El Reto Definitivo

El público estaba en vilo.

En el centro del plató, el presentador, vestido con su característico esmoquin azul marino, se figuraba un espectador más, con el rostro torcido por la incertidumbre, la duda y la expectación. En todo el plató, el único que mantenía la compostura, la tranquilidad y la confianza era la concursante. Se trataba de una mujer anciana de ochenta años, con el pelo blanco, la nariz torcida y el rostro colmado de arrugas, como uvas pasas. Era ciega, y por si fuera poco, estaba aferrada a una silla de ruedas, puesto que había perdido la movilidad de las piernas debido a la artritis; incurable tras multitud de operaciones. No obstante, utilizaba con total libertad sus expertas manos.

El programa de televisión se titulaba “Cuéntanos qué sabes hacer”. El concurso invitaba a los participantes a exhibir sus maestrías, genialidades o virtudes, desde bailes de break-dance frenéticos hasta composiciones de poemas in situ con tema y métrica aleatoria. Toda esta demostración de capacidades estaba supervisada por un jurado de lo más variopinto. El ganador pasaba a la final donde se arriesgaba a ganar un millón de euros, siempre y cuando superase el reto definitivo.

Y aquella noche, la finalista era aquella anciana de ochenta años, ciega y en silla de ruedas. Su virtud: enhebrar una aguja. Sin ningún tipo de ayuda ocultar. Cada intento era una acierto. Cada hilo penetraba la aguja sin contemplaciones, sin vacilaciones, sin pifia. Así, hasta novecientas setenta y cuatro veces había repetido la hazaña con sus ojos ciegos. Si llegaba a la número mil sin cometer un solo fallo, ganaría la friolera de un millón de euros.

Ningún finalista lo había logrado. El Reto Definitivo —elegido por el jurado— siempre resultaba imposible de realizar. Sin embargo, aquella anciana parecía tener el hado de su parte.

—¡Novecientas ochenta! —exclamó el presentador, gritándole al micrófono como si su equipo de fútbol hubiese marcado el gol de la victoria—. Estamos sólo a veinte intentos de lograr el premio.

El público aplaudió. Se escucharon gritos, alabanzas, ánimos y esperanzas. El corazón de los espectadores latía como un motor revolucionado. Las cámaras recogían las imágenes con avidez, deseosas de presenciar tan absurdo final. Al otro lado de la pantalla, miles de hombres y mujeres asistían a la ceremonia desde la comodidad de sus sofás, visualizando boquiabiertos la televisión. Y en todo aquel maremágnum de gente esclavizada, la anciana proseguía con actitud seria y silente, concentrada en su reclamada tarea.

Frente a la concursante, se había dispuesto una mesa alargada, sobre la cual descansaban una serie de agujas y de hilos rojos. La anciana cogía delicadamente una de las agujas, tanteaba a ciegas en busca de uno de los hilos y lo enhebraba sin que el pulso le temblase. Posteriormente, dejaba la aguja enhebrada a un lado, y se disponía con la siguiente.

Así sucesivamente.

—Novecientas noventa. ¡Ángela estás a diez de conseguirlo! —informó el presentador, a pocos metros de la anciana.

Ángela ni siquiera sonrió, se limitó a proseguir con su trabajo repetitivo, una tarea que había desempañado durante sesenta y cinco años, desde que buscara trabajo en una fábrica textil de Barcelona, y que a pesar de su ceguera podía ejecutar con la misma eficiencia que antaño. Una a una, aguja e hilo se amancebaban sin distracción bajo la atenta mirada de aquel público orgiástico.

—Novecientas noventa y cinco —retransmitió el presentador—. Novecientas noventa y seis. Ángela, ¿tienes algo que decir antes de consumar El Reto Definitivo?

Y entonces, la anciana sonrió. Sus dientes rotos y sus encías ennegrecidas emergieron bajo unos labios carcomidos por la vejez, arrugados por la insistencia de la vida en querer alargar los dolores y los pesares. Sus ojos se mantuvieron firmes y sin pestañear, dirigidos hacia la voz que la había interpelado. Tenía las cuencas vacías de ilusión, llenas de una blancura helada. Su iris era pálido como un moribundo. Sus pómulos se habían despedazo como hojas de otoño. Las cámaras de televisión enfocaron aquel rostro descompuesto por el dolor, pero henchido de sabiduría.

