El Tempranillo

El alba había roto en la serranía de aquel siglo diecinueve. Los rayos rosados se abatían incansablemente sobre los arbustos y el suelo terroso y amarillento. La luz, bienvenida, iluminaba el boscaje, las llanuras, las pendientes rocosas y las sendas que intentaban circunnavegar la cordillera. Todo parecía despertar como una mañana más en el vertiginoso paseo de la vida.

Por uno de los caminos, transitaba un arriero. Tenía el rostro pálido, enjuto y curtido de arrugas, como un pan remojado que pierde su corteza hasta convertirse en una endeble miga. Sus brazos parecían dos fibras de lana, y su torso una rama más que un tronco. Era una especie de delgada quimera azotada por el tacto de la brisa. Su andar temblaba por el hambre y la fatiga.

Tras el arriero, andaba un escuálido burrito. Acarreaba en su lomo varias pellejas de vinagre, además de muchos y trabajados años. La vejez se hacía patente en sus ojos entornados y en sus crines canosas. Podría haber desfallecido en cualquier momento. No obstante, al igual que su amo, resistía los envites de la fatiga.

El tempranilloSu misión era tan sencilla como alcanzar el pueblo cercano, despachar en el mercado las pellejas de vinagre, aprovisionarse con harina, trigo y leche y regresar a su morada con los alimentos. Allí le aguardaban su esposa y su hambrienta y numerosa prole. Un cometido que cualquier labriego y caballo habrían logrado rauda y eficazmente, pero que se antojaba harto difícil para un arriero pobre y su desdichado burrito.

En esto estaban los dos, la bestia y el hombre, cuando el arriero se detuvo de improviso. Se sintió amenazado por algo, acechado por un cazador, perseguido por un demonio. Alzó la mirada hacia la loma que se erguía frente a la vereda, y entonces lo vio: un jinete apostado en la ladera, desde donde oteaba y controlaba las sendas de la serranía. Su figura era imponente.

El arriero hizo un alto en el camino para contemplar al intruso. A pesar de que se encontraba a medio kilómetro estaba seguro de que le había descubierto. En las inmediaciones no había nadie más: ni agricultores ni ganaderos ni cualquier vestigio de civilización. Si se trataba de un bandolero no tendría con que defenderse. Aunque pensándolo bien, tampoco tenía mucho que defender.

Con esta premisa, el arriero prosiguió la marcha. La pausa le había servido al burrito para recuperar el huelgo. Los dos continuaron la larga caminata más atentos al lejano jinete que al abrupto recorrido.

Un instante después, cuando el arriero alzó la vista hacia la cordillera en busca del intruso, éste había desaparecido. Se asustó y aceleró el paso, por miedo a que el bandolero apareciese de improviso a sus espaldas. No obstante, sabía a ciencia cierta que no podría escapar. No tenía fuerzas para correr, ni él ni su burrito.

El arriero tiraba del animal con fuerza, pero el pobre cuadrúpedo no podía dar más de sí. Estaba agotado, casi desfallecido. Su amo sufría el mismo destino. El sol matutino comenzaba a evaporar su vitalidad. Pero por su familia debía continuar.

Y de improviso escuchó un relincho, y acto seguido, una sombra apareció ante él, al pie del camino.

Tanto el arriero como el burrito se detuvieron en seco. Unos metros más adelante, sobre la senda pedregosa y desnivelada, se erguía el jinete. Había descendido las lomas hasta presentarse en el camino. Frente a frente con el arriero y su burrito.

El intruso montaba un caballo blanco, formidable y joven, que por poco no mató al burrito de pura e insana envidia. Se encontraba a poco menos de dos metros del arriero y su presencia resultaba tan imponente como ejemplar. El jinete, con sus ojos penetrantes de ave rapaz y sus labios cerrados en un hermetismo henchido de seguridad, parecía un soldado enviado de Dios o un asesino despachado por el Diablo. Un poder descomunal, una firmeza sobrenatural destilaba de sus ojos grises.

El arriero, sudando terror, observó como el jinete se apeaba de su montura y se acercaba a él. No medía más de metro y medio. Pero aún así, sus ojos, sus temibles ojos hubieran doblegado al rey más eminente.

—¿Qu… qu… qué quieres? —tartamudeó el arriero, reculando un paso.

El intruso se detuvo. No avanzó más. Miró fijamente a su interlocutor y le preguntó:

—No temas. Aunque digan de mí que soy un bandolero, no voy a robarte. Dime, ¿a dónde vas con ese burro que se tambalea a cada paso?

—Al pueblo. Es la única bestia de carga que tengo, y con ella, procuro mi sustento y el de mi familia.

—Al pueblo irás, sí. Pero no regresarás con ese burro. Está demasiado viejo y tú aún eres demasiado joven. Pareces un buen hombre y no deseo ningún mal ni para ti ni para tu familia.

—¿Qué quieres decir? —inquirió el arriero, sin dejarse engatusar por ninguna artimaña, siempre suspicaz.

—Eres trabajador. Eso se ve en tu rostro marcado y en tus ojos profundos. Todo aquel que se esfuerza merece una recompensa. —El bandolero fue así de tajante. Posteriormente, extrajo una bolsa de su faltriquera y se la lanzó al arriero—. ¡Toma!

La bolsa cayó en el camino con un estridente golpe, y su interior tintineó como un tesoro.

—¿Qué hay dentro? —preguntó el arriero, sin osar agacharse para cogerla.

—Cuando llegues al pueblo, ve directamente a la casa del herrero y cómprale una mula. La vende por mil quinientos reales, ni uno más, ni uno menos. Ese herrero ama más el oro que cualquier otro bien. De seguro que no rechazará el trueque.

