El Reto Definitivo

El público estaba en vilo.

En el centro del plató, el presentador, vestido con su característico esmoquin azul marino, se figuraba un espectador más, con el rostro torcido por la incertidumbre, la duda y la expectación. En todo el plató, el único que mantenía la compostura, la tranquilidad y la confianza era la concursante. Se trataba de una mujer anciana de ochenta años, con el pelo blanco, la nariz torcida y el rostro colmado de arrugas, como uvas pasas. Era ciega, y por si fuera poco, estaba aferrada a una silla de ruedas, puesto que había perdido la movilidad de las piernas debido a la artritis; incurable tras multitud de operaciones. No obstante, utilizaba con total libertad sus expertas manos.

El programa de televisión se titulaba “Cuéntanos qué sabes hacer”. El concurso invitaba a los participantes a exhibir sus maestrías, genialidades o virtudes, desde bailes de break-dance frenéticos hasta composiciones de poemas in situ con tema y métrica aleatoria. Toda esta demostración de capacidades estaba supervisada por un jurado de lo más variopinto. El ganador pasaba a la final donde se arriesgaba a ganar un millón de euros, siempre y cuando superase el reto definitivo.

Y aquella noche, la finalista era aquella anciana de ochenta años, ciega y en silla de ruedas. Su virtud: enhebrar una aguja. Sin ningún tipo de ayuda ocultar. Cada intento era una acierto. Cada hilo penetraba la aguja sin contemplaciones, sin vacilaciones, sin pifia. Así, hasta novecientas setenta y cuatro veces había repetido la hazaña con sus ojos ciegos. Si llegaba a la número mil sin cometer un solo fallo, ganaría la friolera de un millón de euros.

Ningún finalista lo había logrado. El Reto Definitivo —elegido por el jurado— siempre resultaba imposible de realizar. Sin embargo, aquella anciana parecía tener el hado de su parte.

—¡Novecientas ochenta! —exclamó el presentador, gritándole al micrófono como si su equipo de fútbol hubiese marcado el gol de la victoria—. Estamos sólo a veinte intentos de lograr el premio.

El público aplaudió. Se escucharon gritos, alabanzas, ánimos y esperanzas. El corazón de los espectadores latía como un motor revolucionado. Las cámaras recogían las imágenes con avidez, deseosas de presenciar tan absurdo final. Al otro lado de la pantalla, miles de hombres y mujeres asistían a la ceremonia desde la comodidad de sus sofás, visualizando boquiabiertos la televisión. Y en todo aquel maremágnum de gente esclavizada, la anciana proseguía con actitud seria y silente, concentrada en su reclamada tarea.

Frente a la concursante, se había dispuesto una mesa alargada, sobre la cual descansaban una serie de agujas y de hilos rojos. La anciana cogía delicadamente una de las agujas, tanteaba a ciegas en busca de uno de los hilos y lo enhebraba sin que el pulso le temblase. Posteriormente, dejaba la aguja enhebrada a un lado, y se disponía con la siguiente.

Así sucesivamente.

—Novecientas noventa. ¡Ángela estás a diez de conseguirlo! —informó el presentador, a pocos metros de la anciana.

Ángela ni siquiera sonrió, se limitó a proseguir con su trabajo repetitivo, una tarea que había desempañado durante sesenta y cinco años, desde que buscara trabajo en una fábrica textil de Barcelona, y que a pesar de su ceguera podía ejecutar con la misma eficiencia que antaño. Una a una, aguja e hilo se amancebaban sin distracción bajo la atenta mirada de aquel público orgiástico.

—Novecientas noventa y cinco —retransmitió el presentador—. Novecientas noventa y seis. Ángela, ¿tienes algo que decir antes de consumar El Reto Definitivo?

Y entonces, la anciana sonrió. Sus dientes rotos y sus encías ennegrecidas emergieron bajo unos labios carcomidos por la vejez, arrugados por la insistencia de la vida en querer alargar los dolores y los pesares. Sus ojos se mantuvieron firmes y sin pestañear, dirigidos hacia la voz que la había interpelado. Tenía las cuencas vacías de ilusión, llenas de una blancura helada. Su iris era pálido como un moribundo. Sus pómulos se habían despedazo como hojas de otoño. Las cámaras de televisión enfocaron aquel rostro descompuesto por el dolor, pero henchido de sabiduría.

—Sí, algo quiero decir —musitó la anciana. Su voz grave, cortada y sibilante fue amplificada tenebrosamente por el micrófono—. Decidles a vuestros padres y a vuestras madres cuánto les queréis; decidle a vuestro hijo que todo lo que hacéis es por su bien; decidle a vuestra pareja que la amáis.

«Decidle al niño que será un gran hombre y a la niña que será una gran mujer; decidle al joven que el mundo es suyo, al adulto que nunca caiga de rodillas y al viejo que os cuente el cuento de su vida. —Hizo una pausa. Novecientas noventa y siete. Se escucharon varios aplausos y algún grito de excitación—. Viajad por el mundo y conoced a su gente; respetad al Dios ajeno y mostrad al vuestro; ayudad al hambriento con el alimento del saciado y llorad con lágrimas de felicidad.

«Opinad pero no critiquéis; amonestad, pero no amenacéis; comed, pero no devoréis; invertid, pero no malgastéis. Y sobre todo: ¡vivid! —Novecientas noventa y ocho. Los espectadores estaban en vilo, mirando con sus ojos patosos, ignorando la humanidad de aquellas palabras—. Levantaos del sofá y leed un cuento a vuestro hijo pequeño. Apagad la televisión y abrazad a vuestro amante. Salid a la calle y gritad por la libertad. Cerrad los ojos y recapacitad. Vuestro inconformismo, vuestra indiferencia, vuestra patética soledad, la egocéntrica creencia de que vuestra opinión es la correcta solo consolida un mundo de tinieblas y odio. Abrid las puertas de vuestro corazón y mostrad clemencia por aquel que se muere de hambre.

«Mientras mantenéis los ojos cerrados, los niños perecen por desnutrición, las mujeres son violadas y los hombres torturados. El ser humano nació para crear, progresar y sentir. No para sumirse en el autoconsumismo de sus virtudes. ¡Despertad! —Carraspeó, y juntó los labios con una ira aterradora. Novecientas noventa y nueve. Todo el público se levantó de sus asientos—. ¡Despertad! ¡O dormid para siempre!

Estaba a punto de conseguirlo. Uno más para alcanzar el número mil y adjudicarse el preciado premio, labrarse un nombre en el hall of fame del programa y ser recordada por los espectadores. El público se emocionó entre gritos y aplausos. Una banda sonora repleta de tensión comenzó a aflorar por los altavoces del plató. Las luces se apagaron y se enfocaron únicamente en la populosa anciana. El presentador, en vilo y con el corazón en un puño, se aproximó a ella, expedito.

—Ángela, no quiero alarmarte. ¡Pero estás a una de conseguir un millón de euros!

El público seguía de pie, entre aplausos. En los hogares, los espectadores se acercaron a las pantallas, expectantes. La anciana no podía ni siquiera levantarse de su silla de ruedas.

—¿De qué sirve el dinero si no tienes con quien compartirlo? ¿De qué sirven billetes si en realidad carecen de valor? Sólo tiene valor aquello a lo que se ama —sentenció la anciana, con su voz quejumbrosa. Estaba a punto de conseguir el premio. Cogió la aguja número mil. Pero no cogió el hilo—. Ninguno de vosotros ha nacido para amar el dinero y ninguno de vosotros lo ama de verdad. No obstante, habéis sido educados para amarlo, para ansiarlo, para codiciarlo; y de esta forma, vuestras más íntimas querencias quedan relegadas ante la sombra siempre constante de los billetes azules. Amad a vuestra pareja, amad a vuestros hijos, amad vuestros viajes al extranjero, amad la cultura, amad la carcajada, amad la compañía, amaros a vosotros mismos. Cuando lleguéis a mi edad, sólo amaréis vuestra propia muerte y esperaréis ansiosos a que os visite.

Después de tan profético final, la anciana se llevó las manos hacia la boca, sin soltar la aguja. Con sus dedos arrugados, se palpó suavemente los labios y enhebró la aguja en su garganta. Se tragó el arma homicida sin preámbulos, casi con avidez. La sangre comenzó a aflorar por su boca y a fluir en torrentes incontrolables por su esófago y su traquea. Al aire se le hizo imposible irrumpir en aquel pecho viejo y débil.

Murió asfixiada pocos segundos después entre el eco de los aplausos.

Para la televisión fue el programa más rentable de la historia.

Iraultza Askerria

Sexo a dos voces

Primera voz

Siento el corazón desbocado, ardiendo con las embestidas de mi cuerpo. Siento mis mordiscos arrancarte los labios y mis dedos pellizcando tus pezones erectos. Siento el dolor y el ansia, mezclada con la despreocupación de la amnesia. Olvídate de todo, salvo de mí, y siente mi llama dentro de tu húmedo cáliz. Siénteme dentro de ti.

Yaces entre mis brazos mientras te penetro con furia. No tengo piedad. A pesar de lo mucho que te amo, me despreocupo de la clemencia en estos momentos de locura, arrebato, agonía y destemplanza. Mientras me muero, cavo mi tumba en el interior de tus muslos.

Veo tus ojos irritados, tal vez por las lágrimas saladas o por mi dulce saliva derramada en besos sobre tus párpados. Lo cierto es que me contemplan enrojecidos, ahítos de agonía. Mirada roja, mirada de sangre.

Mi corazón late como timbales de guerra. En esta batalla de crueldad y sadismo, tú, vida mía, yaces aprisionada entre las murallas de mis brazos, bloqueada bajo el peso de mi cuerpo macizo, torturada entre apuñalamientos y arañazos. Al vaivén de mi cólera inclemente, oigo tus gemidos clamar por la piedad de Dios.

Pero la guerra no ha terminado, y por mucho que supliques, seguirán mis asaltos y acometidas. Al menos, hasta que las fuerzas aguanten y el sudor me recuerde que estoy vivo.

Soy el león y tú el cervatillo. Te devoro con mis dientes hambrientos mientras te empalo con la gracia de un espetón. Siento tu aroma pegado a mi piel. Huele a miedo asado, a perfume de rosas despojadas de pétalos. Huele a desnudez sin coraje y a espíritu sin cuerpo. Estás completamente sometida a mi violencia.

A mí… eso me encanta, me enfurece, me encabrona. Soy un dragón que escupe llamas y ruge por la nariz; maldice a Dios y maltrata a su amante. Soy el bárbaro y el violador, el asesino y el ladrón, el soez hijo de puta que rompe las barreras de la moral y el respeto por un placer egoísta.

Y de esta forma tan poco romántica, me corro dentro de ti.

Segunda voz

Estoy indefensa, en frente tuyo. Sin compañía alguna, en la penumbra de tu habitación. Miro tus músculos, el pecho desnudo y el cabello revuelto y firme; como firme te estás poniendo, mientras a mí me pones cachonda.

Me muerdo el labio al contemplarte; casi noto el sabor metálico de la sangre. Me he hecho daño; pero no me importa.

Ven a mí, tómame. Abrázame entre tus bíceps; arrástrame hasta la cama, tírame en el colchón como a un despojo y fóllame como si fuera tu último polvo. Fóllame aquí y ahora. Poséeme como un diablo, como un demonio. Con la furia de un titán.

Veo tu miembro decidido, convencido. El glande brilla por el líquido preseminal. Lo deseo, lo huelo, lo siento rozando los límites de mi pudor. Entra en mí. Ya. Ahora. Quiero sentir tus rugidos perderse en el interior de mi vientre.

Rompes el sello, abres el arca y penetras en mi corazón. Te zambulles en mí como un tiburón que acorrala a su presa. Soy tuya, tu cautiva, tu esclava. Haz conmigo cuanto te plazca. Desgástame, malgástame, destrózame por dentro; pero no me mates de hambre.

El sudor me enfría la piel mientras tú me calientas como una hoguera. Soy tu Juana, tu rea, tu bruja, tu princesa desposeída de honor. Mis ojos lloran en un intento de apagar el fuego que los irrita. Soy un volcán y tú mi combustible. Si no exploto ahora, sucumbiré a la agonía.

Erupciono con un grito histérico, atolondrado, incipiente; seguido por los coros de mis gemidos. Aún estoy ardiendo, pero ahora húmeda, salada y bien jodida. Parezco un océano alborotado por maremotos; un cielo azul cubierto de lluvia y una inconstante disolución de agua y ácido sulfúrico.

Entre orgasmos y estimulaciones de clítoris, mi mente desaparece del mundo terrenal. No veo ni oigo nada, pero siento tu aliento pegado a mi oreja mientras tu polla me arranca un gemido tras otro. Siento tu olor pegado en el aire, tu sudor viril resonando fuerte en mis tímpanos y tu resuello crecer como un eco ventoso. Gruñes de dolor y te desplomas sobre mí.

Todo ha terminado. Has perdido la fuerza y el deseo, y tu miembro yace mustio fuera de mis ingles. Para mí, en estos momentos, no hay mayor placer que sentir tu peso sobre mi cuerpo, sabiendo que has muerto de satisfacción mientras me matabas de agonía.

Iraultza Askerria

El magnicidio de Ekaterimburgo

La cocina se encuentra bien iluminada. Al estar destrozados los cristales de las ventanas debido a la refriega y a las balas, la luz del sol penetra a raudales por los vanos. En el centro de la estancia, hay una mesa redonda de madera, algo ajada debido al constante uso; se notan las cicatrices de cubiertos y vasos de cristal. En una silla, se encuentra sentado un prisionero, vestido con el uniforme del Ejército Rojo. El símbolo comunista destaca sobre su pecho, manchado de pólvora y suciedad.

El soldado cautivo tiene el rostro sudoroso y las manos magulladas encima de la mesa. Unas férreas esposas impiden cualquier movimiento. Se llama Vládimir, tiene veinticinco años y ha vivido en aquella casa durante los últimos meses, desempeñando las tareas de un carcelero. Sin embargo, las cosas han cambiado para él. Ahora él es el prisionero.

Aquella vivienda se llama casa Ipátiev; aunque los dirigentes bolcheviques la denominan Casa del Propósito Especial. Sita en Ekaterimburgo, capital del distrito de los Urales, actual Rusia, futura URSS.

—Ahora vas a contarme todo lo que ocurrió durante la noche del 16 de julio hasta la madrugada del 17 de julio de 1918. Han pasado pocos cinco días, así que espero que te acuerdes de todo. No escatimes en detalles —ordena un veterano oficial del Ejército Blanco, sentado frente al cautivo.

El prisionero alza la mirada llorosa y observa a su captor, quien tiene una frondosa perilla, los ojos oscuros y el semblante inclemente. Viste una cazadora de piel y unas botas marrones del mismo material. Por un momento, aquel oficial le recuerda a Yákov Yurovsky, su superior hasta hace pocos días.

—Como quieras —contesta Vládimir, acomodándose en la silla antes de dar inicio a su largo relato.

—————–

Como cada noche desde hacía meses, me encontraba en el pasillo de las habitaciones reales, patrullando la zona y vigilando a cada uno de los inquilinos. Conmigo, había otros dos guardias, pero no contaban con mi experiencia y veteranía, por lo que yo hacía las veces de coordinador.

Pocas semanas atrás, el gobierno había enviado a la casa Ipátiev a un nuevo comandante: Yákov Yurovsky; quién había reorganizado la vigilancia de la mansión con una actitud férrea y decidida. Muchos de mis antiguos compañeros habían sido trasladados al exterior de la casa; y muy pocos habían permanecido en el mismo puesto. Entre ellos me contaba yo. Ignoraba que se tramaba Yákov, o mejor dicho, que órdenes había recibido del Sóviet Central, pero lo que me quedaba claro es que había que mantener a los prisioneros vigilados en todo momento, casi controlando cada una de sus respiraciones.

De esta guisa, yo me encontraba merodeando por el pasillo del piso superior, donde se encontraban los aposentos de la familia imperial y su pequeño séquito de sirvientes. La monarquía había pasado de ser gobernadora de Rusia a prisionera de un pueblo hambriento de cambios.

Aún no eran las diez de la noche. La cena había sido servida y consumida con anterioridad. Mientras los sirvientes recogían los enseres y limpiaban la cocina, la familia aristocrática se solazaba unos minutos antes de acostarse, pero siempre vigilados por soldados como yo.

El ex-zar Nicolás II y su esposa Alejandra acostumbraban a despejarse jugando a las cartas. Sus dos hijas mayores solían escribir en su diario antes de ir a la cama, mientras las niñas pequeñas, María y Anastasia, disfrutaban de una amena y tranquila lectura. El zarévich Alexei, el único hijo varón del zar, se encontraba en aquel instante en su habitación bajo la supervisión del médico imperial. El joven príncipe sufría la irremediable enfermedad de la hemofilia, y aquella noche había mostrado intensos síntomas de debilidad. Desgraciadamente para él, el doctor no tenía el poder de curar su mal, tan solo mitigar sus dolores.

En total, los prisioneros de la casa Ipátiev eran once. Por un lado, el zar, su esposa, sus cuatro hijas y Alexei, que integraban una familia de siete miembros. Por otro, los fieles criados y criadas, entre los que se contaba al reputado médico.

Me detuve un instante frente a la habitación de las hermanas mayores. La puerta estaba abierta hasta la mitad y la luz salía a raudales del interior. Pude ver a Tatiana sentada frente a un escritorio de caoba, un mueble práctico y hermoso a la vez. Estaba escribiendo en su diario y parecía no haber reparado en mi presencia.

Avancé un paso, y justo cuando me disponía a sobrepasar el linde de aquel dormitorio, la vi de reojo. Vi a Olga, la hija mayor de los zares; la primogénita. Para mí, la mujer más bonita que hubo nunca en Rusia. En aquel momento, estaba sentada frente a un tocador, peinando su sedoso cabello color cereza que le caía en ondas por la enhiesta espalda. Tenía veintidós años, sólo unos pocos menos que yo. Era simpática, inteligente y preciosa. Durante aquellos meses en los que ella era mi cautiva y yo su guardián, había soñado con amarla, con besarla, con tenerla entre mis brazos. Si hubiera podido, la habría rescatado de aquella mansión en la que estaba confinada para llevarla lejos, a Europa Occidental, y protegerla con mi propia vida. Pero no era más que un sueño idealista.

Así que de pie, en medio de la puerta del dormitorio de la Gran Duquesa, pensaba en ella como un adolescente bobo y enamoradizo, que se pasaba más tiempo reflexionando que viviendo la vida.

En ese preciso momento, Olga se alzó del asiento del tocador, mientras me enviaba una afectuosa sonrisa. Supuse que me había visto a través del espejo. Dejó el peine sobre el mueble y se digirió a mí con las mejillas coloradas. Su hermana Tatiana seguía ensimismada en el diario, cincelando con la pluma la escultura de sus recuerdos. No se había percatado de mí.

—Vládimir —saludó ella.

—Olga —respondí yo.

La duquesa se había apoyado en la puerta. Tenía la cabeza ladeada y me miraba fijamente esbozando una sonrisa. Noté su aliento nervioso y sus palpitaciones aceleradas. Yo la observaba de igual modo; inmóvil y sin saber qué decir.

—Será mejor que cierre la puerta, Tatiana y yo vamos a acostarnos dentro de poco —añadió Olga.

—Por supuesto, perdóname —me disculpé apresuradamente. Me imaginé su cuerpo desnudo bajo aquel camisón de seda que remarcaba sus curvas; sus pechos derritiéndose bajo el murmullo de mis labios. Debía ser lindo y sabroso, como una fruta en almíbar. Desgraciadamente, nunca lo descubriría—. Buenas noches.

—Buenas noches, Vládimir —se despidió, y cerró la puerta.

Me quedé inmóvil frente a la entrada, concibiendo en mi mente las formas de desafiar y derrotar los obstáculos que se interponían ante mí. Pero yo era un soldado ruso del ejército comunista, y ella una princesa sin patrimonio de una monarquía casi extinta. Mi historia de amor sólo tendría cabida en una relato de ficción, una especie de Romeo y Julieta bajo el título de Vládimir y Olga.

Me quité aquellas fantasías de la cabeza y seguí rondando el pasillo. Pasé junto al dormitorio de las hijas pequeñas de los zares. La puerta estaba cerrada y la luz no egresaba por el umbral. Supuse que las hermanas se habrían acostada ya. Algo extraño sabiendo que Anastasia, la hija pequeña de diecisiete años, era una joven bastante traviesa, aunque simpática, muy habladora y que por lo general acostumbraba a acostarse tarde.

Sin darle importancia al asunto, pasé junto a los aposentos del único hijo varón de Nicolás: Alexei. La puerta estaba cerrada y un tímido hilillo de luz se filtraba por ella. Escuché un ladrido, emitido por la mascota del príncipe, un bulldog francés llamado Ortino. También oí la voz del médico, Sergéi Botkin, llena de piedad, como si intentara revertir la frágil salud del joven de trece años mediante un hechizo verbal. Pero la hemofilia no perdonaba ni siquiera a los príncipes.

Finalmente, alcancé el final del pasillo. La última de las habitaciones era un pequeño salón que hacía a su vez de biblioteca. Constaba de un sofá, un escritorio y varias estanterías repletas de voluminosos libros. El antiguo zar Nicolás y la zarina Alejandra se encontraban en su interior matando el tiempo y el aburrimiento con un juego de cartas.

Me detuve bajo el dintel y observé a la pareja. Ambos despachaban las cartas sobre el tapete verde con un hastío mortecino, como si hubieran perdido cualquier esperanza por la vida o cualquier ilusión por la felicidad. Era comprensible. Habían vivido durante décadas en los más altos excesos y comodidades. Ahora, no obstante, eran los prisioneros del pueblo sobre el que habían imperado y al cual habían matado con hambre, guerras y negligencia.

Nicolás vestía una chaqueta marrón oscuro. Tenía la cabeza ladeada y la mejilla apoyada en el brazo derecho. La barba asomaba con profusión en su rostro herido por las arrugas y la responsabilidad; siendo su mostacho lo más destacable. Su cabello aún lucía castaño, sin canas, y con entradas poco profundas. Tenía los hombros caídos y los brazos fibrosos, aunque delgados. Aquella noche, su desgana era patente mientras su esposa repartía las cartas.

La mujer del antiguo emperador era una dama hermosa, pero seria y reticente, como una flor en invierno. Sus rasgos eran nítidos, limpios y agradables; la vejez no parecía pasarle factura pese a su semblante grave y ceñudo. Desde mi comienzo como guardia en la casa Ipátiev, pocas veces había tenido la oportunidad de charlar con la zarina; y siempre que tenía la ocasión, se comportaba reservada y distante, aunque sin perder las formas. Pensaba que su actitud se debía a su origen alemán y a su dominio incompleto del ruso. No en vano, Nicolás acostumbraba a comunicarse con ella en un perfecto inglés.

En definitiva, la pareja disfrutaba, o mejor dicho, se conformaba con una aburrida partida de cartas. Si no los hubiera conocido, habría pensado que su amor estaba marchito, pero lo cierto es que los zares se profesaban un apego fraternal, intenso y profundo; un cariño del que hubo carecido el pueblo que los había destronado.

Me arraigué bajo la puerta del salón, apoyado en el marco y en silencio. Observé la interacción de Nicolás y Alejandra con suma curiosidad y envidia, imaginando que algún día podría imitar aquel momento con su primogénita.

—¿Te encuentras bien, solecito? —preguntó Nicolás a su esposa, en un áspero inglés que yo escasamente comprendía.

Alejandra levantó la vista y lo miró a los ojos. De los suyos egresó una lágrima, un destello de tristeza que se estrelló contra la baraja de cartas. Sacó un pañuelo de uno de los bolsillos de su blusa y se enjugó el llanto. Al final, dijo:

—Echo de menos el Palacio de Invierno.

Su voz parecía el trino de un pájaro moribundo. O al menos, eso me pareció a mí. Lo cierto era que la habíamos enjaulado como a una golondrina y sus alas anhelaban jugar con el aire. Supongo que la falta de libertad conducía a aquellas sensaciones y sentimientos; supongo que los campesinos que habían sufrido el duro invierno de 1917 habían sentido la misma impotencia.

—Yo también, solecito.

La zarina Alejandra se enderezó del asiento. Sin ni siquiera fijarse en mí, cruzó la sala hasta los ventanales que daban al exterior. Apartó las cortinas con las manos e inclinó la cabeza hacia el cristal, hasta casi rozarlo. Luego, escuché un sollozó.

