonte en su existencia. Quizá, no le vendría mal cambiar de trabajo.

Con esta noción, anotó el número de teléfono publicitado y salió de la oficina para llamar con la mayor confidencialidad posible.

Tronó el timbre del móvil y al otro lado, una voz oscura, grave y fría:

—¿Dígame?

—Buenas tardes —respondió Alonso—. Estaba interesado en el anuncio sobre asesinos en serie que usted ha publicado en el periódico. Me gustaría empezar cuanto antes.

—¡Oh, fantástico! Agradezco sus ganas y decisión. Si le parece, podemos citarnos esta misma tarde.

—Me parece bien.

—Sea así: una limusina negra le recogerá en la recepción del Hotel Reina Anastasia. A las ocho. ¿De acuerdo?

—Ahí estaré. Muchas gracias.

La voz colgó sin ni siquiera despedirse, pero Alonso no reparó en ello. Su mente fantaseaba en un mundo de nuevas posibilidades que se abría ante él, comenzando por la identidad de su futuro jefe.

Por el tono de voz de su conferenciante, supuso que se había entrevistado con el líder de una organización clandestina. Su dicción grave y firme revelaba una idiosincrasia inclemente, calculadora y dominante. Aquello iba en serio, y Alonso no pudo evitar una sonrisa de satisfacción.

Regresó a la oficina para malgastar las últimas horas de su viejo trabajo, pensando más en su nuevo empleo como asesino que en sus tareas habituales. Divagó sobre la identidad de sus futuras víctimas: jóvenes, ancianos, hombres, mujeres, ricos o pobres; y si sentiría o no placer al arrancarles la vida. Nunca había sido muy afectivo ni sensible, le gustaban los toros y la caza; y los seres humanos, en el fondo, también eran animales. Con esa premisa, no le sería muy difícil aplicarles la muerte.

Asimismo, imaginó sus procedimientos de ejecución: estrangulamiento, cuchillo y pistola se figuraban los más idóneos. El primero le parecía asequible puesto que disponía de unos brazos fuertes y una constitución robusta, además de paciencia y en caso necesario, frialdad. El arma blanca no se presentaba tan tentadora, por razones obvias de higiene: no quería mancharse el traje y la corbata que sin duda vestiría en sus quehaceres. Por último, la pistola sugería un método fiable, rápido y eficaz.

En esto estaba, cuando el reloj señaló las siete de la tarde. Abandonó la oficina apresuradamente y se sumergió en la asfixiante atmósfera de la ciudad. Las personas iban al retortero: algunas de compras, otras hacia sus casas; pero siempre a una velocidad que resultaba tan contagiosa como insalubre.

Alonso se tomó aquella muestra de estrés como un aliciente para su nueva vocación. Caminó parsimoniosamente por las calles, tranquilo y sosegado, sintiendo desapego del ajetreo cotidiano de la gente y riéndose de la misma.

Con esta actitud tan poco conmovedora, alcanzó el porche del hotel en el que le habían convocado. Esperó pacientemente sin siquiera mirar el reloj, con el rostro serio e impertérrito, como un buen asesino en serie.

Al poco, llegó una limusina negra con los cristales tintados. El chófer se apeó del vehículo para abrirle la puerta de atrás. Alonso entró. El conductor retornó a su posición y reanudó el trayecto.

En contra de lo que Alonso había supuesto, no le acompañaba nadie más en el automóvil. Los asientos estaban tapizados en cuero y apestaban a lujo y ornato. El chófer iba ataviado con un esmoquin y una gorra de piel. Parecía hombre circunspecto y no supo cómo tutearlo.

—¿A dónde nos dirigimos? —preguntó Alonso.

El conductor tardó en contestar. Primero, observó a su huésped por el espejo del retrovisor.

—A la casa del señor.

Luego, volvió a reinar el silencio, y en esta ocasión, Alonso no supo ni quiso interrumpirlo.

Acogió aquello como una prueba para consolidar su temperamento homicida. Los asesinos debían ser inclementes, silenciosos, poco simpáticos y menos habladores. No debían dudar a la hora de matar y mucho menos preguntar sobre la identidad de la víctima.

