Cuando a una joven ves bailar

Bien entrada la madrugada, la música aún sonaba en el interior del club, cuya estancia subterránea parecía ajena a lo que sucedía en las afueras. En el exterior, el frío hería los sentimientos del ser humano y cuajaba su piel frágil y macilenta, mientras la lluvia amortiguaba los gritos del cielo sobre sus cabellos de polvo. Nada hacía apetecible salir a la penumbra de la noche.

En el interior del club, todo era más agradable, ameno y acogedor. Las luces de colores iluminaban los corazones joviales. La pista de baile estaba inundada por los cuerpos de mis amigos, y algún que otro bailarín espontaneo más. Era tarde, y la mayoría de la gente había abandonado ya el local, por lo que se podría decir que sólo quedábamos nosotros.

La música sonaba vespertina por los altavoces ubicados en las alturas. Descendían los sonidos agudos al ritmo de los timbales sintetizados, marcando el paso, el giro y el movimiento de cintura; ese movimiento tan enloquecedor en la pelvis de las muchachas de veinte añitos. Había en la pista varias jóvenes que se abrazaban a la melodía y se dejaban arrastrar por la misma, mientras sus cuerpos se contoneaban como un rayo de luna envuelto en el fuego del sol.

Me sentía igualmente sofocado por la popular canción, tantas veces escuchada en radios y emisoras, que en aquel instante resonaba por toda la estancia. La voz masculina invitaba al movimiento más lujurioso y el teclado solista marcaba los intervalos entre las bruscas vueltas y los pasos acompasados y firmes. Incluso yo, tan poco dado a la expresión corporal del arte, podía desquiciarme en la locura de la música festiva, haciendo que mis extremidades se meneasen como un apéndice del cadencioso tambor.

Pero la madrugada se acercaba ya al irremediable despertar y el club nocturno estaba prácticamente vacío. Sólo los soñolientos camareros, mi cuadrilla de amigos y algún otro espíritu danzarín paseaban al ritmo de la moribunda música.

Cuando la canción terminó, los focos que habían permanecido apagados cobraron vida en forma de blancos rayos, y las luces de colores quedaron muertas en la oscuridad más aburrida. La luminosidad nos cegó unos breves instantes para despertar poco después ante una realidad poco excitante: era momento de volver a casa.

La gente comenzó a recoger sus chaquetas y abrigos, mientras algún rezagado corría hacia el aseo a liberar la vejiga. Entre tanto, los camareros habían abandonado la barra del bar para recoger los recipientes desperdigados a lo largo y ancho del local. Los altavoces entonaban suavemente canciones tranquilas, a un volumen casi inapreciable.

A los pocos minutos, estábamos a punto de abandonar el local y varios compañeros empezaban a subir las escaleras que conducían hacia la salida. Pero justamente entonces, una canción comenzó a sonar en el ambiente, rasgada y melancólica. Me quedé clavado junto a la pista de baile, escuchando una sevillana que nunca había oído; una sevillana que guardaba el ritmo más nostálgico del flamenco.

Sangre Flamenca

Entonces me volví hacia la pista de baile, parecido a un desierto, a un vacío. Pero en el centro, un oasis lozano y vigoroso se movía; único, inalcanzable y solitario. Se trataba de una muchacha, una muchacha de veinte primaveras.

Pelirroja, de ojos dulces, carita pálida y generosas caderas; todo ello ataviado con una chaqueta verde y unas sencillas zapatillas negras. Me pareció el último ángel del mundo, tan sola como estaba en el centro de la pista, danzando bajo la inspiración de aquella sevillana nocturna.

Alzaba un brazo y bajaba otro; doblaba las muñecas y extendía los dedos. La guitarra flamenca le marcaba un paso hacia adelante y otros hacia atrás; mientras las palmas y las castañuelas recogían su cintura en un sensual abrazo.

Un silencio en la canción y la muchacha se detuvo. Cerró los ojos, espléndida, y retomó la marcha un segundo después, meneándose como una cálida brisa, como una ola espumosa de energía; mientras la melodía flamenca la aplaudía y la engalanaba con sus sones, con sus requiebros, que aunque tristes, enamoraban.

Me apoyé contra una pared del local, perturbado por la máxima manifestación de arte y belleza que podía soportar mi mente. Casi habría muerto de osadía por querer contemplar lo que debía estar prohibido para los mortales. Pero resistí como un héroe empedernido, mientras la sevillana seguía lloviendo por los altavoces, y la muchacha se mojaba bajo la cadenciosa música.

No te vayas todavía,
no te vayas por favor.
No te vayas todavía
que hasta la guitarra mía
llora cuando dice adiós.

Olé. Su cuerpo se deslizaba como un suspiro y su aroma de niña se dilataba junto a una música de ensueño. Echó la cabeza hacía atrás y se puso de puntillas, aguantando en el pecho el silencio oportuno de la canción; para luego caer sobre sus livianos tobillos y proseguir aquella marcha de ensueño.

Rompía con sus brazos el aire y con las manos extendía esplendor. Se agarraba el borde inferior de la chaqueta y lo alzaba simulando un vestido de volantes. Vertiginosa e intensa como esa estrella fugaz que se escapaba de las emociones mundanas. Paso, atrás, arriba, niña quieta que vuelve y se revuelve en su propio aplauso.

Entonces derramé una lágrima. Luego esbocé una sonrisa. Lágrima por el dolor de la canción y sonrisa por la hermosura de aquella danzarina y serafín, de aquel sueño real en una noche tormentosa, perdido en la plena casualidad del destino. No hay mayor arte que aquel que aúna sentimientos.

Algo revivió en mi alma cuando a aquella niña vi bailar.

Salí apresurado del club con la imagen de aquel cabello rojo agitándose entre luces de nieve; corrí lejos de mis amigos, lejos de mi propia sombra y muy cerca de la musa que agonizaba sin una pluma con la que saciarse.

De este modo llegué a casa, abrí el tintero y escribí estas líneas.

