La princesa de Gades

Home - Juan Diego JiménezSara abrió entonces los ojos, y con ello, la costa gaditana se llenó de claridad. El sol fulguraba sobre aquella princesa, encamarada a lo alto del faro que alumbraba las caprichosas ondas del Atlántico. Su mirada de niña mimosa rivalizaba con la propia estrella solar. Eran unos ojos de noche estelífera, mucho más nítidos y profundos que la monumentalidad violenta del astro rey. Vida llena de vida.

La brisa marina le retozaba por la cara, creando tibios molinos en su cabello de ébano y agitando cada hebra en una profusión de destellos. El amanecer sonrosado simulando el pudor de sus mejillas virginales. ¿Había algo más bonito que aquel rostro asomado al fin del mundo? ¿Había algo más pleno e íntegro? ¿Más completo? ¿Más perfecto?

Cualquier hombre habría respondido con un no. Sara era la verdadera sirena de Gades, la gran perla de la Bética, la sensual bailarina que desafiaba a la mismísima Teletusa.

De hombros esbeltos y finísimo cuello. Estaba ataviada con un peplo escotado de albino color, y un cinturón que abrazaba su vientre de bizcocho dorado, como la cebada. Bajo los brazos desnudos, el vino fluctuaba trasportando dulzura y en las dársenas de sus dedos se cobijaba en tímidas palpitaciones.

¿Y en sus pechos? Allí brillaba una canción en aleluya, en la mayor, mástil inconmensurable de poesía. Ciertamente, aunque nadie en Gades lo supiera, Sara había recibido el don de Apolo. La décima musa. Sara era poetisa.

Había trascrito sus amores mirando al mar, a veces desde el Templo de Saturno, otras desde el foro, pero siempre con un pergamino y un cálamo, dejando a la imaginación desbordarse desde sus cuencas negras hasta la vastedad del cielo.

Frecuentemente, se despertaba en mitad de la oscuridad, recorría las calles adormecidas de Gades y trepaba por el faro del muelle. Desde la cima podía contemplar el crepúsculo en su máximo apogeo y escribir la belleza de las emociones. Tal y como había intentado hacer aquella mañana.

Pero en esta ocasión, no la habían conducido a lo alto de la torre marina ni sus ilusiones literarias ni su afán por contemplar la hermosura del universo. En vez de ello, gemebunda y llorosa, se había encamarado a la cresta del faro con la única intención de plañir. Desconsolada, perla de concha cerrada, henchida de heridas en el caparazón, cubierta de sal y desabrigada en una playa inhóspita.

La princesa moría de amor.

Aquel joven apuesto y franco, de cabellos rubios y acento íbero, había sido mandado a luchar a las Galias, bajo las órdenes de un general conocido por su temeridad. Cuando la noche anterior se habían despedido con un beso de fuego y nada más, Sara supo que nunca más volvería a verlo.

Ahora, con el joven exiliado a mil kilómetros, su corazón le llamaba a voces y la poesía de su alma brotaba a raudales por los poros de la piel, quemando e irritando las emociones. ¿Valía la pena escribir palabras de dolor, versos atribulados, lírica atormentada? ¿Valía algo la pena cuando el amor se perdía? ¿Y la vida, que era la vida sin un amante, sin una mano suave, sin un abrazo férreo más que pena?

La vida no era nada; y la poesía menos aún.

La princesa de Gades, carcomida por el tormento, no podía ver más allá su romance; y por eso, mientras miraba la luz del amanecer rojo y dejaba que su cuerpo cayera al vacío, no cesó de pensar en él.

Iraultza Askerria

Soledad

Last days of summer - Jose Maria Cuellar

Aquella noche me abrigué bajo el frío de la soledad. No quería la compañía de nadie ni de nada. Ni siquiera la compañía de la literatura. Deseaba profundamente estar solo. ¿Por qué? Lo ignoro.Llegué a casa embutido en un grueso abrigo y con el cabello chorreando por la tormenta que me había cogido desprevenido. Mis amigos se habían librado del chaparrón, y en tal instante se divertían en un aparatoso bar saturado de jóvenes, música y jolgorio. Pero yo quería estar solo. Solo por eso les había abandonado en el amparo y la compañía del resto, y me había precipitado a la inmensidad de la álgida lluvia.

Tras franquear la puerta del domicilio, dejé el abrigo en la percha del vestíbulo y sequé mi pelo para evitar contagiarme de cualquier malavenido resfriado que pudiese entorpecer mi anhelada soledad. Después, me encaminé a mi sombrío dormitorio, donde una pequeña ventana obstaculizaba el acecho desafiante de los rayos y las centellas.