—Sí, algo quiero decir —musitó la anciana. Su voz grave, cortada y sibilante fue amplificada tenebrosamente por el micrófono—. Decidles a vuestros padres y a vuestras madres cuánto les queréis; decidle a vuestro hijo que todo lo que hacéis es por su bien; decidle a vuestra pareja que la amáis.

«Decidle al niño que será un gran hombre y a la niña que será una gran mujer; decidle al joven que el mundo es suyo, al adulto que nunca caiga de rodillas y al viejo que os cuente el cuento de su vida. —Hizo una pausa. Novecientas noventa y siete. Se escucharon varios aplausos y algún grito de excitación—. Viajad por el mundo y conoced a su gente; respetad al Dios ajeno y mostrad al vuestro; ayudad al hambriento con el alimento del saciado y llorad con lágrimas de felicidad.

«Opinad pero no critiquéis; amonestad, pero no amenacéis; comed, pero no devoréis; invertid, pero no malgastéis. Y sobre todo: ¡vivid! —Novecientas noventa y ocho. Los espectadores estaban en vilo, mirando con sus ojos patosos, ignorando la humanidad de aquellas palabras—. Levantaos del sofá y leed un cuento a vuestro hijo pequeño. Apagad la televisión y abrazad a vuestro amante. Salid a la calle y gritad por la libertad. Cerrad los ojos y recapacitad. Vuestro inconformismo, vuestra indiferencia, vuestra patética soledad, la egocéntrica creencia de que vuestra opinión es la correcta solo consolida un mundo de tinieblas y odio. Abrid las puertas de vuestro corazón y mostrad clemencia por aquel que se muere de hambre.

«Mientras mantenéis los ojos cerrados, los niños perecen por desnutrición, las mujeres son violadas y los hombres torturados. El ser humano nació para crear, progresar y sentir. No para sumirse en el autoconsumismo de sus virtudes. ¡Despertad! —Carraspeó, y juntó los labios con una ira aterradora. Novecientas noventa y nueve. Todo el público se levantó de sus asientos—. ¡Despertad! ¡O dormid para siempre!

Estaba a punto de conseguirlo. Uno más para alcanzar el número mil y adjudicarse el preciado premio, labrarse un nombre en el hall of fame del programa y ser recordada por los espectadores. El público se emocionó entre gritos y aplausos. Una banda sonora repleta de tensión comenzó a aflorar por los altavoces del plató. Las luces se apagaron y se enfocaron únicamente en la populosa anciana. El presentador, en vilo y con el corazón en un puño, se aproximó a ella, expedito.

—Ángela, no quiero alarmarte. ¡Pero estás a una de conseguir un millón de euros!

El público seguía de pie, entre aplausos. En los hogares, los espectadores se acercaron a las pantallas, expectantes. La anciana no podía ni siquiera levantarse de su silla de ruedas.

—¿De qué sirve el dinero si no tienes con quien compartirlo? ¿De qué sirven billetes si en realidad carecen de valor? Sólo tiene valor aquello a lo que se ama —sentenció la anciana, con su voz quejumbrosa. Estaba a punto de conseguir el premio. Cogió la aguja número mil. Pero no cogió el hilo—. Ninguno de vosotros ha nacido para amar el dinero y ninguno de vosotros lo ama de verdad. No obstante, habéis sido educados para amarlo, para ansiarlo, para codiciarlo; y de esta forma, vuestras más íntimas querencias quedan relegadas ante la sombra siempre constante de los billetes azules. Amad a vuestra pareja, amad a vuestros hijos, amad vuestros viajes al extranjero, amad la cultura, amad la carcajada, amad la compañía, amaros a vosotros mismos. Cuando lleguéis a mi edad, sólo amaréis vuestra propia muerte y esperaréis ansiosos a que os visite.

Después de tan profético final, la anciana se llevó las manos hacia la boca, sin soltar la aguja. Con sus dedos arrugados, se palpó suavemente los labios y enhebró la aguja en su garganta. Se tragó el arma homicida sin preámbulos, casi con avidez. La sangre comenzó a aflorar por su boca y a fluir en torrentes incontrolables por su esófago y su traquea. Al aire se le hizo imposible irrumpir en aquel pecho viejo y débil.

Murió asfixiada pocos segundos después entre el eco de los aplausos.

Para la televisión fue el programa más rentable de la historia.

Iraultza Askerria

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