Iraultza Askerria

Los hombres de traje

Men in black - {author}Durante siglos, la región había perdurado en paz y armonía, sin nada que pudiera romper su aparente tranquilidad. Los ganaderos ofrecían leche a cambio de hortalizas y los agricultores trucaban trigo y cereales por tocino y panceta. Los carpinteros tallaban muebles y estanterías compensando las obras de los albañiles.

Pero entonces llegaron los Hombre de Traje, como una peste. Pronto, comenzaron a propagar sus ideas individualistas basadas en el libre comercio; unas ideas de las que nadie pudo escapar. Los cultivos gritaron de hambre. Los animales lloraron la pérdida de su relación amistosa con los amos en pro de un estado subordinado basado en el patrimonio. Los conceptos amables sobre la familia se descompusieron en el deleznable principio de intentar llegar más lejos que el abuelo y el padre. Ser más, tener más era la clave.

Mi hija fue uno de los primeros casos que se dieron en la aldea. Era taciturna, sencilla y trabajadora. Se llevaba bien con las vecinas, abría las puertas a hombres derechos y responsables y era una devota seguidora de Jesús. Sin embargo, todo se torció cuando conoció a aquel hombre lujurioso que se comportaba como un adivino y un defensor de la libertad. Pregonaba que lo caro era lo mejor y despreciaba todo cuanto la tradición y el esfuerzo de nuestros antepasados había conseguido. Y como si fuera su media naranja, mi hija se enamoró de él.

De esta forma, mi querida primogénita emigró a la ciudad, donde se afincó renegando de su origen. Cuando venía de visita, movía la cabeza de un lado a otro delicadamente, menospreciando la vida rural y nuestros vagos conocimientos sobre la tierra y el cielo. Defendía duramente una sabiduría llamada ciencia, que podía prevenir terremotos y tormentas, y unas pociones mágicas que protegían los cultivos de cualquier parásito o insecto. También hablaba de una magia brillante llamada electricidad y de una nueva corriente religiosa que tomaba el nombre de ateísmo. A mí, todo aquello me resultaba amoral, recóndito y perverso. Nunca había visto una ciudad, pero estaba claro que se trataba del infierno.

En cualquier caso, mi hija empezó a reducir sus espontáneas visitas al pueblo, y en su lugar, comenzaron a llegar más y más Hombres de Traje. Hablaban de una ley, de una constitución, de derechos y deberes, de un precio estipulado para la venta de productos que no eran suyos, de una consigna llamada arrendamiento y del término préstamo. Esto “préstamo”, además de “intereses”, lo decían mucho.

Poco a poco, las cosas cambiaron en el pueblo. Los vecinos dejaron de hacer trueque entre ellos, y despachaban sus productos a unos señores vestidos de negro, que siempre traían un maletín de cuero repleto de papeles verdes. A cambio de la leche o del cerdo o de las verduras, entregaban una decena de aquellas papeletas que según ellos tenía un valor incalculable. Al parecer, servían para conseguir cuanto quisiéramos.

Con este efecto, arribaron unos enormes artefactos de acero y ruedas, parecidos a los carros que utilizábamos en los campos, pero mucho más ruidosos y grandes. Dentro transportaban la leche, la carne y la fruta que habíamos vendido a los Hombres de Traje, y ellos a su vez, nos la vendían a nosotros a cambio de esos preciados papeles que llamaban dinero.

A mí aquello me daba mala espina, pero no tuve tiempo de alertar a mis vecinos. Uno de ellos se compró un artilugio llamado radio. Era un aparato parlanchín, que hablaba de gente que no conocíamos de nada y de un juego muy competitivo apodado “fúbol”, que triunfaba en el resto del mundo. Aquella máquina causó furor, y pronto, todos los parroquianos querían tener su propia máquina cotorra.

Luego de un tiempo, la mayoría se había cansado de la radio y merced a los papeles que intercambiaban con los Hombres de Traje, abonaron el precio de una televisión. Era una especie de ventana negra a través de la cual podían verse otras partes del mundo. Incluso los partidos del tan aclamado “fúbol”.

Casi al instante, mis vecinos empezaron a discutir qué equipo de “fúbol” era el más poderoso, y se formaron verdaderas disputas en torno a ello. Incluso hubo alguna pendencia a puñetazos, algo que no había visto desde el último lío de faldas de mi primo Miguel.

Tras esto llegaron los insecticidas, el cáncer, el ordenador, las gafas, la impresora, los incendios forestales, la vídeoconsola, el colesterol, el móvil y el estrés. Todo en ese orden. Los vecinos se habían olvidado de hablar entre ellos y se comunicaban por correo… electrónico.

Unos años después, el pueblo ya no se conocía a sí mismo. La mayoría de los vecinos tenía un coche, un préstamo bancario, una casa en la costa, una hipoteca desorbitada, multitud de aparatos eléctricos y acciones en bolsa.

Luego, llegó La Crisis. Nunca supe lo que era. Mi salud seguía fuerte y lozana a pesar de mis setenta años. Mi casa seguía en pie con su chimenea de leña y su pozo acuífero junto al establo. Mis vacas pastaban con normalidad y mis cultivos seguían produciendo trigo, hortalizas y frutas. Pero al resto de mis compatriotas debió afectarles La Crisis. Y no fueron las únicas personas.

Unos meses más tarde, mi hija regresó al pueblo, llorando. Se me rompió el corazón cuando la vi tan desmejorada. Me contó que un banco la había desahuciado, que había tenido que vender todas sus pertenencias, que su jefe la había despedido porque un tema de recortes y que no tenía ni dinero ni trabajo.

Yo, como un buen padre, la abracé con fuerza. «Cielo», le dije, «no te preocupes; en el campo siempre tendremos trabajo.»

Iraultza Askerria

La venganza de los papeles

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Son muchos; ellos. No cesan en su ataque, en su acometida, en su ofensa endiablada. Se han multiplicado durante años, mutilados, inconexos, inconclusos, y ahora se han vuelto contra mí. Los papeles buscan venganza tras tantos años de maltrato.

Me devoran el alma y el corazón. Se cobijan en mi humildad y beben de mi modestia. La tinta se derrama como un veneno en mis heridas y la celulosa me abraza, amante asesino. No paran, no se detienen; ni siquiera dicen nada: ni para insultarme ni para excusarse. Tantas palabras yacen tatuadas en sus cuerpos albinos, que entiendo que ninguno quiera prestar voz a más vocablos despreciables.