Con la dejadez de un anciano moribundo, me tumbé en el mullido colchón, lugar en el que diariamente pagaba por mi descanso a expensas de un mal aprovechado tiempo, y me limité a cerrar los ojos, cruzar los brazos y callar.

Me desvinculé del mundo, quedando en él la única constancia de mi cuerpo y corazón, y comencé a reflexionar. Medité sobre la vida y la muerte, sobre la codicia y la honradez, sobre el odio y el amor. Medité sobre todo aquello que había forjado mi personalidad y que creía importante. Medité sobre todo menos sobre mí mismo. Transcurrí horas así: con el pensamiento muerto y la apatía viva e insípida aguijoneándome las entrañas.

Serían las cuatro de la madrugada cuando mi teléfono móvil vibró instantáneamente, casi como un suspiro dormido. No respondí a dicho ruego. Ni siquiera pestañeé. Tampoco agité ningún músculo. Sencillamente, permanecí con los ojos clavados en la pálida techumbre, queriendo contagiarme de su blanca e inmensa pureza.

Sin embargo, los minutos transcurrieron incesantes y molestos, como el zumbido de un mosquito. No pude reprimir la curiosidad del momento: aferré el aparato electrónico y examiné la pantalla luminosa. En el centro del visor apareció el número que me había llamado. Era una chica; una chica como otra cualquiera, pero una chica al fin y al cabo.

Entonces, me percaté de que no quería estar solo.

¡Contenido extra!

Recupero en el día de hoy este texto escrito en mi adolescencia, y que en cierto sentido, aglomera la amargura contenida durante los tumultuosos años de la juventud. Pese a todo, el relato esconde cierto brillo de esperanza e ilusión, lo que apenas sin percatarnos de ello nos empuja a luchar por nuestros sueños.

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El hombre, la montaña y el tesoro

From the cliff - Explore! - Mariano MantelVoy a relatar un breve cuento sobre un hombre honrado, una montaña infranqueable y el más sublime de los tesoros. Situaos mil años atrás y en un lugar tan cercano como el epicentro de vuestra localidad. En esa misma ubicación, pero hace ya diez siglos, se erguía una descomunal montaña donde comienza nuestra historia:

El hombre caminaba ladera arriba con un mapa bajo el brazo y una enorme pala a la espalda. Un sol sepulcral y un clima árido hacían insufrible su andar. El viento le estriaba la cara y los labios se le secaban al contacto con el aire. Aún era la primera hora de la mañana y ya el sol se mostraba lleno de poder y rabia, irradiando un calor demoledor que hubiese derretido el mismo desierto.

Por ello, y no queriendo morir abrasado, el hombre tenía que alcanzar la cima antes del mediodía y encontrar el emplazamiento exacto del tesoro y cogerlo y descender, raudo y veloz, la peligrosa montaña. Si lograba el cometido, se convertiría en uno de los hombres más poderosos de la Ínsula y Sancho, el rey, le nombraría conde o, incluso, marqués. Pero primero debía hallar el viejo tesoro.

Hizo un alto en el camino. El sudor le empapaba el rostro y le recorría todo el cuerpo. Se desvistió la camisa para colocársela en la cabeza y se refrescó racionalmente con el agua tibia de la cantimplora. No podía agotar sus provisiones de agua. Los manantiales y ríos que nacían en aquellas abrasadoras montañas expulsaban agua hirviendo.

Continuó avanzando por la montaña, sumido en el más completo bochorno, y una hora después llegó a la desolada cima. Una sonrisa se esbozó, codiciosa, en su rostro. Calculó la posición exacta del tesoro según el mapa y clavó la pala en la tierra. Empezó a excavar en las entrañas de aquel enorme monstruo terráqueo.

Pero a pesar de su entusiasmo, los minutos transcurrieron y el tesoro seguía sin aparecer. Continuó cavando hondo y profundo mientras el terrífico sol se acercaba a su punto culminante.

El hombre, ensimismado en su quehacer, se ató una cuerda alrededor de la cintura y amarró el otro extremo alrededor de una roca cercana. Asegurándose de esta forma que podría salir sin problemas del agujero, prosiguió excavando un metro tras otro.

Entonces, luego de haber abierto un túnel de seis metros de profundidad, la pala chocó contra algo metálico.

Lo había encontrado.

Era una caja de acero.

No le costó mucho abrirla. Las bisagras estaban oxidadas. Lo que vio le iluminó el rostro. Oro y más oro. Cientos de kilos de oro. Millones quizás. Lanzó un grito de triunfo. Era rico. Lo había conseguido.