—Ya ni siquiera nos dejan ver la calle —se lamentó la emperatriz—. Han pintado los cristales de blanco para que no podamos ver el exterior ni nos puedan ver a nosotros; han apostado más guardias en los balcones y fuera de la casa y Yurovsky ha ordenado a sus soldados que eviten dirigirnos la palabra. —Me pareció escuchar que nombraba al Yákov Yurovsky, pero tampoco podía cerciorarme de ello. Me pregunté si el comandante dominaba el inglés tan bien como su mal genio—. Añoro San Petersburgo, añoro el Palacio de Invierno. Recuerdo a las niñas correteando por los pasillos y cómo sonaban sus pasos sobre el mármol, sobre las escalinatas interiores, sobre las alfombras rojas. Recuerdo los amplios salones, con sus columnas de oro. Recuerdo la vajilla de plata y la mesa alargada de nogal. Recuerdo a nuestro hijo escondido tras las estatuas de piedra y a las niñas elaborando ramos de flores en el jardín. ¿Lo recuerdas tú, Nicolás?

—Claro que lo recuerdo… —contestó el emperador con voz apagada.

—¿Y qué tenemos ahora? ¡Nada! Lo hemos perdido todo. Las niñas se pasan las horas tejiendo chaquetas o entre libros, porque poco más pueden hacer. Alexei está cada día más débil; necesita salir de esta prisión y respirar aire puro. Nuestros criados están asustadísimos, ¡el cocinero tiembla siempre que algún soldado entra en su cocina! ¡El criado parece haber envejecido cien años! ¡Y Anna es incapaz de esbozar una sonrisa! El único de los nuestros que aún mantiene la compostura y la esperanza es Sergéi. —La emperatriz hizo una pausa, que aprovechó para volverse hacia su marido. Tenía el rostro pálido y húmedo por las lágrimas, y los labios le temblaban como unas brasas a punto de arder—. Van a matarnos, Nicolás. Lo sé…

La cabeza de su marido se movió de un lado a otro.

—No, ya hemos hablado de eso, cariño. Somos la familia real de Rusia. Tenemos parientes en otros estados de Europa. Los comunistas no se atreverán a hacernos daño y provocar la ira de las monarquías. No les interesa soliviantar a primo Jorge. Incluso, podrían pedir un rescate por nuestras vidas. Les somos más útiles vivos que muertos.

Nicolás mantenía la mirada fija en el rostro de su mujer, con una sonrisa de condescendencia y fidelidad. Pero ella estaba cabizbaja, muda y distante, como si su alma se hubiese evaporado hacia un mundo más noble. Al final, respondió:

—El gobierno comunista no quiere riqueza ni falsas alianzas. Quiere el final de la aristocracia, Nicolás. Nos quiere muertos.

Se me heló la sangre al escuchar la voz de la emperatriz tan llena de fatalidad y temor. El zar, sin embargo, se mantenía firme. La sonrisa en sus labios no había desaparecido. Se alzó de la silla gallardamente y se encaminó despacio hacia su esposa. La miró fijamente, con inabarcable cariño; la estrechó entre sus brazos y la besó. Fue un beso largo y pausado, repleto de ternura, como la caricia de los rayos del sol sobre una tierra virgen. Después de besarla, la abrazó con fuerza al tiempo que mantenía su mirada fascinada.

—Mientras me tenga en pie, no os pasará nada ni a ti ni a los niños.

Ella asintió, incapaz de contradecir nada al que fuera el zar de todas las Rusias. Permanecieron unos instantes más abrazados, saboreando el cariño y el apego del otro. Luego, Nicolás añadió:

—Es hora de acostarse.

—Sí.

Esto último lo dijeron en ruso, que lógicamente, yo entendía a la perfección. Me aparté de la entrada del salón para que sus altezas pudiesen salir, y cuando me crucé con ellos, les saludé con una reverencia. Siempre había sido extremadamente respetuoso con la familia real, a pesar de que a Yákov Yurovsky no le gustaba en absoluto tanto uso de genuflexiones y respetos. El comandante argumentaba que el zar era un hombre como otro cualquiera, y por ende, como tal deberíamos tratarle. No estaba por encima ni por debajo de nadie, sólo al mismo nivel. El problema era que su primogénita era para mí mucho más que cualquier mujer.

Suspiré con la cabeza gacha, hundido en mis pensamientos. Cuando alcé la vista hacia el pasillo, observé a Alejandra caminando lentamente hacia su aposento. De espaldas, intenté imaginarla como si de Olga se tratase; el caballo era del mismo matiz, aunque con diferente peinado, pero los movimiento de las reina eran torpes y fatigosos, al contrario que la gracilidad con la que se movía su hija. Esto era debido a que la zarina sufría de una ciática que le afectaba desde la juventud. Ciertamente, la familia real de Rusia no había tenido mucha suerte con las enfermedades. Esperaba que Olga no sufriera tanto como su madre o su hermano.

Cuando los esposos irrumpieron en su habitación, mis ojos alcanzaron el fondo del pasillo. Allí, junto a las escaleras que descendían al primer piso, dos de mis compañeros charlaban apáticamente al amparo de unos cigarrillos. Por su bien, más valdría que Yákov no les descubriera.

Sin pensar en el asunto, me interné en la salita donde hasta hace poco Nicolás y Alejandra habían jugado a las cartas, y me dirigí sin pensarlo hacia la ventana por donde la emperatriz había estado mirando la calle poco antes de echarse a llorar. Los cristales estaban teñidos de blanco, aunque todavía se podía ver el exterior desde algún resquicio. El tintado de las ventanas se había ordenado con la intención de que ningún transeúnte anónimo pudiese ver lo que pasaba dentro de la vivienda. Nadie debía saber que en la casa Ipátiev estaba recluida la familia Romanov. A pesar de que habíamos ganado la revolución e instaurado el gobierno del proletariado, la guerra civil no había hecho más que empezar. Los enemigos del Estado eran muchos.

En el exterior, la noche caía silenciosa sobre Ekaterimburgo. Había sido un verano caluroso, pero aquella madrugada se antojaba fría. Al día siguiente, una fina capa de rocío cubriría las fachadas de la casa, además de empapar los abrigos de los soldados que montaban guardia junto a la empalizada de madera. Por suerte para mí, yo estaría durmiendo. O eso pensaba. Ignoraba que la noche no había hecho más que empezar.

De repente, escuché voces nerviosas al otro lado de la pared. Escopetado salí al pasillo y pasé junto al aposento del zar, completamente iluminado. Pero las voces provenían de la habitación contigua, donde se hospedaba el joven príncipe Alexei. Temía que le hubiera ocurrido algo.

Cuando llegué a la habitación, vi a la zarina arrodilla junto a la cama de su hijo, mientras cogía su mano. El padre se encontraba al otro lado, con rostro preocupado, mientras tentaba la frente de su primogénito. Sergéi, el médico imperial, estaba inmóvil frente al lecho, hablando quedamente y en susurros. Todo parecía indicar que no había ningún problema, ya que Alexei se encontraba acostado en el lecho, con los ojos cerrados y respirando pausadamente. Junto a él, descansaba su perro Ortino, silencioso.

—¿Ocurre algo? —pregunté.

Los tres adultos volvieron la cabeza. El médico me indicó con el dedo que bajara la voz, a lo cual asentí con la cabeza. El propio doctor desveló mi incertidumbre:

—Alexei tiene bastante fiebre y está exhausto. He conseguido que se duerma después de administrarle una infusión. No parece grave. Sólo necesita reposo.

Asentí con la cabeza. No eran raras las súbitas recaídas del púber de trece años. La hemofilia golpeaba su salud tan firmemente que en ocasiones no podía siquiera levantarse de la cama. Esos días, la familia se volcaba con él, e intentaba alentarlo a base de ternura y voces animosas. Pero desafortunadamente, el niño tendría que convivir con esa enfermedad el resto de su vida.

—Id a la cama —dijo Nicolás con despreocupada sencillez. Pese a ello, su voz sonó autoritaria e inamovible—. Dormiré con Alexei esta noche, por si pudiera empeorar.

—No, Majestad —contradijo Sergéi, agarrando al aristócrata del hombro. El médico había servido a la familia imperial durante años, por lo que tenía permitido reflejar libremente su opinión—; me quedaré yo. Vos, descansad. Si Alexei empeora, dios no lo quiera, tendrá un médico que le auxilie.

—Está bien, gracias —zanjó Nicolás.

En una de las esquinas del dormitorio, había un amplio sillón acolchado, que serviría al doctor para hacer guardia y echar una cabezadita si todo iba bien. El padre de Alexei le dijo algo a su mujer, y después de acariciar el rostro de su heredero, abandonó el aposento. Al pasar junto a mí, me saludó con la cabeza. Yo, por mi parte, también salí al exterior del pasillo. Alejandra dio un fraternal beso a su hijo en la frente y luego abandonó la habitación, cerrando la puerta tras de sí.

—Espero que el pequeño se recuperé —le dije a la zarina con empatía y franqueza.

—Gracias, Vládimir. Buenas noches.

Contesté con un gesto de cabeza, mientras ella y su esposo se encerraban en el aposento. Luego se hizo un vacío sepulcral, sólo inquietado por la presencia de los dos guardias al otro lado del corredor. En mi soledad tan intensa, me apoyé en la pared y cerré los ojos. No pude más que imaginar a Olga entre mis brazos; tan dulce, tan húmeda, tan tierna como el pan, tan exquisita como un sueño.

Los tres criados de la familia real no tardarían en acostarse, y pensé que yo debía seguir esa misma pauta si quería seguir pensando en mi princesa abrigada por la intimidad, pero justo entonces escuché un sonido grave y delatador proveniente de las escaleras. Giré la cabeza hacia el lugar y vi como los soldados se ponían firmes, mientras uno de ellos tiraba el cigarrillo al suelo y lo escondía bajo la suela del calzado. Ambos se quedaron inmóviles frente a las escaleras, con la mirada clavada en el techo.

Un instante después, Yákov Yurovsky apareció en el pasillo. Su rostro denotaba seriedad y mal humor. Sus labios, herméticos como una cicatriz, afloraban entre su frondosa perilla pulcramente arreglada y su bigote delgado y distinguido. Sobre éste una nariz aguileña adquiría la forma de una cuña, bajo los oscuros pedernales que eran sus ojos duros.

—Comandante —saludó el soldado del cigarrillo, firme como una estatua pero pálido como la muerte. Si Yákov descubría su deshonrosa adicción a la nicotina, el castigo sería gravísimo.

Yurovsky, sin embargo, hizo caso omiso del soldado. Ni siquiera le miró a los ojos. Igualmente, ignoró al compañero. No obstante, yo no tuve la misma suerte, y su mirada fría y negra como la oscuridad se clavó en mí. Sentí una punzada de dolor cuando sus pupilas atravesaron las mías.

—Vládimir —me llamó el comandante Yákov con su voz grave y entrecortada—. Acércate. Tenemos que tratar un asunto.

—Sí, comandante —respondí con el ceño fruncido, incapaz de determinar el objetivo de aquella esporádica reunión a tan altas horas.

—Esta noche tenemos que prolongar vuestra guardia —se limitó a explicar Yurovsky—. Quiero que los tres os mantengáis atentos. Que ninguno de los prisioneros abandone sus aposentos bajo ningún concepto hasta nueva orden. ¿De acuerdo?

—De acuerdo, comandante —respondió uno de los guardias.

Yo asentí con docilidad aunque sin el menor convencimiento. Tenía dudas al respecto de aquella inusitada misión.

—Si puedo preguntar —empecé con cautela—, ¿a qué se debe esta vigilancia?

—Órdenes del Sóviet Central —respondió Yákov ariscamente—. No os preocupéis, está todo bajo control. Manteneros alerta, nada más. Buenas noches.

Inclinó la cabeza a modo de saludo y seguidamente desapareció por las escaleras. Sus botas de piel repiquetearon por los escalones como el obús de un tanque. Me quedé en silencio intentando discernir qué estaba sucediendo, pero me resultó imposible.

—¿Sabéis qué ocurre? —pregunté a mis compañeros, que no parecían muy perturbados pese a que tendrían que pasar la noche en vela.

Uno de ellos me miró con ojos vacíos, sin un ápice de entusiasmo.

—Por lo que he oído esta mañana, un contingente del Ejército Blanco se dirige a Ekaterimburgo. Yákov habrá redoblado la vigilancia por precaución.

Le miré sorprendido, casi perplejo, al ras del terror más sincero.

—Si eso es cierto y el Ejército Blanco está de camino, tendremos que presentar batalla.

—Sólo un contingente. Ya has oído lo que ha dicho Yákov: no nos preocupemos.

Asentí, resignado, y dejé a mis compañeros con su animosa charla alrededor del vodka y las mujeres. Paseé unos instantes por el pasillo, de un lado a otro y sin sentido alguno. Los aposentos de la familia real estaban en silencio. Imaginé el bendito sueño de cada uno de ellos, e irremediablemente, terminé pensando en Olga.

Me detuve frente a su aposento y me senté en el suelo del corredor. Mi mirada se perdió en el vaivén de unas reflexiones que empezaban en la guerra y desembocaban en el amor. Si aquel soldado estaba en lo cierto y el Ejército Blanco se dirigía a Ekaterimburgo, Yákov no permitiría de ningún modo que el zar y su familia fuese liberada. Era patente que el gobierno comunista no podía permitir la liberación de la aristocracia imperial. Tenerlos bajo arresto impedía que la monarquía volviese a ser impuesta en Rusia, con las mismas consecuencias fatídicas para cualquier obrero y agricultor. Tal y como había venido a suceder desde hacía décadas.

Yo, a pesar de ser militar, había crecido en una familia de campesinos. Mi padre era un esforzado arador y ganadero, y mi madre se ganaba la vida con obras textiles. Mis hermanos mayores pronto comenzaron a trabajar en el campo ayudando a mi progenitor. El mediano murió al contraer unas fuertes fiebres. Mi padre lo acompañó unos años más tarde, en uno de los inviernos más crudos que recuerdo. Murió por desnutrición. Tenía que elegir entre morirse de hambre o dejar que la inacción matará a sus hijos. Fue el mejor padre que pude tener.

Después de aquello, y viendo que el campo no daba suficientes alimentos para todos, decidí alistarme en la milicia. La guerra ruso-japonesa había terminado hacia años, por lo que pensaba que si quedaba alguna guerra por venir, llegaría luego de muchos años. Iluso de mí, dos años después, me encontraba combatiendo en las trincheras.

No es necesario que diga que la Gran Guerra fue mucho más cruel que el campo: pasé más hambre, más frío y más necesidad. Mis compatriotas caían como moscas, desnutridos y congelados en las frías estepas rusas. La disentería y la locura estaban a la orden del día. Muchos deseaban combatir en la vanguardia para morir en honor de la patria y evadirse de tanto sufrimiento y tanta penuria. Yo, por mi parte, pude aguantar hasta el final.

Después del abandono del conflicto, regresé a mi amada Rusia, ya con el zar Nicolás II depuesto. El país estaba patas arriba, envuelto en el más absoluto caos. El hambre, el frío, la desolación y el miedo campaban a sus anchas. Me había librado de una guerra mundial para sumirme en una guerra civil de pura auto-destrucción. Los aristócratas ortodoxos se negaban a ceder el poder a los socialistas, comunistas y liberales, hombres de a pie que habían de convertirse en los verdaderos benefactores del pueblo. Era una causa justa por la que yo me identifiqué rápidamente.

Finalmente, fui destinado a la casa Ipátiev, como carcelero de la familia zarista. Había transcurrido el último lustro entre bombas, metralla y trincheras. Ahora me tocaba servir en la morada de un linaje monárquico casi extinto. Hacía años que no veía a mi familia. Sabía que mi madre había muerto durante la guerra, y lo único que sabía de mi hermano era que aún seguía con vida. Mi única familia estaba condenada a tener forma de fusil y bayoneta. Pero en cierto modo, me sentía feliz. Mi nueva existencia me permitía luchar por la libertad, la igualdad y la justicia. Entes que tal vez no fueran más que una quimera, pero que yo me esforzaba en concebir.

Pensando en esto, debí de caer dormido, o al menos, adormecido. Cuando quise darme cuenta, una mano me estaba agitando el hombro.

—Despierta Vládimir. El comandante viene hacia aquí.

Abrí los ojos de par en par y borrosamente distinguí a uno de mis compañeros

—¿Qué hora es? —respondí, aún amodorrado.

—Son casi las dos de la madrugada. ¡Arriba!

Me incorporé con la ayuda del soldado y miré hacia el fondo del pasillo. El otro guardia se encontraba de pie en el descansillo, rígido como una estatua. Una voluminosa sombra parecía ascender por los escalones. Nos dirigimos hacia allí, aunque yo tambaleándome debido al reciente despertar. Al final, vi claramente la figura del imponente Yákov Yurovsky.

El comandante estaba serio como una amenaza. Tenía tensos los músculos del rostro, los ojos bien abiertos y los labios cerrados herméticamente. Sentía su respiración entrar y salir de sus pulmones como un rugido monstruoso. Estaba claro que no había dormido en toda la noche, y aunque no se le percibía nervioso, estaba inquieto. Algo muy raro en él.

—Caballeros, tenemos una misión que cumplir. Ha sido remitida a última hora por el Sóviet Central. Necesito la colaboración de todos que será tan sencilla como guardar silencio y seguir mis órdenes. —Nos miró a los tres con su mirada incontestable, imbuyéndonos tanto docilidad como ímpetu—. Vosotros dos despertad cuidadosamente a los criados. Con tranquilad, no quiero alarmas; indicadles que necesitamos desalojar el piso —dijo, mirando a los otros dos soldados—. Vládimir, sígueme. Tengo que ver al verdugo coronado.

Nadie se aventuró a preguntar que estaba ocurriendo aunque todos nos temimos lo peor. Cuando quise darme cuenta, Yákov me había sobrepasado y avanzaba hacia el dormitorio de los zares. Tocó suavemente la puerta. Cuando llegué allí, el comandante ya la había abierto. El propio Yákov encendió la luz mientras irrumpía mansamente en el interior.

—Nicolás, Alejandra —llamó suavemente. Vi como el zar se incorporaba de la cama, sobresaltado. Su mujer únicamente alzó la cabeza—. Tranquilos, no ocurre nada. Necesito trasladaros al piso inferior lo antes posible.

—¿Qué… qué… qué sucede? —tartamudeó Nicolás. El emperador se alzó de la cama mientras Alejandra intentaba resguardarse bajo las sábanas.

—Nada —respondió Yákov Yurovsky—. Pero han llegado informes de que nuestros enemigos se dirigen a Ekaterimburgo. No sabemos lo que puede llegar a ocurrir y no queremos que nadie resulte herido. Por favor, seguidme y despertad a vuestros hijos.

Pude ver como el rostro del emperador se iluminaba como un astro. Al igual que yo, había identificado como los “enemigos” a los soldados del Movimiento Blanco, aquellos que luchaban por derrocar al gobierno bolchevique y restaurar la monarquía. Ellos, al fin y a la postre, eran los aliados del zar.

—Tengo que vestirme. No puedo bajar así —se apresuró a decir la zarina en inglés, mirando a su marido, alarmada.

—Vístete, yo despertaré a Alexei —contestó Nicolás.

—Esperamos fuera —añadió el comandante.

Salió al exterior y fui en pos de él.

—Despierta a las niñas —me susurró.

Miré hacia el pasillo y contemplé como los tres asistentes de la familia real habían abandonado sus habitaciones. Faltaba el médico, pero recordé que se encontraba en el dormitorio del zarévich.

Mientras Yákov se dirigía a parlamentar y tranquilar a los criados, yo me encaminé al aposento de Olga. En cierto modo, me sentía plenamente dichoso por tener la oportunidad de irrumpir en sus secretos sueños, pero al mismo tiempo, me azoraba la posibilidad de desconcertarla, inquietarla o, aún peor, aterrorizarla. A pesar de que Yákov mostraba una seguridad inamovible, yo no estaba tan convencido de nuestra superioridad ante el Ejército Blanco. Si era cierto que los soldados zaristas estaban cerca, nos hallábamos bajo una temible amenaza. Así de sencillo.

Giré suavemente el picaporte de la puerta y asomé la cabeza al interior del dormitorio. La oscuridad dominaba el entorno, aunque unos tímidos destellos de luz irrumpían entre los resquicios de la ventana del fondo. En derredor, se había creado una penumbra llamativa, que parecía imbuir cierto aura de seguridad alrededor del lecho de las dos princesas.

Entré en el interior y cerré la puerta lentamente, con intención de que la airada conversación que Yákov mantenía con los criados no despertase a las jóvenes. Posteriormente, encendí la luz. La misma absorbió las tinieblas del dormitorio y repasó el perfil de Olga con un exquisito brillo. Estaba tendida en la cama, de lado, con las rodillas flexionadas. Su boquita estaba entreabierta y sus labios refulgían por el tacto de la saliva. Casi podía escuchar sus respiros pausados aflorar por aquel deseo incontenible.

Podía haberme pasado toda la noche mirando aquel rostro irreemplazable, ensimismado en mis quimeras, pero percibí como Tatiana se revolvía en el lecho. Ella se había despertado, no así su hermana.

—¿Pasa algo? —inquirió Tatiana.

Debió de verme como una amenaza, porque se cubrió con las sábanas por encima del pecho, como intentando protegerse. Al escuchar su voz familiar, Olga se desveló. Pero la hermana mayor no hizo ademán de levantarse. Solamente giró la cabeza hacia la puerta y me miró con sus ojitos entornados, que parecían un bombón de leche y chocolate.

—Vládimir… —Su voz, recién amanecida, se me figuraba el trino de un ruiseñor—, ¿qué hora es?

Olga aún estaba adormecida y no parecía inquieta de ningún modo, sino absolutamente tranquila. Durante unos instantes, me ahogué en esos soñolientos ojos mientras sus labios me escribían una sonrisa.

—Son las dos de la madrugada —respondí—. Tenemos que desalojar las habitaciones y llevaros al piso inferior.

Esta vez, la joven se alarmó:

—¿Qué sucede?

Olga se ahogó en aquella exclamación, mientras su hermana se mostraba igual de preocupada.

—No os preocupéis. Cuidaré de vosotras —respondí, con una sonrisa tranquilizadora—. Supongo que querréis cambiaros de ropa. Os espero fuera, no tardéis.

Hice una reverencia, e incapaz de contemplar el rostro contraído de Olga, abandoné apresuradamente la habitación. Cuando salí al pasillo, me sentía abatido como si hubiera traicionado a mi corazón. Pero no había tiempo para recomponerse. El corredor parecía sumido en el caos. Por un lado, la zarina había salido de sus aposentos, vestida con una blusa blanca y unos pantalones de tela negros, y se había adentrado asustadísima en el aposento del joven Alexei. La voz de Nicolás brotaba del interior del dormitorio de su hijo, altisonante y nerviosa. Debido a que no vi a Yákov en el pasillo, supuse que también estaba allí.

Con tal premisa, me dirigí presto al aposento del príncipe.

En el interior, la luz recortaba los perfiles de los adultos que se afanaban por cuidar del niño. Alexei estaba en la cama, despierto, pero con el rostro pálido como un moribundo. El único que se mostraba insensible al estado del príncipe, era el comandante: erguido y con las manos a la espalda, frente a la cama de Alexei. El médico se encontraba arrodillado junto al zarévich, tomando su temperatura corporal con la mano. Nicolás intentaba vanamente reconfortar al chiquillo con palabras generosas. La madre, que acababa de entrar al dormitorio, parecía a punto de sufrir un ataque.

—¿Qué ocurre? —pregunté, mirando a Yurovsky. Pero el comandante me ignoró por completo.

El zar me contempló con ojos suplicantes:

—Alexei está muy débil. No puede caminar, no tiene fuerzas. Necesita descansar.

—¡Tonterías! —exclamó Yákov, con su rostro rígido como la justicia—. Será mejor que abandonemos las habitaciones cuanto antes. Tú y Sergéi podéis cargar con el chico sin problemas. Vamos, en marcha.

Nadie contradijo al comandante. El médico asintió con la cabeza mientras miraba al zar, y se dispusieron a tomar al niño en brazos. Alejandra intentó ayudar, pero casi era más un estorbo que un auxilio.

—Ortino —gimió el zarévich entre los brazos de su padre. Su voz sonaba como una débil brisa ante los muros de un torreón—, Ortino.

El perro, acurrucado en el interior de una cesta junto a la cama, ladró al escuchar su nombre. El pequeño bulldog francés se alzó de su lecho de mimbre y lana y sacudió la cola, como un fiel amigo.

—Yo cogeré al perro, cariño —dijo Alejandra—. No te preocupes.

Cuando Yurovsky pasó junto a mí, me preguntó:

—¿Has despertado a las niñas?

—Eh… sí —dudé un instante, a sabiendas de que únicamente había despertado a Olga y Tatiana—. Bueno, faltan las pequeñas.

El comandante soltó un bufido de rabia y abandonó el aposento. Yo fui en pos de él, con la cabeza gacha. Por nada del mundo quería toparme con los ojos de Yurovsky.

