Tus labios

Another dimension. - {author}
Tú sabes que tus labios son la vida,
el latir incesante del anhelo,
rama luenga fluyendo por el cielo
de tu carita pálida y querida.
Tú sabes que en tus labios hay cabida
para la miel, azúcar, caramelo,
es el húmedo y cálido riachuelo
por Moisés en dos lados dividida.
Tú sabes que en tus labios se revelan
las obras de arte más esplendorosas
de poesía, cine o escultura,
mientras entre sus límites riëlan
las sonrisas, envidia de las diosas,
que no pueden llegar a tu hermosura.

Iraultza Askerria

Cátedra

Photo - {author}

Perla, nácar, calor, sólida piedra
de tu inocencia pura se construye,
con la firmeza aérea de quien huye
por recovecos íntimos de hiedra.
Eres bosque, eres el río que medra
por las almas ajenas, se diluye
con dulzura secreta pues se intuye
que los hombres de ti ansían catedra.
Estudiarte, saberte, contemplarte,
analizar tu voz asonantada
que rima con luz, cielo, tierra y arte,
es la razón auténtica del hombre
que encumbra sobre el mundo tu mirada,
tu intelecto, tu físico y tu nombre.

Iraultza Askerria

Actriz venidera

Photo - {author}En el paraíso estás sentada, con tu melena corta al viento y tus labios pintados de primavera nocturna, de carnosa celeridad, de apasionante consuelo. Tu rostro en el edén tan sereno… como un árbol vetusto, una estrella venusta, un ínclito verano. Sé que allí, en lo alto, en tu pedestal inherente, sobre los demás anfiteatros que cuelgan debajo de ti, la luz te enfoca coloreando tu pálido rostro, herencia de perla y nácar. Eres el espectáculo máximo de ese teatro, la esencia sublime de la interpretación, la musa que inspira a las artes nobles. Por eso quiero verte, quiero verte ya en escena. Si tan ilustre y magnífica eres entre el parco público, ¿cómo lo serás tras el telón?, ¿cómo no morir al contemplarte sobre un escenario?

Iraultza Askerria

A las seis artes

Photo - {author}
Consagro este poema a las seis artes,
do la descomunal arquitectura
junto a las dulces formas de escultura
retratan la natura en sus tres partes.
A veces izan estas de estandartes
el airoso pincel de la pintura.
Luego surge la música insegura:
ya en arpas, ya en canción de los baluartes.
Sigue a ésta después la bella danza:
bailes y movimientos en su vía
mostrando la firmeza de una lanza.
Y por último la mayor locura
del arte al que llamamos poesía,
cuyo nombre es también literatura.

¡Contenido extra!

Aunque este poema no sea digno de representar a ninguna de estas seis artes, quise escribir algo dedicado exclusivamente a las artes clásicas. Quizá con un poco más de dedicación, hubiese podido componer un poema más extenso dividido en varios sextetos… pero por el momento, lo dejaremos así.

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Al arte y al sexo

.orgasm - SAO!

El artístico sexo eres,
canción que supura besos,
pincel blanco, rosa y trémulo,
cual vaivén de los veleros.
Te elevas alba fachada,
catedral de muslos llenos,
con dos sendos campanarios
y dos relojes obscenos.
Cuerpo de mármol sedoso.
De Venus el fiel ejemplo.
Sin pintar inmaculada
cual obra de antiguos griegos.
Te trazaron madreselvas
en la frente y en el pelo.
Virgen desnuda y pintada
con la grana del cerezo.
Rocé tus caras estampas
hasta el borde de tus huesos.
Bien tañida y resoplada
por mis voces y mis dedos.

Iraultza Askerria

Cuando a una joven ves bailar

Bien entrada la madrugada, la música aún sonaba en el interior del club, cuya estancia subterránea parecía ajena a lo que sucedía en las afueras. En el exterior, el frío hería los sentimientos del ser humano y cuajaba su piel frágil y macilenta, mientras la lluvia amortiguaba los gritos del cielo sobre sus cabellos de polvo. Nada hacía apetecible salir a la penumbra de la noche.