Con el tesoro bajo el brazo, trepó por la cuerda. Pero cuando su mano alcanzó la superficie exterior, profirió un fuerte alarido. El fuego del sol le había calcinado los dedos. Se desplomó en el fondo del agujero con la mano abrasada. Mientras tanto, el tesoro y su contenido cayeron sobre él.

Lo que luego le sucedió al hombre honrado ya lo sabéis.

Iraultza Askerria

El bastón

Múltiples Facetas - AndreaLa noche estaba cubierta por una fina neblina.

Un hombre fumaba un cigarrillo apoyado contra una farola. Su rostro estaba oscurecido por un sombrero. Unas frondosas patillas le cubrían verticalmente la cara, surgiendo como una plaga en aquella silueta tenebrosa. Vestía un esmoquin negro a juego con el sombrero y unos zapatos de charol, como los de un bailarín de claqué.

Tras una última calada, el desconocido tiró el cigarrillo al suelo. Lo aplastó con un largo bastón que aferraba con habilidad en la mano izquierda. Era de un metal negro, cuajado de estrías, con la cabeza engalanada por una esfera de oro. En la misma se habían engarzado dos pequeños diamantes, como ojos. La parte inferior del báculo quedaba rematada en una doble punta de acero. A pesar de su extravagancia, aquel artilugio era toda una obra de arte y misterio.

El desconocido se enderezó y comenzó a caminar por la calle desierta. A cada paso que daba, se ayudaba del bastón negro, aunque ciertamente no parecía necesitarlo: su figura lucía un cuerpo atlético y saludable. Aun así, el bastón semejaba su tercera pierna, un objeto prácticamente unido a su cuerpo mortal.

Las dos puntas del báculo repiqueteaban sobre las baldosas de la acera, penetrándolas en lo más profundo de sus resquicios, casi con un ímpetu sádico. El desconocido movía el bastón como una extensión de su mano, como una prolongación de su alma y corazón. En ningún momento lo soltaba, agarrándolo justo por debajo de la cabeza dorada.

Al final de la calle, apareció el continente de una joven mujer. Caminaba cabizbaja y en silencio, embutida en un abrigo de piel y con las manos incrustadas en los bolsillos. No se había percatado del desconocido, pero este, al igual que los ojos diamantinos de su bastón, la habían descubierto entre la plena oscuridad.

Cuando ella pasó junto a él, el hombre extendió el báculo horizontalmente. La mujer se vio obligada a detenerse para no chocar contra el objeto. La joven levantó la mirada al instante, tan sorprendida como asustada. Pero los ojos del desconocido no lanzaban ninguna amenaza, solo una inexplicable fortaleza de control y serenidad.

—No me mires a mí —indicó el desconocido—. Míralo a él…

El hombre alzó la vara hasta colocarla frente al rostro de la mujer. La cabeza del bastón con sus diamantes engarzados, atrapó la conciencia de la chica casi al instante, como un hechizo. Ella quedó cautivada por aquel resplandor diamantino. Sus pupilas se habían dilatado hasta cubrir toda la esclerótica.

—Ahora síguenos —pidió el desconocido.

Comenzó a andar por la calle y la muchacha lo siguió.

La noche era fría y tal vez por eso el hombre se desvistió la chaqueta negra para colocarla suavemente sobre la espalda de la joven.

—No conviene que te enfríes —añadió él—. El calor es vital.

Ella no contestó y no dijo nada en el resto del trayecto. Se dio cuenta, aterrada, de que era incapaz de hablar. De repente se había quedado muda. Cualquier persona hubiese querido escapar de la presencia de aquel extraño, pero la muchacha era incapaz de separarse de su porte sobrenatural, tan misterioso como lo eterno. Además, estaba ese bastón, hipnotizador. Sin recapacitarlo mucho, se abrazó a su cuerpo.

Él la rodeó por la cintura.

—Tranquila, ya estamos llegando.

Atravesaron las veredas de un amplio parque, siempre bajo el ritmo parsimonioso que marcaba el bastón. Alcanzaron luego un terreno amurallado y flanqueado por varias filas de abetos. En el interior de la cerca, se erigía un palacio de fachada blanca, con balcones barrocos y una enorme cúpula como techumbre. Todas las ventanas brillaban con un color rojizo, similar al de los diamantinos ojos del bastón.

—Estamos en casa —informó el hombre—. Sujeta un momento.

Entregó a la muchacha el bastón mientras él buscaba las llaves en el bolsillo. La joven, al tomar el objeto, lo sintió liviano, cálido y suave, como un suspiro de amor, como un juguete delicioso. Sorprendida por ello intentó identificar el material estriado que lo componía, pero entonces el hombre se lo arrebató violentamente.