Por suerte para mí, alguien había despertado a María y Anastasia, y todo el séquito se encontraba reunido en el pasillo. Al fondo, junto a las escaleras, los dos soldados montaban guardia, a la espera de órdenes. Frente a ellos se encontraban los tres criados de la familia real, algo adormecidos, pero serios. Las cuatro hijas del zar se consolaban entre ellas y era Olga, la mayor, quien había tomado la iniciativa de tranquilizarlas. Sus padres salieron del aposento del zarévich poco después. Nicolás cargaba con su hijo, Alejandra con el perro y el médico estaba atento a cualquier síntoma de debilidad del niño. El comandante Yurovsky se situó frente a todos nosotros e inició su parlamento:

—Hemos recibido noticias de que soldados desleales del Movimiento Blanco amenazan Ekaterimburgo. No debemos alarmarnos, porque el Ejército Rojo protege la ciudad, y mientras sea así, estaremos seguros. Como preocupación vamos a trasladaros a todos vosotros al piso inferior. Siento las molestias, damas y caballeros, pero es por vuestra seguridad. —Al cabo, el comandante nos miró fijamente, como si buscase algún semblante vacilante entre la multitud. Posteriormente, alzó la cabeza por encima de todos hasta toparse con los dos soldados—. Vosotros, os quedaréis aquí montando guardia. Vládimir, tú vendrás conmigo y protegerás a la familia.

Me sentí aliviado al escuchar el precepto. Por nada del mundo quería dejar sola a Olga en esos instantes de incertidumbre, duda y temor; sentimientos que precedían a cualquier batalla. Pese a todo, tenía la esperanza de no entrar en combate y que todo terminase tan inofensivamente como una pesadilla.

Sin dilación, el comandante atravesó el pasillo y se dirigió a las escaleras. Todos avanzamos en fila india tras él, silenciosos. Sólo las niñas ahogaron un saludo de “buenas noches” cuando pasaron junto a los dos guardias. Yo les saludé con un austero gesto de cabeza.

Como hombre de la retaguardia, comencé a descender los peldaños alfombrados de rojo mientras me agarraba a la barandilla de mármol. Frente a mí, caminaba torpemente el emperador, cargando a su hijo soñoliento. Nicolás se había ataviado para la ocasión con unos pantalones cenicientos y una cazadora9 del mismo matiz. Si no fuese por que carecía de emblemas, insignias y bandas de colores, bien habría pasado por un uniforme militar.

—¿Necesitas ayuda? —pregunté.

—No, gracias —contestó el zar, mirándome por encima del hombro con una sonrisa. El padre siguió acunando a su hijo mientras ponía toda la atención en cada uno de los pasos que daba. El pasillo era lo suficientemente ancho como para no chocar contra la barandilla que lo flanqueaba, pero tenía que tener cuidado con no perder el equilibrio.

Finalmente, llegamos al rellano del piso inferior. Yákov ni siquiera se paró un instante, ni para recuperar el resuello ni para comprobar si el resto de la comitiva lo seguía. Inmediatamente, se internó por un pasillo, giró un recodo y tomó las escaleras que conducían a los sótanos. Las niñas se miraron asustadas, pero su madre Alejandra las reconfortó con una sonrisa, mientras el perro que llevaba entre brazos lanzaba un ladrido amistoso. Me percaté entonces de que las cinco mujeres vestían una indumentaria prácticamente idéntica: blusa abultada, y una falda negra y ancha que les cubría hasta los pies. No debería parecerme raro, porque generalmente siempre vestían ropa similar: holgada y sin abalorios. Había oído rumores al respecto de que las princesas y la zarina escondían joyas y diamantes en el interior de sus corpiños, y que lo ocultaban bajo vestimentas poco ceñidas. Pero siempre había dudado de aquellos chismes. Incluso en el cuerpo militar, había tiempo para chanzas, bromas y sandeces; en tiempos de guerra inclusive.

En cualquier caso, las cuatro jóvenes parecían tranquilas. María y Anastasia caminaban juntas entre susurros, mientras sus hermanas mayores se mantenían en silencio, pero no por ello serias o tristes. Aunque Olga, como hija primogénita, era casi seis años mayor que la más joven Anastasia, de diecisiete años, las cuatro hermanas habían estado muy unidas, entre las risas de la infancia y las confidencias y los secretos de la adolescencia. Era agradable verlas en aquellos instantes de duda y temor tan unidas en cuerpo y alma, tan seguras mientras su selecto cuarteto no se dividiese. Alexei mantenía una buena relación con sus hermanas, a pesar de tener trece años. Cada una le quería con un inmenso cariño. Los hijos de la familia Romanov eran un modelo a seguir.

Mis pensamientos reinantes, con la siempre presencia de Olga, se apagaron cuando Yákov se detuvo frente a una puerta. Nos hizo pasar a todos con calma. La habitación era pequeña, sin mobiliario y con una única bombilla amarilla colgando del techo. Tanta sobriedad pareció intranquilizar a los majestuosos prisioneros, que veían aquellas paredes de ladrillo como una prisión.

—¿Cómo? —exclamó Alejandra, irrumpiendo de lleno en la pequeña habitación y contemplando sus paredes desnudas—. ¿No hay ninguna silla? Mi hijo está exhausto, necesita sentarse.

Se giró hacia el comandante, con suplicante mirada.

—Por favor —pidió Nicolás, saliendo en defensa de su mujer y del hijo hemofílico que acarreaba en los brazos.

Yákov asintió con la cabeza y salió de la habitación con un gruñido.

Me tocó a mí, como único soldado de aquel sótano umbrío, custodiar a la familia real, al médico y a los tres criados. También al perrito, que se había escabullido de las manos de la zarina y ahora olisqueaba las rústicas esquinas de la estancia. Empecé a sentir la tensión y el miedo en los rostros contraídos de los prisioneros. También los vestigios del cansancio se advertían en los músculos flácidos del zar. Su hijo, débil, gemía tan apagadamente que casi era imposible escucharle. Olga me miraba fijamente, con una tristeza concebida por la incertidumbre. Parecía que me rogaba ayuda, pero allí, en el sótano de la casa Ipátiev, mi único poder era mirarla a los ojos y desearla con el corazón.

En esto, Yákov regresó a la sala con dos sillas.

Alejandra suspiró, tranquila. Sentaron al chiquillo en el centro de la habitación, colocaron la otra silla junto a él y allí se acomodó su madre. Nicolás se quedó detrás de Alexei, apoyando las manos en sus hombros. Las hijas de los zares revolotearon alrededor de su madre, en un intento de consolarla. Mientras el médico hacía una revisión superficial del zarévich, los tres criados se apartaron a un lado de la habitación.

Yákov me indicó con la mirada que me colocará contra la pared, junto a la puerta. Luego se volvió hacia la familia y comenzó a hablar:

—Aquí estáis a salvo de cualquier bala perdida, explosión o enemigo. Permaneced tranquilos, colaborad, y nadie resultará herido. Volveré en un rato, después de asegurar el perímetro. —Yákov volvió la cabeza hacia mí—. Vigílalos.

Asentí con la cabeza mientras el comandante desaparecía por la entrada. De tal forma, me quedé a solas junto a mis once prisioneros, que ignoraban igual que yo cómo terminaría aquella noche. Afortunadamente, no había escuchado ningún disparo ni grito ni aviso de bomba, por lo que deduje que la batalla, si la había, se estaba desarrollando lejos de la casa Ipátiev. Eso me dio fuerzas para sonreír y pensar que nada malo podía sucederle a mi preciosa Olga.

– – – – – – – – – –

—Agua, por favor —solicita educadamente Vládimir, esposado ante la mesa de caoba de la cocina.

En frente, el oficial del Movimiento Blanco que tanto le recuerda a Yákov Yurovsky, le contempla fijamente a los ojos, como dos balas rojas de fuego. Sus labios, inmóviles, no dan señal de aceptar súplicas. Sin embargo, el oficial alza la mirada hacia uno de sus subordinados, que está de pie junto a la puerta de la cocina, y al cual dirige un rústico gesto de cabeza como asentimiento.

Poco después, una jarra de cristal repleta de agua se interpone entre Vládimir y el oficial blanco. El prisionero engulle el contenido con avidez, seco ya en palabras e inundado de desidia. Sus ojos, rojos por la tristeza y el polvo, traslucen el dolor que supone para él narrar aquella fatídica noche.

—Prosigue con el relato —ordena el oficial acariciándose la perilla con seriedad.

Vládimir carraspea con la garganta y procede a reanudar la narración, pero justamente, un soldado del Ejército Blanco irrumpe en la cocina.

—Señor —llama el recién llegado, contemplando al oficial. Éste vuelve la cabeza—. Hemos registrado la casa.

—¿Y bien?

—Ni rastro de la familia Romanov. Pero hemos encontrado algo… —El soldado vacila, mezclando el nerviosismo con el miedo.

—¿Qué?

—Es mejor que lo vea con sus propios ojos —sentencia, profético.

El oficial asiente con la cabeza y se alza del asiento. Se vuelve hacia Vládimir, cautivo como un criminal, como un asesino. Sus únicos pecados han sido creer en sus ideales y luchar en el bando perdedor.

—Tú vendrás con nosotros —ordena, con brusquedad. Después, contempla a sus soldados—. Vosotros dos: escoltadle.

Los subordinados ayudan al prisionero a levantarse. Poco después, los cuatro abandonan la cocina y enfilan un largo pasillo que conduce al piso inferior. No es la primera que Vládimir recorre ese trayecto, pero el recuerdo le provoca nauseas. Ni siquiera el hermoso perfil de Olga, tan presente en su mente, puede quitarle las ganas de vomitar y gritar de furia.

Flanqueado por los dos soldados, Vládimir avanza por el pasillo con paso inseguro. Tiene las manos a la espalda y nada le provoca mayor respeto que estamparse de bruces contra el suelo. Tras él, el oficial del Ejército Blanco sigue la estela de sus soldados. Finalmente, alcanzan la entrada de un pequeño y lúgubre sótano.

El primero en entrar es el oficial. Prorrumpe en una ahogada exclamación provocada por la más bárbara perplejidad. Vládimir penetra en el interior junto a sus guardianes, que le empujan contra la pared lateral. El prisionero, exhausto, se deja caer hacia el suelo, haciendo resbalar su espalda por la pared desconchada. No hacía mucho, se había encontrado en ese mismo lugar y en esa misma posición.

Ante ellos se extiende un pavimento cubierto por astillas de madera, polvo y espesas manchas oscuras. El reflejo de la luz del techo se expande mortuoriamente a través de los muros destartalados, que exhiben pequeños agujeros como engarces de plata. No hay ventanas, lo cual dificulta la ventilación de la estancia. Consecuentemente, el aire se respira viciado por el dolor, como una cripta que acaba de ser profanada.

—Éste es el lugar —explica el soldado, intrascendente.

—Un lugar que tiene la estampa del diablo —sentencia el oficial, rondando como un loco por el recinto. Se inclina y roza con el dedo un amplio vestigio rojo de forma circular—. Hay sangre por todas partes. —Se levanta y se dirige a la pared más cercana. De rodillas, examina con escrúpulo los agujeros que han atravesado los ladrillos. Tras desenfundar su pistola y calibrar el diámetro del cañón, lo ve todo más claro—. Son agujeros de bala. Aquí dentro ha habido un tiroteo.

Después de tan nefasto veredicto, el oficial se incorpora y, arma en mano, se dirige a Vládimir, sentado en el suelo. Le contempla con una mirada fiera e inclemente, como el latido de Dios, y termina diciendo:

—Supongo que aún no has terminado tu relato.

—No —corrobora Vládimir, cabizbajo.

——————

Ortino, el perrito de la familia, se había acomodado bajo la silla del zarévich. El animal parecía el más tranquilo entre todos los presentes. Nicolás tenía la frente ceñuda y los ojos perdidos, como si imaginase un final fatídico para aquella noche. A su mujer le temblaba la mano mientras recibía los susurros sosegados de su hija Tatiana. El resto de las hermanas estaba de pie y en silencio, evitando llamar la atención. El médico y los tres asistentes que formaban el séquito estaban igualmente mudos.

Yo, por mi parte, no había abierto la boca desde que el comandante Yurovsky abandonase la habitación. Aún así había transcurrido los minutos concibiendo unas palabras tranquilizadoras para la familia, alegando que todo saldría bien, que la refriega entre los ejércitos acabaría pronto y que podrían volver a sus habitaciones a descansar en menos que canta un gallo. Pensaba en todo ello con el único propósito de forzar una sonrisa en el rostro demacrado de Olga.

No obstante, la fuerza de mi voz me había abandonado y, además, ni siquiera creía yo en mis propias mentiras. Ignoraba lo que estaba sucediendo en las calles de Ekaterimburgo, pero estaba seguro de que no era nada bueno.

En ese preciso instante, escuché un ruido de motor. Venía de la calle y parecía el grave aullido de dos camiones. Su tos contaminada de combustible se filtraba por los poros del techo hasta mis oídos. El resto de los congregados también se había percatado del ruido.

—¿Qué es eso? —quiso saber el médico, aliviando la incertidumbre de los demás.

—Sólo son unos camiones. Nada más —respondí con serenidad, mientras me mantenía erguido junto a la puerta de la entrada. Pero justamente, como siguiendo al jaleo maquinal de los camiones, se escuchó el repiqueteo de varias zancadas. Las pisadas se dirigían atropelladamente desde el pasillo hasta el recinto en el que nos encontrábamos.

Cuando giré la cabeza hacia la puerta, me acometió la sombra de Yákov Yurovsky. Entró apresuradamente, con el gesto rudo como un monstruo, la mirada penetrante como un puñal y la cazadora abrochada hasta arriba. Tenía una pistola automática en la mano derecha.

Tras el comandante, irrumpió un pelotón formado por once hombres. Todos vestidos con abrigos de piel, botas de cuero y gorro de lana. Sus rostros parecían inescrutables bajo el ornato de seriedad, sus miradas indescifrables bajo las sombras ceñudas y sus manos…, sus manos aferraban un fusil rematado en bayoneta.

—¿Qué significa esto? —gritó el zar Nicolás II, con el último ápice de valor que le quedaba, al tiempo que cubría los ojos de su hijo con las manos.

Escuché los gritos sordos de las mujeres, ariscos, inoportunos, como zumbidos de mosquito. Ortino, el can, se alzó sobre sus cuatro patas y comenzó a ladrar. Vi las lágrimas de la tierna Anastasia, la menor de las hermanas. El pelotón de fusilamiento se había desplegado frente a mí. En medio de estos, el comandante Yákov Yurovsky, rígido como la muerte, observaba a la familia real y a la comitiva con un gesto de satisfacción sádica. Y mi corazón latía vertiginosamente, a punto de estallar.

—¡Silencio! —gritó el comandante, alzando la voz por encima del ruido de los camiones. Luego, se metió la mano en el bolsillo de la cazadora y extrajo lo que me pareció ser una carta. Procedió a leerla, entonando como un profeta—. Debido a que bandas checoslovacas amenazan la capital roja de los Urales, Ekaterimburgo, a que un complot de la Guardia Blanca que pretendía llevarse a toda la familia imperial ha sido descubierto y a que el verdugo coronado podría escapar al tribunal del pueblo o ser liberado, el Presídium del Comité Divisonal, cumpliendo la voluntad del pueblo ruso, ha decidido que el ex zar Nicolás II, de la dinastía Romanov, culpable ante el pueblo de innumerables crímenes sangrientos, sea fusilado inmediatamente junto a toda su familia y su séquito.

Los alaridos de terror estallaron en la habitación. La zarina esbozó un gesto de súplica. Anastasia y María recularon unos pasos, ciegas de terror y tropezando la una contra la otra. El rostro de Tatiana se empapó de lágrimas. Mi hermosa Olga se llevó las manos al pecho donde le colgaba una cruz, al tiempo que sus labios se movían en trémulos golpes llamando a Dios. El perro ladraba alterado consciente del tumulto, mientras Alexei, tan débil, era incapaz de reaccionar ante la desgracia que se cernía sobre él. Sergéi, el médico imperial, estaba inmóvil con gesto serio; manteniendo su honor y su compostura como una manifestación de inocencia. Los tres criados de la familia se apartaron lentamente hacia la pared lateral, en un intento de alejarse de la puntería de los fusileros. Sin embargo, entre tanto desorden y lamento, la figura de Nicolás, apareció como un verdadero emperador, irradiando honor y bizarría:

—¡Yákov! Mi familia es inocente. Mátame a mí si quieres, pero por favor, te lo suplico como un padre, protege a los niños. No han hecho nada.

Yurovsky le envió una sonrisa sarcástica al zar.

Alzó la pistola y disparó.

Le acertó en la cabeza.

—¡Fuego! —gritó el comandante a sus fusileros, mientras el cadáver del zar se desplomaba.

Lo demás ocurrió muy deprisa.

Desde mi posición privilegiada, había observado el magnicidio. No pude hacer nada ni hice ademán de intentarlo. Frente a mí, se erguían once asesinos armados con bayonetas y un comandante con sed de venganza, inclemente y cruel. Como joven soldado, lo poco que podía hacer era bajar la cabeza, desviar la mirada y ocultar los chillidos de dolor en lo más profundo de mi memoria. En la milicia se nos enseñaba dos cosas: primero callar y luego obedecer. Y si era necesario, cerrar los ojos. Pero aquella nefasta madrugada de julio, lo último que quería hacer era apartar la mirada. Mi amor hacia Olga me obligaba a observarlo todo con atención.

Los fusileros no dudaron en cumplir las exigencias del comandante. Parecían deseosos de asesinar a sangre fría a toda una estirpe imperial, incluyendo a niños y a sirvientes. Tras la fatal orden de Yákov Yurovsky, las balas comenzaron a herir la atmósfera con su mortal explosión. Pude ver con claridad que cada fusilero tenía asociado un objetivo predeterminado. El perro cayó inmediatamente con un aullido tímbrico; a lo cual, siguió la muerte del joven Alexei. Varias balas atravesaron su pecho enfermizo, y casi sin decir nada, el chico se derrumbó de la silla.

Su madre, junto a él, intentó cogerle entre sus brazos. Pero inmediatamente una bala impactó en su rostro contraído por el dolor. Un batiburrillo de sangre, cabello y masa encefálica saltó por los aires, como un cohete.

Cada disparo, cada bala me arrancaba las energías. Cuando quise darme cuenta, me encontraba de rodillas en el suelo, con los ojos colmados de lágrimas. Mis pupilas estaban asistiendo a una macabra aniquilación, a un abuso de autoridad, y por mucho que amase el comunismo y la libertad social, no podía aceptarlo.

Los tres asistentes y el médico se desplomaron inertes tras varios impactos de bala. El doctor fue quien más resistió las acometidas del plomo, pero finalmente cayó entre el humo y la pólvora que envenenaba el ambiente.

Sólo quedaban las niñas, las cuatro jóvenes princesas que correteaban de un lado a otro de la habitación, resguardándose en las esquinas y agachándose en un intento de escapar de la muerte.

Las balas se incrustaron en la pared, en el suelo e incluso en la sillas, que estallaban en lluvias astilladas. Pero más tarde o más temprano, los proyectiles acertaron a las hermanas. Vi con claridad como la cadera de Anastasia se cubría de sangre lentamente. María había caído al suelo y se arrastraba en busca de la libertad, mientras su pierna izquierda sangraba profusamente. Tatiana había recibido un impacto en el hombro, pero por lo demás, su pecho y su vientre estaban limpios de mácula. Mi preciosa Olga estaba acurrucada en una esquina, temblando. Con una mano intentaba aferrarse un hombro destrozado por el impacto de una bala, con la otra se cubría la cara en un reflejo de protección. Sus ojos estaban inundados.

—¡Alto el fuego! —gritó Yákov.

Por un momento, el barullo cesó. Los fusileros replegaron sus armas y las cuatro hermanas supervivientes miraron suplicantes al comandante. Estaban heridas, pero no moribundas. Pensé ilusionado que aquella pesadilla había terminado para ellas. No obstante, me equivoqué.

—¡Fuego a discreción! —ordenó Yurovsky.

Nuevamente, las balas cubrieron de lado a lado el dormitorio, impactando de lleno en el pecho de las mujeres. Vi claramente como varios proyectiles acertaban en el corazón de Olga, pero aún así, la chica seguía viva, ilesa, sin que el plomo lastimase su esbelto pecho.

Lo mismo ocurrió con las demás chicas: las balas se ensartaban en sus bustos, pero no parecían sufrir más que un inofensivo arañazo.

Entonces lo comprendí: habían cosido joyas, diamantes y otras alhajas a sus propios corpiños y corsés; lo cual, actuaba como una resistente coraza ante los disparos de los fusileros. De ahí, que las niñas hubiesen soportado la descarga de plomo sufriendo únicamente heridas en las extremidades. Sólo había una única posibilidad de matarlas: acertándolas en la cabeza, pero debido al humo de la estancia y a los movimientos furtivos de las víctimas, los fusileros lo tenían harto difícil. Más tarde me dije a mí mismo que más valdría morir como había muerto el emperador que como murieron sus inocentes hijas.

—¡Quietos! —gritó el comandante.

Los disparos cesaron y, paulatinamente, el humo, la ceniza y el polvo de la estancia se fue dispersando. Se escucharon los gemidos entrecortados de las cuatro jóvenes. Anastasia, que aún no había cumplido la mayoría de edad, se arrastraba por el suelo, sangrante, mientras suplicaba clemencia ante los ojos de Yurovsky. Fue quizá la más valiente, y por ello, la primera en morir.

—¡Rematadlas a bayonetazos! —ordenó el comandante Yurovsky—. ¡Rápido!

Las niñas gritaron aterrorizadas, como cerdas en un matadero. Pero de poco les serviría; los fusileros no rezumaban ni piedad ni compasión. Sólo una oscura fidelidad de obediencia que les impedía discernir entre el bien y el mal.

Anastasia, arrodillada junto a una pared, rogaba entre gritos que le perdonaran la vida. Su verdugo no tuve reparos en alzar la bayoneta contra ella, y acuchillarla varias veces hasta que consiguió atravesar su coraza de diamantes. De su boca surgió una tos gutural cubierta de sangre, y murió poco después.

La siguiente en acudir al patíbulo fue María. Igualmente, fue apuñalada con la bayoneta entre chillidos de sufrimiento. Tatiana se resistió al principio, intentando escapar de su agresor y más tarde emprendiéndola a puñetazos. Sólo consiguió prolongar la tortura. Un apuñalamiento tras otro, finalmente, sucumbió.

En aquel desvarío orgiástico de sadismo, Olga fue la última superviviente; y la única que no gritó. Había visto morir a su padre, a su madre, a su hermano y a sus tres hermanas. Ni siquiera su propia muerte podría causarle mayor dolor. Por ello, observó su propio asesinato con un gesto rígido, intachable y aguerrido. Incluso, en un instante, mis ojos se cruzaron con los suyos y la vi sonreír levemente. Después, sus labios se cubrieron de sangre y sus ojos se quedaron vacíos. Una bayoneta le atravesaba el corazón.

Había muerto, y con ello la dinastía Romanov que durante siglos había reinado en Rusia, había desaparecido del mundo, bajo una centena de balas de plomo y una docena de bayonetazos. El fantasma de la monarquía se había evaporado para siempre.

Yákov no dijo nada. Alzó un brazo, y los fusileros se retiraron en cuidadoso orden hasta la entrada del sótano. El comandante se paseó cachazudamente por la estancia, con las manos entrelazadas a la espalda y los labios curvados en ligera sonrisa, mientras examinaba los cadáveres de las once personas.

Después de la pesquisa, el comandante se dirigió hacia mí. Yo estaba sentado en el suelo, con la espalda contra la pared. Me di cuenta de que estaba llorando a lágrima viva. Yákov también se percató de ello, y no debió de gustarle nada en absoluto.

—Vládimir, el llanto debilita al hombre —me aconsejó con humana voz, lo cual me sorprendió viniendo de un hombre tan pragmático como él—. Vete a dormir. Ya has hecho suficiente por esta noche.

Asentí, aliviado. Me alcé con dificultad, casi trastabillando, mientras mis ojos se perdían en el cuerpo inerte de Olga. Con paso tambaleante, como si mi pecho hubiese recibido las balas de aquella noche, me encaminé hasta la joven muerta y me arrodillé ante ella.

Tenía la cabeza ladeada y apoyada contra la pared, con los labios ligeramente abiertos. Un hilillo de sangre se deslizaba desde su boca hasta el cuello. Más abajo, se unía en su pecho con un enorme torrente de sangre, justo donde Olga había sido apuñalada. Cogí su mano pálida y lloré desconsolado.