Por lo tanto, utilizó el mutismo del chófer para apuntalar su nueva personalidad solitaria y reservada, con tanta eficacia que rebasaron el destino en un silencio sepulcral.

Tras atravesar la verja de seguridad del muro, el coche se detuvo frente a una mansión ajardinada, de dos pisos, varios balcones y artística fachada. El líder de la mafia había construido un magnífico palacio tras décadas de criminalidad.
Otra vez, el chófer se apeó del coche para abrir la puerta de Alonso. Éste se bajó del vehículo para encontrarse frente a una enorme escalinata de piedra. En la cima, aguardaba un mayordomo de profundas arrugas, con las manos a la espalda y la mirada expectante. Supo Alonso que esperaba que subiera.

Mientras la limusina desaparecía de la calzada, el oficinista ascendió los peldaños resplandecientes por la esmerada limpieza. Arriba, se entrevistó con el mencionado criado.

—Buenas tardes —saludó el mayordomo—. ¿Usted debe ser…?

—Alonso.

—Encantado, Alonso. Sígame por favor, el señor le aguarda en el recibidor de su alcoba.
Cruzaron la entrada del palacete, una puerta de roble empotrada entre arquivoltas y columnatas, llegaron a un hall cubierto por una alfombra roja y siguieron la estela de la misma por unas amplias escaleras.

Ya en el primer piso, el mayordomo guio a su huésped por una galería engalanada de lóbregas pinturas, retratos medievales y armaduras cruzadas, hasta alcanzar una inmensa puerta al final del corredor.

Aquel umbral rezumaba misterio, oscuridad, vacilación y miedo. La madera estaba cerrada como una caja de Pandora, como un secreto mortal, como el párpado entornado del basilisco o de la Gorgona. La mera opción de abrir la puerta causó en Alonso una intensa zozobra.

Sin embargo, la fantasía fue disipada cuando el mayordomo la abrió.

—Sígame, por favor.

Alonso se adentró en el recinto tras el criado.

Se trataba de una salita cuadrada, con varios sofás dispuestos alrededor de una mesa de cristal, anchas ventanas cubiertas de pálidas cortinas y una araña radiante colgando del techo. La luminosidad de la estancia originaba una extraña atmósfera de paz y misericordia.

—El señor le visitará de un momento a otro —informó el mayordomo, volviéndose hacia la entrada—. No le moleste hasta entonces.

Y tras la amenazante advertencia, desapareció por donde había llegado con un tétrico portazo.

El antiguo oficinista se quedó solo en la salita. Sintió que toda la luz asimilada en un principio desaparecía con la marcha del mayordomo. Mientras observaba el resto de la estancia, esa sensación no dejó de amplificarse, como una expansión atómica. Se percató de que un torbellino de oscuridad surgía de una de las paredes. En mitad de ésta, se elevaba una omnipresente puerta, encontrada con la de salida. Estaba cerrada, pero un rayo de fuego turbio egresaba por sus resquicios.

A pesar de tanta duda y aprensión, Alonso se mantuvo en sus cabales, queriendo ofertar una imagen segura y osada ante el que sería su nuevo jefe. Al fin y al cabo, se enfrentaba a una entrevista de trabajo y tendría que desplegar toda su elocuencia para conseguir una remuneración elevada.

Se sentó en un tresillo de cuero, frente a las ventanas de la mansión. Con la idea de viajes en yate rodeado de prostitutas de lujo, velocidades de vértigo a bordo de coches Porsche y palacios provistos de jacuzzi, piscina y pista de tenis, Alonso se ensimismó en sus más íntimas aspiraciones.

No obstante, la alegría quedó dispersa cuando la puerta interior se abrió, en plena penumbra. Una figura ataviada de traje, con sombrero alto, perilla negra y ojos brunos surgió de entre las tinieblas. Se trataba de un varón de mediana edad, guapo y galán, de cuerpo esbelto y un semblante emperifollado por años de excesos y dominación, pero oscuro como el terror.
Cuando habló, le identificó claramente como la voz al otro lado del teléfono móvil.

