El cazador

La luna de la Cosecha * ayer - {author}El sonido de la bala atravesó el bosque serrano. Se escuchó un aullido. Luego el vuelo asustado de un búho cortando el aire de la noche. Después… silencio. La quietud de las hojas indicó al cazador que la presa había caído tras un vago intento de escapar de la muerte.

Se acercó vacilante hacia el lugar donde presumiblemente se había derrumbado la víctima. Con el machete en mano, se abrió paso entre la espesura, siguiendo el trazado oloroso de la pólvora. Allí alcanzó a ver una rama rota por la embestida del disparo, y más allá, un zarzal pisoteado por cien kilos de carne negra. No le sorprendió encontrar el cuerpo inerte del jabalí unos metros más en dirección nordeste.

La presa se había desplomado en un claro sobre el que reverbera la luz de la luna. La conjunción de los pálidos rayos y la impenetrable piel negra del animal había creado un aura monocroma alrededor del lecho fúnebre. Parecía que los colores hubieran desaparecido para cantar un sonoro réquiem desde las tinieblas de la madrugada.

El cazador, por su parte, irrumpió en la misa natural y se arrodilló frente a la pieza. La observó con atención, con una mezcla de devoción y respeto. Seguidamente, un golpe certero en la mandíbula del jabalí con la empuñadura del machete arrancó los incisivos, que cayeron en la blanda hierba sin emitir el menor sonido. Sin esperar más, el hombre se apropió de los colmillos amarillentos y se alzó por encima del mamífero.

Entonces repiquetearon sobre su garganta, con un desgarrador tintineo, los huesos que adornaban un collar artesanal.

Iraultza Askerria

Un grito en pos del viento

yell - {author}Gritó. Fuerte. Tanto que el último latido de su corazón se le escapó por la garganta. Cayó al suelo, de rodillas y apoyado en sus débiles brazos. La arena del desierto se introdujo bajo sus uñas y el sol derritió las gotas de su frente ardorosa. Las lágrimas fluyeron por sus ojos y la última exhalación de su ruego se agotó tras el viento. Habían arrasado sus campos, incendiado su casa, violado a su mujer y matado a sus hijos. Y lo única que podía hacer, gritar, no le servía de nada.

Iraultza Askerria

Y si hubiese sido verdad

Cuts Like a Knife - Marcelo César Augusto RomeoPorque en el fondo de su alma sabía, a ciencia cierta, que aquello iba a ocurrir. La verdad no podía ocultarse eternamente y cuando fuese desvelada, el vengador acudiría a su hogar para matarlo. Lo supo desde la noche en la que cometió el delito, un delito de traición e infidelidad, sin sangre, pero un delito al fin y al cabo. El crimen, aunque hubiese acontecido bajo el influjo del alcohol y dentro de la esfera de sus amistades, no dejaba de ser un crimen.

Se sentó en el sillón y dejó la puerta de casa abierta. No podía cambiar el destino; la suerte estaba echada y las cartas a la vista de todos, incluso de Dios. Por ello, resultaba inútil pretender cambiar los designios del hado.

Esperó, con los ojos clavados en la entrada del salón, a que su mejor amigo llegara. No tardó mucho. Siempre había sido puntual.

Cuando ambos se vieron, ni el traidor ni el inocente dijeron nada. Ni siquiera se escucharon palabras de súplica o un gesto de perdón. Nada, ni preguntas ni respuestas. Tampoco un grito cuando su amigo le perforó la lujuriosa carne una y otra vez con un cuchillo de cocina.

Murió en un completo silencio ante los ojos rojos del que había sido su mejor amigo, quien ahora observaba el cadáver acumulando en un mismo sentimiento el odio y los celos que sentía hacia él, y el amor y el deseo que sentía hacia ella: una hermosa jovencita que en aquellos instantes se encontraba en el Caribe, entre los brazos de un esbelto mulato. Nunca volvería a recuperarlos; ni a ella, que fue la chica que le habían robado; ni a él, que fue su mejor y peor amigo…

En ese momento, oí la alarma del reloj. Y desperté.

Hubiese preferido no hacerlo.

¡Contenido extra!

Descubro del olvido otro relato escrito hace ya varios años, aunque algo retocado en los párrafos iniciales. El original era excesivamente enrevesado en la construcción de oraciones, falta que aún puede visualizar en los últimos párrafos. Pero a veces, por mucho que nos esforcemos en revisar un texto, sentimos una punzada de dolor cuando llega el momento de corregirlo. En ese momento, es mejor dejarlo tal y como está.

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Sin aliento

Calla! - ShivenisLos brazos proseguían oprimiendo la garganta de la mujer con una malevolencia mecánica.