Cuando me calmé, la miré a los ojos por última vez. Seguían abiertos, vacíos, perdidos y sin vida. Los cerré lentamente, con dulzura. Me alcé de aquel fúnebre sepulcro e inmediatamente, dejé de llorar.

Cuando pasé junto a Yákov Yurovsky, ni siquiera lo miré a los ojos. Los once fusileros que se agolpaban frente a la entrada del sótano, se apartaron para dejarme pasar y, poco después, desaparecí por el pasillo.

Cuando llegué a mi habitación, caí rendido en la cama. Ni siquiera me desnudé. Abracé la almohada y pasé el resto de la noche llorando.

– – – – – – – – – –

—Eso es todo —concluye Vládimir, con los ojos llorosos y el semblante entristecido.

Frente a él, el oficial del Ejército Blanco está erguido, con la pistola en la mano y la mirada perdida en el techo. Tiene el rostro descompuesto, la boca abierta de par en par, los dientes amenazan entre sus labios y las aletas de su nariz se expanden y se contraen al ritmo de una respiración entrecortadamente furiosa. Tiene las venas de la frente hinchadas, como una bomba de relojería a punto de estallar.

—Habéis matado a los criados, al médico, al zar y a su esposa, a sus cuatro hijas, inocentes como una flor de primavera, y al único hijo varón, enfermo de hemofilia —acusa el oficial, henchido de ira—. Habéis condenado vuestra ideología de por vida, para siempre. —Vládimir, esposado y en el suelo, no se molesta en defenderse de las recriminaciones—. Dime, ¿que hicisteis con los cuerpos? ¿Dónde están los cadáveres de la familia Romanov?

Vládimir alza la cabeza. En sus ojos resplandece el agua salada de las lágrimas. Tiene la garganta seca y el corazón destrozado. Se auto-inculpa de la muerte de Olga, a quien ama y a quien no ha podido salvar. Ya nada le importa en la vida, ni siquiera la ira del oficial del Movimiento Blanco.

—No lo sé. Ni siquiera conocía el plan de asesinato —admite Vládimir.

—¡Mientes! —clama el oficial blanco, propinando una patada furiosa. El golpe alcanza débilmente las costillas del prisionero, que se desploma con un aullido ahogado—. ¡Vamos! Di la verdad.

Vládimir incorpora el cuerpo ligeramente, y lanza a su captor una mirada desafiante. En sus pupilas, fulgura una férrea defensa que no teme al dolor y un brillo inocente libre de maldad. Tose levemente, y posteriormente, añade con voz impertérrita:

—Cuando me levanté al día siguiente, la familia había sido reemplazada por un silencio total. Nadie sabía nada del zar. Yurovsky actuaba con normalidad, como si la matanza no hubiese sucedido. Incluso llegue a pensar que todo había sido una pesadilla —confesó el joven prisionero—. Pero no fue así. Cuando bajé a este sótano, los cadáveres habían desaparecido, y se habían esmerado en limpiar concienzudamente la habitación, tanto como pudieron.

El oficial del Movimiento Blanco mira a su prisionero hecho una furia. Tiene los ojos rojos por el dolor, irritados por la ira y la impotencia. Todo ha sido inútil. El coraje de sus soldados sacrificados durante el asalto a la casa Ipátiev no ha servido para nada.

—¡Maldito seas! —ultraja el oficial. La rabia hace vibrar sus músculos con violencia, y la pistola se agita nerviosa en su mano derecha—. Habéis asesinado a sangre fría a la única esperanza de supervivencia que le quedaba a Rusia. No había nadie más capacitado que Nicolás II para unir este país desmembrado, asolado por la guerra y la hambruna. Rusia ha caído en manos de gobernantes incompetentes y sanguinarios, individuos llenos de odio, que no dudan en alzar el martillo para forjar una cadena inquebrantable y en utilizar la hoz para degollar a quienes piensan de diferente manera. Rusia ha sido condenada a muerte. ¡Y tú seguirás el mismo camino!

El oficial mira a Vládimir, con unos ojos llenos de cólera, pero también con envidia, y le dispara en la cabeza.

Al igual que el zar, muere al instante.

Iraultza Askerria

Más información:
Wikipedia: Asesinato de la familia Romanov
Wikipedia Ekaterinburgo
Podcast de Juan Antonio Cebrián – 1918, el asesinato de los Romanov

Lo que esconden las palabras

Por las mañanas, cuando llegaba a la oficina, acostumbraba a tomarme un café con mucho azúcar. Disponíamos de una máquina en recepción, que ofrecía varios tipos de infusiones y bebidas de chocolate. Siempre había pensado que el electrodoméstico despachaba en realidad veneno de matarratas, porque el sabor agrio e insípido de la bebida tenía poco que ver con el café. Pero, visto de otro punto, no teníamos otra cosa en la oficina; y por las mañanas, siempre apetecía una bebida caliente.

En esto estaba: apoyado contra la máquina de recepción mientras mantenía una conversación insustancial con la secretaría. Llevábamos hablando casi cinco minutos, lo cual era todo un récord teniendo en cuenta que el diálogo aún no había sido interrumpido por el teléfono o por el timbre de la entrada.En aquel instante, Olga apareció en recepción. Me saludó con la cabeza y se encaminó directa a la impresora, ese engendro tan amigo de los escritores y enemigo de la naturaleza. Olga era una chica que no llegaba a los veinticinco años. Tenía una piernas largas y un culo de vértigo, siempre ataviado con un vaquero ceñido que hacía refulgir sus curvas de mujer. Se paseaba por la oficina como una modelo, siempre con la cabeza alta, la mirada orgullosa y el ego resguardado en sugerentes escotes. Resultaba excitante verla tan segura de su cuerpo perfecto, tan atractiva. Resultaba excitante respirar su aroma de seguridad y prepotencia. Resultaba excitante imaginar cuál sería el perfume de su húmedo sexo. Pero, desgraciadamente, resultaba patético saber que no tendría nada de excitante dentro de diez años, cuando las arrugas, las ojeras y la grasa localizada comenzasen a mellar su esbelta figura.

Aparté mi mirada de la joven mientras ésta manipulaba un cúmulo de papeles, y volví a centrarme en la conversación que mantenía con la secretaría. Pero el diálogo finalizó un instante después, cuando el teléfono comenzó a llamar la atención de la recepcionista.

Justo entonces, alguien entró en la oficina, abriendo la puerta con su tarjeta electrónica. Se trataba de Eva, otra joven de físico extraordinario, pero caracterizada por un genio fuerte, simpático y suspicaz.

—Buenos días —saludó Eva, con amabilidad.

—Hola —devolví el saludo, escrutándola con mis ojos de cuervo.

Había venido sorprendentemente arreglada. El caballo le caía como una cascada de rizos por los hombros, y resplandecía gracias al uso de alguna laca de fijación. Los ojos estaban adornados por una combinación de sombras azules y negras, y el rímel alargaba sus pestañas y las mantenía húmedas y brillantes. Sus pómulos estaban tersos y coloreados levemente. Vestía una chaqueta negra que se estrechaba en la cintura y una falda vaquera que dejaba entrever sus piernas desnudas. Todo esto se completaba con unas botas altas de cuero. Sinceramente, estaba buenísima.

Entonces, Olga volvía de la impresora con varios folios imprimidos, siempre con su caminar divino y egolátrico. Se detuvo de súbito al ver a Eva.

—Vaya, ¡qué guapa has venido hoy! —lisonjeó Olga, examinando a su compañera de arriba abajo mientras yo las analizaba a las dos.

—Gracias —respondió Eva con una sonrisa, y en sus ojos maquillados pude ver el verdadero significado de aquel agradecimiento.

Posteriormente, las dos jóvenes desaparecieron en el interior de la oficina, charlando entre ellas.

Yo seguía apoyado en la máquina de café, con un pequeño vaso en la mano. Ya estaba frío, tan frío como mi corazón al ver aquel numerito de alabanzas y agradecimientos.

Ni Olga ni Eva habían sido sinceras en sus palabras. Pero en sus ojos, profundos pozos de sinceridad, pude discernir el verdadero significado de sus frases:

“Esa perra está más buena que yo”, había pensado Olga.

“Esa zorra quiere algo”, había pronosticado Eva.

Ninguna de las dos se equivocaba.

Iraultza Askerria

El asesinato de Rasputín

Eran las diez de la noche en Petrogrado. En aquellos albores del siglo XX, los edificios se recortaban entre las brumas de nieve mezclando el esplendor de la realeza rusa con los pensamientos revolucionarios del difunto Marx. La ciudad se figuraba un punto de encuentro entre un lujoso y marchito pasado y un futuro incierto, pero ideal. Bajo el peso de la nieve parecían ocultarse los recuerdos de una época pasada, sirviendo como base para los venideros cimientos del comunismo.No obstante, aún, Rusia era un Imperio; gobernado por el zar Nicolás II y cuya capital estaba situada en la susodicha ciudad de tantos nombres: Petrogrado. En sus entrañas, la peculiaridad arquitectónica de la ortodoxia rusa con sus cúpulas multicolores resplandecía por encima de todo. Incluso los palacios aristocráticos eran incapaces de emular tanta soberbia artística.

Muy cerca del río Neva se erigía uno de estos palacetes nobiliarios; consagrado al príncipe Félix Yusúpov. La fachada se alzaba sobre unos jardines nevados, protegidos por una verja de hierro. No había nadie en las inmediaciones de la calle, tampoco en el jardín del palacio; pero una luz blanquecina se escapaba por una de las ventanas de la residencia.

En el interior, un inmenso salón quedaba iluminado por las luces de los candelabros y por una lámpara eléctrica que colgaba del centro del techo. La decoración de la estancia podía resumirse en muebles barrocos de diversa índole, tapices y alfombras como ornamento de paredes y suelo, y varios suntuosos sofás ubicados en el centro del lugar, en derredor a una mesita alargada de cristal. Era, en resumidas cuentas, un salón de encuentros sociales.

En la mesa, descansaban varias bandejas con viandas, dos copas a medio beber y una botella de vino vacía. Sobre los recipientes, destacaba un sinfín de pastelitos, pastas y otros dulces. Era un verdadero ágape para las bocas más glotonas.

Arrellanado en un sillón, un hombre de cara rectangular, ojos oscuros y labios sensuales jugueteaba con un copa deslizándola por sus dedos. Parecía hastiado por algo o nervioso a causa de algún acontecimiento inminente. Se llamaba Dmitri y tenía veinticinco años.

—¡Estoy harto de tanta espera! —concluyó Dmitri, levantándose súbitamente del asiento.

—Relájate. No servirá de nada tu nerviosismo. Siéntate de nuevo.

Un hombre maduro, que fumaba en pipa y que estaba sentado en un largo sofá, había hablado con seguridad, paciencia y veteranía. Sus palabras parecían surgidas de los mismísimos versículos bíblicos, con un inmenso poder de persuasión.

—Está bien —sucumbió Dmitri, volviendo a sentarse en el sillón.

En esta ocasión, el joven alargó la mano para dejar el vaso sobre la mesa de cristal, y se quedó de brazos cruzados. Su interlocutor lo miraba a través del espeso humo del tabaco. Su nombre era Vladimir. Se había consolidado en la política rusa como un hombre de ideas sólidas, convincente, lleno de seguridad y defensor de la monarquía; lo cual, le traería futuros problemas durante la revolución bolchevique.

—No creo que se demoren mucho más, Dmitri. Félix y Rasputín llegarán en breve —añadió Vladimir, dando una larga calada a su pipa de madera.

Aún no había cumplido los cincuenta años, y ya su cabeza lucía carente de pelo, redonda y blanca como una bola de billar. Unas lentes casi imperceptibles se erguían sobre su nariz, empequeñeciendo sus oscuros ojos. Los labios asomaban serios bajo un cuidado bigote y una frondosa perilla que le confería el poderoso perfil de un sabio. Un hombre con una agudeza mental prodigiosa que siempre mantenía la calma y la compostura. Así era él.

—Ya lo sé, Vladimir. Pero entiéndeme: esto no va a ser una charla entre viejos amigos, sino una conspiración de asesinato. —Hizo una pausa, tragando saliva y entrelazando las manos, como si le rezase a su Dios—. Si algo sale mal, cualquier minucia, si nos descubren, podrían ahorcarnos. El Emperador ha protegido a Rasputín todos estos años y no dudará en condenar a quienes quisieran hacerle daño.

—¡No te alarmes, jovencito! —respondió el político, burlón—. ¿Acaso has olvidado que eres un Romanov? El zar no te sacrificará; no mientras seas parte de la familia. En todo caso, seré yo el chivo expiatorio.

—No comprendo tu burla —se defendió el joven aristócrata—. ¿No tienes miedo a las represalias? ¿No tienes miedo a la muerte?

—¡Claro que tengo miedo a la muerte! —admitió el político—. Pero no esta noche. Esta noche tenemos que matar a alguien, ¿recuerdas? Nosotros somos la mismísima muerte… ¡Shhhhhhh! ¡Calla!

Escucharon varios pasos que se acercaban al salón. Unos sonaban principescos, ligeros, dominantes, como si años de entrenamiento y educación nobiliaria los persiguiesen. Los otros resonaban orgullosos y distantes, penetrantes y firmes, divinos e intangibles; como de otro mundo.

Mientras el joven Dmitri y el veterano Vladimir miraban hacia el pasillo que conectaba con el salón, apareció un hombre de estatura normal. Detrás, se cernía la colosal sombra de un segundo individuo, medio oculto tras las cortinas de la entrada. Tanto Dmitri como Vladimir sintieron un ligero escalofrío.

—Buenas noches, mis queridos invitados —saludó el príncipe Félix Yusúpov, el anfitrión de aquel inmenso palacio. Vestía un traje negro con corbata, elegante, pero recatado. Sus ojos estaban incrustados a la fuerza en unas cuencas cubiertas de ojeras. Daba la sensación de haber tenido problemas de insomnio durante las últimas noches. No obstante, aún mantenía la compostura propia de un noble de alta alcurnia. Félix Yusúpov era uno de los hombres más ricos del Imperio Ruso, y como tal debía comportarse; más aún en su propio palacete—. Amigos míos, os presento a Grigori Yefimovich.

Con una larga y majestuosa zancada, un tenebroso individuo surgió en el salón. Tenía la cara alargada y pálida, con unos profundos y penetrantes ojos azules que acuchillaban el entorno como carámbanos de hielo. Se decía que aquella mirada, tan fría, tan incisiva, tenía el poder de controlar la mente y la voluntad de los demás.

Tanto Vladimir como Dmitri se alzaron súbitamente del sofá y se dirigieron a la entrada para saludar al recién llegado. Félix, detrás de Grigori, observaba la escena intentando mantener el control de la situación:

—Grigori… tengo el placer de presentarte a Dmitri y a Vla..

—Descuida, querido anfitrión —interrumpió el invitado—. Puedo afirmar que no son estos mis primeros contactos con Dmitri Pavlovich, aunque no que no vayan a ser los últimos. En cualquier caso, ya nos conocíamos —aclaró Grigori, acercándose hacia el joven aristócrata—. Veo que la guerra no te ha afectado y sigues manteniendo el talle atlético que te llevo a participar en las olimpiadas. ¡Me alegro de verte! —simpatizó, dándole una palmadita en la espalda.

—Gracias, Grigori —respondió Dmitri, algo azorado.

Grigori dio un paso hacia adelante. Su larga cabellera ondeó a cada paso. Estaba concienzudamente peinada hacia ambos lados de la cabeza, envolviendo su rostro en un halo de oscuridad. A lo cual, también contribuía su tupida barba que le llegaba más allá del cuello. Su imagen recordaba a la de un sabio anciano de pelo canoso, pero en el caso de Grigori, negro como el carbón. Muchos lo llamaban el monje loco.

—Deduzco que tú eres Vladimir Purishkevich —acertó Grigori, estrechando la mano del susodicho—. No nos conocíamos en persona, pero he seguido con admiración tu trayectoria política. En estos tiempos que corren, la ciencia política es una materia muy importante, y de seguro, que será vital en las próximas décadas.

—Gracias, Grigori. Yo también me alegro de conocerte —contestó Vladimir, con una sonrisa. Ambos rozaban los cincuenta años, y por tanto, superaban en veteranía y sapiencia a los dos jóvenes aristócratas que los acompañaban aquella noche. Vladimir sabía que tenía el deber de tranquilizar a Félix y a Dmitri mostrando un semblante impertérrito ante el monje. Y así lo hizo.

—Estoy gratamente encantado de pasar esta velada con vosotros —galanteó Grigori, mientras se volvía soberbiamente hacia el anfitrión, el príncipe Yusúpov—; sin embargo, Félix… ¿dónde esta Irina?

Todos tragaron saliva al escuchar la voz cortante de Grigori, pero el príncipe se apresuró a responder:

—Mi esposa se encuentra despidiendo a unos invitados suyos. No debe demorarse mucho más, Grigori. No te preocupes. Le he insistido a Irina que tenías muchas ganas de conocerla, con lo que vendrá de un momento a otro.

—Seguro que la insistencia no ha estado al mismo nivel que las ganas —masculló el monje, atravesando con sus gélidas pupilas azules el rostro de su interlocutor.

—Vendrá en seguida, te lo prometo. Entre tanto, ¿qué os parece si nos sentamos, charlamos y degustamos unas pastas? Veo que Dmitri y Vladimir ya han empezado sin nosotros —resaltó el anfitrión, soltando una carcajada.

Los dos aludidos acompañaron a la risa. No obstante, Grigori ni siquiera movió los labios. O, al menos, no pareció haberlos movido entre su espeso bello facial. Félix lo observó con temor, intentando averiguar los sentimientos de su huésped. La fama del monje era escandalosa desde el oeste al este de Rusia. Se decía que se había acostado con todas las prostitutas de Petrogado. Tal vez, tenía las mismas intenciones para con Irina, la esposa del príncipe. En cualquier caso, Félix no podía discernir nada a través de aquellos fríos e hirientes ojos azules.

—Será mejor que me des tu abrigo, Grigori —solicitó Félix, tendiendo la mano.

Grigori sonrió, esta vez, abiertamente. Se desprendió del abrigo y se lo entregó al anfitrión. Una camisa de seda blanca bordada de flores vestía su torso fibroso; abajo un cinturón dorado hacía aparición para ceñir unos holgados pantalones negros. Grigori no era precisamente conocido por su higiene ni por su elegancia. Pero aquella noche se había aseado con verdadera diligencia.

—Bueno… ¡sentémenos! —dijo Félix, tras dejar el abrigo en un perchero.

Los presentes tomaron asiento alrededor de la mesa. Félix y Grigori compartieron el mismo sofá, ancho y mullido. Dmitri se sentó frente a ellos, al otro lado de la mesa, en otro sofá similar, pero más pequeño. Vladimir, por su parte, se acomodó en una sillón, después de recoger la pipa que había dejado sobre la mesa.

—Félix, volviendo a lo que estábamos hablando antes —tomó la palabra Grigori—, ¿cuándo volverá tu madre de Crimea?

—La verdad, no estoy seguro. Dentro de unos días. Tranquilo, no la verás esta noche.

—No quiero ser ofensivo —apuntó Grigori, mirando penetrantemente a Félix—, pero ya sabes que mi relación con tu madre no es nada grata. De hecho, una de mis razones para rechazar la invitación de esta noche era su posible presencia. Sé que lanza calumnias sobre mí a mis espaldas. No entiendo por qué hay que gente que me odia tanto. Al fin y al cabo, soy un curandero y he sanado al hijo de nuestro emperador durante todos estos años; consolidando el linaje de los Romanov. Si yo no estuviera aquí, posiblemente, el pobre chiquillo habría muerto hace ya tiempo. Suerte que siga con vida.

Tanto Félix como Dmitri tragaron saliva, nerviosos. A éste último le temblaba la mano a causa de las ácidas declaraciones del recién llegado. Parecía que Grigori los estuviera probando. Tuvo que inclinar la cabeza para evitar la mirada asfixiante del monje. El único que se mantenía firme era el veterano Vladimir, quien se interpuso:

—Lo cierto es que todos admiramos tus esfuerzos por mantener la esperanza de vida del hijo de nuestro querido emperador. Asimismo, deduzco que tus enemigos temen más tus ideas que tus dotes curativas. En cualquier caso, esta noche es para disfrutarla y olvidarnos de los problemas, ¿verdad, Félix?

—¡Por supuesto, Vladimir! —exclamó el anfitrión, acercándose hacia la mesa para coger una de las dos bandejas que reposaba en ella—. ¿Quieres una pasta Grigori? Mis invitados se han comido casi todos los pastelitos, pero las pastas están igualmente ricas.

—No lo dudo —respondió Grigori, alargando el brazo hacia la bandeja. Cogió una pasta en forma de aro cubierta de chocolate blanco. Los otros tres observaron ávidamente a Grigori, como si tuvieran envidia de aquel manjar. Permanecieron en vilo durante segundos, con los ojos abiertos de par en par y el corazón latiendo atropelladamente; hasta que finalmente, Grigori engulló de un bocado la pasta—. ¡Ummmm! ¡Exquisita! Comeré otra, si no os importa.

—Por supuesto —respondió Félix con una sonrisa—. Todas las que quieras.

—Aunque temo morir de un empacho —contestó Grigori, soltando una tenebrosa y agorera carcajada.

Félix no pudo reír el chiste; le pareció que Grigori se estaba mofando de él. Se apresuró a dejar la bandeja encima de la mesa mientras su huésped engullía un segundo dulce. No sería el último. Parecía que las pastas le habían encantado.

Dmitri, justo en frente del monje, lo observaba con detenimiento mientras su cabeza oscilaba levemente. Parecía que estuviera esperando algo; un hecho ansiado con vehemencia. Pero ciertamente no llegaba.

El joven aristócrata desplazó la mirada hacia la izquierda, donde Vladimir estaba acomodado en un sillón. El político estaba igualmente inmóvil observando a Grigori, con una mezcla de estupor y sobresalto. Por suerte, el vaho de la pipa humeante le nublaba el rostro.

Entretanto, Grigori zampaba una y otra pasta. Le habían encantado. Alzó un instante la mirada y miró a sus contertulios:

—Podéis seguir hablando —indicó el monje—. No esperéis a que termine de comer. ¡Oh, que poca educación la mía! ¿Queréis algún dulce? ¡Son exquisitos!

Entre inocente y divertido, Grigori acercó la bandeja a los congregados, pero todos rechazaron la oferta. A ninguno le apetecía degustar aquellas viandas, que observaban mezclando el terror con la esperanza.

—Grigori, ¿te apetece una copa de vino? —invitó el príncipe Félix Yusúpov, señalando la botella vacía que reposaba sobre la mesa—. Temo que se ha agotado ya, pero podemos bajar al almacén a por un buen tinto. ¿Qué te parece?

—Sí, por supuesto. Seguro que a Irina también le apetecerá una copa de vino cuando esté con nosotros.

Félix respondió con una sonrisa forzada. Ambos se alzaron del sofá, y tras excusarse, abandonaron la estancia por uno de los pasillos. Vladimir y Dmitri se quedaron a solas en el salón. Este último tiritaba, como muerto de frío. O acaso de miedo. Por el contrario, el político observaba la bandeja de pastas que reposaba sobre la mesa con una aguda incertidumbre.

Cuando los otros dos se habían marchado, Vladimir dejó la pipa sobre la mesa y aferró la bandeja. Cogió una de las pastas y la observó misteriosamente. Se la llevó a la nariz para olfatearla.

—No estarás pensando en comerla, ¿verdad, Vladimir? —interpeló Dmitri, algo angustiado—. Están cubiertas de cianuro.

Vladimir le miró con calma, volviendo la cabeza hacia el joven aristócrata.

—Lo sé, ya sé que están cubiertas de cianuro. ¿Ahora dime por qué Rasputín ha engullido las pastas sin ningún síntoma de envenenamiento? ¡Debía haber caído en seco!

Ambos se quedaron en silencio.

—¿Crees que sospecha algo? —inquirió Dmitri.

—No lo creo.

—Ha estado muy insistente con Irina, como si supiera que no está en el palacio, como si intentara reírse de nosotros, como si conociese nuestro complot —añadió Dmitri, nervioso.

—La verdad, lo dudo. Creo que Rasputín no sospecha nada. Tiene una enorme devoción por la esposa del príncipe Yusúpov, nada más. En cuanto al veneno, ha podido resistir el cianuro, por ahora. Esperemos. Y recemos porque Félix haga bien su trabajo con el vino. Si no, habrá que buscar métodos menos ortodoxos.

En el piso inferior, Grigori y Félix se habían adentrado en una fría y sombría estancia, repleta de toneles y estantes con botellas de vino. Había una pequeña mesa pegada a la pared y una guitarra junto a la misma.