—Usted debe de ser el interlocutor de la llamada de esta mañana —supuso el anfitrión—. ¿Me equivoco?

—En absoluto. Mi nombre es Alonso.

—Muy bien, Alonso. Usted diríjase a mí, simplemente, como señor.

El anfitrión amagó una sonrisa de complicidad mientras clavaba los ojos en su huésped. Alonso se disponía a estudiar los rasgos curtidos del señor cuando éste se volvió hacia un mueble bar, dándole la espalda.

—¿Qué desea tomar? ¿Brandy, ron? ¿Algún refresco?

—Nada, gracias. En realidad estoy bastante emocionado y me gustaría empezar cuanto antes.

El señor, asombrado, se volvió a su invitado sin ocultar su desconcierto. Sus ojos
negros y profundos, custodios de misteriosos secretos, parecieron titubear durante un ínfimo instante.

—Oh, como usted quiera —aceptó al tiempo que se escanciaba dos dedos de whisky. A continuación, se dirigió al sofá con la copa en la mano, acomodándose en frente de Alonso—. No obstante, antes me gustaría realizarle unas preguntas.

—Claro, estoy preparado para cualquier entrevista.

—Muy bien —añadió el señor. Bebió un pequeño sorbo de whisky mientras escrutaba a su huésped por encima del vaso—. Lo primero, ¿por qué tanto interés en el anuncio?

—Verá usted —comenzó Alonso, recostando la espalda en el sofá para estar más cómodo y relajado—, estoy hastiado de mi trabajo actual, de la hipoteca y de la gente corriente. Me siento esclavo de un mundo al que odio.

—Entiendo, todos los que han pasado por mis manos han manifestado el mismo hartazgo y la misma frustración, pero todo ellos acudían a mí con la cara triste y desamparada. Usted, sin embargo, parece feliz.

—Soy optimista ante las transformaciones que me pueda traer la nueva vida que me ofrece.

—Oh, entiendo —respondió el señor, asintiendo con la cabeza, convencido—. Es usted católico.

—No, en absoluto. Soy ateo declarado.

—Entonces, ¿a qué se refiere con “su nueva vida”?

Alonso miró a su interlocutor con una mueca de perplejidad. Le parecía bastante fácil de
asimilar el sentido de sus palabras.

—Mire usted. Cuando comience a servir a sus intereses, bien sean justos o injustos, eso no lo juzgaré yo, perderé cualquier afinidad con mi vida actual, romperé los contactos con mi familia y mi vida cambiará radicalmente al convertirme en un criminal misterioso, en un asesino en serie. Mi nueva profesión me traerá novedades, otros puntos de vista, otros horizontes, otras metas. A esto me refería, señor.

El anfitrión no contestó, se mantuvo inmóvil en un profundo silencio. En ningún instante dejó de contemplar a Alonso con sus ojos oscuros repletos de enigmas que imbuyeron en el oficinista una intensa vacilación. Luego, el señor injirió el whisky de un trago, dejó el recipiente sobre la mesa y comenzó a acariciarse la perilla, meditabundo.
Sus pupilas seguían imperiosamente clavadas en las del oficinista:

—Alonso, creo que ha habido un malentendido.

—¿Qué quiere usted decir? —inquirió el oficinista, agitándose en el sofá. Su nerviosismo era patente. La portentosa firmeza de su anfitrión le relegaba a un mundo de indecisión y recelo.

Había algo maligno en su mirada.

El señor no dijo nada al principio. Se metió las manos en los bolsillos de la americana, se recostó tranquilamente en el sofá y finalmente agregó:

—Has interpretado mal el anuncio del periódico.

Un gemido se escapó de la garganta de Alonso:

—¿Qué insinúa?

—Que yo soy el asesino en serie.

La sentencia cayó como un mazo. Alonso fue incapaz de reaccionar ante semejante veredicto, como el reo condenado paralizado ante los argumentos del juez.

