El pintor fracasado

Photo - {author}Pues sí, yo iba para pintor. De hecho, cuando me preguntaban qué quería ser de mayor, yo lo tenía claro: “¡pintor de cuadros!”, gritaba exaltado con mi aguda voz de infante mimado, “¡pintor de pincel!”.

Con esta premisa, recibí seis años de formación de dibujo artístico, llegando a adquirir una considerable maestría con el carboncillo, especialmente, como copista. Desarrollé esta aptitud hasta la adolescencia, cuando el deseo de dibujar paisajes sucumbió ante la necesidad de retratar mujeres.

Así que me dediqué a ello entusiasmadamente.

Con el bloc de folios bajo el brazo y el carboncillo en el bolsillo, me acomodaba en un banco cercano al metro de la calle Ibiza, junto al Parque del Retiro. El momento del día elegido era el ocaso. El amanecer traída consigo el rostro soñoliento de las jóvenes promesas y solo las horas despertaba la belleza de esos rasgos incipientes; por ello, la tarde era un periodo mucho más propicio para desplegar mis cualidades como dibujante.

Me sentaba ahí, tranquilo, a la espera de que las chicas jóvenes de mi edad, con el pelo perfumado, el rostro dulce, la inocencia vacilante en el iris de los ojos y los ademanes ligeros, apareciesen junto a la salida del metropolitano. Entonces, cuando una de ellas surgía de la nada, como un ángel invocado, desenvainaba el lápiz y trazaba las formas de tan dulce doncella.

Dibujaba, retrataba, insistía; sombreaba, esbozaba y seguía; bosquejaba, afilaba y veía que mi ángel se volvía deforme. Tornaba, pintaba y reproducía; maquillaba, perfilaba y comprendía que aquella mujer no podía ser retratada, que su belleza, aunque bonita a ojos de un mortal, era falsa e irreverente para la grafía de un pintor.

De esta guisa, lanzaba el retrato fallido a la papelera más cercana, y esperaba a una dama más bonita, más dulce, más divinal que la primera.

Ya cuando la noche rozaba las diez y la oscuridad había dilatado mis pupilas como si estuviera drogado, apareció ella. Una muchacha de quince primaveras, con el pelo recogido en un coleta larga, azabache y aterciopelada. Le caía el cabello hasta más allá de la cintura, y las puntas le rozaban morbosamente la nalga derecha. Tanto ésta como la izquierda eran firmes, duras, redondeadas; y el ceñido pantalón vaquero, de poco más de treinta centímetros, acentuaba aún más esas formas de vértigo. Los muslos surgían fibrosos, morenos, torneados; me pregunté si algún labio habría ascendido por esas portentosas carnes para escalar el monte de Venus. Si no lo había, mi pincel sería el primero en hacerlo.

Antes de perderla de vista, me dediqué a la fatigosa tarea de retratarla. Su figura era almíbar y sus ojos cacao, su rostro leche y sus labios frambuesa; un cúmulo de sabores y texturas que avanzaba lentamente por la acera, dejando la estela imborrable de su figura. Tenía los pechos menudos, pero ovalados y puntiagudos; una ajustada camiseta morada remarcaba sus pezones. Ojalá hubiese podido subir y bajar por el valle de su aliento, dejando el vestigio de mi saliva. Si no podía yo, mi lápiz haría el trabajo.

De esta forma, me hallaba dibujando, pintando y retratando; formando, componiendo y trazando; detallando, definiendo y diseñando. Hasta que la chica me sobrepasó por varios metros, perdiendo por completo la perspectiva de su rostro. Entonces, sólo entonces, procedí a revisar mi trabajo.

Era un monstruo: había dibujado un monstruo. Aquel ángel se había transformado en una horrible Górgona. Los cabellos parecían culebras, negras de veneno; las piernas delgadas serpientes; los ojos se asemejaban a agujeros sin vida y la boca se abría como una burla mordaz. Ni siquiera los pechos habían guardado algo de similitud con los originales: eran planos, sin forma, sin gusto.

Iracundo, furioso y enrabietado, aplasté el dibujo entre los dedos, rasgué el papel y lancé los jirones al suelo. Lo mismo hice con el carboncillo y el resto del cuaderno. Después, me alcé de un salto del banco y seguí con la mirada a aquella joven mujer que no supe trazar con el lápiz.

La seguí varios metros, tal vez kilómetros, lo suficientemente alejado de ella como para que no se percatase de mí. ¿Por qué lo hice? No quería olvidarla, era demasiado bonita. Puesto que no supe retratarla con un dibujo, quise mantener el recuerdo siempre vivo en mi memoria.

Y, de esta forma, pasé el resto de mi vida pintándola con palabras.

Iraultza Askerria

4 Comentarios en “El pintor fracasado

  1. Hola Iraultza.
    Tenía tiempo sin escribirte.
    Me hiciste recordar cuando daba clases de dibujo en una academia de Caracas, yo les decía a mis alumnos que: el instrumento de trabajo más importante y que por eso no puede faltar en el equipo de un dibujante que se precie de tal es la goma de borrar.
    Salud.

    • Encantado de reencontrarte. No podría estar más de acuerdo contigo. En la literatura ocurre lo mismo: borrar y suprimir es tan importante como escribir. Gracias por la visita y un fuerte abrazo.

  2. Muy bueno, Iraultza.
    Buena la idea.
    Y sobre todo, buena no, BRILLANTE, la última frase:
    “Y, de esta forma, pasé el resto de mi vida pintándola con palabras.”
    “Pintándola con palabras.” Prosa poética en estado puro. Un 10 a esa frase.
    Gracias. Y saludito. 🙂

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