Un poema me ha mordido, justo en la rodilla. Un trozo de carne cae de mi pierna. Los atentos versículos de métrica irregular a los que nunca di rima me observan furiosos. Comprendo la ira de este poema por sentirse incompleto y ser centro de burlas y afrentas. ¡Cómeme ahora, puesto que no supe alimentarte!

Siento en la espalda el latigazo de un relato de varias páginas. Lo recuerdo por la última frase, ya que no le puse título. La hoja sin identidad me pellizca bajo los omoplatos, traidora e infiel; tan infiel como yo, que cuando comencé a escribirlo puse en sus primeras líneas la imagen de una chica llamada Niña, para luego sustituirla en el nudo por una fémina llamada Mujer y terminar en el último párrafo con una ninfa llamada Sueño. Fui un infiel al escribir en su lomo de nieve; es lógico que el relato quiera vengarse.

Poemas y cuentos han sido los primeros en revelarse. Ya han mancillado mi cuerpo de sangre y en silencio observan como desfallezco entre lágrimas y gritos de dolor. Pero la tortura no ha concluido. No. Aún queda lo peor.

Levanto la vista hacia el escritorio y veo los destacamentos de mis novelas; en fila india, turnándose para embestirme con su rabia contenida. Allá está ella, mi tierra fantástica, encuadernada en tapa dura con sus seiscientas páginas que esconden historia, religión, belicismo, romance y cartografía. La engalané como a una reina, la pinté de paisajes que no existían y le prometí que algún día se exhibiría en la pasarela de alguna biblioteca. Pero sólo una promesa, que ya nunca podré cumplir.

Detrás, asoma un cuaderno manuscrito. A éste sí le puse nombre: diario. Jamás ha habido en el universo un nombre tan mal elegido. Ni siquiera veinte días. Diario de una semana, tal vez, pero diario de un escritor desleal. Lo abandoné después de verter en él mis sentimientos más puros, y ya cuando el papel cuadriculado se había enamorado de mis palabras, cerré por siempre su portada, sumiéndolo en una completa oscuridad.

En el lado opuesto, resplandece mi novela de asesinos medievales, mi novela más sabia. Sus páginas huelen a ceniza, a pólvora, a perfume de niña virgen y a lujuria de eclesiástico viejo. Quinientas páginas de conspiraciones, delitos, fugas y persecuciones. Medio millar de folios que dejé olvidados durante siglos sin haber firmado un final. Ahora lo firmaré con sangre.

Las novelas se abalanzan sobre mí. Me acuchillan con sus puntas y sus márgenes incisivos. Clavan en mí la cólera de haberse sentido apartadas de la realidad, escondidas como niños deformes, desheredadas por un padre que no supo publicarlas.

Lanzo un grito desconsolado, y acto seguido, clamo perdón; pero no importa. Los papeles no quieren escucharme; mucho me han escuchado ya en las eternas noches de mi imaginación desbordada. Acepto el destino de morir a manos de los hijos a los que no amé. Acepto el destino de teñir con mi sangre los papeles blancos que dejé a medias.

¡Matadme, niños míos! ¡Matadme poemas, sonetos, tragedias, comedias, cuentos, relatos, novelas y ensayos! ¡Matadme ahora! ¡Matadme ya!

Con mi muerte disfrutaréis del final que realmente merecéis.

Iraultza Askerria

El Tempranillo

El alba había roto en la serranía de aquel siglo diecinueve. Los rayos rosados se abatían incansablemente sobre los arbustos y el suelo terroso y amarillento. La luz, bienvenida, iluminaba el boscaje, las llanuras, las pendientes rocosas y las sendas que intentaban circunnavegar la cordillera. Todo parecía despertar como una mañana más en el vertiginoso paseo de la vida.

Por uno de los caminos, transitaba un arriero. Tenía el rostro pálido, enjuto y curtido de arrugas, como un pan remojado que pierde su corteza hasta convertirse en una endeble miga. Sus brazos parecían dos fibras de lana, y su torso una rama más que un tronco. Era una especie de delgada quimera azotada por el tacto de la brisa. Su andar temblaba por el hambre y la fatiga.

Tras el arriero, andaba un escuálido burrito. Acarreaba en su lomo varias pellejas de vinagre, además de muchos y trabajados años. La vejez se hacía patente en sus ojos entornados y en sus crines canosas. Podría haber desfallecido en cualquier momento. No obstante, al igual que su amo, resistía los envites de la fatiga.

El tempranilloSu misión era tan sencilla como alcanzar el pueblo cercano, despachar en el mercado las pellejas de vinagre, aprovisionarse con harina, trigo y leche y regresar a su morada con los alimentos. Allí le aguardaban su esposa y su hambrienta y numerosa prole. Un cometido que cualquier labriego y caballo habrían logrado rauda y eficazmente, pero que se antojaba harto difícil para un arriero pobre y su desdichado burrito.

En esto estaban los dos, la bestia y el hombre, cuando el arriero se detuvo de improviso. Se sintió amenazado por algo, acechado por un cazador, perseguido por un demonio. Alzó la mirada hacia la loma que se erguía frente a la vereda, y entonces lo vio: un jinete apostado en la ladera, desde donde oteaba y controlaba las sendas de la serranía. Su figura era imponente.

El arriero hizo un alto en el camino para contemplar al intruso. A pesar de que se encontraba a medio kilómetro estaba seguro de que le había descubierto. En las inmediaciones no había nadie más: ni agricultores ni ganaderos ni cualquier vestigio de civilización. Si se trataba de un bandolero no tendría con que defenderse. Aunque pensándolo bien, tampoco tenía mucho que defender.

Con esta premisa, el arriero prosiguió la marcha. La pausa le había servido al burrito para recuperar el huelgo. Los dos continuaron la larga caminata más atentos al lejano jinete que al abrupto recorrido.

Un instante después, cuando el arriero alzó la vista hacia la cordillera en busca del intruso, éste había desaparecido. Se asustó y aceleró el paso, por miedo a que el bandolero apareciese de improviso a sus espaldas. No obstante, sabía a ciencia cierta que no podría escapar. No tenía fuerzas para correr, ni él ni su burrito.

