Adiós, chu-chu

Era una tarde de domingo. Una bonita tarde en la que el sol brillaba con fuerza, y el tiempo parecía estancado, evitando alcanzar una nueva semana. En los vagones del tren, los pasajeros llenaban el vacío de los asientos, relajados tras disfrutar de una jornada vacacional.
En el pueblo rural vecino había acontecido un bonito y multitudinario mercado artesanal. La mayoría venía de allí después de haber disfrutado de espectáculos rurales, rica gastronomía cultural y episodios teatrales protagonizados por bufones y caballeros.
Todos habían disfrutado de lo lindo.
Otro tren atravesó entonces la vía en el sentido contrario.
—¡Adiós, chu-chu! —Una vocecita suave, dulce e inocente surgió en el interior del vagón. El resto de los pasajeros se rió abiertamente ante la jocosidad del niño. Se respiraba alegría—. ¡Adiós, chu-chu! —repitió la criatura.
Y de nuevo las carcajadas sobrevolaron el ambiente del concurrido vagón.
El niño tendría poco más de dos años. Estaba sentado sobre las rodillas de su padre, con la mirada fija en los ventanales del vagón. Escrutaba boquiabierto y anonadado cada paraje idílico que atravesaba el tren. Por su parte, los pasajeros contemplaban embelesados al retoño, con una sonrisa dibujada en los labios.
—¡Mía, pajaito! —exclamó el niño.
Se soltó de los brazos de su padre y se asomó tanto como pudo a la ventana. La golondrina elevó el vuelo por encima del tren y desapareció de su vista. El niño volvió la cabeza y miró al otro lado del vagón. La golondrina apareció un instante después en la ventana de enfrente.
El niño lanzó una carcajada, divertida, mostrando sus deslumbrantes dientes de leche. Y todos los pasajeros se rieron con él. Luego se volvió hacia la ventana. Con unos ojos llenos de curiosidad, como quien nada sabe y todo lo quiere saber, examinó en grado de erudito los parajes que se mostraban ante él. Montañas, praderas, carreteras y casas. Hasta que el tren se detuvo en una estación. En la otra vía estaba estacionado otro tren. Se disponía a marchar.
—Adiós, chu-chu —exclamó el niño, jubiloso. Saludando al ferrocarril con la palma de la mano.
La alegría se desbordó en múltiples carcajadas. Su padre cogió al niño entre los brazos. Éste se resistió entre risitas, intentando quitarle el sombrero de mimbre que llevaba en la cabeza y había adquirido en la feria. Su padre no pudo evitarlo y el niño terminó colocándose el complemento. Era tan grande y su cabecita tan pequeña, que el sombrero acabó por ocultarle el rostro hasta la nariz. Se escucharon aún más carcajadas.
El tren arrancó, ajeno al regocijo del vagón, iniciando el trayecto por una zona rocosa de escabrosas montañas y profundos desniveles. El niño se había pegado al cristal para observar aquel violento paraje que lo asombraba.
Continuó en aquel estado de inconsciencia contemplativa durante varios minutos. Poco a poco a medida que el niño callaba, inmóvil, el ambiente del tren se tornó más frío y silencioso. De nuevo pensamientos de frustración asolaron a los muchos adultos que viajaban en el tren, pensando en las normas de la supervivencia humana, en los empleos estresantes y en los problemas económicos que las muchas horas de matemáticas no habían logrado esclarecer.
En ese instante, las vías se ensancharon cerca de un precipicio, a la sombra del monte que rodeaban. Al otro lado, un ferrocarril apareció en el sentido contrario, siguiendo correctamente su camino.
El niño lo vio y se rió ante la cercanía del otro tren, jovial. Procedió a decir algo, pero entonces ocurrió lo impensable… y enmudeció.
Tras una maniobra fallida, el tren se salió de las vía, empotrándose de lleno contra el vehículo del sentido contrario. De los cinco vagones de este último, cuatro quedaron colgando del barranco y el quinto se aferró a las vías como un suspiro aferrado a la vida. El niño, intacto, contemplaba lo ocurrido en una aptitud de incomprensión. Ni siquiera se había percatado de que su padre se había dado un fuerte golpe en la nunca y de que ahora yacía inconsciente en el asiento del vagón.
En el exterior el otro tren se balanceaba sobre el precipicio entre la vida y la muerte. Pero para el niño aquello no era más que otra parada en el largo trayecto ferroviario, y un camino por el que el otro tren partiría en breve.
El niño aguardó expectante a que los trenes reemprendiesen la marcha, ajeno a los gritos de dolor y a las quejas de furia e impotencia. Cuando definitivamente, el otro tren cayó al abismo, el niño esbozó una sonrisa, y dijo:
—Adiós, chu-chu.

Iraultza Askerria

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