Escuchó los jadeos sordos de aquella infeliz, una combinación de mortal resuello y tos repentina. Los ojos comenzaban a postrarse ante las tinieblas mientras las piernas se tornaban dóciles ante las secretas caricias de la muerte. Al final, incluso la sangre que manaba bajo su cuello se hizo más pesada y viscosa, más lenta; achicadas como estaban las venas y las arterias.

Tras unos minutos de intensa agonía, la mujer se quedó completamente inmóvil, con los ojos desorbitados y los labios entreabiertos, con un gesto de horror en el rostro que jamás se borraría.

Extracto de Sexo, drogas y violencia, de Iraultza Askerria

Un cadáver sonriente

El entrañable cadaver - Ferran JordàSoltó un gemido cuando reconoció el rostro del hombre que yacía en mitad del bosque, cubierto de sangre seca y con una bala incrustada en el abdomen. Las escasas hojas que intentaban vanamente cubrir el fiambre mostraban unos ojos abiertos de par en par, colmados de lujuria y sadismo.

El cadáver de aquel asesino metódico y sagaz parecía un espíritu endiablado sin compañía. De los párpados abiertos se derramaba una chispa de felicidad, reforzada por la sonrisa imborrable de una boca insensible. Parecía que su rostro se deleitaba con la muerte, incluso con su propia muerte. Pero ya no podría deleitarse con nada.

Después de haber hecho el amor con una hermosa mujer y después de haber asesinado a una hermosa mujer, su noche se había terminado.

Para siempre.

Extracto de Sexo, drogas y violencia, de Iraultza Askerria

Porque quise ser feliz

La víctima se retorcía entre alaridos, ahogada en la sangre que manaba por los dos orificios abiertos en su cuerpo. El primer impacto había desgarrado la carne del pescuezo, mientras que la otra bala había aterrizado en la parte dorsal del pulmón izquierdo. Moriría asfixiado en breves minutos.

—¿Por qué? —gimió, enfocando el distorsionado semblante de su asesino.

El pistolero se reveló con la mirada perdida en la abundante sangre del vestíbulo. Las piernas le palpitaban de miedo, seguidas del sonido chirriante de sus dientes. Aún mantenía el brazo diestro horizontal, aferrando el arma homicida. Recobrando el valor instintivo que había mostrado unos segundos atrás, se encaminó hacia su moribunda víctima.

Su lamentable aspecto le hizo estremecer.

—¿Por qué? —repitió la víctima.

Brother-Fabrizio Rinaldi

El pistolero se detuvo a una distancia considerable, dispuesto a responder:

—Por qué te preguntas. Yo también me pregunto por qué. ¿Por qué has asesinado a tantos inocentes? ¿Por qué has robado a tantos individuos? ¿Por qué has jodido la vida de tantos hombres? ¿Por qué? ¿Por qué? ¡Qué Dios te perdone por la bestia que fuiste en vida! Espero que la muerte te convierta en el hombre que nunca fuiste.

Alzó la pistola, dispuesto a terminar con el sufrimiento de su víctima. Pero se percató de que no era necesario.

—¿Por qué…? Porque quise ser feliz. ¿Por qué sino?

Fueron sus últimas palabras.

Extracto de Sexo, drogas y violencia, de Iraultza Askerria

El asesinato

Su rostro estaba totalmente destrozado. Más que a un ser humano, sus facciones se asemejaban a las de una serpiente de coral, con su cuerpo ribeteado con los matices níveos del polvo y rematado con la áspera sensación coagulada de la sangre. Carecía de nariz, puesto que la prominencia carnosa había sido reducida a un insignificante segmento agudo de cartílago y piel. Además, su lengua tenía la forma de un músculo bífido debido a que el ingente dolor le había obligado a mordérsela en varias ocasiones. Por suerte para él, y gracias a que había perdido varias piezas dentales durante la tortura, aún le quedaba lengua suficiente para gritar de dolor.

Su asesino, implacable y cruel, se detuvo frente al moribundo. Le oprimió la muñeca con la suela del calzado, y con la guitarra, le golpeó delicadamente la mejilla para que volviera el rostro hacia él.

Contempló su mirada, o al menos, intentó contemplarla entre la infernal oscuridad de las horas nocturnas. Los párpados estaban todavía abiertos, pero el brillo de las pupilas se hundía en aquel abismo rojo. Las gotas de sangre y las gotas saladas de las lágrimas anegaban los dos globos oculares como los infinitos nubarrones del ocaso que, en tardes tormentosas, colmaban cada espacio azul del firmamento.

En definitiva, toda la vida que podía brillar en sus ojos, estaba oculta por el dolor de la sangre y el pesar del llanto. Sus segundos estaban contados, deslizándose ante aquella atormentada mente con una lentitud agónica. Ni siquiera sus débiles gemidos podían empujar el tiempo hacia la deseada muerte.