La habitación carecía de ventanas, aunque disponía de una puerta trasera en el pared del fondo; la cual, presumiblemente, comunicaba con el jardín exterior del palacio.

La estancia no era un lugar muy agradable, debido a la humedad y a las sombras reinantes, pero a Grigori le pareció lo suficientemente amena gracias al aroma del vino añejo.

—Toma asiento junto a la mesa, por favor —pidió Félix, dirigiéndose hacia una de las vitrinas—. Tengo un vino exquisito, que espero, agrade tus sentidos.

—No lo dudo.

Mientras Grigori se sentaba tal y como el anfitrión le había indicado, éste extrajo una copa de la vitrina y posteriormente, se dirigió a un armario repleto de botellas de licor, vino y otros líquidos. Agarró una en concreto y la descorchó con maestría. Parecía haber practicado aquel movimiento miles de veces durante los últimos días. Escanció el vino sobre el vaso y se lo entregó a Grigori:

—Espero que te guste —añadió el príncipe.

El monje tomó la copa con deleite. Era un hombre entregado a los placeres, desde la bebida hasta las mujeres. Le encantaban ambas cosas y no solía vacilar en combinar ambas. Acercó el cristal a sus labios y tomó un sorbo. Un pequeño sorbo. Un estremecimiento de dolor le hizo fruncir la frente; a lo cual, Félix respondió abriendo los ojos de par en par y lleno de ilusión.

—¡Amigo mío! —exclamó Grigori, parpadeando—. Debiste avisarme de que el vino era fuerte. —Y acto seguido, consumió el líquido de un solo trago dejando la copa vacía encima de la mesa—. Todavía así, es un vino excelente. ¿Se me permite repetir?

Félix, atolondrado, no respondió. Se limitó a asentir con la cabeza y a llenar de nuevo el recipiente. Mientras Grigori tornaba a saborear el néctar, el príncipe comprobó si había elegido la botella correcta. Efectivamente, lo había hecho.

—¿Tú no vas a beber? —preguntó Grigori, observando a su anfitrión con su penetrante mirada, que helaba rostros y acobardaba espíritus.

—No, mi esposa se enfadará mucho si me descubre borracho —respondió Félix, espontáneamente.

Grigori aceptó el argumento con credulidad, mientras le arrebataba la botella a Félix.

—Mejor, más para mí —dijo el monje, riendo. Se sirvió una tercera copa—. Siéntate y charlemos.

Félix, ignorando como terminaría aquel terrorífico episodio, tomó asiento en frente de su huésped. Éste, que le seguía con la mirada, observó la guitarra acústico junto a la mesa.

Sin pensarlo mucho, el monje se alzó de la silla y se dirigió hacia el instrumento musical.

—¿Puedo?

—Naturalmente —respondió el aristócrata—. ¿Sabes tocar?

—Algo sé. —Y dicho esto comenzó a tañer con habilidad las cuerdas de la guitarra. Una melodía lenta y acompasada en un tono triste inundó la estancia; y el propio monje puso letra y coro a la melodía—. Es una canción de mi pueblo natal. Tengo un largo repertorio.

—Veo que eres un buen instrumentista —halagó el príncipe.

—Ojalá Irina estuviese también aquí para apreciarlo.

Grigori prosiguió su concierto folclórico, y a pesar de que el alcohol comenzaba a debilitar su equilibrio, no dudó en prolongar la actuación tanto como pudo y siempre con una aceptable calidad. Entre tanto, el príncipe Félix callaba y miraba al artista mientras de cuando en cuando llenaba la copa de vino de su invitado.

—¡Vamos! Canta conmigo —pidió el monje. Y Félix no tuvo más remedio que acompañarle.

Había transcurrido casi una hora y Grigori continuaba en pie, sin hacer patente cualquier síntoma de envenenamiento. Aún así, parecía cansado y algo adormecido por el efecto del vino. Dejó la guitarra en su lugar y se sentó frente a Félix.

—Ha sido suficiente por hoy —comentó Grigori, suspirando por el cansancio. Sus largos brazos se habían apoyado en la mesa y su ojos penetraban los de Félix, con fría intensidad—. ¿Cuándo podré ver a Irina?

El príncipe mantuvo la mirada del monje con decisión. Pero algo había en aquella pupila azul que esgrimía un poder divino, sobrenatural. Tal vez, eso explicaría la ineficacia del cianuro. Sea lo que fuere, Félix se vio obligado a apartar la mirada.

—Tienes razón, Grigori —respondió el aristócrata—. Será mejor que suba a sus aposentos a pedirla que baje. Espérame aquí.

—Muy bien.

Félix abandonó la estancia con paso diligente y avanzó varios metros por el pasillo. Cuando ya se sabía lo suficientemente alejado de aquel monstruo invencible, echó a correr hacia el piso superior.

Allí, en el salón, Vladimir y Dmitri seguían acomodados en los sofás, en silencio y mirándose fijamente, el uno frente al otro. En sus ojos, se percibía el miedo y la suspicacia, el recelo, la duda y el temor. Días atrás, cuando habían planeado el asesinato, la conspiración se les antojaba fácil y sencilla. Ahora, tenían la sensación de que todo iba a salir mal.

—¡Hace una hora que Félix se ha marchado! —exclamó Dmitri, apesadumbrado—. Tendría que haber regresado hace tiempo. Ha ocurrido algo. ¿Y si Rasputín ha descubierto la conspiración?

—Cálmate. Demuéstrame que eres un Romanov y ten la paciencia de un aristócrata real —respondió Vladimir, con un tono difamatorio, intentando prender la ira en aquellos jóvenes ojos que temblaban aterrados—. Todo saldrá bien. Él es sólo uno. Nosotros somos tres.

En ese preciso instante, el príncipe Yusúpov llegó jadeante a la entrada del salón. Estaba despeinado y con la frente sudorosa. Los otros dos cómplices se alzaron repentinamente de los asientos y se dirigieron a él.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó Dmitri—. ¿Lo has matado?

—No —respondió Félix, recuperando el resuello—. Es inmortal… ¡Es inmortal! Ha engullido una botella de vino envenenado y sigue en pie, como si nada. Ni las pastas ni el vino han podido con él. ¡Y había veneno suficiente como para matar a un elefante! Es un monstruo. Un diablo. No puedo morir.

El terror del príncipe Yusúpov se propagó como el fuego por la estancia. Su rostro contraído por el miedo y sus ojos parpadeando apresuradamente daban cuenta de que el plan había fallado por completo.

—Lo sabía —corroboró Dmitri, igualmente horrorizado—. Las leyendas son ciertas sobre Rasputín. Es un brujo poderoso. Si el cianuro no ha podido matarlo, nada lo matará. Estamos ante una bestia indestructible.

—Tenemos que abortar el plan —añadió Félix—. Le diré a Rasputín que Irina se encuentra indispuesta y optará por marcharse del palacio. Está algo borracho por el vino, por lo que espero que no nos cause problemas. Es mejor librarnos del mismísimo demonio antes que enfrentarnos a él.

—Estoy de acuerdo —corroboró Dmitri—. Es lo mejor.

Y justamente tras esas últimas palabras, unos fornidos brazos se abalanzaron sobre los dos aristócratas, agarrándoles con fuerza tenaz de los hombros y obligándoles a girarse.

—¡Silencio! —exclamó Vladimir, con los ojos enrojecidos por la furia. Apretó con fuerza los hombros de sus compañeros hasta ver el sufrimiento reflejado en sus rostros. Luego, los soltó, mientras mantenía la mirada firme y clavada en ellos—. No digáis sandeces. No creáis los cuentos que las madres narran a los niños. No os comportéis como tales. ¡Demostrad que sois hombres! —Hizo una pausa. Dmitri y Félix miraban al político casi con el mismo pavor que le tenían a Grigori—. El cianuro ha fallado. De acuerdo. Tal vez estuviese alterado o las dosis fueran incorrectas. ¡No lo sé! Pero no podemos recular. Hemos planeado esta noche desde hace semanas, nos ha costado sobremanera atraer a Rasputín a palacio. Debemos agotar todas nuestras posibilidades. El Imperio Ruso se desmorona y Rasputín es una influencia destructiva para nuestro Zar. La estabilidad de la monarquía pende de un hilo. ¡Debemos salvarla!

—Está bien, está bien —contestó Félix, mostrando sosiego y comprensión—. Quizá nos hemos excedido. Tengo el corazón latiendo atropelladamente y los músculos completamente tensos. Pero tienes razón, debemos acabar con él esta misma noche. ¿Qué propones? ¿Estrangularlo entre los tres?

Vladimir no contestó. Desabotonó su chaleco de piel, y lo abrió para mostrar su interior. En una de solapas, resplandecía la culata de una pistola.

—Excelente idea —aceptó Dmitri. Él también portaba un arma y no dudó en desenfundarla para mostrársela a los presentes. Se trataba de un revólver—. Ésta es un arma silenciosa y el tambor está totalmente cargado.

—Bien, lo cogeré prestado —contestó Félix con decisión, aferrando el arma y observándola detenidamente—. Bajaré abajo y le dispararé. Los sirvientes del palacio están dormidos. Nadie debería oír los disparos salvo vosotros.

—Muy bien —dijo Vladimir—. Estaremos atentos. Suerte.

Félix se guardó el arma en el interior de la camisa y frunció los labios con seguridad. Asintió con firmeza y volvió tras sus pasos, directo a la habitación donde Grigori aguardaba su condena final.

Unos segundos después, el príncipe Yusúpov entró en la estancia con el revólver a la espalda. Grigori se encontraba frente a un armario rematado en una cruz de plata, que el monje examinaba con interés.

—Veo que vienes sin Irina. Justamente estaba rezando una plegaria para ver a tu esposa —contestó Grigori—, pero parece que Dios me ha abandonado.

—Sí, parece que sí —corroboró Félix.

No dijo nada más. Elevó el arma, apuntó al pecho del monje y disparó.

¡Bang!

El cuerpo de Grigori se desplomó sin ni siquiera emitir un grito de agonía o un murmullo de protesta. Cayó con un golpe seco, y pronto, la sangre comenzó a teñir el suelo. Lo que varios centilitros de cianuro no habían podido hacer, lo había hecho una bala.

Una vez cometido el homicidio, Félix volvió tras sus pasos con intención de avisar a Vladimir y a Dmitri. No obstante, estos dos, habiendo escuchado ligeramente el disparo desde el piso superior, habían tomado la determinación de bajar en busca del príncipe.

Los tres se toparon en mitad del corredor.

—¿Lo has matado? —preguntó Dmitri, estrechando a Félix del brazo.

—Sí —exclamó el anfitrión—. Un disparo al corazón. Ha caído en seco.

—Perfecto. Librémonos del cadáver —respondió Vladimir, retomando el camino. Pero después de dar unos pasos se detuvo, volviéndose hacia los jóvenes nobles—. Caballeros, es posible que esta noche hayamos salvado a la dinastía y, con ello, al Imperio Ruso.

—Aún es pronto para celebraciones —añadió el príncipe Yusúpov—. ¡En marcha!

Retomaron el camino hacia la estancia donde se encontraba el cadáver de Grigori. El pasillo les pareció eterno a los tres, como un túnel que separa las llamas del infierno de las caricias del paraíso. El sudor, la adrenalina y la combinación de terror y alivio habían convertido sus cuerpos en bombas de relojería. Un pequeño percance y el corazón se les dispararía.

El primero en entrar en la habitación, revólver en mano, fue Félix, pero se detuvo repentinamente en mitad de la entrada. Su rostro se contrajo por el pavor y la incertidumbre:

—¡Oh, Dios! ¡Ha desaparecido!

Los otros dos irrumpieron atropelladamente en la habitación. Vladimir había avanzado unos metros, desenfundado su pistola. Entre tanto, Dmitri se había quedado en la entrada, custodiándola. Rasputín había desaparecido, sí, pero Félix pudo seguir con la mirada el rastro de sangre que había en el suelo. El vestigio serpenteaba agónicamente hasta la puerta trasera de la estancia, que daba al jardín. Estaba entreabierta.

—¿No dijiste que estaba muerto? —inquirió Dmitri.

—Eso pensaba. Ha escapado por la puerta trasera —respondió Félix.

—¡Vamos, rápido! —resolvió Vladimir—. Aún no habrá logrado escapar del palacio. Si lo consigue y el zar se entera de nuestra conspiración, rodarán cabezas.

Aquella sentencia fue motivo suficiente para prender el espíritu de los dos jóvenes aristócratas. Félix siguió a Vladimir camino al exterior del palacio. Dmitri se quedó rezagado, cubriendo las espaldas. Estaba desarmado puesto que había entregado su revólver al príncipe Yusúpov, debido a lo cual no era de mucha ayuda en la vanguardia.

En las fueras, la oscuridad lo dominaba todo. Sólo alguna iluminación proveniente del propio palacio y alguna solitaria estrella alumbraban aquel hermoso jardín soterrado bajo centímetros de blanca nieve. Pero la escasa luz fue suficiente para descubrir un rastro de sangre. El vestigio avanzaba serpeando a trompicones, directo hacia la verja del palacio que conectaba con la calle; directo hacia la libertad.

—¡Allí está! —señaló Dmitri.

Grigori deambulaba como un moribundo a veinte metros de distancia. Con la mano derecha, se apretaba el pecho, intentando detener la hemorragia de la bala. El brazo izquierdo lo tenía extendido, palpando el ambiente como si dudase del camino a seguir y temiese chocar contra algo o alguien. Aún así, sus pasos marchaban ligeros hacia la salida del jardín. Ni el alcohol ni el cianuro ni la bala en el corazón habían podido con él. Su resistencia era sobrenatural.

Vladimir avanzó en pos del fugitivo. Cuando se encontraba a una distancia prudente, elevó la pistola, apuntó a la figura ensangrentada de Grigori y disparó por tres veces. Falló en dos ocasiones. La tercera bala impactó en el hombro del monje. No fue suficiente para matarle, pero si para que su cuerpo cayese en redondo sobre la nieve.

Los tres corrieron hacia Grigori. Estaba boca arriba, balbuceando maldiciones mientras escupía sangre. Tenía los ojos entornados y su pecho ascendía lenta e intermitentemente.

El político se colocó frente a él y alzó la pistola. A pesar de los gestos de sufrimiento del monje y de su cuerpo ensangrentado, no tuvo piedad en alzar el arma por última vez, apuntar a la cabeza del fugitivo y disparar. La bala penetró en el centro de la frente. El cuerpo de Grigori quedó completamente inmóvil.

Los tres asesinos permanecieron de pie junto al cadáver, esperando que éste volviese a resurgir de las tinieblas o a alzarse como un vampiro. Pero estaba yerto. Dmitri se arrodilló, tomó el pulsó del monje y constató lo que todos querían oír:

—Está muerto.

La satisfación inundó el corazón de los presentes.

—Nos ha costado, pero finalmente lo hemos logrado —dijo Félix, con una sonrisa.

—Sólo hemos hecho lo más difícil —objetó Vladimir, cogiendo el cadáver por los brazos—. Ahora debemos ocultar el cuerpo y borrar cualquier huella del asesinato. ¡Ayudadme a llevarlo a palacio! La nieve enterrará la sangre del jardín.

Entre los tres, transportaron el difunto cuerpo hasta la habitación interior. Cerraron la puerta trasera y limpiaron la sangre del monje, esparcida en picaportes, paredes y pavimentos. Posteriormente, amortajaron el cadáver con sábanas blancas, atándolo con cuerdas, y lo dejaron encima de la mesa.

Dmitri se sentó en la silla próxima, exhausto. Vladimir, igualmente cansado, hizo lo propio. Sin embargo, Félix no se acomodó. Comenzó a divagar por la habitación, examinando cada metro de la estancia para cerciorarse de que las huellas de Grigori habían sido borradas concienzudamente. Aún así, no se quedó tranquilo:

—Necesito ver su rostro una vez más —gimió el joven príncipe, y se apresuró a destapar la cara del cadáver.

Los tres se lanzaron a observar aquel semblante. Su barba estaba ensangrentada y sus ojos amoratados. Tenía la boca cerrada con hermetismo, como si en el último instante de su muerte hubiese jurado que mantendría sus secretos bajo llave. Los pómulos comenzaban a palidecer, víctima de la muerte o del frío invernal. Nada hacía indicar que el monje pudiera seguir con vida.

—Los siberianos siempre han tenido fama de hombres resistentes —comentó Vladimir, volviendo a tapar el cadáver—. Rasputín nos lo ha demostrado.

—Nos ha demostrado que era algo más que un hombre —sentenció Félix, profético—. Sígamos con el plan. Hemos salvado la monarquía rusa, ahora debemos salvaguardar nuestra inocencia. Esto no ha terminado.

Varios minutos después, los tres se encontraban conduciendo por las calles de Petrogrado, parapetados dentro de un coche. El cadáver estaba escondido en su interior. Era noche cerrada, había empezado a nevar ligeramente y el frío era cortante. No había nadie en la calle. La madrugada pertenecía a los asesinos.

Llegaron al puente Petrovski y aparcaron a un lado. La oscuridad nocturna lo cubría todo. Bajo la construcción, el río Neva hacia su aparición, atravesando la ciudad con sus ondas y destellos. Pero en aquellos tiempos, la vertiente estaba completamente congelada y el agua inmóvil baja una capa de hielo.

Los tres se apearon del vehículo. Vladimir se asomó al pretil y examinó desde lo alto el amplio río, buscando el lugar más adecuado para enterrar el cuerpo.

—¡Allí! —indicó con el dedo. Los dos nobles se aproximaron—. Hay un agujero en el hielo. Lanzaremos el cadáver y el río lo arrastrará corriente abajo.

—Excelente —afirmó Félix—. Saquemos el cuerpo del coche.

Entre los tres, arrastraron el cadáver amortajado hasta el extremo del puente. Tuvieron que hacer un inmenso esfuerzo para levantar el cuerpo por encima del petril. El condenado era pesado como ningún cadáver. Después, consiguieron lanzarlo al río.

Con un ruido desproporcionado, el cadáver se hundió bajo el hielo y el agua. El bulto desapareció bajo la capa congelada y se deslizó corriente abajo, desapareciendo a la vista de sus asesinos. Los tres volvieron la cabeza y se observaron fijamente, vacilantes.

Al final, estallaron en un grito de júbilo y se estrecharon con fuerza.

Lo habían conseguido.

——————————————————-

El teléfono resonó con su chirrido estridente. Vladimir se encontraba en su despacho, fumando en pipa y leyendo un periódico estatal. Habían pasado unos días, y la muerte se Rasputín aún se hacía constatar en las páginas del diario. Algunos artículos de opinión condenaban a los asesinos; otros, defendían el fallecimiento del monje como una obra de Dios. Unos pocos reportajes lanzaban nueva información sobre el homicidio. El cuerpo del monje había sido encontrado y ya se mentaban a viva voz los nombres de Félix, Dmitri y el propio Vladimir. Pero el político confiaba en su oratoria para librarse de cualquier condena.

El teléfono siguió sonando, con su agudo chirrido. El hombre no tuvo más remedió que descolgar:

—Vladimir Purishkevich, ¿dígame?

—Soy yo, Félix. —Su voz resonaba inquietante al otro lado del aparato. Sonaba a terror y a angustia.

—¿Qué sucede?

—Ha llegado a mis manos la autopsia de Rasputín… —Se hizo el silencio. El príncipe dudaba—. Y la he revisado al completo.

—¿Y bien?

—La autopsia asegura que no había trazas de veneno en el cuerpo del cadáver. El cianuro no le afectó o estaba alterado.

—Lo que suponíamos —cortó Vladimir, sin entender la razón del palpable miedo del príncipe.

—También describen los tres agujeros de bala. En la cabeza, en el pecho y en la espalda, cerca del hombro.

—¿A dónde quieres llegar? —insistió el político.

—Que ni el veneno ni las balas lo mataron, Vladimir. Rasputín murió ahogado.

Se hizo un silencio incómodo, agónico, casi como una mano estranguladora que hiende el aire oprimiendo la voluntad del oxígeno. Ni las palabras ni el aliento se comunicaban a través del aparato telefónico.

—Y no sólo eso —añadió Félix—. Es posible que no hayamos salvado la monarquía. Es posible que hayamos precipitado su final.

—¿Por qué dices eso? —exclamó Vladimir, casi chillando como un niño inválido. El temor de su interlocutor le había contagiado.

—Antes de su muerte, Rasputín había hablado con la zarina. Al parecer, el monje sabía que querían asesinarlo —explicó Félix.

—¿Y qué tienes que ver eso con la monarquía?

—Que Rasputín auguró una fatídica profecía delante de la reina: “Si yo soy asesinado, ningún Romanov vivirá más de dos años”.

De nuevo, el teléfono se quedó en silencio. Pero al otro lado, Vladimir no estaba tenso, sino tranquilo. Empezó a reírse a carcajadas un instante después.

—Vamos, Félix. Seamos racionales. Ese monje estaba loco y fue tan resistente que soportó el veneno y las balas. Pero no a la fría naturaleza. Los Romanov seguirán gobernando durante décadas. No le des más vueltas a los augurios de un demente muerto.

—Espero que sea así. Y espero vivir al menos dos años para comprobarlo —añadió el príncipe Yusúpov, no muy convencido—. Hasta entonces, no estaré tranquilo.

—Esperaremos, entonces. Dentro de dos años, en 1918, nos juntaremos de nuevo para brindar por los Romanov y el Emperador de todas las Rusias.

FIN

——————————————————–

La muerte de Rasputín está repleta de controversia, dudas y misterio. Del mismo modo que su vida está impregnada de las mismas cualidades.

Este relato se inspira en las declaraciones oficiales de los propias asesinos, que años después del homicidio escribieron las memorias sobre el mismo. Para recabar más información se puede consultar el libro El fin de Rasputín (1927) de Félix Yusúpov o la biografía del autor de origen ruso Henri Troyat, titulada Raspoutine (1996).

No obstante, se debe aclarar que existen otras vertientes sobre el asesinato de Rasputín, que ofrecen testimonios diferentes a los vertidos en este relato. Recientemente, se han divulgado documentales de la BBE y del National Geographic que argumentan la implicación directa del Servicio Secreto Británico en el homicidio de este personaje. Rasputín gozaba de una enorme influencia sobre el zar Nicolás II; y durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918) siempre se mostró contrario a la misma. Este hecho pudo haber desencadenado el homicidio de Rasputín en 1916, con objeto de evitar que el místico siberiano persuadiese al zar de abandonar el conflicto y firmar la paz con Alemania. La retirada de Rusia de la guerra era inadmisible para sus aliados, y evitarlo serviría como firme argumento para que el Servicio Secreto Británico programase el asesinato de Rasputín. En definitiva, una nueva hipótesis a tener en cuenta además de la creencia tradicional que se narra en este relato.

Posiblemente, nunca se conozcan los verdaderos hechos acaecidos aquella noche de diciembre de 1916. La historia, aunque única e irrepetible, está llena de confusión, conspiraciones, secretismo y mentiras. En este caso, lo poco que se puede hacer, es conocer cada una de las teorías y aceptarlas todas como verídicas y ciertas.