La puerta estaba abierta.

—Pasa.

La muchacha asintió, pero antes de traspasar el umbral, el hombre la cogió de la mano. La chica soltó un respingo entonces, horrorizada. Su piel estaba fría y áspera como el hierro, acaso muerta. No obstante, no pudo pensar mucho en ello ni tampoco escapar de la influencia de aquel desconocido. Del interior del palacio, surgían unas voces femeninas, agónicas y atormentadas. Parecían hienas con voz de mujer muriéndose de hambre. El hombre irrumpió en el edificio arrastrando con fuerza a la muchacha.

Al entrar, la joven se encontró con una decoración pomposa donde predominaban tapices y alfombras de color rojo e incrustaciones de rubí en el techo y los muros. El vestíbulo estaba adornado con varios muebles de madera de pino. No había puertas, aunque sí pasillos que conducían a una u otra habitación. En el centro, una amplia escalinata acolchada en seda carmín ascendía a los restantes pisos.

En uno de los escalones había dos mujeres gimiendo enloquecidas. Cuando vieron entrar al hombre, se lanzaron rápidamente hacia él. De un salto, alargaron la mano hacia el bastón como si les fuera la vida en ello.

—¡Basta! —exclamó él, visiblemente enfurecido.

Azotó con la vara a una de ellas, que protestó con un gemido. La otra, prudente, se alejó arrastrándose por el vestíbulo.

—Reunid a las otras en el salón principal —ordenó a las dos mujeres que desaparecieron poco después por las escaleras. Después se volvió hacia su nueva inquilina—. Sígueme.

La muchacha estaba petrificada por el pánico, pero nada podía hacer salvo mirar con ojos espantados lo que ocurría a su alrededor. El anfitrión la tomó del codo y la ayudó a ascender la larga escalinata.

Cuanto más subían, más voces femeninas llegaban a los oídos de la joven. Algunas sonaban alarmadas; otras, visiblemente excitadas. No emitían ninguna palabra ininteligible. Parecían meros susurros, súplicas o clamores de euforia. Resultaba casi exasperante.

El hombre se detuvo en el rellano, alzó el bastón en lo alto y lo dejó caer terriblemente sobre el suelo. Al instante, las voces femíneas se apagaron por completo.

Después, condujo a la muchacha a un amplio salón adornado con sofás, sillas tapizadas y una vasta cama acolchada de rojo. En la estancia había al menos una docena de mujeres de edades diversas y fisonomías dispares. Las había rubias, pelirrojas y morenas; ataviadas con vaporosos vestidos de volantes o con cómodos pijamas de algodón. Pero todas ellas compartían un mismo sentimiento fanático. Cuando vieron entrar al hombre, bajaron la mirada hacia el bastón y gritaron hechizadas por su presencia.

—¡Desnudaos! —ordenó el anfitrión.

Nadie osó desobedecer la orden.

Seguidamente, condujo a la muchacha al interior del salón, directamente hacia la cama ubicada en el centro de la estancia. Se tumbó en la colcha cuan largo era, se quitó el sombrero y arrastró consigo a la muchacha. Esta cayó a su lado, entre él y el bastón. No pudo evitar contemplar directamente los ojos diamantinos de aquel báculo.

—Bien —dijo el hombre—. Ahora vas a desnudarme. Empieza por arriba.

Ella asintió sin alejar la mirada del bastón. Vio como el hombre lo arrojaba lejos, casi con desprecio. El objeto cayó entre aquella muchedumbre de mujeres desequilibradas, que comenzaron a disputarse la reliquia entre amenazas y arañazos. Pero al final, todas quedaron satisfechas al poder tocar el bastón, aunque fuera durante unos pocos segundos. Entre gemidos y chillidos desconsolados, comenzaron a desnudarse.

La muchacha no olvidó la orden que el anfitrión le había dado. Pasó los dedos entre los resquicios de su camisa, mientras la desabotonaba. Se percató de que el hombre tenía los ojos cerrados y respiraba entrecortadamente, disfrutando del contacto femenino. La joven le despojó de la prenda un instante después y quedó revelado un busto pálido como la luna, sin un ápice de vello capilar y con los músculos definidos y fuertes como una lámina de acero.

—Bien, ahora sigue con los zapatos. Luego el pantalón —exigió el hombre, alternando las palabras con leves suspiros de deleite. Estaba extasiado—. Después, termina el trabajo.

La joven movió la cabeza de arriba abajo, aprobadora. Se giró para enfrentarse al nuevo quehacer y tropezó con una imagen que no esperaba.