El único que gozaba de tal don o acaso maldición de matar era el asesino, quien se deleitaba perversamente de la angustia de la víctima. Al final, exhausto de una película monótona que sólo contenía los mismos ríos de sangre y las mismas lástimas lacrimosas, alzó la guitarra por el mástil y le partió el cuello con un golpe súbito.

Extracto de Sexo, drogas y violencia, de Iraultza Askerria

El primer asesino

Si consideramos la terminología bíblica, el primer asesinato conocido ocurrió cuando Caín mató a su hermano Abel. Desde entonces, los milenios de la historia han estado plagados de asesinatos, atentados y homicidios. El faraón Teti, Jerges II, Filipo de Macedonia, Darío III, Seleuco, Viriato, Pompeyo, Julio César, Jesucristo, Calígula o Godofredo de Frisia forman parte de este tan poco envidiado elenco.

No obstante, a pesar de tantos siglos de atentados y conspiraciones, el término “asesino” tiene su origen en el último milenio, durante el apogeo del Islam. En el contexto de un mundo dividido entre cristianos y musulmanes, estos últimos habían erigido un imperio religioso que se prolongaba desde la Meca hasta la península ibérica. Las ideas del profeta Mahoma se habían extendido abiertamente por los tres continentes del mundo conocido.

Sin embargo, como en todas las grandes ideologías, pensamientos y doctrinas, el Islam también sufría de disputas internas, escisiones y cismas. Ya en los albores de la religión ocurrió una importante ramificación de la ideología musulmana, creando grupos enemistados de chiítas y sunitas. Las causas fueron disputas sucesorias.

Estas lides entre partidarios de la misma religión se vio empeorada por divergencias en la propia doctrina chiíta, que se dividió entre imamíes e ismailíes. A su vez, del ismailismo brotaron otras corrientes independientes como la secta nizarí. En esta última vamos a centrarnos.

La fortaleza de Alamut

La fortaleza de Alamut

Durante el siglo XI, la hermandad nizarí, llamada Hashshashin por sus detractores, se granjeó la fama y el miedo de sus enemigos. El líder Hasan ibn Sabbah, consagrado con el título de “El Viejo de la Montaña”, consolidó dicha comunidad. Su principal fortaleza era Alamut, ubicada en un macizo montañoso al sur del mar Caspio. Era un paraje inexpugnable donde los nizaríes se reforzaron mientras sus enemigos vivían en el más íntimo miedo, en el pánico más visceral, en la inseguridad más hiriente.

Pero… ¿por qué este terror? ¿Cómo fueron sembradas las semillas del miedo? ¿Qué convertía a los nizaríes en la secta más peligrosa y aterradora de la región?

Si el lector ha sido atento, se habrá fijado en la curiosa etimología del sobrenombre de la secta nizarí: Hashshashin. Si obviamos el uso de las molestas haches y simplificamos esta palabra árabe, obtenemos la raíz “assasin”, de donde derivan nuestras palabras actuales de asesino, asesinato o asesinar.

Aunque existen diversas hipótesis acerca del significado y el origen de la palabra Hashshashin, la mayoría de las fuentes la traducen como “bebedores o consumidores de hashish”, siendo el hashish el cáñamo índico.

Es bastante probable que el líder de los nizaríes ponía a sus súbditos bajo la influencia del hachís, momento en el que estos disfrutaban de cualquier tipo de placer carnal. Este “paraíso” no duraba eternamente y cuando los nizaríes despertaban del letargo de la droga estaban dispuestos a hacer cualquier cosa para poder regresar a ese preciado edén, a ese lujurioso cielo al que acudirían al término de sus vidas. De esta forma, el líder nizarí tenía a su disposición a decenas de hombres leales y preparados para consumar cualquier orden, sin valorar la posibilidad de morir.

La verdadera fama de la comunidad deriva de los asesinatos que cometieron. Estos atentados eran premeditados y estaban dirigidos contra los líderes políticos o religiosos de sus enemigos. Eran infalibles, mortíferos y osados. No tenían porque salvaguardar su propia vida: si conseguían cometer el asesinato, tendrían el paraíso asegurado. Morir durante el atentado era un mal menor.

Por todo esto, los nizaríes fueron una célula terrorista kamikaze que durante siglos acobardó a sus enemigos. Fueron capaces de derrocar gobiernos, asesinar ministros y acabar con líderes religiosos. Sabiendo que los nizaríes eran una comunidad minoritaria del ismailismo, a su vez minoritario del chiísmo y éste a su vez minoritario del Islam, se puede decir que no les faltó trabajo.

Tal fue la fama y la popularidad de la hermandad, que el término árabe “fumadores de hachís” ha desembocado en la palabra “asesino” de la cultura occidental moderna, vocablo que no sólo se utiliza en el castellano, si no también en otros muchos idiomas como el inglés, el francés o el italiano.

Iraultza Askerria