—Me explicaré —agregó el señor—: llevo años asesinando a personas por puro deleite. Últimamente, encuentro a mis víctimas publicitándome en diarios locales, pero nunca me ha sucedido este malentendido. Hablaré con mi redactor para que revise el anuncio y evitar este descuido tan desagradable, especialmente, para ti.

Alonso no respondió, había perdido la confianza en sí mismo, y aquel hombre vestido de traje y con el rostro consumido por la egolatría, le aterraba infinitamente. Por primera vez en semanas, se percató de que quería vivir: sentir la brisa en la cara, escuchar los gritos de su jefe, las rabietas de su vecina menopáusica, la antipatía del repartidor de periódicos y la insulsez y futilidad de su propia existencia.
Tenía que escapar de allí urgentemente.

No lo dudó: se incorporó del sofá y corrió hacia la entrada del salón.

Fue un gravísimo error.

Se escuchó un disparo, y súbitamente, Alonso se derrumbó en el suelo con una bala incrustada en la rodilla. El señor se había enderezado y le observa amenazadoramente con una pistola humeante, mientras el oficinista se retorcía de dolor.

—Aun así, tampoco vamos a perder el tiempo, ¿verdad? —preguntó simbólicamente el anfitrión, sin esperar respuesta—. Ya que estás tan harto de la vida, no rechazarás la oportunidad de complacer las manías de este viejo aristócrata.

El señor se inclinó delante de Alonso, quien se agarraba la rodilla ensangrentada mientras maldecía a los ricos con yate y a las prostitutas. Sin embargo, cuando vio el arma sobrevolar su frente, se calló.

—Bueno, Alonso, tú eliges: pistola, cuchillo o estrangulamiento.

Iraultza Askerria

El bosque

Muir Woods National Monument - Héctor García

Circulando por aquella despoblada carretera, a varios kilómetros de la ciudad, la única huella de vida que podía encontrarse era la selva impenetrable y repelente que flanqueaba la autopista. Los árboles robustos, cual guardianes protegidos gracias al compacto apoyo de sus hermanos vegetales, resultaban gigantescas y apagadas antorchas clavadas en la tierra, cuyas cimas se zarandeaban como las llamas de una hoguera, bailando con resplandores pardos y verduscos. Los matorrales, barullos ilimitados de delgadas ramas, espinas rotas y raíces embarradas, tenían como corona la hojarasca que descendía de los árboles mayores, obteniendo un aspecto de ficticia solemnidad. Ya las flores sólo eran una ilusión pisoteada por el desapego y la tosquedad de los arbustos: nimias y polícromas gotas de vida extraviadas en un torbellino de agitaciones desinteresadas.

Así pues, el bosque ancestral, la selva inexplorada, aquella maraña de verdor casto perdía el atractivo que solía anteceder a las florestas tropicales y a las arboledas solitarias y románticas. El bosque era algo incivilizado, una muestra frecuente para la naturaleza, pero infrecuente para el ser humano.

Aquel bosque, al fin y a la postre, erigía una de las pocas barreras que la mujer y el hombre aún no había traspasado.

Extracto de Sexo, drogas y violencia, de Iraultza Askerria

Sin aliento

Calla! - ShivenisLos brazos proseguían oprimiendo la garganta de la mujer con una malevolencia mecánica.

Escuchó los jadeos sordos de aquella infeliz, una combinación de mortal resuello y tos repentina. Los ojos comenzaban a postrarse ante las tinieblas mientras las piernas se tornaban dóciles ante las secretas caricias de la muerte. Al final, incluso la sangre que manaba bajo su cuello se hizo más pesada y viscosa, más lenta; achicadas como estaban las venas y las arterias.

Tras unos minutos de intensa agonía, la mujer se quedó completamente inmóvil, con los ojos desorbitados y los labios entreabiertos, con un gesto de horror en el rostro que jamás se borraría.

Extracto de Sexo, drogas y violencia, de Iraultza Askerria

Un cadáver sonriente

El entrañable cadaver - Ferran JordàSoltó un gemido cuando reconoció el rostro del hombre que yacía en mitad del bosque, cubierto de sangre seca y con una bala incrustada en el abdomen. Las escasas hojas que intentaban vanamente cubrir el fiambre mostraban unos ojos abiertos de par en par, colmados de lujuria y sadismo.