En un lado del salón, las mujeres yacían desparramadas en el suelo, sobre el cúmulo de ropa que anteriormente las había ataviado. Estaban completamente desnudas, exhibiendo sin tapujos la piel bronceada o marmórea, los brazos esbeltos o lánguidos, los pechos firmes o descomunales. Habían formado un círculo alrededor del bastón, y una de ellas se había embutido la cabeza dorada entre las ingles, mientras otra introducía y extraía de la vagina de la compañera aquel preciado objeto, siempre con movimientos delicados y rítmicos. Las demás estaban arrodilladas ante la larga vara, cubriéndola de besos o caricias, al tiempo que se masturbaban solas o con la mano amiga.

Entre tanto, la muchacha no había desestimado la tarea que le había sido encomendada. Sin dejar de contemplar la orgía de las mujeres y escuchando los jadeos de su señor, le despojó del calzado y de los pantalones. Sólo le quedaba una última prenda, antes de poder alzar entre sus manos el trofeo final.

Al volverse hacia el hombre y arrancarle la ropa interior con un agresivo movimiento, se quedó petrificada.

No tenía pene.

Al comprenderlo todo, la muchacha enloqueció con un estruendoso alarido de furia. Saltó de la cama y se lanzó sobre las demás mujeres delirantes.

Sólo cuando pudo tocar el bastón con un triunfal jadeo, se sintió complacida.

Iraultza Askerria

La última noche

Estábamos sentados en el coche. En los asientos de atrás. Ni yo era Danny Zuko ni mi vehículo un descapotable. Tú podrías haber sido cualquier mujer hermosa, desde Cleopatra hasta Marilyn Monroe. En la radio se escuchaba un agradable y añejo rock’n’roll de los años setenta. Tampoco era yo un Elvis, pero podría cantarte al oído todas sus canciones…, despacio, mientras te mordisqueaba el lóbulo de la oreja. Eso te gustaba. Lo sé.

Coche

Tus piernas se abrieron ante mí. La desnudez les sentaba mejor que una minifalda roja. Y a tus pechos, pálidos como estrellas, nada se ajustaba tan bien como mis manos desnudas.

Escuché un gemido y luego otro. Ni el más virtuoso solo de guitarra habría podido sobrepasar los decibelios de tu voz. Las vertiginosas notas sabían a aire sazonado de miel. Así me lo constataron tus besos.

El sudor femenino de tu cuerpo se derramó sobre los asientos tapizados. Tu perfume de rosas aún los impregna. En tus ojos, cerrados por el agónico orgasmo, los míos se anclaban derribándote entre besos. Noté un fuerte latido en mi mano. Tu corazón se aceleró. El placer te desbordaba, te sobrepasaba. A mí me ocurría lo mismo. Me faltaban pocos segundos para llegar al apogeo. Tú ya lo habías alcanzado un par de veces. Lo notaba a raíz de la humedad de tus muslos.

Mi inconsciencia lanzó un gruñido, y toda mi energía se esfumó. Te abracé y respiré desde el canal de tus pechos, intentando robarte el aliento.

—Te quiero —me dijiste.

Y yo te respondí lo mismo.

Aquella fue la última vez que hicimos el amor. Si lo hubiera sabido, te habría robado un mísero cabello o, incluso, la ropa interior. Pero lo único que me quedaron fueron los recuerdos… y estas estúpidas palabras.

Iraultza Askerria

¡Contenido extra!

Las escenas sexuales ambientadas en un coche son un tema recurrente en mi prosa, tal y como el lector puede comprobar en la novela Sexo, drogas y violencia. Como apunte a esto, recuerdo episodios magníficos de estas características en las novelas de otros autores, como Las edades de Lulú, de Almudena Grandes.

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Biografía de la historia

Her legs - {author}Con un beso reformular mi amor por ti y descomponernos en abrazos para juntarnos trocito a trocito con la templanza del lirismo épico, impropiedad de la poesía de la carne y el sexo, para acudir finalmente al apoteósico desenlace de los muslos y quedar así adormilados en la biografía de la historia.

Iraultza Askerria

Volarán las lucientes golondrinas

Photo - {author}Volarán las lucientes golondrinas a tu terraza, donde un mensaje dejarán. Sus alas vibrarán frente a los cristales, y a ti, ¡hermosa!, te despertarán. Correrás a leer aquella epístola, en tu corriente soledad. Volarán mis palabras a tu flor de boca y por la tarde bajarán… a tu vientre de pan y tapa, donde el alma te abrirán. Llorarás feliz al leer la carta y en el rocío de las lágrimas me verás, porque apareceré entonces de la nada, como magia, para poderte besar.