En el interior del club, todo era más agradable, ameno y acogedor. Las luces de colores iluminaban los corazones joviales. La pista de baile estaba inundada por los cuerpos de mis amigos, y algún que otro bailarín espontaneo más. Era tarde, y la mayoría de la gente había abandonado ya el local, por lo que se podría decir que sólo quedábamos nosotros.

La música sonaba vespertina por los altavoces ubicados en las alturas. Descendían los sonidos agudos al ritmo de los timbales sintetizados, marcando el paso, el giro y el movimiento de cintura; ese movimiento tan enloquecedor en la pelvis de las muchachas de veinte añitos. Había en la pista varias jóvenes que se abrazaban a la melodía y se dejaban arrastrar por la misma, mientras sus cuerpos se contoneaban como un rayo de luna envuelto en el fuego del sol.

Me sentía igualmente sofocado por la popular canción, tantas veces escuchada en radios y emisoras, que en aquel instante resonaba por toda la estancia. La voz masculina invitaba al movimiento más lujurioso y el teclado solista marcaba los intervalos entre las bruscas vueltas y los pasos acompasados y firmes. Incluso yo, tan poco dado a la expresión corporal del arte, podía desquiciarme en la locura de la música festiva, haciendo que mis extremidades se meneasen como un apéndice del cadencioso tambor.

Pero la madrugada se acercaba ya al irremediable despertar y el club nocturno estaba prácticamente vacío. Sólo los soñolientos camareros, mi cuadrilla de amigos y algún otro espíritu danzarín paseaban al ritmo de la moribunda música.

Cuando la canción terminó, los focos que habían permanecido apagados cobraron vida en forma de blancos rayos, y las luces de colores quedaron muertas en la oscuridad más aburrida. La luminosidad nos cegó unos breves instantes para despertar poco después ante una realidad poco excitante: era momento de volver a casa.

La gente comenzó a recoger sus chaquetas y abrigos, mientras algún rezagado corría hacia el aseo a liberar la vejiga. Entre tanto, los camareros habían abandonado la barra del bar para recoger los recipientes desperdigados a lo largo y ancho del local. Los altavoces entonaban suavemente canciones tranquilas, a un volumen casi inapreciable.

A los pocos minutos, estábamos a punto de abandonar el local y varios compañeros empezaban a subir las escaleras que conducían hacia la salida. Pero justamente entonces, una canción comenzó a sonar en el ambiente, rasgada y melancólica. Me quedé clavado junto a la pista de baile, escuchando una sevillana que nunca había oído; una sevillana que guardaba el ritmo más nostálgico del flamenco.

Sangre Flamenca

Entonces me volví hacia la pista de baile, parecido a un desierto, a un vacío. Pero en el centro, un oasis lozano y vigoroso se movía; único, inalcanzable y solitario. Se trataba de una muchacha, una muchacha de veinte primaveras.

Pelirroja, de ojos dulces, carita pálida y generosas caderas; todo ello ataviado con una chaqueta verde y unas sencillas zapatillas negras. Me pareció el último ángel del mundo, tan sola como estaba en el centro de la pista, danzando bajo la inspiración de aquella sevillana nocturna.

Alzaba un brazo y bajaba otro; doblaba las muñecas y extendía los dedos. La guitarra flamenca le marcaba un paso hacia adelante y otros hacia atrás; mientras las palmas y las castañuelas recogían su cintura en un sensual abrazo.

Un silencio en la canción y la muchacha se detuvo. Cerró los ojos, espléndida, y retomó la marcha un segundo después, meneándose como una cálida brisa, como una ola espumosa de energía; mientras la melodía flamenca la aplaudía y la engalanaba con sus sones, con sus requiebros, que aunque tristes, enamoraban.

Me apoyé contra una pared del local, perturbado por la máxima manifestación de arte y belleza que podía soportar mi mente. Casi habría muerto de osadía por querer contemplar lo que debía estar prohibido para los mortales. Pero resistí como un héroe empedernido, mientras la sevillana seguía lloviendo por los altavoces, y la muchacha se mojaba bajo la cadenciosa música.