El cadáver de aquel asesino metódico y sagaz parecía un espíritu endiablado sin compañía. De los párpados abiertos se derramaba una chispa de felicidad, reforzada por la sonrisa imborrable de una boca insensible. Parecía que su rostro se deleitaba con la muerte, incluso con su propia muerte. Pero ya no podría deleitarse con nada.

Después de haber hecho el amor con una hermosa mujer y después de haber asesinado a una hermosa mujer, su noche se había terminado.

Para siempre.

Extracto de Sexo, drogas y violencia, de Iraultza Askerria

El asesino cobarde

The Eye of Eliza - Augusto SernaJesús observaba ahogado como Eva se ahogaba en lágrimas. Sentía la congoja ubicarse entre los recovecos de sus arterias, inflándolas de impotencia. Quería acercarse a ella, rodearle la espalda y ofrecerle un hombro donde apoyarse, pero Jesús siempre se había antojado un hombre sin escrúpulos, imperturbable, sin corazón y con una eminente fuerza de raciocinio. Las pocas veces en las que se sentía humano, un sensible humano, era cuando Eva se oponía a su alma inexorable, ya fuese con gritos o con lágrimas. Sin embargo, el mismo valor que empleaba para asesinar a sus enemigos se disolvía ante el trato sensible y tierno que deseaba inculcarle a la mujer.
Extracto de Sexo, drogas y violencia, de Iraultza Askerria

El asesinato

Su rostro estaba totalmente destrozado. Más que a un ser humano, sus facciones se asemejaban a las de una serpiente de coral, con su cuerpo ribeteado con los matices níveos del polvo y rematado con la áspera sensación coagulada de la sangre. Carecía de nariz, puesto que la prominencia carnosa había sido reducida a un insignificante segmento agudo de cartílago y piel. Además, su lengua tenía la forma de un músculo bífido debido a que el ingente dolor le había obligado a mordérsela en varias ocasiones. Por suerte para él, y gracias a que había perdido varias piezas dentales durante la tortura, aún le quedaba lengua suficiente para gritar de dolor.

Su asesino, implacable y cruel, se detuvo frente al moribundo. Le oprimió la muñeca con la suela del calzado, y con la guitarra, le golpeó delicadamente la mejilla para que volviera el rostro hacia él.

Contempló su mirada, o al menos, intentó contemplarla entre la infernal oscuridad de las horas nocturnas. Los párpados estaban todavía abiertos, pero el brillo de las pupilas se hundía en aquel abismo rojo. Las gotas de sangre y las gotas saladas de las lágrimas anegaban los dos globos oculares como los infinitos nubarrones del ocaso que, en tardes tormentosas, colmaban cada espacio azul del firmamento.

En definitiva, toda la vida que podía brillar en sus ojos, estaba oculta por el dolor de la sangre y el pesar del llanto. Sus segundos estaban contados, deslizándose ante aquella atormentada mente con una lentitud agónica. Ni siquiera sus débiles gemidos podían empujar el tiempo hacia la deseada muerte.

El único que gozaba de tal don o acaso maldición de matar era el asesino, quien se deleitaba perversamente de la angustia de la víctima. Al final, exhausto de una película monótona que sólo contenía los mismos ríos de sangre y las mismas lástimas lacrimosas, alzó la guitarra por el mástil y le partió el cuello con un golpe súbito.

Extracto de Sexo, drogas y violencia, de Iraultza Askerria

El primer asesino

Si consideramos la terminología bíblica, el primer asesinato conocido ocurrió cuando Caín mató a su hermano Abel. Desde entonces, los milenios de la historia han estado plagados de asesinatos, atentados y homicidios. El faraón Teti, Jerges II, Filipo de Macedonia, Darío III, Seleuco, Viriato, Pompeyo, Julio César, Jesucristo, Calígula o Godofredo de Frisia forman parte de este tan poco envidiado elenco.