Iraultza Askerria

De papel y destino

vuela/vuelca - {author}Carne desnuda, cuerpo de viento, coraje entre piernas de algodón. Frío en la niebla de los sudores y miedo a reventar los decibelios. Constante fricción de los sentidos encendidos bajo la luz ambarina de un dormitorio viejo. La juventud egresa entre el pijama y profundiza en la sabiduría de la tierra.

Gelatina de cal y arena, con aliento a chocolate y vicio encerrado. Se atropellan las pieles entre arañazos cuando brazos y piernas refrigeran para esclavizarse. Corren los segundos cuando son minutos. Se van las esperanzas al infierno. Gimen y gruñen los apóstoles del sexo y se corren contemplando el rostro dislocado.

Un descanso, merecido, entre abrazos y confesiones. Duerme la tibieza entre los muslos femeninos, agotando la pureza de la rosa corola. Los sueños se desnudan ante los desnudos cuerpos, ya explotados y explotados. Bombas sin más cuerda que se nutren al ofrendarse un amor de papel y destino.

Iraultza Askerria

Fundirse

Photo - {author}El viento agitaba las cortinas de una ventana entornada. Tras el vano, un colchón vibraba cadenciosamente, al ritmo controlado de unos cuerpos que se amaban. Se escuchaban sonidos tiernos, el frote de las caricias, los inocentes mordiscos que comían una boca y unos pezones erectos. Dos jóvenes bailaban al son de sus sexos, en una fatigosa salsa de excitación y placer. No pensaban en nada más. No calculaban nada más. Solo contaban los segundos y sincronizaban sus orgasmos, mientras los ojos se hundían en la mirada ajena, fundiéndose y fundiéndose y fundiéndose para renacer después con un suspiro de placer.

Iraultza Askerria

Una oferta de empleo

Photo - {author}La oficina olía a periódico viejo, café insípido y rancio aburrimiento. Las sillas arrastraban culos orondos mediante frenéticos movimientos hipercalóricos. La luz del techo guerreaba contra los rayos que irrumpían por los ventanales, en una orgía de explosiones y destellos. El ruido estridente de los teléfonos, de las chirriantes impresoras y de los ordenadores funcionando a toda máquina obstaculizaban los gritos de jefes, responsables y coordinadores.

Entre tanta discordia, el señor Alonso discurría cómo excusar la multa por exceso de velocidad que le habían impuesto hacía unos días, en vez de dedicarse a la monótona tarea de contabilizar las facturas que reposaban sobre su escritorio. Pero después de siete años gestionando las finanzas de aquella empresa que le suministraba un sueldo, se había dado cuenta de que le traía sin cuidado la economía de la misma, y que los problemas que tuviera él con hacienda o los servicios jurídicos tenían mayor repercusión.

Un repentino correo electrónico interrumpió el hilo de sus pensamientos. Se lo había enviado un amigable compañero, famoso por difundir chistes, fotos graciosas y todo tipo de estupideces digitales durante las horas laborales. En esta ocasión, se trataba de un enlace a un medio digital, en cuyo tablón de anuncios de empleo, llamaba la atención la siguiente noticia publicitaria:

Se busca hombre o mujer para asesino en serie. Entre 30 y 40 años. Se ruega seriedad y secretismo.

En cualquier punto de la vida, Alonso se habría tomado el anuncio como una chanza, una broma de mal gusto o un mero malentendido. Pero en aquel momento de hastío e indiferencia, rodeado de estúpidos parlanchines de oficina de dudosa profesionalidad, y acalorado por el ruido y la incomodidad de la sala, le parecía que aquello podía significar un nuevo horizonte en su existencia. Quizá, no le vendría mal cambiar de trabajo.

Con esta noción, anotó el número de teléfono publicitado y salió de la oficina para llamar con la mayor confidencialidad posible.

Tronó el timbre del móvil y al otro lado, una voz oscura, grave y fría:

—¿Dígame?

—Buenas tardes —respondió Alonso—. Estaba interesado en el anuncio sobre asesinos en serie que usted ha publicado en el periódico. Me gustaría empezar cuanto antes.

—¡Oh, fantástico! Agradezco sus ganas y decisión. Si le parece, podemos citarnos esta misma tarde.

—Me parece bien.

—Sea así: una limusina negra le recogerá en la recepción del Hotel Reina Anastasia. A las ocho. ¿De acuerdo?

—Ahí estaré. Muchas gracias.

La voz colgó sin ni siquiera despedirse, pero Alonso no reparó en ello. Su mente fantaseaba en un mundo de nuevas posibilidades que se abría ante él, comenzando por la identidad de su futuro jefe.