El arriero tiraba del animal con fuerza, pero el pobre cuadrúpedo no podía dar más de sí. Estaba agotado, casi desfallecido. Su amo sufría el mismo destino. El sol matutino comenzaba a evaporar su vitalidad. Pero por su familia debía continuar.

Y de improviso escuchó un relincho, y acto seguido, una sombra apareció ante él, al pie del camino.

Tanto el arriero como el burrito se detuvieron en seco. Unos metros más adelante, sobre la senda pedregosa y desnivelada, se erguía el jinete. Había descendido las lomas hasta presentarse en el camino. Frente a frente con el arriero y su burrito.

El intruso montaba un caballo blanco, formidable y joven, que por poco no mató al burrito de pura e insana envidia. Se encontraba a poco menos de dos metros del arriero y su presencia resultaba tan imponente como ejemplar. El jinete, con sus ojos penetrantes de ave rapaz y sus labios cerrados en un hermetismo henchido de seguridad, parecía un soldado enviado de Dios o un asesino despachado por el Diablo. Un poder descomunal, una firmeza sobrenatural destilaba de sus ojos grises.

El arriero, sudando terror, observó como el jinete se apeaba de su montura y se acercaba a él. No medía más de metro y medio. Pero aún así, sus ojos, sus temibles ojos hubieran doblegado al rey más eminente.

—¿Qu… qu… qué quieres? —tartamudeó el arriero, reculando un paso.

El intruso se detuvo. No avanzó más. Miró fijamente a su interlocutor y le preguntó:

—No temas. Aunque digan de mí que soy un bandolero, no voy a robarte. Dime, ¿a dónde vas con ese burro que se tambalea a cada paso?

—Al pueblo. Es la única bestia de carga que tengo, y con ella, procuro mi sustento y el de mi familia.

—Al pueblo irás, sí. Pero no regresarás con ese burro. Está demasiado viejo y tú aún eres demasiado joven. Pareces un buen hombre y no deseo ningún mal ni para ti ni para tu familia.

—¿Qué quieres decir? —inquirió el arriero, sin dejarse engatusar por ninguna artimaña, siempre suspicaz.

—Eres trabajador. Eso se ve en tu rostro marcado y en tus ojos profundos. Todo aquel que se esfuerza merece una recompensa. —El bandolero fue así de tajante. Posteriormente, extrajo una bolsa de su faltriquera y se la lanzó al arriero—. ¡Toma!

La bolsa cayó en el camino con un estridente golpe, y su interior tintineó como un tesoro.

—¿Qué hay dentro? —preguntó el arriero, sin osar agacharse para cogerla.

—Cuando llegues al pueblo, ve directamente a la casa del herrero y cómprale una mula. La vende por mil quinientos reales, ni uno más, ni uno menos. Ese herrero ama más el oro que cualquier otro bien. De seguro que no rechazará el trueque.

El arriero se inclinó y cogió la bolsa. El tamborileo de las monedas le confirmó que el bandolero no mentía.

—Gracias.

—No las des. Ve al pueblo, acércate a la herrería y compra la mula. Entonces podrás dar las gracias a Dios. —Hizo una pausa, sin dejar de contemplar al arriero, que todavía le guardaba respeto y todo sea dicho, pavor—. Ahora bien, como vuelva a verte por esta senda y no portes la mula o haya llegado a mis oídos que has derrochado el dinero en mujeres libertinas o en bienes infructuosos, iréis, el burro y tú, de cabeza por este barranco. ¡Y ahora, adiós!

Y con esta última amenaza, el bandolero se subió al caballo y cabalgó loma arriba, desapareciendo un instante después.

El arriero se quedó solo con la bolsa en la mano. La abrió y contó las monedas. Efectivamente, había mil quinientos reales. Sonrió. Le hubiese gustado dar las gracias al bandolero una vez más. Pero ni siquiera le había dicho su nombre.

Tan temprano había llegado como se había ido.

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Esa misma noche, un manto de nubes se agolpó en los cielos y la oscuridad nocturna dejó paso a penumbras, sombras furtivas y sonidos guturales. La intranquila nana de la naturaleza, acompañada de graznidos y aullidos, se derramaba como una gripe sobre el pueblo, esculpido al pie de la montaña.

En la periferia de la urbe se erguía la morada del herrero, anexa a su taller. Era una de las viviendas más voluminosas del pueblo y famosa por albergar multitud de barricas del mejor vino. El herrero era hombre solitario —ni estaba desposado ni tenía hijos— y amigo de la buena mesa, los buenos muebles, la mala lengua y las malas damiselas. En definitiva, gozaba de una creciente fama, aunque no necesariamente positiva.

Aquella noche el herrero se había visto obligado a trabajar a destajo hasta bien entrada la noche. Tenía un encargo pendiente para el siguiente día, y debido a que había permanecido toda la tarde en el burdel, había postergado la fabricación. Por lo tanto, se encontraba en la herrería con el fogón encendido y el martillo al rojo vivo golpeando el yunque, mientras el resto del pueblo dormía y descansaba.

Golpe tras golpe, las chispas saltaban por doquier y el humo y la ceniza se adherían a las ropas del herrero. Se detuvo un instante y dejó el martillo sobre la mesa para secarse el sudor de la frente. Justo entonces, escuchó un ruido, como una rama resquebrajada.

Se alertó, agudizó el oído y volvió a escuchar el mismo ruido. Le pareció que alguien deambulaba alrededor del edificio.

El herrero, confiando en su corpulencia y en sus rudas costumbres, salió al exterior por la puerta trasera. Cuando sus ojos se aclimataron a las sombras, avanzó varios pasos y buscó en los alrededores, pero no vio a nadie. Los matorrales y los árboles del bosque se erguían silenciosos como de costumbre, el viento aullaba lento como un depredador al acecho y las sombras seguían inmóviles. Supuso que habría sido una ardilla.