Iraultza Askerria, a 20 de julio de 2012

Más información:

Wikipedia
Pasajes de la historia, por Juan Antonio Cebrián
BBC – Who killed Rasputin?
National Geographic – Expediente Misterio – Rasputin

Adiós, chu-chu

Era una tarde de domingo. Una bonita tarde en la que el sol brillaba con fuerza, y el tiempo parecía estancado, evitando alcanzar una nueva semana. En los vagones del tren, los pasajeros llenaban el vacío de los asientos, relajados tras disfrutar de una jornada vacacional.
En el pueblo rural vecino había acontecido un bonito y multitudinario mercado artesanal. La mayoría venía de allí después de haber disfrutado de espectáculos rurales, rica gastronomía cultural y episodios teatrales protagonizados por bufones y caballeros.
Todos habían disfrutado de lo lindo.
Otro tren atravesó entonces la vía en el sentido contrario.
—¡Adiós, chu-chu! —Una vocecita suave, dulce e inocente surgió en el interior del vagón. El resto de los pasajeros se rió abiertamente ante la jocosidad del niño. Se respiraba alegría—. ¡Adiós, chu-chu! —repitió la criatura.
Y de nuevo las carcajadas sobrevolaron el ambiente del concurrido vagón.
El niño tendría poco más de dos años. Estaba sentado sobre las rodillas de su padre, con la mirada fija en los ventanales del vagón. Escrutaba boquiabierto y anonadado cada paraje idílico que atravesaba el tren. Por su parte, los pasajeros contemplaban embelesados al retoño, con una sonrisa dibujada en los labios.
—¡Mía, pajaito! —exclamó el niño.
Se soltó de los brazos de su padre y se asomó tanto como pudo a la ventana. La golondrina elevó el vuelo por encima del tren y desapareció de su vista. El niño volvió la cabeza y miró al otro lado del vagón. La golondrina apareció un instante después en la ventana de enfrente.
El niño lanzó una carcajada, divertida, mostrando sus deslumbrantes dientes de leche. Y todos los pasajeros se rieron con él. Luego se volvió hacia la ventana. Con unos ojos llenos de curiosidad, como quien nada sabe y todo lo quiere saber, examinó en grado de erudito los parajes que se mostraban ante él. Montañas, praderas, carreteras y casas. Hasta que el tren se detuvo en una estación. En la otra vía estaba estacionado otro tren. Se disponía a marchar.
—Adiós, chu-chu —exclamó el niño, jubiloso. Saludando al ferrocarril con la palma de la mano.
La alegría se desbordó en múltiples carcajadas. Su padre cogió al niño entre los brazos. Éste se resistió entre risitas, intentando quitarle el sombrero de mimbre que llevaba en la cabeza y había adquirido en la feria. Su padre no pudo evitarlo y el niño terminó colocándose el complemento. Era tan grande y su cabecita tan pequeña, que el sombrero acabó por ocultarle el rostro hasta la nariz. Se escucharon aún más carcajadas.
El tren arrancó, ajeno al regocijo del vagón, iniciando el trayecto por una zona rocosa de escabrosas montañas y profundos desniveles. El niño se había pegado al cristal para observar aquel violento paraje que lo asombraba.
Continuó en aquel estado de inconsciencia contemplativa durante varios minutos. Poco a poco a medida que el niño callaba, inmóvil, el ambiente del tren se tornó más frío y silencioso. De nuevo pensamientos de frustración asolaron a los muchos adultos que viajaban en el tren, pensando en las normas de la supervivencia humana, en los empleos estresantes y en los problemas económicos que las muchas horas de matemáticas no habían logrado esclarecer.
En ese instante, las vías se ensancharon cerca de un precipicio, a la sombra del monte que rodeaban. Al otro lado, un ferrocarril apareció en el sentido contrario, siguiendo correctamente su camino.
El niño lo vio y se rió ante la cercanía del otro tren, jovial. Procedió a decir algo, pero entonces ocurrió lo impensable… y enmudeció.
Tras una maniobra fallida, el tren se salió de las vía, empotrándose de lleno contra el vehículo del sentido contrario. De los cinco vagones de este último, cuatro quedaron colgando del barranco y el quinto se aferró a las vías como un suspiro aferrado a la vida. El niño, intacto, contemplaba lo ocurrido en una aptitud de incomprensión. Ni siquiera se había percatado de que su padre se había dado un fuerte golpe en la nunca y de que ahora yacía inconsciente en el asiento del vagón.
En el exterior el otro tren se balanceaba sobre el precipicio entre la vida y la muerte. Pero para el niño aquello no era más que otra parada en el largo trayecto ferroviario, y un camino por el que el otro tren partiría en breve.
El niño aguardó expectante a que los trenes reemprendiesen la marcha, ajeno a los gritos de dolor y a las quejas de furia e impotencia. Cuando definitivamente, el otro tren cayó al abismo, el niño esbozó una sonrisa, y dijo:
—Adiós, chu-chu.

Iraultza Askerria

El fantasma del yelmo dorado

Llegaron al castillo a primera hora de la mañana. Un guía turístico les aguardaba en el umbral, dispuesto a mostrarles los pasillos y los mitos de aquella vieja fortaleza medieval, ahora convertida en un sobrecargado museo. Se encontraban en lo más profundo de la vieja Castilla; por antonomasia, tierra de castillos y leyendas; y por ello, toda expectativa era poca.

La familia al completo había madrugado con la sana intención de ser los primeros turistas en iniciar el recorrido. Cuantos menos parlanchines y domingueros irrumpiesen en aquel fabuloso recinto, mezcla de historia y de arte, más podrían disfrutar de las reminiscencias del pasado que tan gratamente flotaban en el ambiente. Porque no había mejor manera de disfrutar del arte que en familia y en soledad, dirigidos por una mínima fuente de intelectualidad externa:

—Buenos días, mi nombre es Arturo —se dio a conocer el guía, estrechando la mano de aquel que parecía ser el cabeza de familia. Éste se presentó con el nombre de Félix. Junto a él, la que debía ser su esposa, mostraba un rostro lleno de júbilo y bienestar. Detrás, una adolescente rebelde —toda vestida con ropas negras y ceñidas, un piercing en la boca y el cabello corto y lacio cayéndole a un lado de la cara—, se mostraba un tanto introvertida, pero llena de una innata curiosidad que se advertía en sus ojos castaños—. Síganme, por favor.

La familia se adentró en la torre del homenaje, donde una inmensa alfombra hacía las veces de felpudo de bienvenida. El guía se volvió hacia los turistas y los observó con paciencia, buscando las palabras más adecuadas para deleitarles.

Félix, de unos cuarenta años, tenía la tez morena y el mentón saliente. Parecía que sus palabras iban por delante de su cuerpo, como una persona siempre dispuesta a hablar y a escuchar, como un trovador con don de gentes provista de una acertada iniciativa vocal. Su mujer observaba fugazmente las esculturas, cuadros y tapices que adornaban la estancia. La adolescente, viva imagen de su madre, tenía el mismo porte inquisidor y anhelante, quería saberlo todo, necesitaba saberlo todo, y para ello no dudaba en merodear por el recinto examinando más de cerca los ídolos y las pinturas. El guía observó su ligero andar con un regodeo impúdico. Aquellos pantalones ceñidos a sus muslos e incluso una mochila de tela con la efigie de una calavera que llevaba a la espalda, le hacían idealizar con escenas de sexo, masoquismo y complementos de cuero.

—¿Puedo sacar fotos? —inquirió Félix.

El guía agitó la cabeza rápidamente, alejando las fantasías tan poco apropiadas que había imaginado, y observó al padre. En las manos llevaba una cámara réflex profesional, que probablemente tendría ya varios años. Por lo visto, Félix se resistía a sustituirla por la cámara digital que tenía su hija.

—Sí, por supuesto. No hay ningún inconveniente. Sin flash, claro —respondió el guía, compilando en su mente una retahíla de fechas, nombres y episodios históricos—. Acérquense por aquí, por favor.

Se detuvieron frente a una enorme pintura que representaba el retrato de un señor feudal. Tenía un rostro severo e imponente. Los mechones de pelo castaño que descendían hasta sus hombros le otorgaban un aspecto sombrío y tenebroso. Lo cual quedaba respaldado por el enorme guantelete de metal que ostentaba en la mano derecha, y que reposaba sobre la empuñadura de una espada cruzada. A nivel artístico la pintura no exhalaba esplendor, salvo una delicadeza extrema en cada pincelada; especialmente patente en los surcos de la frente del retratado, como si al pintor le hubiera ido la vida en ello.

—Este es el conde Guillermo de Segura. En su juventud, fue un mero hidalgo de escaso patrimonio. Participó en la reconquista contra los moros, bajo la dirección del caudillo don Rodrigo de Valdefuentes. A temprana edad se encumbró como un sagaz estratega y un temerario soldado de guerra. Tuvo la suerte de sobrevivir a las confrontaciones en las que participó. Cuando se retiró de la guerra, se había convertido en un importante hombre a quien muchos soldados seguían como a un ídolo. Heredó varias tierras de su señor, y finalmente logró el título de conde. En su nueva posición nobiliaria, mandó construir este castillo, labró campos de cultivo y edificó herrerías, carpinterías y todo tipo de talleres artesanales. Con ello, atrajo a multitud de familias que buscaban un hogar más seguro y digno. Sin embargo, en sus días como señor, Guillermo gobernó con mano dura, con leyes muy estrictas y diezmos que en ocasiones superaban los porcentajes acordados. Ni siquiera los soldados que habían luchado junto a él se libraron de su firme dictadura. La plebe terminó por rebelarse contra aquel viejo hombre de guerra, y fue decapitado en público en la víspera de San Juan. Murió a los cincuenta y seis años, sin descendencia alguna. Tras su muerte el castillo fue abandonado por sus habitantes, misteriosamente. Todavía hoy se desconoce la razón, aunque todo apunta a las sequías y a la hambruna.

La familia escuchaba atentamente el monólogo, mientras avanzaba por las galerías donde abundaban decenas de retratos y motivos bélicos. El señor de aquel castillo había sido sin duda un apasionado combatiente, y aún tras su retiro había respaldado el arte de la guerra como un fanático. En muchas pinturas se le representaba vestido con la armadura militar, de pies a cabeza.

—Otra de las peculiaridades de Guillermo era su poca devoción por el catolicismo. Aunque mandó construir una iglesia, nunca acudía a las misas y trataba a los curas como a unos subordinados más. Quizá por ello, cuando fue ejecutado, su cuerpo fue arrojado a las llamas sin que recibiera sepultura ni sacramento.

—Parece que el conde Guillermo fue un verdadero tirano… —comentó la mujer.

—En efecto —corroboró Arturo, servicial.

Al instante, la adolescente, que se había adelantado un par de metros, se volvió hacia ellos con un gesto de exasperación.

—O quizá fue un hombre incomprendido, como otros tantos…

Luego, la chica les dio la espalda, mostrando descaradamente su sarcasmo.

El guía la contempló con un odio excitante. Aquella horrenda mochila de la calavera que llevaba a la espalda le causaba nauseas, pero lo bien torneado que estaba su trasero le incitaba el deseo de comérsela mientras le propinaba un par de suaves azotes. Chasqueó la lengua mientras la imaginaba desnuda y a su merced.

—No la haga mucho caso —susurró Félix.

Arturo agitó la cabeza, volviendo al mundo real. Esbozó una falsa sonrisa y retomó el trayecto, agregando:

—Síganme por estas escaleras de caracol, mientras comentamos la arquitectura del castillo.

La familia escuchó atentamente la charla del guía al tiempo que tomaban el camino ascendente. Los escalones habían sido reformados recientemente para garantizar la seguridad de los paseantes. Así mismo habían ocultado su tono pétreo con un alfombrado vistoso y aterciopelado.

Finalmente, llegaron a una sala con enormes cristaleras impropias de un castillo. El recinto era enorme, repleto de vitrinas, mesas con cubertería antigua, estatuas armadas y más objetos de la era medieval. Un hombre vestido con un mono azul estaba limpiando uno de los ventanales.

—En este libro ilustrado podrán ver fotos exteriores del castillo —informó Arturo, acercándose a un trípode donde un enorme catálogo de diapositivas mostraba todos los rincones arquitectónicos del castillo—. Verán todo cuanto hemos comentado…

Entre tanto, la chica se había apartado del grupo principal y se había aproximado hasta una vitrina acristalada. En ella había un colosal yelmo, un colosal y terrífico yelmo; todo recubierto de oro. En la cimera se había incrustado una fila de dientes de jabalí, otorgando un aspecto vikingo a un casco de manufactura cruzada. Lo inaudito del yelmo es que carecía de defensa frontal; no disponía de ninguna visera, ni siquiera de una protección para el tabique nasal. Quien quiso vestir aquel casco, lo hizo pensando en mostrar su rostro a los enemigos; quizá para infundir temor o respeto, quizá ambas cosas. Pero sea lo que fuera… era aterrador.

La adolescente dio un paso hacia atrás, asustada. Durante un instante, se había imaginado el rostro ensangrentado de un hombre sin escrúpulos. Fue entonces cuando el guía y el resto de la familia se percataron de ella.

—¡Vaya! —exclamó Arturo—. Has encontrado el yelmo dorado de Guillermo. Es uno de los objetos personales más emblemáticos. Más que un yelmo militar, se trata de un adorno ceremonial que el conde utilizaba en todos los actos públicos. Como podéis ver, hay algo de maldad en él… y a mí nunca deja de parecerme espeluznante. Os diré además, que el último deseo del conde fue que le decapitaran con el yelmo puesto, y así se hizo. El casco sobrevivió, pero no su cabeza…

Y después de decir eso, comenzó a reírse con una malevolencia terrible, que recordaba a las viejas criaturas del inframundo. Félix y su mujer tomaron el comentario como un chiste inocente. Pero su hija sintió un nudo en la garganta, y se alejó de la vitrina. A pesar de las calaveras de su mochila, de los piercings de su rostro y de las muñequeras tachonadas que llevaba como ornamento, la antigua leyendo del conde Guillermo la aterraba.

—Me parece muy interesante —opinó Félix—. Si me permites, sacaré una foto del yelmo dorado.

—Adelante….

Mientras su hija daba la espalda al tenebroso casco, alejándose de su visión, su padre empuñó la cámara réflex y apuntó con el objetivo a la vitrina. Cuando tuvo una imagen nítida del yelmo dorado, disparó. Un instante de oscuridad antes sus ojos; y luego volvió a ver la vitrina a través de la cámara. En el interior del carrete había quedado grabada la estampa del yelmo. Una estampa demasiado viva. O quizá… demasiado muerta.

Torre de los Velasco - Josu
 

Habían pasado dos semanas desde su visita al inmenso castillo medieval; y la familia había vuelto a casa, retomando la cotidianeidad de la vida hogareña. Después de cenar, Félix se había dejado caer por el sofá del salón y buscaba en la televisión algún programa con el que matar el tiempo. Pero parecía condenado al aburrimiento en aquel solitario sábado.

Echaba de menos a su esposa, que pasaría la noche en el hospital en el que trabajaba. Hoy le tocaba guardia. Por otro lado, su hija estaba a punto de marcharse en busca de la diversión sabática. Era fin de semana y, sin duda, la noche le pertenecía.

En definitiva, Félix necesitaba entretenerse de algún modo, porque no tenía ninguna intención de acostarse a las diez de la noche. Pero en la funesta televisión, únicamente encontraba imágenes que manipulaban la vida de individuos que no conocía. Y eso no le interesaba en absoluto.

—Papá, me voy. Llego tarde. Adiós —se despidió su hija apresuradamente, atravesando el pasillo.

—¡Espera! Ven aquí —gritó Félix, desde el salón. Un instante después, vio a su hija aparecer por el marco de la puerta. Iba vestida como siempre; con vestimenta negra, y lo suficientemente abrigada como para no pasar frío—. ¿A qué hora vas a venir?

—No lo sé.

—A las dos te quiero ver en casa.

—¿Para qué me preguntas entonces? —replicó, enfurecida.

Félix la miró detenidamente. El rencor se advertía en sus mejillas. Confiaba lo necesario en su hija como para saber que no haría nada malo. Sintió compasión y terminó cediendo:

—Está bien, a las tres…

—¡Gracias, papá! —exclamó la joven, acercándose a él y dándole un beso en la mejilla.

—Vete que llegarás tarde. Diviérte.

Se despidieron y su hija marchó. Félix se quedó solo en el sofá con una sonrisa en los labios. Tenía la mirada fija en la televisión, pero no veía absolutamente nada. Estaba divagando. Entonces recordó el día que habían pasado en el castillo medieval y supo cómo entretenerse. Aún no había revelado las fotos de su vieja cámara réflex. Con su hija y su esposa fuera de casa, era el momento idóneo para dedicarse a ello.

Se encaminó a su dormitorio y buscó en el viejo baúl los utensilios necesarios para el revelado fotográfico: lámpara de luz roja, cubetas, papel fotosensible, ampliadora, pinzas, frascos con las soluciones químicas específicas y, naturalmente, su preciada cámara.

Comprobó que disponía de todos los enseres necesarios y lo llevó todo al cuarto de baño. Allí, bajo una atmósfera crepuscular concebida por la bombilla roja, lograría que las fotografías se elaborasen a la perfección.

Preparó la disolución del baño revelador y posteriormente la de paro. Más tarde se dedicó al lavado del negativo y, como parte final en el proceso de revelado del carrete, no le quedaba más que esperar a que se secase la película. Utilizó el cronómetro de su reloj para llevar un cálculo preciso del tiempo.

Mientras aguardaba los minutos indispensables, comenzó a recordar aquella bonita experiencia en el castillo medieval. Se acordó del guía que les había mostrado la fortaleza, un joven que posiblemente se había licenciado en historia del arte prematuramente y que no había dejado de mirarle el culo a su hija durante toda la exposición. ¿Cómo se llamaba…? No lo recordaba. ¿Y qué importa?

Evocó con sutileza las imágenes de los pétreos pasillos, engalanados de retratos egolátricos y simbología bélica. Las remembranzas se hacían cada vez más reales a medida que la figura del conde Guillermo despertaba en el interior de su mente. Lo imaginó sentado frente a su trono, rodeado de cabezas cortadas y miembros mutilados; con un séquito de cortesanas desnudándose a sus pies y embriagándose de sangre; ataviado en todo su esplendor con su armadura de malla y su yelmo dorado. Más que el conde Guillermo, parecía el conde Drácula.

Félix dio un respingo al escuchar un ruido. Por un instante se asustó y sus latidos se aceleraron; pero pronto se percató de que se trababa únicamente de la alarma de su cronómetro. Lo cual significaba que el secado de los negativos estaba listo. Sólo le quedaba concluir el positivado, y las imágenes quedarían detalladamente reflejadas en las láminas fotosensibles.

Se dedicó con premura pero con paciencia a la tarea. Bajo la luz rojiza el trabajo le resultó cautivador. Realizó el proceso con el estoicismo que le caracterizaba, fotografía a fotografía; sin perder el tiempo en contemplaciones, ya que deseaba ver las fotos una vez hubiese terminado todo el positivado de la película. Cuando al fin concluyó la faena, cogió las diez fotos que había revelado y se dirigió al salón, donde podría examinarlas cómoda y concienzudamente.

Como fotógrafo aficionado, Félix era muy escueto con su trabajo. Pocas cosas llamaban su atención y, por ello, pocas cosas fotografiaba. Las diez que tenía en las manos le mostrarían los detalles más sobresalientes de la fortaleza.

Se acomodó en el sofá y bajo la luminosidad del salón, se dedicó a ello.

La primera fotografía mostraba una panorámica del castillo desde una perspectiva inferior. Félix se había empeñado en detener el coche en mitad del arcén de la carretera para tomar la instantánea, porque desde ese lugar lograba un espectacular plano en contrapicado de la ciudadela. Había querido captar el dominio del castillo, ¡y vaya si lo había logrado!

La siguiente foto le mostró uno de los viejos retratos del conde. Tenía la frente fruncida, los ojos ligeramente entornados y una aptitud severa. Parecía que le habían obligado a posar para la pintura, como si el retrato hubiese sido un capricho de su señora madre.

Cuando Félix contempló la tercera fotografía, donde aparecía el fatídico yelmo dorado, lanzó un grito espeluznante y todas las fotos se le cayeron de las manos.

Su corazón se aceleró, y en esta ocasión, no se detuvo.

Se quedó unos instantes inmóvil en el sofá, con los ojos desorbitados, boquiabierto y la frente cubierta de sudor. Múltiples escalofríos le recorrían la espalda como uñas del diablo desgarrándole la piel. Tuvo que hacer un increíble acopio de tesón para no desmayarse allí mismo. Alargó la mano hacia el suelo, y sin ladear la cabeza, aferró la foto del yelmo, aterradísimo.

La observó, aunque casi contra su voluntad. No había sido una quimera, ni tampoco una broma cruel de su imaginación. Hay estaba él: el yelmo dorado, y en su interior, lo que debía haber sido la huesuda cabeza del conde Guillermo. El guía dijo que había sido decapitado con el yelmo puesto…

—¡Dios Santo! —exclamó Félix, con el rostro rojo por la sangre.

Volvió a observar la fotografía. El yelmo aparecía retratado con precisión, mostrando el color áureo que tanto lo caracterizaba. Pero una horripilante calavera yacía en el habitáculo del casco, como si el cadáver del decapitado Guillermo hubiese pervivido por los siglos de los siglos en aquella pieza de su armadura.

Miró de nuevo la calavera. Su contorno óseo se ajustaba cómodamente al interior del yelmo. Parecía que los huesos del jabalí incrustados en la cimera eran una prolongación del cráneo. Las órbitas de los ojos miraban a Félix con una crueldad indescriptible; vacías, sí, pero llenas de barbarie. Los dientes de su boca descarnada estaban afilados como garras, dispuestos a devorarlo cuando se presentase la oportunidad. La fotografía, o mejor dicho, la calavera que estaba dentro de la fotografía parecía cobrar vida por momentos.

—¡No puede ser! —gimió Félix, ahogándose en su propia saliva.

La calavera lo miraba con sadismo; el resplandor del yelmo le quemaba los ojos; el cuerpo decapitado del conde Guillermo se perfilaba en el interior de su mente… asfixiándolo, condenándolo, destruyéndolo.

Se alzó de repente del sofá y lanzó la fotografía lejos de su visión. Miró al frente, donde las estanterías del salón exhibían diversos adornos, libros y aparatos electrónicos de ocio. Vio una vajilla de plata en el interior de un aparador de cristal. Antes se que se percatara, su mano derecha empuñaba un cuchillo de veinte centímetros.

Perturbado por el terror y la demencia, Félix se hizo con la fotografía y apuntó con el arma, dispuesto a atravesar el yelmo y la calavera del conde.

—¡Acabaré contigo!

Una gota de sudor se derramó sobre el filo del cuchillo en el último instante. Abrió los ojos de par en par y recapacitó. Tenía que haber una respuesta lógica. En una fotografía nunca aparecía nada que no fuese el fiel reflejo de la realidad. Había pasado algo por alto.

Soltó el cuchillo y encendió todas las luces del pasillo antes de dirigirse al baño. Cuando llegó, observó concienzudamente los agentes reveladores que había utilizado, la lente de la ampliadora, la propia bombilla roja, en busca de alguna mancha ovalada que hubiese podido estamparse en la fotografía. Pero no… Todo estaba limpio, sin macha, sin nada que hubiera perturbado el revelado de las fotos.

Regresó a la sala, sudoroso. Recordó los típicos relatos de terror donde el protagonista descubría algo horroroso que terminaba matándolo. Supo entonces que él era otro de esos protagonistas concebidos por la mente de un lunático.

Se sentó en el sofá y contempló de nuevo la fotografía. No había cabida para la duda. No era una mancha, ni una jugarreta de su inconsciente. Una calavera vestía el yelmo dorado, tal vez para volverlo loco, tal vez para asesinarlo, pero hay estaba. La cabeza de un cadáver contemplándolo con sus cuencas vacías.

«No, no y no», se repitió Félix. «Tiene que haber una explicación lógica».

Pero no la había. Supo que necesitaba recopilar información. Cogió el ordenador portátil y lo dejó encima de la mesa del salón. Dos minutos después estaba navegando por la red buscando información sobre sucesos paranormales relacionados con la fotografía. Encontró información de todo tipo. Pero ningún estudio científico que le sirviera de ayuda. Intensificó la buscada añadiendo palabras claves del castillo del conde Guillermo, del yelmo dorado, de la calavera. Nada. Sólo sandeces.

Se recostó en el sofá y agarró la foto. Examinó de nuevo el contorno del cráneo. Era tan real como el suyo propio, tan real como el destino de la muerte.

Se resignó entonces. No tenía nada más que hacer. La suerte estaba echada. Sabía que el fantasma del conde Guillermo, el fantasma del yelmo dorado, entraría en el salón y lo asesinaría, como a tantos otros había asesinado en vida. Una víctima más en una historia de terror.

Y entonces sucedió lo que su mente deseaba que no ocurriera. Escuchó cómo la puerta de su casa se abría y se cerraba de un golpe, tremendo. Luego fuertes pisadas dirigiéndose hacia él, señalando el camino de su homicidio.

Su corazón se aceleró tanto que a punto estuvo de morir de un paro cardíaco antes de que llegara su verdugo. Miró de reojo la entrada del salón, esperando que el guantelete de Guillermo se posara en el marco. Aferró el cuchillo contra su pecho, sabiendo que no tendría ni siquiera una oportunidad.

Una sombra se perfiló en el umbral y luego…

—¿Papá que haces despierto? ¡Son las tres de la madrugada!

Félix no contestó. Estaba afónico y sin palabras, comprobó aliviado que sólo se trataba de su hija, de su bonita y querida niña.

—Bueno papá, yo me voy a la cama. Hasta mañana.

La joven se volvió para dirigirse a su cuarto. Entonces Félix se fijó en ella, y en la mochila que llevaba a la espalda. En la tela se perfilaba la figura de una calavera.

Y entonces lo comprendió todo.

«¡Dios mío!», se amonestó. La mochila, el yelmo, la vitrina, el cristal.., y un reflejo. El reflejo de una calavera. Ahora estaba claro, no había duda ni confusión. En el momento de tomar la fotografía, la mochila de su hija se había reflejado en la vitrina dando comienza a esta absurda historia de horrores y fantasmas.

Félix cayó de hinojos sobre el suelo y comenzó a reírse como un loco.