Por el tono de voz de su conferenciante, supuso que se había entrevistado con el líder de una organización clandestina. Su dicción grave y firme revelaba una idiosincrasia inclemente, calculadora y dominante. Aquello iba en serio, y Alonso no pudo evitar una sonrisa de satisfacción.

Regresó a la oficina para malgastar las últimas horas de su viejo trabajo, pensando más en su nuevo empleo como asesino que en sus tareas habituales. Divagó sobre la identidad de sus futuras víctimas: jóvenes, ancianos, hombres, mujeres, ricos o pobres; y si sentiría o no placer al arrancarles la vida. Nunca había sido muy afectivo ni sensible, le gustaban los toros y la caza; y los seres humanos, en el fondo, también eran animales. Con esa premisa, no le sería muy difícil aplicarles la muerte.

Asimismo, imaginó sus procedimientos de ejecución: estrangulamiento, cuchillo y pistola se figuraban los más idóneos. El primero le parecía asequible puesto que disponía de unos brazos fuertes y una constitución robusta, además de paciencia y en caso necesario, frialdad. El arma blanca no se presentaba tan tentadora, por razones obvias de higiene: no quería mancharse el traje y la corbata que sin duda vestiría en sus quehaceres. Por último, la pistola sugería un método fiable, rápido y eficaz.

En esto estaba, cuando el reloj señaló las siete de la tarde. Abandonó la oficina apresuradamente y se sumergió en la asfixiante atmósfera de la ciudad. Las personas iban al retortero: algunas de compras, otras hacia sus casas; pero siempre a una velocidad que resultaba tan contagiosa como insalubre.

Alonso se tomó aquella muestra de estrés como un aliciente para su nueva vocación. Caminó parsimoniosamente por las calles, tranquilo y sosegado, sintiendo desapego del ajetreo cotidiano de la gente y riéndose de la misma.

Con esta actitud tan poco conmovedora, alcanzó el porche del hotel en el que le habían convocado. Esperó pacientemente sin siquiera mirar el reloj, con el rostro serio e impertérrito, como un buen asesino en serie.

Al poco, llegó una limusina negra con los cristales tintados. El chófer se apeó del vehículo para abrirle la puerta de atrás. Alonso entró. El conductor retornó a su posición y reanudó el trayecto.

En contra de lo que Alonso había supuesto, no le acompañaba nadie más en el automóvil. Los asientos estaban tapizados en cuero y apestaban a lujo y ornato. El chófer iba ataviado con un esmoquin y una gorra de piel. Parecía hombre circunspecto y no supo cómo tutearlo.

—¿A dónde nos dirigimos? —preguntó Alonso.

El conductor tardó en contestar. Primero, observó a su huésped por el espejo del retrovisor.

—A la casa del señor.

Luego, volvió a reinar el silencio, y en esta ocasión, Alonso no supo ni quiso interrumpirlo.

Acogió aquello como una prueba para consolidar su temperamento homicida. Los asesinos debían ser inclementes, silenciosos, poco simpáticos y menos habladores. No debían dudar a la hora de matar y mucho menos preguntar sobre la identidad de la víctima.

Por lo tanto, utilizó el mutismo del chófer para apuntalar su nueva personalidad solitaria y reservada, con tanta eficacia que rebasaron el destino en un silencio sepulcral.

Tras atravesar la verja de seguridad del muro, el coche se detuvo frente a una mansión ajardinada, de dos pisos, varios balcones y artística fachada. El líder de la mafia había construido un magnífico palacio tras décadas de criminalidad.
Otra vez, el chófer se apeó del coche para abrir la puerta de Alonso. Éste se bajó del vehículo para encontrarse frente a una enorme escalinata de piedra. En la cima, aguardaba un mayordomo de profundas arrugas, con las manos a la espalda y la mirada expectante. Supo Alonso que esperaba que subiera.

Mientras la limusina desaparecía de la calzada, el oficinista ascendió los peldaños resplandecientes por la esmerada limpieza. Arriba, se entrevistó con el mencionado criado.

—Buenas tardes —saludó el mayordomo—. ¿Usted debe ser…?

—Alonso.

—Encantado, Alonso. Sígame por favor, el señor le aguarda en el recibidor de su alcoba.
Cruzaron la entrada del palacete, una puerta de roble empotrada entre arquivoltas y columnatas, llegaron a un hall cubierto por una alfombra roja y siguieron la estela de la misma por unas amplias escaleras.