Con esta noción, volvió al interior del taller. La luz de las fraguas le cegó un instante y cuando recuperó la visión, se encontró de frente con dos hombres encapuchados, con sombreros oscuros y vestimentas negras. Unos de ellos le apuntaba con un mosquete; el otro esgrimía una faca.

—¿Quiénes sois? —gimió el herrero, asustado.

Buscó algún arma con la que defenderse, pero no encontró nada. El martillo estaba lejos de su alcance y las espadas que había forjado estaban guardadas en uno de los armarios del fondo. Además, los dos bandoleros se encontraban demasiado cerca. Cualquier movimiento brusco le habría condenado.

—Entréganos la bolsa —intimidó el mosquetero.

—¿Qué bolsa?

El bandolero bajó un momento el arma:

—Tienes una bolsa de mil quinientos reales. ¡Entréganosla!

—¡Yo! ¿Una bolsa? Imposible, os habéis equivocado de hombre.

El bandolero dudó un instante, pero su compañero intercedió astutamente:

—No mientas. Esta mañana vendiste una mula por mil quinientos reales. ¡No lo niegues!

El herrero inclinó la cabeza. Ningún subterfugio llegó a su mente, y se vio en la deshonrosa perspectiva de admitirlo todo. Su vida estaba en juego.

—Está bien, os daré la bolsa. Pero no me matéis, por favor.

Ninguno de los bandoleros respondió. El mosquetero siguió apuntándole con el arma y su compañero avanzó unos pasos, mientras el herrero se dirigía a un arcón, ubicado en una esquina. Lo abrió lentamente y extrajo de su interior una bolsa de cuero. La misma bolsa que el jinete del caballo blanco había entregado al arriero aquella misma mañana.

El herrero se volvió hacia el bandolero de la faca y le lanzó la bolsa. Éste la cogió al vuelo, y el simple sonido de las monedas fue suficiente para cerciorarse del copioso botín.

—Ahí está —respondió el herrero, mientras el bandolero daba un rápido vistazo al interior de la bolsa.

—Todo correcto —dijo el bandolero, envainando el arma.

—Bien, vámonos —contestó el mosquetero.

Ambos se deslizaron hacia la puerta trasera. Estaba abierta, y el aroma de la naturaleza y los susurros de la noche se colaban por ella. El bandolero que portaba la bolsa fue el primero en abandonar la estancia. Pero el otro se detuvo unos instantes bajo el quicio de la puerta, apuntando al herrero con el mosquete. Seguidamente, ostentosamente, guardó el arma y se quitó el sombrero. Sin dejar de observar al herrero y con una sutil reverencia, le dijo:

—Te envío los saludos y los respetos de “El Tempranillo”.

A continuación, salió escopetado hacia los bosques.

Iraultza Askerria

La noche azul

Photo - {author}
Una sombra se escabulló entre mis sábanas y me apretó el pecho con una tenaza aterciopelada. Fuerte… fuerte… fuerte. Fuerte y tenaz. Pero no dolorosa. Sino suave… suave… suave como el terciopelo.

Su hálito sabía a mar. Su boca a estrellas. Sus ojos… agua. Cielos y océanos desbordándose en cataratas como una noche que se desprende de su luctuosa mortaja y se atavía con un vestido de gala azul.

Así era aquella sombra que se escabulló entre mis sabanas: una noche azul.

Me besó… me acarició con seda… me arropó, cariñosa… me embriagó de néctar. Me mordió… ¡me saboreó! Me fumó, me cantó, me partió en dos, me comió, me pintó de saliva, me cosió a su piel, me acorraló…

Hizo todo lo que quiso. Y yo la dejé; dejé que la noche azul hiciera conmigo cuanto quisiera.

Iraultza Askerria

Karina

94 - {author}Curiosamente, lo que más me gustaba de la noche era el misterio que encerraba. Las esquinas recortadas como prolongaciones de la calle, los charcos de agua casi invisibles sobre la acera, las mujeres de ensombrecida belleza y los hombres de repelente insinuación.

Pero aquella noche, sin embargo, no me satisfacía perderme en las tinieblas de la madrugada, sino hartarme del contacto social humano, recluido en una taberna del barrio.

El susodicho establecimiento estaba regentado por un italiano. Risueño, vivaracho y coloquial, había cosechado fama entre los vecinos gracias a su vitalidad y simpatía. Pero el hombre era mayor y aunque continuaba trabajando en el bar, había contratado a una camarera como ayudante.

Aquella noche fue la primera vez que la vi.

Me había sentado en una de las esquinas del local, junto a la barra, lo más apartado posible de la música, el jolgorio y la felicidad. En mi íntima soledad, amurallado tras varios refrescos de cola, acechaba a la muchacha con ojos de lince, siempre atento, penetrante, insostenible.

Ella se paseaba de un lado a otro con unos pantalones color crema y una blusa negra, sirviendo cervezas y cócteles y limpiando enseres; al tiempo que el italiano daba las instrucciones pertinentes y ayudaba tanto como la artrosis le permitía.

Entre tanta ocupación, mis ojos laboraban más que cualquiera en intentar entrever las delicias de aquella muchacha. Calculé que tendría alrededor de veintiocho años, aunque en su semblante no se advertía ninguna arruga que ensombreciese su rostro inmaculado. Tenía una tez pálida, adornada por unos finos labios cuya curvatura suave y delicada revelaba unos rasgos exóticos. Sus ojos eran del color de la miel, engarzados como joyas bajo la impoluta frente. Llevaba el cabello recogido en una coleta; corona de oro que iluminaba la cara de una princesa. En una palabra mucho más simple que frases vanas e inconexas: era preciosa.

Cuando veo a una chica de tanta belleza, comienzo a desgastarla con la mirada, hasta tal punto que mis ojos terminan enrojecidos por los golpes del cariño. A veces temo que tanto espionaje, tanta insinuación, tantas mirada penetrantes acabarán por matarla como si yo mismo me figurase un basilisco, y en esos momento, agradecía que mis débiles ojos no pudiesen soportar tanta hermosura durante tanto tiempo.