Iraultza Askerria

La niña del colegio

El barullo armado por los muchachos y las muchachas del instituto era ensordecedor. Bajo el cielo otoñal, grupos de niños pateaban con ilusión una pelota de fútbol; decenas de niñas comentaban exaltadas los amoríos de la serie juvenil de la noche anterior; algunos mozuelos miraban a escondidas y desde lejos los divinos cuerpos de sus compañeras de clase, ataviadas de ajustados pantalones de llamativos colores y escotadas chaquetas vaqueras; mientras otros, tan prudentes como imprudentes, estudiaban e interpretaban con inquietud los apuntes del examen de física y química al que se enfrentarían en pocos minutos.

En definitiva, aquellos futuros funcionarios, obreros, técnicos, oficinistas y dependientes, convivían pacíficamente dentro de las esferas de sus amistades, riendo bajo el mundo de los sueños adolescentes. Pronto volverían a las aulas, finalizado ya el recreo, y retomarían una actividad que algunos detestaban, a otros les aburría, pero que todos necesitaban para adquirir la sensatez y el buen juicio que son menester en un mundo perteneciente a todos.

Por desgracia, este esbozo del jolgorio juvenil era opuesto a lo que sucedía en el interior del colegio. El viejo edificio, que había sido utilizado como hospital republicano durante la guerra civil, y bombardeado y restaurado, se exponía tenebroso y lúgubre. Parecía una caverna repleta de monstruos extravagantes o una prisión de maniáticos asesinos. Sus bisagras de metal chirriaban por razón del viento y el conserje vigilaba desde el vestíbulo como un buitre hambriento.

El sonido del chapoteo que caía de la fregona y el bisbiseo iterativo del aire acondicionado surcaban la atmósfera como el susurro de un fantasma. Las vitrinas que decoraban los pasillos exponían trofeos oxidados, y los pupitres de las clases se corrompían con la podrida opacidad del ambiente. En el gimnasio o en el aula de música había tal deterioro y escasez de instrumentos que se obstaculizaba el desarrollo del espíritu artístico de los alumnos.

Lo dicho atendía a una implacable antítesis: mientras el patio de recreo parecía un pacífico y alegre jardín, el colegio se figuraba un oscuro trayecto de diez años de invalidez y desorientación, carente de una dirección nítida y firme. Sin una educación apropiada, sin un modelo ecuánime al que seguir, el humano se convierte en animal, y ese animal… en un monstruo.

Por todo ello, ocurría lo que estaba ocurriendo:

En los aseos de las chicas ubicados en el tercer piso, provistos de espaciosos lavabos, estrechos cuartos de inodoros individuales y una portezuela que daba a un balcón exterior, una niña de trece años plañía desconsolada. El llanto arreciaba como un diluvio, y cual tormenta retumbaban las lágrimas sobre el suelo alicatado.

No lloraba porque hubiese cateado el examen de matemáticas, tampoco a causa de que hubiera discutido con el chico que le gustaba, sino porque su hermosa melena rubia estaba desgarrada y su rostro límpido y cálido empapado de sangre. Los ojos morados, la nariz rota. El corazón latía sin fuerzas, seco y harto. Tenía el cuerpo infestado de arañazos y contusiones. Y el alma partida como un espejo de cristal, reflejo de la guerra.

Se encontraba tendida en el suelo, con los brazos apoyados sobre las finas baldosas como si buscasen una ayuda a la que aferrarse, y con las rodillas flexionadas, a semejanza de un espasmo de autoprotección desencadenado por el miedo.

Se llamaba Linda, hija de una honesta pareja extranjera que había abandonado hacía más de una década su país oriundo en busca de la dignidad y la fortuna sólo merecida por la gente honrada. Gente honrada como ellos.

Linda, tal y como su nombre indicaba, era una chica preciosa; y lista, cabal y reservada. Su timidez la había dejado sola. Y ahora en su soledad, lloraba. Nadie escuchaba sus lamentos ni acudiría a socorrerla. Se encontraba sola ante la apatía de un mundo tintado de arco iris sobre un lienzo de oscuridad. Ojalá pudiese esconder la cabeza y mirar a sus sueños. La realidad, sin embargo, devoraba todo lo bueno.

Los insultos, las burlas, las agresiones y las palizas la habían hostigado desde el inicio del curso. Ni siquiera la dejaban en paz en las aulas donde el maestro debe ejercer su competencia. La marginaban, le daban la espalda. Sólo la miraban a los ojos para reírse de ella. La impotencia, la frustración, la amargura de vivir se habían combinado en su único sentimiento. No quería volver a casa y decirle de nuevo a su madre que se había caído por la escalera. No quería mentir de nuevo. Ni quería sufrir más.

¿De quién era la culpa? ¿Qué había hecho ella, una ingenua niña de trece años, para ser castigada tan brutalmente? ¿Dónde estaba el ser humano tras diez milenios de evolución? ¿Cómo pudo cometer Dios el error de crear los sentimientos del odio y la crueldad?

Linda no se hizo ninguna de esas preguntas. En ese instante, el dolor y la desolación eran demasiado ingentes como para preguntarse nada. Supo que sólo le quedaba una salida. Se levantó apoyándose en los lavabos y miró por los ventanales. Un cielo completamente azul se extendía en el firmamento, un cielo repleto de libertad y de oportunidades.

La niña se dirigió al balcón, abrió la portezuela y salió al exterior. Al sentir el tacto de la brisa, el dolor de sus heridas se volvió aún más agudo. Con el rostro ensangrentado y lágrimas en los ojos, salvó el obstáculo que significaba la barandilla.

Luego se lanzó al vacío.

Cuando se estrelló contra el suelo, en medio de sus compañeros de clase, las lágrimas todavía le recorrían el rostro.

A mí me lo recorren aún.

Iraultza Askerria

Locura de amor infiel

Tom abrió entonces la boca. De sus entrañas emergió un cúmulo de obscenas y malsonantes palabras. Sus puños se agitaron en el aire pretendiendo alcanzar un blanco invisible. Estaba furioso, definitivamente furioso. Teresa, su chica, o mejor dicho la puta a la que había estado follándose durante los últimos veintisiete meses, se mecía tranquilamente sobre una silla acolchada. Parecía una princesa en un universo hábilmente gobernado por sus padres. En su sonrisa de perlas se perfilaba un rostro lujuriosamente juvenil, todo iluminado por un vestigio de malicia legado de una actividad relacionada con infidelidades, engaños y egocentrismo. Así pues aquel intenso romance que habían vivido durante los últimos años no era más que una jodida mentira. Y Tom lo descubrió aquella noche.

Cuando al fin se calmó, miró a Teresa con ojos suplicantes. Ella se rió, impasible; y mientras sorbía una copa de whisky, le dijo con dulces palabras, tan dulces como un beso:

—Tom, ¿por qué no te vas de mi casa?

Y el beso se tornó mordisco, mucho más doloroso que una puñalada.

Resignado, el hombre se alzó de la cama y se marchó llorando sin mediar palabra. Lo último que escuchó antes de cerrar la puerta, fue la risita malvada de su ex-novia.

Cuando llegó a la calle, una fina neblina cubría los tejados de la ciudad. En la calzada, las luces macilentas de las farolas y de los coches se amalgamaban en un halo enfermizo. Muchedumbre sin meta ni futuro vagaba frente a los pubs y los bares de la avenida, en busca de un nuevo trago de inconsciencia. El frío mordía latentemente los cuerpos semidesnudos de aquellos que bebían de la embriaguez.

Tom atravesó aquella selva alquitranada como un astro fugaz que no espera fijarse en nada ni que algo se fije en él. Pero cuando los voluptuosos escotes de las jovencitas y el torpe pero violento acoso de los muchachos le abordaron en cada vía que atravesaba, tomó la decisión de un nuevo destino. Su sentido común y su raciocinio habían degenerado en una perversa actitud demente, germen de la infidelidad, la deshonra y la traición.

Había enloquecido en apenas un segundo.

A escasos metros de una guardería, se alzaba un consagrado prostíbulo. A aquellas altas horas de la madrugada estaba abarrotado. Muchos clientes se habían detenido en sus inmediaciones por el mero deseo del aguardiente; otros disfrutaban de una placentera velada en los dormitorios del piso superior. Pero todos buscaban la compañía, aunque fuese meramente visual, de mujeres provocativas.

Tom entró sin dudarlo en el burdel. Irrumpió en un local excesivamente decorado, con largos cortinajes de seda roja y amplios bancos acolchados. Una algarabía de voces y risas le dio la bienvenida como una orquesta sinfónica. Sin nada que rectificar, se presentó frente al responsable del negocio. Estaba sentado frente a la barra. Se llamaba Jacob. Su rostro era severo e impenetrable y su pulcra perilla hacía que sus labios, al igual que sus palabras, pareciesen indescifrables.

Sin esbozar un saludo, le dijo muy seriamente:

—Quiero una puta que se llame Teresa.

Jacob le miró con el ceño fruncido, desconcertado. Luego dejó el cigarrillo que se estaba fumando sobre el cenicero de la barra y se enderezó.

—Un momento, por favor.

Se levantó del asiento y se internó en las dependencias posteriores. Allí varios camerinos y otras tantas luces acogían un sinfín de atractivas mujeres. Se cruzó con Sara, una hermosa caucásica de porte angelical.

—Allí fuera hay un hombre que espera a una tal Teresa. Ya sabes lo que tienes que hacer. Está en la barra. Le reconocerás a la primera. Tiene la cara como si le hubieran dado una paliza —le explicó Jacob.

En la barra, Tom se entretenía rozando con las yemas el borde de un vaso vacío. El whisky lo había ingerido de un solo trago, sin el menor escrúpulo. Cuando alzó la mirada descubrió al ángel que se dirigía hacia él.

—Hola, soy Teresa —se presentó ella, tan risueña como radiante.

Y realmente era la viva imagen de Teresa, con su cara pecosa, sus cabellos largos azabache y los pechos menudos que casi no se advertían bajo la superficie de la blusa. Pero en verdad aquella mujer que se llamaba Sara era pelirroja, de un rostro pálido y terso y unos pechos tan exuberantes que parecían querer comerse al mundo.

—¿Y tú cómo te llamas? —inquirió al ver que su cliente persistía en mirarla anonadado.

—Tom —susurró él—. No te hagas la distraída, ya me conoces.

Ella asintió, nada convencida, pero como puta que era predispuesta a cumplir las fantasías de su huésped.

—¿Quieres que subamos arriba? —preguntó la mujer.

—Claro —aceptó.

Con una mano, Tom agarró la estrecha cintura de su Teresa y con la otra aferró el vaso de whisky que reposaba vacío sobre la mesa.

Ambos ascendieron las escaleras sin llamar la atención de nadie, mientras abajo Jacob rezaba porque Tom tuviera el dinero suficiente para pagar el escarceo nocturno.

El dormitorio estaba acotado por una cama de roble, una mesita de noche y un pequeño mueble bar. Además un baño de servicios básicos estaba empotrado en una esquina del dormitorio.

Tom se dirigió con premura al mueble bar, lo abrió y menuda fue su desilusión cuando vio que sólo había una botella vacía.

—Si quieres, puedo traer unas copas —se ofreció ella con aire dócil.

—Tranquila, princesa. Ya he tenido suficiente —respondió Tom, pero aún así cogió la botella del mueble bar, y junto al vaso vacío dejó todo sobre la mesita de noche.

—Teresa, ¿te acuerdas de cuándo fue la última vez que hiciste el amor conmigo? —preguntó Tom, acomodándose en la cama.

—Pues… no.

—Ven, siéntate en mis rodillas. —Ella lo hizo, y Tom acarició fervorosamente sus muslos—. Lo hicimos hace dos días. Pero dime…, ¿cuándo fue la última vez que te acostaste con alguien?

—Pues… hoy mismo.

Tom sonrió con una de esas risas llenas de frustración y carentes de dicha. Sara se estremeció por la pena; sentía lástima por aquel hombre cuyo corazón había sido torturado por alguna mujer.

—Lo suponía. No importa, Teresa. Ahora me toca a mí —dijo, y luego la besó.

Fue un beso tan dulce como violento, como un grito de libertad, como un final feliz en una novela de masacres, como un misterio cuya verdad lo mata. Ambos saborearon el beso, de forma y contenido diferente, pero lo saborearon, como si fuera el último beso que se darían.

—Besas muy bien, Tom.

—¿Acaso no lo recuerdas, Teresa? Me enseñaste tú.

Ella sonrió, desprevenida, sabiendo que la locura de aquel hombre resultaba ejemplar e incalculable.

—¿Y ahora qué? —preguntó ella, cándidamente, tanteando un terreno que tantas veces había atravesado ya.

—Ahora haremos el amor —entonces, el rostro vapuleado de Tom se descompuso en una  mueca de horror, sadismo y crueldad, y la mujer no evitó proferir un grito de socorro ni tampoco sentirse abrumada por el miedo—. Si quieres, Teresa. Sólo si quieres.

La voz de Tom sonó dulce y agradable, llena de cariño. Sara se culpó por aquel prejuicio negativo y falaz que la había asaltado. Parecía un buen chico. Y por la perpetuidad de su trabajo no podía contradecir su propuesta. Ni tampoco quería.

—Ven, hagamos el amor —susurró Tom.

La cogió de las caderas con la fuerza de un bárbaro y la sentó sobre la cama. Luego la ayudó a tumbarse sobre el colchón y se colocó junto a ella. Le mordió el cuello y la boca con el frenesí de la primera vez; y mientras la mente de ella se dejaba envolver por el deseo; las manos de él bregaron por desabotonar los botones de la blusa. Deslizó los dedos por el suave vientre hasta acercarlos a los límites del pantalón vaquero. Ella soltó un gemido, complacida. Los labios de Tom descendían paulatinamente por el cuello de aquel ángel, saboreando la íntima carne y dejando un reguero de brillante saliva en la fina piel.

En tal instante, una melodía derivada del teléfono móvil de Sara invadió el ambiente. Ella no hizo ademán de querer descolgar el aparato, ni siquiera desvió la mirada hacia el mismo. Él tampoco. Pero ambos se deleitaron con la frenética música, que a ritmo de rock & roll, invitaba al sexo y a la lujuria. Sus besos se tornaron más ardorosos y violentos, las caricias se convirtieron en inconscientes arañazos descontrolados, y las miradas, llenas de deseo, se atravesaron inclementes.

Y aún cuando la insistente música cesó, ellos prosiguieron brincando al ritmo vertiginoso de sus corazones, y ni tan siquiera los lamentos proferidos por el colchón, acallaron sus gemidos de placer. Ya desnudos, las mentes volubles navegaban por un mar de intensos bramidos. Las olas los engullían con gotas de sudor. El sabor de la sal inundaba sus cuerpos y los párpados se cerraban como la noche.

—Teresa, mi amor —gimió Tom, mientras la penetraba infatigablemente con el ánimo de un héroe. Ella, tesoro mancillado, recibía los envites con un interés masoquista.

—Sigue…

Ambos disfrutaban, él sobre ella, ella bajo él, al tiempo que la furia descontrolada de la sangre se agolpaba bajo el vientre, en los límites del pudor. En los ojos de Tom las últimas punzadas de la agonía se abrían paso hasta la cúspide de su sexo. Un torbellino de rabia brotó con fuerza de su boca; un gruñido concluyente. Luego se desplomó a un lado de la cama, como muerto. Sara exhaló un último suspiro y cerró los ojos, rendida. Durante unos segundos no se escuchó más que el trote desacompasado de sus corazones, que paulatinamente aminoraba. Después cuando Tom recuperó la noción del tiempo y de su persona, se giró hacia ella:

—Teresa, creo que ha sido el mejor polvo que nunca hemos echado —valoró, fumando las últimas caladas del éxito. Sara asintió, satisfecha—. Una pena que no pueda permitirme otro más.

Luego Tom se giró hacia la mesita, cogió la botella de whisky y la estrelló contra la frente de Sara.

Ella lanzó un terrible grito de dolor, e intentó protegerse el rostro. Para entonces ya tenía las manos cubiertas de sangre. Lo único que lograron los decididos puñetazos de Tom fue desfigurarla aún más el rostro.

—Eres una puta, Teresa. Has estado engañándome todo este tiempo, acostándote con otro mientras decías que me amabas. —Hizo una pausa, sin dejar de maltratarla—. Durante todo este tiempo pensé de verdad que me querías, que soñabas conmigo igual que yo soñaba contigo. Aún más, pensaba proponerte matrimonio esta misma noche. Pero ya no Teresa, se acabó.

—Yo no soy Teresa, yo me llamo Sara. Te equivocas de persona. Por favor, déjame, no me hagas daño.

Pero Tom, ensimismado en su locura, hacía caso omiso de las súplicas, y la golpeaba incesantemente en vientre, pecho y rostro. Ella gemía desprotegida, suplicando ayuda, y él despotricaba contra ella, atizándola con saña.

—Te odio, Teresa, una vez te amé con todo el corazón, pero ahora te odio con toda la razón.

—Me llamo Sara, me llamo Sara —lloraba ella.

—¡Cállate, puta!

Los gritos y los golpes se sucedieron vertiginosamente. La sangre se adueñó de la superficie del colchón, donde aún quedaban restos de semen y sudor. Los cristales de la botella saltaban en la cama arañando el rostro de Tom y clavándose en el pecho de Sara. Y un inconmensurable ambiente de sadismo y perversión reinaba en la habitación.

—Tan puta como astuta, una zorra en letras mayúsculas —proclamaba Tom.

Se colocó encima de ella y la apresó bajo todo el peso de su cuerpo. Ella, aplastada y totalmente entumecida, emitió su último gemido cuando Tom cerró las manos en torno a su cuello. El hombre apretó sin piedad, ignorando los ojos suplicantes de Sara. La estranguló con la resolución de un veterano carnicero. No disminuyó la presión ni después de recibir los últimos arañazos de Sara. Luego se hizo un silencio. El Silencio. Los latidos cesaron en su agónico paseo por la vida y toda luz en los ojos de Sara desapareció. Tom se sintió pleno, como si hubiera consumado la gran obra final de su vida.

—Adiós, Teresa. La infidelidad te ha matado. Ojalá nunca nos hubiéramos conocido.

Entonces escuchó unos pasos en el pasillo, al otro lado de la puerta, aún lejos.

Tom ni siquiera se sobresaltó.

—Para cuando lleguéis, todo habrá terminado, ¡cerdos cabrones!

——————————————-

En el bar, Jacob fumaba un puro habano, acomodado en un rincón, tras la barra. La noche comenzaba a tranquilizarse gradualmente. Muchos clientes iban abandonando el local a medida que avanzaba el tiempo y disminuía el caudal de sus bolsillos. Las chicas se agolpaban en las hediondas duchas de los camerinos incapaces de soportar más humillaciones. Y él se abstraía en la imagen y el sabor del humo del tabaco.

Cerró los ojos, y escuchó algo. Venía de arriba.

Al principio sonó como una canica rebotando contra el suelo, luego como una corriente de aire que cierra repentinamente una puerta, y finalmente, se dio cuenta de que alguien estaba dando una paliza a una de sus chicas.

—¡Joder!

Salió despedido hacia las escaleras que conducían al piso de arriba. Al ver su reacción, dos de sus guardaespaldas le siguieron sin mediar palabra. Cuando llegaron arriba escucharon nítidamente unos gritos de socorro y vieron que varios inquilinos habían salido de sus habitaciones, algunos desnudos, pero que nadie se había acercado hasta el lugar de la sospecha.

—¡Mierda! ¡Tirad esa maldita puerta abajo! —gritó Jacob.

Para cuando llegó al dormitorio, exhausto, los alaridos habían cesado, y en el interior de la habitación no se oía el latir de ningún corazón. Jacob comprobó que la puerta estaba cerrada por dentro. Hizo un guiño a uno de sus guardaespaldas, y éste se lanzó contra el enorme bloque de madera. La puerta cayó con un estrepitoso golpe. Una humareda de polvo se levantó… y luego… Silencio.

Jacob dio un paso al frente. Lo que vio en el interior del dormitorio hizo que su alma se cobijara detrás, en el pasillo. Abrió de par en par los ojos, consumido por el espanto. El aliento se cortó en el fondo de su garganta. Y el mundo, tradicionalmente negro, se volvió aún más tenebroso.

—¡Dios mío!

El cuerpo de Sara estaba tendido en el lecho. Tenía las piernas separadas y los ojos abiertos de par en par. Las cuencas estaban inundadas de un rojo espeso. Los labios rotos. Y la nariz… ya no le quedaba nariz.

Junto al cadáver de Sara reposaba la cabeza y el brazo de un hombre. El cuerpo restante asomaba tras el colchón. Estaba arrodillado frente a la cama, como si hubiese querido rezar un padrenuestro antes del amén definitivo, antes de cortarse las venas con un trozo de cristal, antes de suicidarse.

Ambos estaban muertos, tanto Sara como Tom. Jacob lo observaba todo estupefacto, pero pronto recuperó la compostura y el raciocinio. No había mucho más que hacer en la escena del crimen.

—Chicos, libraos de los cuerpos y limpiar todo esto —dijo Jacob a sus guardaespaldas, sin mostrar el menor ápice de resentimiento.

Luego se dio la vuelta, ya había visto suficiente.

—¿Quién es ella? —le preguntó uno de sus guardaespaldas.

—Una de nuestras putas. Sara la pequeña Sara.

En los ojos del guardaespaldas, se conjuró una lágrima

—¿Y él? ¿Quién coño es él? —preguntó el otro, enfurecido.

—Ahora poco importa. Está muerto —hizo una pausa—. Arreglad este desorden cuanto antes.

Luego volvió la vista atrás, y aquella fue la última vez que vio a Sara y a Tom.

——————————————————–

Las mesas estaban repletas de colillas y de vasos sucios. Olores desagradables se aunaban en la atmósfera del local. Los clientes habían desaparecido tras una nueva aurora y las prostitutas abandonaban poco a poco el burdel. Jacob estaba apoyado contra la pared, en la esquina más oscura del recinto. Tenía las manos en los bolsillos y los ojos cerrados.

Pensaba…

No era la primera vez que una de sus chicas sufría maltrato psicológico y/o físico por parte de un cliente. Solía ocurrir muy a menudo, por desgracia; incluso, de forma brutal. Sin embargo, no era tan común que las asesinaran. Deshacerse del cadáver y ocultar las huellas del crimen no era difícil. Lo más difícil era mantener a las putas a raya y evitar que se rebelasen por el miedo y la desolación. Necesitaba una buena puta que conociese lo que había hacer, y que no se dejase avasallar por el cliente. Una que supiese como dominar a los hombres, pero que al mismo tiempo, pudiese ser dominada por él.

Jacob sonrió, de repente había encontrado la respuesta.

Sacó el teléfono móvil y llamó.

—Teresa, soy yo, Jacob. Siento despertarte a estas horas.

Al otro lado del aparato se escuchó un murmullo de disculpa y unas palabras de ternura.

—Cariño, siento llamarte tan tarde —susurró Jacob—. Una pregunta… sigues sin un empleo, ¿verdad?

Una palabra de asentimiento.

—Genial, Teresa. Pues tengo un trabajo para ti, uno que desempeñarás a la perfección. Empiezas mañana.

Iraultza Askerria

Y los sueños, sueños son

Laura corría despavorida por la ciudad.Los aullidos del viento sacudían la noche, entregando un aliento vital a espectros y sombras. Mientras, los cabellos de la muchacha se agitaban como látigos. En su rostro, empapado por la tormenta, se perfilaban lágrimas y profundos surcos de rimel y maquillaje.

Los altos y adyacentes edificios de la desolada ciudad favorecían el eco de los repentinos truenos, el chaparrón inclemente, los alaridos del aire y el sonido de las chispas de las apagadas farolas, que saltaban segundo a segundo. Sobre tal cúmulo de tenebrosos murmullos, se alzaban unas acompasadas zancadas que perseguían muy de cerca a la muchacha. Al percibir la cercanía del hombre que la acosaba, sus latidos se tornaron más fuertes y agitados como si fuesen golpeados tenazmente por un martillo de enorme cabeza de hierro.

Aceleró el paso. Saltó entre los colmados charcos de agua. Evitó los salientes de la acera y las piedras del asfalto. Corrió más de lo imposible. Más incluso de lo que hubiese podido nunca imaginar. De vez en cuando, miraba aterrorizada por encima del hombro, procurando calcular la distancia que la separaba de su perseguidor. Pero la espesa oscuridad de la noche no la permitía vislumbrar nada a más de dos metros.