El arriero se inclinó y cogió la bolsa. El tamborileo de las monedas le confirmó que el bandolero no mentía.

—Gracias.

—No las des. Ve al pueblo, acércate a la herrería y compra la mula. Entonces podrás dar las gracias a Dios. —Hizo una pausa, sin dejar de contemplar al arriero, que todavía le guardaba respeto y todo sea dicho, pavor—. Ahora bien, como vuelva a verte por esta senda y no portes la mula o haya llegado a mis oídos que has derrochado el dinero en mujeres libertinas o en bienes infructuosos, iréis, el burro y tú, de cabeza por este barranco. ¡Y ahora, adiós!

Y con esta última amenaza, el bandolero se subió al caballo y cabalgó loma arriba, desapareciendo un instante después.

El arriero se quedó solo con la bolsa en la mano. La abrió y contó las monedas. Efectivamente, había mil quinientos reales. Sonrió. Le hubiese gustado dar las gracias al bandolero una vez más. Pero ni siquiera le había dicho su nombre.

Tan temprano había llegado como se había ido.

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Esa misma noche, un manto de nubes se agolpó en los cielos y la oscuridad nocturna dejó paso a penumbras, sombras furtivas y sonidos guturales. La intranquila nana de la naturaleza, acompañada de graznidos y aullidos, se derramaba como una gripe sobre el pueblo, esculpido al pie de la montaña.

En la periferia de la urbe se erguía la morada del herrero, anexa a su taller. Era una de las viviendas más voluminosas del pueblo y famosa por albergar multitud de barricas del mejor vino. El herrero era hombre solitario —ni estaba desposado ni tenía hijos— y amigo de la buena mesa, los buenos muebles, la mala lengua y las malas damiselas. En definitiva, gozaba de una creciente fama, aunque no necesariamente positiva.

Aquella noche el herrero se había visto obligado a trabajar a destajo hasta bien entrada la noche. Tenía un encargo pendiente para el siguiente día, y debido a que había permanecido toda la tarde en el burdel, había postergado la fabricación. Por lo tanto, se encontraba en la herrería con el fogón encendido y el martillo al rojo vivo golpeando el yunque, mientras el resto del pueblo dormía y descansaba.

Golpe tras golpe, las chispas saltaban por doquier y el humo y la ceniza se adherían a las ropas del herrero. Se detuvo un instante y dejó el martillo sobre la mesa para secarse el sudor de la frente. Justo entonces, escuchó un ruido, como una rama resquebrajada.

Se alertó, agudizó el oído y volvió a escuchar el mismo ruido. Le pareció que alguien deambulaba alrededor del edificio.

El herrero, confiando en su corpulencia y en sus rudas costumbres, salió al exterior por la puerta trasera. Cuando sus ojos se aclimataron a las sombras, avanzó varios pasos y buscó en los alrededores, pero no vio a nadie. Los matorrales y los árboles del bosque se erguían silenciosos como de costumbre, el viento aullaba lento como un depredador al acecho y las sombras seguían inmóviles. Supuso que habría sido una ardilla.

Con esta noción, volvió al interior del taller. La luz de las fraguas le cegó un instante y cuando recuperó la visión, se encontró de frente con dos hombres encapuchados, con sombreros oscuros y vestimentas negras. Unos de ellos le apuntaba con un mosquete; el otro esgrimía una faca.

—¿Quiénes sois? —gimió el herrero, asustado.

Buscó algún arma con la que defenderse, pero no encontró nada. El martillo estaba lejos de su alcance y las espadas que había forjado estaban guardadas en uno de los armarios del fondo. Además, los dos bandoleros se encontraban demasiado cerca. Cualquier movimiento brusco le habría condenado.

—Entréganos la bolsa —intimidó el mosquetero.

—¿Qué bolsa?

El bandolero bajó un momento el arma:

—Tienes una bolsa de mil quinientos reales. ¡Entréganosla!

—¡Yo! ¿Una bolsa? Imposible, os habéis equivocado de hombre.

El bandolero dudó un instante, pero su compañero intercedió astutamente:

—No mientas. Esta mañana vendiste una mula por mil quinientos reales. ¡No lo niegues!

El herrero inclinó la cabeza. Ningún subterfugio llegó a su mente, y se vio en la deshonrosa perspectiva de admitirlo todo. Su vida estaba en juego.

—Está bien, os daré la bolsa. Pero no me matéis, por favor.

Ninguno de los bandoleros respondió. El mosquetero siguió apuntándole con el arma y su compañero avanzó unos pasos, mientras el herrero se dirigía a un arcón, ubicado en una esquina. Lo abrió lentamente y extrajo de su interior una bolsa de cuero. La misma bolsa que el jinete del caballo blanco había entregado al arriero aquella misma mañana.

El herrero se volvió hacia el bandolero de la faca y le lanzó la bolsa. Éste la cogió al vuelo, y el simple sonido de las monedas fue suficiente para cerciorarse del copioso botín.

—Ahí está —respondió el herrero, mientras el bandolero daba un rápido vistazo al interior de la bolsa.

—Todo correcto —dijo el bandolero, envainando el arma.

—Bien, vámonos —contestó el mosquetero.

Ambos se deslizaron hacia la puerta trasera. Estaba abierta, y el aroma de la naturaleza y los susurros de la noche se colaban por ella. El bandolero que portaba la bolsa fue el primero en abandonar la estancia. Pero el otro se detuvo unos instantes bajo el quicio de la puerta, apuntando al herrero con el mosquete. Seguidamente, ostentosamente, guardó el arma y se quitó el sombrero. Sin dejar de observar al herrero y con una sutil reverencia, le dijo:

—Te envío los saludos y los respetos de “El Tempranillo”.

A continuación, salió escopetado hacia los bosques.

Iraultza Askerria

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