Descansé unos instantes. Aparté la vista de ella y la dirigí al resto de los parroquianos. El bar estaba atestado de gente variopinta, desde energéticos jóvenes que no dejaban de gritar hasta padres más atentos al cuidado de sus hijos que a las conversaciones adultas. También había un grupo de ancianos charlando en silencio bajo el amparo de unas copas de vino. Y, por supuesto, me encontraba yo.

Con los ojos más calmados ante tanto alarde de mediocridad, torné mi atención hacia la camarera. Me había dado cuenta de que ninguno de los inquilinos del bar la observaba; solo yo, extraño hombre, me la comía con los ojos. ¿Cómo podían dejar pasar tanta belleza? ¿Cómo podían evitar sentirse abrumados ante aquel cálido amanecer femenino? ¿Cuáles eran los rasgos para que yo me sintiese extraviado en un paraíso y ellos tan ajenos en su sueño terrenal? ¿Tan subjetiva llegaba a ser la belleza que a mí me inspiraba un relato y a los demás… absolutamente nada?

Estas preguntas bien hubieran podido matarme de golpe. Porque encerrarse entre dos interrogaciones podía condenarte de por vida, y una vez sentenciado a muerte, era harto difícil eludir la condena. Lo sabía muy bien, por lo que me abstuve de meditar sobre estas cuestiones y me dediqué a observar a la muchacha al otro lado de la barra.

El bar se había calmado y la chica había aprovechada para sentarse unos segundos a descansar. Estaba acomodada sobre una barrica de madera, frente a la pared. Desde mi posición, podía examinarla de perfil. Su rostro pálido, sus ojos sutiles como una luna, su nariz roma y sus labios delgados estaban herméticamente dispuestos como algo inalcanzable. Me di cuenta de que estaba triste.

Aunque tenía la boca cerrada, los labios le vibraban como si un portentoso gemido intentase escabullirse por ellos. Las mejillas parecían heladas ante una falta de ternura casi letal. Los ojos, aunque brillantes y melosos, estaban aguados, exhaustos y perdidos. Algún duro pensamiento la estaba asolando.

No quería verla tan triste, a pesar de que incluso así, seguía siendo preciosa.

Alcé la mano por encima de la barra queriendo llamar su atención.

—Un cortado, por favor.

La chica debió de escucharme sin problemas, porque expedita se dirigió a la cafetera. Aproveché la ocasión para examinar su mejilla derecha, que aún no había tenido la oportunidad de contemplar. Seguía siendo exótica y pálida al igual que el resto de su rostro, pero tenía una pequeña cicatriz junto a la oreja.

Me pregunté su origen; no era marca de nacimiento, escondía dolor y misterio.

Cuando quise darme cuenta, la camarera volvía a la barra con la taza de café. Alargué un billete junto a una muestra de agradecimiento y esperé a que regresase con el cambio.

Cuando regresó y sentí sus aterciopeladas manos rozar las mías, aproveché para preguntarla.

—No te pareces a las otras chicas de por aquí, ¿de dónde vienes?

Fuera por el calor despedido por el café o por mis palabras, su rostro se iluminó con una sonrisa. La tristeza de antes había desaparecido.

—Vengo lejos, de Rumanía, pero vivo aquí desde hace unos años.

Su voz era suave, y el castellano en su boca angelical. Las erres sonaban ligeras, pacíficas, tenues, sin resultar amenazantes y desgarradoras. Las jotas no carraspeaban como una voz gutural, más bien resonaban como parte de un aliento, henchidas de oxígeno. El acento tónico no se apreciaba igual que un golpe diestro, sino como un brillo o un resplandor cuya importancia se intuye. Nunca vi en unos labios ajenos un castellano tan lindo. Ojalá pudiera transcribir con su voz los versos de mi alma.

Estuve a punto de decir algo, pero el simpático italiano que trabajaba al otro lado se me adelantó:

—Karina —llamó el viajo con su rítmica voz—, te necesito aquí.

Desprevenida, la chica se volvió sin despedirse y desapareció tras un sinfín de peticiones y servicios. En verdad, tampoco me importaba mucho. Tenía el recuerdo de su rostro, su nombre y su procedencia. No necesitaba mucho más.

Me marché del bar sin previo aviso. El café siguió calentando unas palabras que me pertenecerían para siempre.

Iraultza Askerria

El pintor fracasado

Photo - {author}Pues sí, yo iba para pintor. De hecho, cuando me preguntaban qué quería ser de mayor, yo lo tenía claro: “¡pintor de cuadros!”, gritaba exaltado con mi aguda voz de infante mimado, “¡pintor de pincel!”.

Con esta premisa, recibí seis años de formación de dibujo artístico, llegando a adquirir una considerable maestría con el carboncillo, especialmente, como copista. Desarrollé esta aptitud hasta la adolescencia, cuando el deseo de dibujar paisajes sucumbió ante la necesidad de retratar mujeres.

Así que me dediqué a ello entusiasmadamente.

Con el bloc de folios bajo el brazo y el carboncillo en el bolsillo, me acomodaba en un banco cercano al metro de la calle Ibiza, junto al Parque del Retiro. El momento del día elegido era el ocaso. El amanecer traída consigo el rostro soñoliento de las jóvenes promesas y solo las horas despertaba la belleza de esos rasgos incipientes; por ello, la tarde era un periodo mucho más propicio para desplegar mis cualidades como dibujante.

Me sentaba ahí, tranquilo, a la espera de que las chicas jóvenes de mi edad, con el pelo perfumado, el rostro dulce, la inocencia vacilante en el iris de los ojos y los ademanes ligeros, apareciesen junto a la salida del metropolitano. Entonces, cuando una de ellas surgía de la nada, como un ángel invocado, desenvainaba el lápiz y trazaba las formas de tan dulce doncella.

Dibujaba, retrataba, insistía; sombreaba, esbozaba y seguía; bosquejaba, afilaba y veía que mi ángel se volvía deforme. Tornaba, pintaba y reproducía; maquillaba, perfilaba y comprendía que aquella mujer no podía ser retratada, que su belleza, aunque bonita a ojos de un mortal, era falsa e irreverente para la grafía de un pintor.

De esta guisa, lanzaba el retrato fallido a la papelera más cercana, y esperaba a una dama más bonita, más dulce, más divinal que la primera.