Entonces, cayó de bruces sobre un charco. La escasa percepción que tenía sobre el entorno y la celeridad de sus pies habían dado con ella en el suelo. Se revolvió frenética en el agua, liberándose de las manos líquidas y negras que intentaban arrastrarla hacia la profundidad. Cuando por fin logró incorporarse, un rayo rompió la oscuridad de las calles, y pávida, con el corazón en un puño, la mente hundida y el alma acongojada, pudo vislumbrar nítidamente a su perseguidor a escasos metros de distancia. Caminaba muy lentamente hacia ella, enfundado en una gabardina de cuero, los ojos inyectados en sangre y un revólver en la mano derecha.

El terror la envolvió sobremanera bajo las intermitentes luces de la tormenta, que infundían incluso más miedo que la oscuridad. Sintió el rechinar de la mandíbula y el temblor involuntario de los músculos. La palidez de su rostro se semejaba a la única estrella de aquel frío y tenebroso averno. Sus ojos desorbitados contemplaban aterrados al hombre de negro. Sus labios tartamudeaban clemencia. Al fin, devolvió protagonismo a sus piernas y corrió por las calles de la ciudad.

Al mismo tiempo que acrecentaba el pavor de su alma, decrecía la anchura de la calle, hasta que las aceras cedieron terreno ante una calzada pedregosa y alquitranada cercada por altos muros de rojizo ladrillo. Había llegado a un callejón sin salida.

Estaba atrapada.

Se dio la vuelta y emitió un grito ahogado.

Él estaba ahí, justo ahí.

El hombre de negro se aproximaba hacia a ella con parsimonia. Mantenía el escaso espacio y el asfixiado tiempo de aquella ciudad bajo su entero control. Su perfil se alzaba sobre los charcos negros y bajo el punzante chaparrón. Los edificios se inclinaban ante él y las centellas le iluminaban como los focos de una obra de teatro. Era guardián, rey y protagonista de una metrópoli desolada y muerta.

Y además, el único que conocía el guión.

—Por favor —tartamudeó Laura—, no me hagas daño.

Los gemidos de la muchacha se desvanecieron bajo la lluvia sin contagiar algún sentimiento de pena o misericordia. Se vio encerrada ante la condensada oscuridad de la noche y confusa por el total desconocimiento de lo que estaba acaeciendo; ignoraba qué hacía en aquel lugar, cómo había llegado a él y por qué Dios la había condenado a ello, estuviese donde estuviera. De lo que estaba segura, y esto lo sabía merced al instinto animal, era de que acechaba el peligro, un peligro mortal.

El hombre de negro se detuvo entonces a menos de un metro de distancia. Miró a la joven con una ambiciosa y cruel sonrisa dibujada en el rostro, tan sombrío como helado. Tan lentamente como un gesto de dolor, levantó el brazo hacia una posición vertical, y las gotas de la tormenta, temerosas de entorpecer el avance de aquel poderoso brazo, se detuvieron, quedando suspendidas en la atmósfera. De esta forma, se configuró una pintura estática, llena de expresionismo, donde el vacío habido entre el hombre de negro y Laura resultaba claustrofóbico, espeluznante y aterrador. La única claridad plasmada en aquel cuadro era la frágil aura que rodeaba a la muchacha, menos que un rayo de luna.

—Por favor —suplicó Laura—, no me hagas daño.

Sin embargo, el ruego resultaba vano e inútil. El arma que el hombre de negro aferraba en la mano brilló como un relámpago. Movió flemáticamente el dedo índice y apretó el percutor. La bala surgió de la cámara de la muerte y atravesó el exterior, rompiendo con el lienzo de la estática. A velocidad vertiginosa, las gotas de la lluvia se estamparon contra la calzada, las luces intermitentes de las centellas aparecieron y desaparecieron y el grito de Laura sonó desgarrado cuando se contempló ante la trayectoria de la bala.

El proyectil se desvió de la línea de fuego en el último instante, pasando a pocos centímetros de la muchacha. Percibió nítidamente como la bala le arrancaba unos escasos cabellos al pasar junto a su oreja y como desintegraba las gotas de agua halladas en el camino. Al final, se empotró contra el fondo del callejón, explosionando en un terrible rugido y haciendo añicos la pared rojiza con una facilidad sobrehumana. En donde antes se había erguido una imponente barrera de ladrillo, ahora se presentaba una gigantesca abertura alumbrada por las luminarias del cielo.

El hombre de negro volvió a disparar, pero para entonces Laura ya se había internado entre los escombros de piedra, en aquel camino de la salvación iluminado por la estrellas. Un instante después, desapareció en el interior de la pared rojiza.

Llegó a una habitación umbrosa, donde el aire se respiraba envenenado y el pavimento resultaba resbaladizo y traicionero. Una penetrante opacidad impregnaba los muros y se elevaba hasta la techumbre. Parecía que se encontraba en una pequeña estancia de carbón, cuando en realidad se trataba de un cuarto de proporciones kilométricas. Anduvo sin meta y sin dirección, ciega y desorientada sin ninguna noción de espacio. Finalmente, tuvo que detenerse al encontrarse perdida. Buscó entre las sombras al hombre de negro, pero no podía percibir nada. Aquel tenebroso aire la rodeaba.

Giró pausadamente sobre sí misma, buscando algo, un vestigio de esperanza, un velo de salvaguardia. Un aliento de vida le recorrió el alma cuando vislumbró al fondo de la estancia unas tímidas luces que titilaban a media altura. Se encaminó hacia la llamada luminosa presa del pánico, alejándose de la oscuridad impermeable.

La distancia que la separaba de las paredes llameantes le pareció infinita. Finalmente pudo alcanzar el reclamo de luz. Se trataba de un monumental muro dorado litografiado con palabras que irradiaban una llama sobrenatural, como una armoniosa comunión entre la pureza del cielo y el fuego del infierno. En el centro de la pared se abría un profundo túnel.

Laura se esmeró en descifrar los vocablos, artísticamente impresos, que recorrían la piedra caliza con un sinuoso caminar. Esto decía:

Los sueños y las pesadillas son los pinceles de la fantasía que retratan las ilusiones y las fobias más profundas del corazón

No pudo entender el significado implícito de las palabras y no tuvo tiempo de reflexionar. Apreció una incómoda sensación de malestar y amenaza, una sombría presencia ajena a la plenitud de la luz. Se dio la vuelta y le vio. Era el hombre de negro.

Vislumbró como levantaba el arma y le apuntaba a la cabeza con una certeza letal. Sus reflejos la salvaron. Rápidamente se internó en el pasadizo que había en la pared y se volatizó dentro de sus entrañas. Siguió corriendo bajo un techo pedregoso cubierto de afiladas y amenazantes estalactitas sáxeas, hasta que el lúgubre túnel se estrechó tanto que fue incapaz de caminar por él. Tuvo que girarse y andar de lado, deslizándose como una hoja de papel entre el hueco que dejaban ambos muros de roca. Varias esquirlas le zahirieron en el rostro y unas tímidas heridas de sangre afloraron en él. Dolían, sí, pero no tanto como el miedo de su corazón.

Miró hacia delante queriendo encontrar la salida de aquel claustrofóbico antro. Miró hacia atrás no deseando ver al hombre de negro apuntándola con la pistola. No vio ni lo uno ni lo otro. Sólo vio oscuridad, una agobiante oscuridad. Tenía los músculos atenazados por la fatiga y los ojos húmedos como pozos desbordados. Habría muerto de terror en ese mismo instante si unas leves muescas en el muro no hubiesen cautivado su atención.

Fue así, por casualidad, como distinguió varios vocablos de letras cuneiformes labradas como consecuencia de perseverantes golpes de martillo y cincel. A pesar de la primitiva y borrosa grafía, no le costó mucho descifrar la acepción de la frase. Decía lo siguiente:

Los sueños liberan el cansancio de nuestro cuerpo.
Las pesadillas lo plagan sin cesar

No entendió aquellas esotéricas advertencias, pero un gélido escalofrío la perturbó por dentro, desde las entrañas hasta la garganta, y a punto estuvo de perecer asfixiada. El pánico y el instinto la salvaron, obligándola a reaccionar con el último impulso de sus energías.

Se deslizó velozmente por el estrecho túnel sin considerar las heridas y las magulladuras que se extendían por sus brazos y sus rodillas, y finalmente, vio el final del camino. Aceleró el paso y llegó a una estancia circular iluminada por cuatro antorchas dispuestas equidistantemente, una en cada punto cardinal. En el centro de la estancia una escalera de caracol ascendía en espiral hasta la techumbre, cuya altura y forma eran imposibles de percibir.

Laura permaneció unos segundos contemplando la enorme escalinata interior. Los escalones se alzaban sobre la nada. No había ningún soporte, ninguna columna, ni ningún muro que soportase su vasta ascensión. Y, sin embargo, la escalera parecía tan segura como una atávica verdad, tan firme como el poder indestructible del universo, tan resistente como el vacío. No tuvo miedo de subir por ella.

Si lo tuvo, empero, cuando percibió al hombre de negro surgir por el túnel que conducía a la estancia, el mismo túnel que había lacerado su piel y herido su rostro. A su perseguidor, no obstante, el estrecho pasadizo no le había afectado en absoluto. Proseguía con su austero hermetismo y siempre acorde con gestos de maldad y locura.

Laura tembló, aterrorizada, y se lanzó hacia las escaleras de caracol. Subió y subió sin detenerse a mirar abajo, sin preocuparse de donde pisaba y dejaba de pisar. Subió ayudándose de las barandillas que flanqueaban la escalinata, especialmente construidas para favorecer el ascenso de los inquilinos. Subió tomando aceleradamente las curvaturas de los peldaños, evitando chocar contra los ángulos más cerradas y prosiguiendo, siempre, una ascensión repetitiva y tediosa. Comenzó, entonces, a marearse, víctima del esfuerzo, y tuvo que detenerse un instante, apoyándose en una de las barandas.

Resollando y con el corazón palpitando aceleradamente, miró hacia abajo. Se sorprendió de la elevada altura en la que se encontraba y de cómo había llegado hasta allí tan velozmente. Distinguió el sombrío cuerpo del hombre de negro varias decenas de metros más abajo. Estaba lejos, aún tenía tiempo. Se embargó de la resolución de la adrenalina y reemprendió la marcha, ascendiendo por los escalones alfombrados por una tela de color rojo, en cuyo centro había…

Letras. Había letras. Una en cada escalón. Así había sido desde que pisara el primero de los peldaños, pero no se había percatado hasta entonces. Aquellos símbolos, en el centro de la enorme moqueta, avanzaban parejas a la eternidad.

Reparó en las palabras como antes había reparado en las frases de las paredes que había encontrado durante el agónico trayecto. Mientras ascendía, se percató de que los símbolos pertenecían a un mismo ciclo de repeticiones, componiendo una oración de sutil advertencia:

Los sueños y la vida son dos mundos paralelos conectados superficialmente por el hilo de las emociones humanas.
Lo que sucede en uno, puede suceder en el otro

Y mientras subía, leyó reiteradamente aquella oración subordinada a un latente escalofrío, hasta que, casi sin percatarse, alcanzó el rellano de la elevada escalinata. Egresó a una estancia cuadrangular y amplia acotada por luces multicolor. El ambiente brillante pero tenue se marchitaba como una rosa en una tarde otoñal, tiñéndose de una lóbrega penumbra y de un silencio fúnebre.

Sin embargo, el salón estaba exento de rayos y truenos, y por tanto, se figuraba más acogedor que la ciudad exterior donde los gemidos de la noche habían simulado alaridos de clemencia y gritos de crueldad. Laura se encaminó concienzudamente por los pasillos rectilíneos que se bifurcaban en multitud de corredores y travesías, formando un matemático laberinto que conectaba con todos los rincones del vasto lugar. Cuando hubo andado unos metros y su vista se había aclimatado al bailoteo de los destellos policromos y las seductoras sombras, vislumbró un panel semejante a una cristalera blanca incrustado en el fondo de la sala. Su forma era enorme y rectangular, como una gigantesca ventana alargada tapiada por cortinajes de hielo, y estaba apoyado sobre un escenario de madera que se alzaba un par de metros. Varios focos de luz amarilla se cernían amenazadoramente sobre la tablazón, como una desvergonzada revelación del amancebamiento entre el bien y el mal. Había algo hermoso en todo aquello, pero contagiado de una maliciosa frialdad.

En ese instante, chocó contra un saliente del pasillo. Era un bordillo estrecho formado por una placa fluorescente que se extendía a un lado y al otro de todos los corredores. En el medio, el suelo alfombrado de color rojo gemía placenteramente bajo el liviano peso de Laura.

Supo entonces que se encontraba en una sala de cine.

Arriba, los focos y los amplificadores se reproducían como telarañas suspendidas en el orbe del mundo; siempre a la vista, siempre presentes, siempre seguras. Al fondo, la implacable pantalla, que a pesar de estar apagada, titilaba levemente como una luna rota. Y en torno, los corredores que se expandían hacia los asientos, hacia las butacas, hacia las tumbas…

Porque no había ni sillones ni asientos ni butacas. Había lápidas, sepulcros y losas. Un cementerio engendrado en un lugar digno del espectáculo y el ocio. Un cementerio donde los espectadores protagonizaban una película de terror henchida de sadismo y locura. Un cementerio de una atrocidad ingente sazonado con los miedos más profundos del ser humano.

Desconcertada, Laura profirió un grito y reculó hacia atrás. No pudo moverse más que unos pasos, porque chocó contra el mármol límpido de una tumba. Se giró, y vio la inconfundible lápida en forma de cruz que se alzaba sobre el lecho del muerto. En el interior había un féretro dorado.

Y estaba abierto.

Abierto para mostrar el rostro desfigurado y medio descompuesto de un hombre.

—¡Oh, Dios! —exclamó Laura, aterrorizada. Quiso volver a gritar, pero el miedo había congelado su saliva, y las nauseas impedían formular cualquier sonido inteligible.

Vomitó ahí mismo, sobre la lápida, expulsando el asco y la repugnancia de aquella visión tan gore.

Y, entonces, surgió la voz:

—Y las pesadillas concluyen en la muerte.

Laura volvió la mirada, tan desprevenida como amedrentada, y vio al hombre de negro, a menos de cinco metros de distancia, examinándola con sus ojos rojos como quien observa un objeto fútil y sin valor.

—Y las pesadillas concluyen en la muerte —repitió el hombre, con una firmeza universal.

—No, por favor —suplicó Laura tan aterrorizada que fue incapaz de moverse de allí, de alejarse, de sobrevivir. Únicamente sus ojos revoloteaban alrededor del cañón de la pistola—. Te lo ruego, por favor.

El hombre de negro, impasible como quien ha nacido para ejecutar acciones en vez de para dudar de los medios, alzó despiadadamente el revólver de nueve milímetros y apunto diestramente a la cabeza de la muchacha. Disparó, se escuchó una tremenda explosión y una bala surgió de la recamara destinada a estamparse en la impoluta frente de Laura. Pero, por suerte para ella, el plomo se incrustó en la lápida que había detrás, destruyéndola al instante con el poder de un dios impío.

En esta ocasión, ni siquiera vaciló: Laura se lanzó a correr lejos del hombre de negro con la única idea de seguir los pasadizos de la sala de cine en busca de la salida de emergencia. Si es que la había, claro está.

Pero, en un momento dado o, más bien, elegido por la irónica voluntad de la Divina Providencia, Laura tropezó con sus propios pies y cayó de lleno sobre un sepulcro. La tumba estaba abierta y se desplomó en el interior. Por suerte para ella en aquel momento, el féretro estaba vacío, aunque saturado de un olor a decadencia y soledad capaz de envenenar el espíritu de cualquier humano.

Intentó incorporarse de la tumba, pero una fuerza invisible y ajena a las leyes de la física la impedía moverse. Lo único que pudo hacer fue girar levemente la cabeza hacia el exterior y topar con el mármol recién cincelado que configuraba la lápida. Con góticas y artísticas hendiduras se revelaba la identidad del difunto:

Laura Elcano Yañez
R.I.P
1990 – 2007

(¡Oh dios!)

No pudo más que proferir una maldición sorda al leer su inconfundible nombre esculpido sobre la tabla de la ley. Sabía que toda vida muere. Pero se negaba a creer que había llegado su hora entre las puntiagudas agujas del desconocimiento y el terror.

Cuando la perplejidad dejó paso a un brutal instinto de supervivencia, Laura luchó fieramente contra las sombras que se cernían sobre ella e inmovilizaban sus miembros. Se debatió entre la inconsciencia de la muerte y el dolor de la vida en un intento de concebir un hálito de esperanza, y al fin vio una luz pálida y brillante que se alzaba sobre su cabeza. Pero el destello, como un sueño de invierno, se desvaneció ante la sombría envergadura del hombre de negro, que surgió ante ella como una columna dórica de sobrio arte e inamovible eficiencia. La inconfundible pistola se proyectó lentamente sobre el féretro en el que se encontraba.

—Por favor, no me mates —suplicó la muchacha, sepultada en el interior del ataúd.

—Y las pesadillas concluyen en la muerte —sentenció. Y su voz resonaba con el vigor pétreo de las entrañas del mundo. Y sus delgados dedos empuñaban el cuerno del infierno. Y sus ojos brillaban como un ocaso. Como el ocaso de la vida. De su vida.

—Ten piedad —rogó Laura, y su voz sonó fracturada, como miles de huesos y cristales al romperse por la voluntad de una bomba.

—Y las pesadillas concluyen en la muerte —reiteró, persistentemente.

Tras esto advino un hermético silencio y un imperturbable gesto de austeridad. El hombre de negro clavó la mirada en el cuerpo estremecido de Laura incapaz de sentir compasión o clemencia. Por muy profundos que fuesen los lamentos de la muchacha o por muy abundantes que se prodigasen las lágrimas, La Muerte no presentaba emociones ni sentimientos. Sólo presentaba razón y deber.

No perdió más tiempo.

Alzó la pistola y disparó a la cabeza de Laura.

Y en esta ocasión, no falló.

Entonces, se despertó, profiriendo un suspiro desesperado al tiempo que sus párpados se abrían de par en par. Jadeó unos instantes, con el corazón palpitando tenaz y velozmente y el alma encogida por la transpiración del miedo. Cuando sus ojos identificaron la oscuridad danzante de su dormitorio se sintió más segura y aliviada.

Había sido una pesadilla. Una pesadilla que había concluido en su muerte, pero una pesadilla al fin y al cabo. Nada más que una fútil pesadilla, como las que le acosaban cuando era una niña pequeña.

Miró el reloj de la mesita de noche. Marcaba las seis y dos minutos de la madrugada. No, las seis y tres minutos. Todavía tenía tiempo antes de que sonara el despertador. Pero no tenía sueño y, de haberlo intentado, tampoco habría podido dormir. En el exterior, las ventanas de aquel séptimo piso eran abatidas constantemente por los aceros del chaparrón y los gritos invasores de la tormenta. Los rayos, los truenos y la lluvia patrullaban el cielo con la autoridad de un dictador. Su rumor creciente y cercano resultaba innegable.

Se incorporó y se sentó en el borde de la cama. Tenía el cuerpo sudoroso y el pijama se le pegaba a la piel como cinta aislante. Sentía los ojos rojos y empañados y la boca reseca. En su mente, aún se evocaban retazos de la anterior pesadilla.

Pero, paulatinamente, sus latidos y su respiración recuperaron el equilibrio normal, y el bullicio de la tormenta se tornó remoto y ausente, como si hubiese decidido personarse sobre otro barrio u otra región. El sueño y la pesadilla se volatilizaron ante las chispas de la actividad humana, y Laura se sintió plena de vida y felicidad.

Se rió de sí misma.

Encendió la luz. No tuvo miedo de encontrarse al hombre de negro escondido tras las cortinas de la ventana o al monstruo de las profundidades del alma colgado del techo como una araña de mirada cruel, porque todo aquello era fruto de la imaginación, de las pesadillas… y las pesadillas, pesadillas son. Lo único que vio ante ella fue el típico dormitorio de una estudiante de bachillerato, ornamentado por diversos carteles, un equipo de música, el siempre presente escritorio, un par de muebles destinados a la ropa y varios estantes colmados de discos, libros y estuches de maquillaje. No había nada ajeno a la realidad terrenal.

Reparó, finalmente, en el libro encuadernado con tapa dura que reposaba sobre la mesita. Unas letras selénicas rezaban sobriamente Antología de poesía castellana y bajo las cuales yacía un diminuto epígrafe. Todavía no había finalizado su lectura, y a pesar de que no le atraían profundamente los sonetos y las rimas de los antiguos literatos, era su deber zanjar el estudio. Se tendió suavemente sobre el colchón, tomó el libro entre las manos y, a la seis y cinco minutos de la madrugada, prosiguió su lectura.

El marcador de páginas la condujo a la hoja diecisiete. El encabezado y la sinopsis posterior exponían la vida de Calderón de la Barca y el origen del populoso Segismundo. Bajo el texto informativo, aparecían ordenadamente los versos más sinceros de la inspiración:

¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
Una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son

Tuvo que detenerse ante el logrado y musical encabalgamiento, y releerlo de nuevo para entender su significado. Los dos últimos versos resonaron en su mente amplificados por la garganta de una lúgubre caverna.

Que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son

No pudo eludir un tétrico pensamiento de resignación, víctima de la fantasía adolescente: «Que toda la vida es pesadilla, y las pesadillas, pesadillas son». Se sorprendió así misma plasmando dichas palabras, y la oración tomó la forma grave y estentórea de un trueno, reiterando una y otra vez la misma idea, seguida, a continuación, por la fúnebre misa que había escuchado en el interior de su cabeza:

«Y las pesadillas concluyen en la muerte».

—Tonterías —murmuró Laura, pretendiendo suprimir un miedo que súbitamente se había introducido en su interior. Sus pulmones se agolparon bajo el retumbante corazón y, al instante, su piel comenzó a transpirar. Intentó mantener la calma. No lo consiguió. Había algo que no marchaba bien.

Dejó el libro sobre la mesita y se alzó de la cama, aterrorizada.

Había creído escuchar algo. Un sonido ajeno, lejano. Pero hostil y amenazante.

Al principio, pensó que se trataba de su propia imaginación; luego, cuando oyó nítidamente como una figura de porcelana se precipitaba al suelo haciéndose añicos, supo que había alguien al otro lado de la puerta.

—Papá —gimió Laura, retrocediendo inconscientemente hacia la gélida ventana de la habitación.

Tenía los ojos abiertos de par en par y clavados en la puerta del dormitorio. El rostro, contraído en una mueca cadavérica, exudaba el hedor del espanto.

—Mamá —repitió la aterrorizada muchacha fuera de sí.

Estaba paralizada, completamente paralizada, a pesar de que sus sentidos se habían agudizado y de que su mente cavilaba activamente. Pero era incapaz de resolver cualquier decisión. El pánico era demasiado ingente como para actuar. Le estaba oprimiendo el alma como una camisa de fuerza.

Fue entonces cuando el picaporte de la puerta se movió. Podía haber corrido hacia allí, intentar inmovilizar el manillar y evitar que quien quiera que fuese irrumpiera en su dormitorio, pero de nada habría servido. Quien quiera que fuese lograría entrar de todos modos.

Cuando la puerta comenzó a deslizarse bajo el quicio, y una mano enguantada aferró el marco de la entrada, Laura lanzó un grito de desesperación. Tras esto, la sombra imponente del hombre de negro apareció en el umbral del dormitorio, con un revólver en la mano derecha.

Esta vez la muchacha no grito. Estaba demasiado asustada como para gritar, y los efluvios de sudor, orina y miedo estaban emponzoñando su razón. Supo que aquello era real; completamente real. Nada de sueños ni de pesadillas. Sólo vida. Su vida.

El hombre de negro entró en el dormitorio y cerró la puerta. Sus ojos inyectados en sangre enfocaron a su víctima y su rostro de sombras gesticuló severamente antes de proclamar:

—Y las pesadillas concluyen en la muerte.

—No, no —suplicó Laura, delirante. En ningún momento apartó la mirada de su asesino—, déjame.

—Y las pesadillas concluyen en la muerte —respondió, cual autómata.

Alzó la pistola y disparó.

La bala, lenta pero inamovible como el destino, abandonó el cálido cañón y penetró en el dulce, tibio y débil corazón de la chica de diecisiete años que nunca llegué a conocer. Ella ni siquiera tuvo opción de gritar. Su cuerpo osciló como una muñeca de trapo hasta chocar contra la mesita de noche. Luego, se derrumbó sobre el suelo alfombrado de la habitación y la Antología de poesía castellana se desplomó junto a su rostro, a escasos centímetros del mismo. El libro se abrió milagrosamente en la página diecisiete, en el monólogo de Segismundo.

Confusa, dolida y casi inconsciente, enfocó turbiamente los versos de Calderón y consideró aquellas sutiles metáforas de la vida y de los sueños… y de las pesadillas… y de cómo las pesadillas concluyen en la muerte.

En los últimos desvaríos de su vida, soñó que se estaba muriendo.

Iraultza Askerria