No obstante, a pesar de tantos siglos de atentados y conspiraciones, el término “asesino” tiene su origen en el último milenio, durante el apogeo del Islam. En el contexto de un mundo dividido entre cristianos y musulmanes, estos últimos habían erigido un imperio religioso que se prolongaba desde la Meca hasta la península ibérica. Las ideas del profeta Mahoma se habían extendido abiertamente por los tres continentes del mundo conocido.

Sin embargo, como en todas las grandes ideologías, pensamientos y doctrinas, el Islam también sufría de disputas internas, escisiones y cismas. Ya en los albores de la religión ocurrió una importante ramificación de la ideología musulmana, creando grupos enemistados de chiítas y sunitas. Las causas fueron disputas sucesorias.

Estas lides entre partidarios de la misma religión se vio empeorada por divergencias en la propia doctrina chiíta, que se dividió entre imamíes e ismailíes. A su vez, del ismailismo brotaron otras corrientes independientes como la secta nizarí. En esta última vamos a centrarnos.

La fortaleza de Alamut

La fortaleza de Alamut

Durante el siglo XI, la hermandad nizarí, llamada Hashshashin por sus detractores, se granjeó la fama y el miedo de sus enemigos. El líder Hasan ibn Sabbah, consagrado con el título de “El Viejo de la Montaña”, consolidó dicha comunidad. Su principal fortaleza era Alamut, ubicada en un macizo montañoso al sur del mar Caspio. Era un paraje inexpugnable donde los nizaríes se reforzaron mientras sus enemigos vivían en el más íntimo miedo, en el pánico más visceral, en la inseguridad más hiriente.

Pero… ¿por qué este terror? ¿Cómo fueron sembradas las semillas del miedo? ¿Qué convertía a los nizaríes en la secta más peligrosa y aterradora de la región?

Si el lector ha sido atento, se habrá fijado en la curiosa etimología del sobrenombre de la secta nizarí: Hashshashin. Si obviamos el uso de las molestas haches y simplificamos esta palabra árabe, obtenemos la raíz “assasin”, de donde derivan nuestras palabras actuales de asesino, asesinato o asesinar.

Aunque existen diversas hipótesis acerca del significado y el origen de la palabra Hashshashin, la mayoría de las fuentes la traducen como “bebedores o consumidores de hashish”, siendo el hashish el cáñamo índico.

Es bastante probable que el líder de los nizaríes ponía a sus súbditos bajo la influencia del hachís, momento en el que estos disfrutaban de cualquier tipo de placer carnal. Este “paraíso” no duraba eternamente y cuando los nizaríes despertaban del letargo de la droga estaban dispuestos a hacer cualquier cosa para poder regresar a ese preciado edén, a ese lujurioso cielo al que acudirían al término de sus vidas. De esta forma, el líder nizarí tenía a su disposición a decenas de hombres leales y preparados para consumar cualquier orden, sin valorar la posibilidad de morir.

La verdadera fama de la comunidad deriva de los asesinatos que cometieron. Estos atentados eran premeditados y estaban dirigidos contra los líderes políticos o religiosos de sus enemigos. Eran infalibles, mortíferos y osados. No tenían porque salvaguardar su propia vida: si conseguían cometer el asesinato, tendrían el paraíso asegurado. Morir durante el atentado era un mal menor.

Por todo esto, los nizaríes fueron una célula terrorista kamikaze que durante siglos acobardó a sus enemigos. Fueron capaces de derrocar gobiernos, asesinar ministros y acabar con líderes religiosos. Sabiendo que los nizaríes eran una comunidad minoritaria del ismailismo, a su vez minoritario del chiísmo y éste a su vez minoritario del Islam, se puede decir que no les faltó trabajo.

Tal fue la fama y la popularidad de la hermandad, que el término árabe “fumadores de hachís” ha desembocado en la palabra “asesino” de la cultura occidental moderna, vocablo que no sólo se utiliza en el castellano, si no también en otros muchos idiomas como el inglés, el francés o el italiano.

Iraultza Askerria