No te vayas todavía,
no te vayas por favor.
No te vayas todavía
que hasta la guitarra mía
llora cuando dice adiós.

Olé. Su cuerpo se deslizaba como un suspiro y su aroma de niña se dilataba junto a una música de ensueño. Echó la cabeza hacía atrás y se puso de puntillas, aguantando en el pecho el silencio oportuno de la canción; para luego caer sobre sus livianos tobillos y proseguir aquella marcha de ensueño.

Rompía con sus brazos el aire y con las manos extendía esplendor. Se agarraba el borde inferior de la chaqueta y lo alzaba simulando un vestido de volantes. Vertiginosa e intensa como esa estrella fugaz que se escapaba de las emociones mundanas. Paso, atrás, arriba, niña quieta que vuelve y se revuelve en su propio aplauso.

Entonces derramé una lágrima. Luego esbocé una sonrisa. Lágrima por el dolor de la canción y sonrisa por la hermosura de aquella danzarina y serafín, de aquel sueño real en una noche tormentosa, perdido en la plena casualidad del destino. No hay mayor arte que aquel que aúna sentimientos.

Algo revivió en mi alma cuando a aquella niña vi bailar.

Salí apresurado del club con la imagen de aquel cabello rojo agitándose entre luces de nieve; corrí lejos de mis amigos, lejos de mi propia sombra y muy cerca de la musa que agonizaba sin una pluma con la que saciarse.

De este modo llegué a casa, abrí el tintero y escribí estas líneas.

Iraultza Askerria

Eso eres tú

Esa sonrisa - {author}

Planetas que giran
en torno una estrella.
Suspiros que avivan
la luz de una vela.
Eso eres tú:
¡el fuego, la llama y mi reina!
Los árboles que beben
caudal de la tierra.
Pétalos que mecen
el más dulce néctar.
Eso eres tú:
¡el agua, la miel y mi esencia!
Olas encrespadas
por el suave céfiro.
Pájaros que cantan
en el firmamento.
Eso eres tú:
¡el canto, la brisa y mi cielo!
Ojos que se cierran
en único beso.
Latidos que yerran
bajo un mismo pecho.
Eso eres tú:
¡el tacto, la fuerza y mi cuerpo!

Los versos compuestos,
sutil melodía
de amores eternos
de todos los días.
Eso eres tú:
¡el tiempo, el arte y mi vida!

Iraultza Askerria

 

Sobre el significado del amor

propio amor - !unite

Ojalá pudiésemos dormir los dos juntos, perdidos en un bosque de hadas y fantasías, en el sueño de una noche de verano.

¡Qué grandes fueron los poetas, los literatos y los dramaturgos de las lejanas épocas! Sus murmullos escritos aún resplandecen en nuestra percepción nutridos por la tinta inagotable y eterna que es el arte, ¡el gran arte!

Sin embargo, a pesar de la magnificencia de tales difuntos individuos y de la nobleza de sus obras consagradas sobre el amor, ninguno de ellos supo definir nunca tan ardiente sentimiento o, si lo supo, nunca pudo encontrar las palabras adecuadas para definirlo.

Yo creo que “te quiero” son las únicas palabras que pueden desplegar una sombra veraz sobre el significado del amor.

Extracto de Rayo de luna, de Iraultza Askerria

Todo cuanto eres

Los ríos de la vida,
las venas de tu cuerpo,
que en tus piernas tan suaves
me roban el aliento.

Los ojos cual estrellas
el fruto del momento,
que a todas las princesas
superan en ejemplo.

En tus labios de fresa
dulce néctar aprecio,
tan sabroso en mi mente
que sin ellos… ¡me muero!

Las manos, dulce seda,
atrapándome el pecho,
como una luna llena,
me repletan por dentro.

Tu rostro de angelito
una obra de arquitectos,
hermoso como un mito,
tan rico como un sueño.

Y esa voz, que como el vino,
engrandece el sentimiento,
cuanto más llega a mi oído
tanto más sé que te quiero.

Todo eso tú lo eres
y aún más podré contarte,
que versos habrá siempre a
la mayor obra de arte.

Iraultza Askerria