Ya cuando la noche rozaba las diez y la oscuridad había dilatado mis pupilas como si estuviera drogado, apareció ella. Una muchacha de quince primaveras, con el pelo recogido en un coleta larga, azabache y aterciopelada. Le caía el cabello hasta más allá de la cintura, y las puntas le rozaban morbosamente la nalga derecha. Tanto ésta como la izquierda eran firmes, duras, redondeadas; y el ceñido pantalón vaquero, de poco más de treinta centímetros, acentuaba aún más esas formas de vértigo. Los muslos surgían fibrosos, morenos, torneados; me pregunté si algún labio habría ascendido por esas portentosas carnes para escalar el monte de Venus. Si no lo había, mi pincel sería el primero en hacerlo.

Antes de perderla de vista, me dediqué a la fatigosa tarea de retratarla. Su figura era almíbar y sus ojos cacao, su rostro leche y sus labios frambuesa; un cúmulo de sabores y texturas que avanzaba lentamente por la acera, dejando la estela imborrable de su figura. Tenía los pechos menudos, pero ovalados y puntiagudos; una ajustada camiseta morada remarcaba sus pezones. Ojalá hubiese podido subir y bajar por el valle de su aliento, dejando el vestigio de mi saliva. Si no podía yo, mi lápiz haría el trabajo.

De esta forma, me hallaba dibujando, pintando y retratando; formando, componiendo y trazando; detallando, definiendo y diseñando. Hasta que la chica me sobrepasó por varios metros, perdiendo por completo la perspectiva de su rostro. Entonces, sólo entonces, procedí a revisar mi trabajo.

Era un monstruo: había dibujado un monstruo. Aquel ángel se había transformado en una horrible Górgona. Los cabellos parecían culebras, negras de veneno; las piernas delgadas serpientes; los ojos se asemejaban a agujeros sin vida y la boca se abría como una burla mordaz. Ni siquiera los pechos habían guardado algo de similitud con los originales: eran planos, sin forma, sin gusto.

Iracundo, furioso y enrabietado, aplasté el dibujo entre los dedos, rasgué el papel y lancé los jirones al suelo. Lo mismo hice con el carboncillo y el resto del cuaderno. Después, me alcé de un salto del banco y seguí con la mirada a aquella joven mujer que no supe trazar con el lápiz.

La seguí varios metros, tal vez kilómetros, lo suficientemente alejado de ella como para que no se percatase de mí. ¿Por qué lo hice? No quería olvidarla, era demasiado bonita. Puesto que no supe retratarla con un dibujo, quise mantener el recuerdo siempre vivo en mi memoria.

Y, de esta forma, pasé el resto de mi vida pintándola con palabras.

Iraultza Askerria

La botella de zafiros

Image from page 74 of No, no era un mensaje enrollado cual pergamino, ni un licor añejo de inconfundible aroma, ni siquiera un lagarto enjaulado en una cárcel vidriosa. Se trataba de una botella repleta de zafiros.

Ignoro cómo llegó hasta allí. Enterrada en el polvoriento solar de un edificio a medio construir, la botella había brillado con agónica constancia, al aguardo de que algún transeúnte pudiera rescatarla.

Y resultó que el destino me había colocado a mí frente a aquel recipiente de zafiros.

En un primer momento, ignoré de qué se trataba. Luego, al advertir su boca encorchada y su busto acristalado, lo identifiqué sin problemas. Ahora bien, no supe hasta varios minutos después, cuando logré limpiar su cuerpo ceniciento, cuál era su contenido.

Zafiros, hermosos y resplandecientes zafiros.

Yo no era ningún experto en orfebrería ni tan siquiera en la tasación de piedras preciosas, pero por un momento, imaginé que podría hacerme rico. Era por todos sabido el valor incalculable de este tipo de objetos.

Por tanto, con esta ilusión, me encaminé presto a una joyería para informarme del valor de la joya. Cuando salí del establecimiento, mi corazón palpitaba aceleradísimo. ¡Era rico! Había casi una centena de zafiros, y el precio de cada pieza oscilaba por encima de los tres mil. El importe total no era nada despreciable.

Tomé dirección hacia mi casa con intención de reorganizar la que sería mi nueva vida. Pero en el camino, me encontré -no sé muy bien si para mi gracia o desgracia- contigo, contigo: bella princesa. Hacía al menos un año que no nos veíamos y, todavía, no había podido olvidarte. Desde que me dejaste, amor mío, había sido incapaz de no pensar en ti.

Y entonces los vi, tus ojos. Tus lindos, fulgentes e inmensos ojos azules, que parecían dos joyas preciosas en su más esbelta superficie.

Tus ojos eran zafiros. Igual de brillantes, pero mucho más valiosos.

Pero te fuiste, despidiéndote rápidamente de mí, sin más conversación que un cínico y educado “¿Qué tal estás?”. Después, pensé que nunca más volvería a verte; ni a ti, ni a tus espectaculares ojos.

Así que aterrorizado por ello, volví al solar donde había encontrado la botella, la enterré de igual modo que la había hallado y me guardé para mí dos de aquellos zafiros. Eran tan idénticos a tus ojos, que atesorar la joya me aseguraba no olvidarte jamás.

El resto de los zafiros quedaron enterrados en la botella, al aguardo de todos aquellos hombres que necesitasen a su vez de una imitación prodigiosa de los ojos de su amada.

Iraultza Askerria

Entre palabras

Photo - {author}Una palabra me viene a la mente y otra al corazón. Arriba se repite como un eco, siempre chocando contra las paredes de mis sesos y tornando a hacerse oír, como un manifestante fervoroso. Abajo, los latidos impulsan el sonido del término por encima de los pulmones hasta quedar ahogado en el fondo de la garganta.

Mi boca, como siempre, enmudece; incapaz de acallar los gritos iracundos de la mente y el corazón. Ella siempre fue dulce, suave, melosa; instrumento violado por la codicia de los otros dos. Nunca supo rebelarse contra el despotismo de sus hermanos mayores y siempre vivió bajo su yugo.

En esta ocasión, mi boca estaba aterrada, inválida y desprotegida. De un lado a otro le venían frases, oraciones, palabras. No sabía a quién hacer caso: si a la mente siempre tan racional, sensata y juiciosa, o al corazón, implacable sentimiento de la fogosidad, la audacia y la juventud.

Y mientras tanto, el tiempo pasaba y mis ojos observaban cómo se iba el presente. Ante ellos se expandía la infinidad de la carretera, directa a la ciudad. Junto a mí, sentada en el asiento del copiloto, se hallaba una joven mujer. Era de mi edad, soltera como yo, bonita, dulce, simpática, amante del cine clásico y de la gastronomía mediterránea; trabajaba como secretaría de mi jefe.

Habíamos salido tarde de la oficina y me había visto obligado a llevarla a casa, al perder ella el transporte público. No me había importunado en absoluto. Tampoco me hubiese importado viajar con ella a Londres, a donde acudiría dentro de dos días por un viaje de negocios y donde se hospedaría durante dos semanas.

Como ya se habrá percatado el lector, esa chica me gustaba mucho, me encantaba más bien, pero en ningún momento de nuestra relación profesional había podido ni había intentado conquistarla.
Mi corazón estaba ansioso de salir con ella esa misma noche, invitarla a cenar, tomar unas copas y conocerla mejor. Así se lo hacía saber a mi boca. Mi mente, en cambio, tenía una opinión totalmente opuesta: lo más adecuado era esperar a que regresase de Londres y entonces invitarla a un inofensivo almuerzo en el restaurante de la oficina.

Entre los argumentos de uno y los alegatos del otro, mi boca ignoraba qué hacer. Estaba aterrada, sintiendo los punzantes electrodos de la mente y las hondas palpitaciones del corazón. Emociones en medio de una guerra que no sabían que bando elegir.

El motor resonaba como los tambores de una batalla y marcaba el ritmo de la disputa entre el pecho y la cabeza. La garganta, muda en mitad de aquel cuerpo divido en dos, callaba y callaba, moviendo con su silencio las agujas del tiempo.

La quería para mí, la quería para esa misma noche. Entre mis brazos, entre mi aliento, entre mi móvil erecto. Sin embargo, la mente razonaba que la paciencia era una virtud, y ninguna conquista se sucedía en un día. Las cosas premeditadas funcionaban mejor. La opinión del corazón, contraria a la otra, giraba revoltosamente en la punta de la lengua, impulsando el músculo bocal fuera de los labios. La empujaba a emitir un sonido dulce, un clamor leve e intenso. Pero allí estaba el labio cerrado, siempre fiel a la mente hipócrita.

Finalmente, detuve el coche frente a su casa, y no pude hacer nada más salvo mirar cómo ella se apeaba del automóvil y me abandonaba para siempre.

Nunca regresó de Londres.

Iraultza Askerria

Author Bart from Amstelveen, Holland

Una mañana de agosto

En aquella bochornosa mañana de agosto, me encontraba en un tren casi vacío. El silencio y el hastío cargaban el ambiente del transporte público, construido para trasladar a los desafortunados obreros hasta su puesto de trabajo, donde venderían su tiempo a cambio de dinero sabiendo que en un futuro cercano comprarían tiempo a cambio de su dinero.

Pero lejos de este síntoma de revolución, me invadía el tedio y el sueño, la apatía y el sinsabor, insufribles sentimientos acrecentados por la perspectiva de aquel largo trayecto. Aquellos repartidores que solían despachar periódicos gratuitos a la entrada de la estación ferroviaria disfrutaban de unas merecidas vacaciones. A mí me privaban de la delicia de leer un diario manipulado, falaz y sensacionalista que pudiese, al menos, entretenerme durante el largo viaje.

El resto de los pasajeros del tren, sin embargo, había optado por diversas formas de solaz para matar el tiempo. Muchos se regodeaban con su móvil de última generación que en pocos días quedaría obsoleto, fuera de la moda preestablecida. Otros disfrutaban atontados con la mirada clavada en la pantalla de su novísimo iPad. Algunos se concentraban en las teclas de su Nintendo 3DS, manejando los movimientos de un diminuto muñeco tan vacío de alma como de corazón. Todos se creían felices, con un cerebro tan moderno como el microprocesador de una computadora; quizá no tan veloz, pero sí tan pequeño.

Mientras tanto, en mi mente se aglutinaban músicas tan dispares como el hip-hop y el heavy metal, acompañadas por las alarmas de los teléfonos celulares. Aquel entorno insufrible de tecnología y vana prepotencia me sobrecogía, como un puño cerrado sobre el cuello de mi memoria, apretando lento y malvado los pensamientos de un inconformismo moribundo.

Pero entonces, me percaté de que sobre tal muchedumbre de robóticos deseos, aún había personas, escasas, pero las había, que se conformaban con la literatura. Una mujer de mediana edad y un joven de aspecto rebelde leían ávidamente una novela, sumidos en el arte, ajenos a la indigestión tecnológica del entorno. A mí me empachaban de esperanza.

El trayecto prosiguió, pero ahora con una atmósfera más amena y delicada, como si los versos de un poeta se respirasen en el aire. Giré la cabeza hacia la derecha y me topé con una compañera de asiento en la que no había reparado antes.

Como siempre, lo más bonito estaba más cerca de lo que había pensado.

Ella tenía un librito entre las manos, acogido como un tesoro. Conseguí deslizar la atención hacia las palabras que en él se imprimían y mi corazón se sobresaltó de emoción. Las rimas del mismísimo Gustavo Adolfo Bécquer estaban siendo leídas por aquella hermosa chica. Su pupila era azul y, al mirarla, recordé el trémulo fulgor de los rayos de la luna.

El tren se detuvo entonces, sobresaltándome. Giré los ojos hacia la ventanilla del vagón. Aquél era mi destino.

La miré otra vez, a ella. Quería decirla que era preciosa, invitarla a salir, a cenar y recogerla después entre mis brazos. Pero el tren iba a reemprender la marcha de un momento a otro. Tenía que elegir entre perder mi empleo o perder el amor de mi vida. Finalmente opté por la más racional y estúpido.

No la he vuelto a ver.

Publicado en la Revista Boulevard, por Iraultza Askerria