Ya en el primer piso, el mayordomo guio a su huésped por una galería engalanada de lóbregas pinturas, retratos medievales y armaduras cruzadas, hasta alcanzar una inmensa puerta al final del corredor.

Aquel umbral rezumaba misterio, oscuridad, vacilación y miedo. La madera estaba cerrada como una caja de Pandora, como un secreto mortal, como el párpado entornado del basilisco o de la Gorgona. La mera opción de abrir la puerta causó en Alonso una intensa zozobra.

Sin embargo, la fantasía fue disipada cuando el mayordomo la abrió.

—Sígame, por favor.

Alonso se adentró en el recinto tras el criado.

Se trataba de una salita cuadrada, con varios sofás dispuestos alrededor de una mesa de cristal, anchas ventanas cubiertas de pálidas cortinas y una araña radiante colgando del techo. La luminosidad de la estancia originaba una extraña atmósfera de paz y misericordia.

—El señor le visitará de un momento a otro —informó el mayordomo, volviéndose hacia la entrada—. No le moleste hasta entonces.

Y tras la amenazante advertencia, desapareció por donde había llegado con un tétrico portazo.

El antiguo oficinista se quedó solo en la salita. Sintió que toda la luz asimilada en un principio desaparecía con la marcha del mayordomo. Mientras observaba el resto de la estancia, esa sensación no dejó de amplificarse, como una expansión atómica. Se percató de que un torbellino de oscuridad surgía de una de las paredes. En mitad de ésta, se elevaba una omnipresente puerta, encontrada con la de salida. Estaba cerrada, pero un rayo de fuego turbio egresaba por sus resquicios.

A pesar de tanta duda y aprensión, Alonso se mantuvo en sus cabales, queriendo ofertar una imagen segura y osada ante el que sería su nuevo jefe. Al fin y al cabo, se enfrentaba a una entrevista de trabajo y tendría que desplegar toda su elocuencia para conseguir una remuneración elevada.

Se sentó en un tresillo de cuero, frente a las ventanas de la mansión. Con la idea de viajes en yate rodeado de prostitutas de lujo, velocidades de vértigo a bordo de coches Porsche y palacios provistos de jacuzzi, piscina y pista de tenis, Alonso se ensimismó en sus más íntimas aspiraciones.

No obstante, la alegría quedó dispersa cuando la puerta interior se abrió, en plena penumbra. Una figura ataviada de traje, con sombrero alto, perilla negra y ojos brunos surgió de entre las tinieblas. Se trataba de un varón de mediana edad, guapo y galán, de cuerpo esbelto y un semblante emperifollado por años de excesos y dominación, pero oscuro como el terror.
Cuando habló, le identificó claramente como la voz al otro lado del teléfono móvil.

—Usted debe de ser el interlocutor de la llamada de esta mañana —supuso el anfitrión—. ¿Me equivoco?

—En absoluto. Mi nombre es Alonso.

—Muy bien, Alonso. Usted diríjase a mí, simplemente, como señor.

El anfitrión amagó una sonrisa de complicidad mientras clavaba los ojos en su huésped. Alonso se disponía a estudiar los rasgos curtidos del señor cuando éste se volvió hacia un mueble bar, dándole la espalda.

—¿Qué desea tomar? ¿Brandy, ron? ¿Algún refresco?

—Nada, gracias. En realidad estoy bastante emocionado y me gustaría empezar cuanto antes.

El señor, asombrado, se volvió a su invitado sin ocultar su desconcierto. Sus ojos
negros y profundos, custodios de misteriosos secretos, parecieron titubear durante un ínfimo instante.

—Oh, como usted quiera —aceptó al tiempo que se escanciaba dos dedos de whisky. A continuación, se dirigió al sofá con la copa en la mano, acomodándose en frente de Alonso—. No obstante, antes me gustaría realizarle unas preguntas.

—Claro, estoy preparado para cualquier entrevista.

—Muy bien —añadió el señor. Bebió un pequeño sorbo de whisky mientras escrutaba a su huésped por encima del vaso—. Lo primero, ¿por qué tanto interés en el anuncio?

—Verá usted —comenzó Alonso, recostando la espalda en el sofá para estar más cómodo y relajado—, estoy hastiado de mi trabajo actual, de la hipoteca y de la gente corriente. Me siento esclavo de un mundo al que odio.

—Entiendo, todos los que han pasado por mis manos han manifestado el mismo hartazgo y la misma frustración, pero todo ellos acudían a mí con la cara triste y desamparada. Usted, sin embargo, parece feliz.

—Soy optimista ante las transformaciones que me pueda traer la nueva vida que me ofrece.

—Oh, entiendo —respondió el señor, asintiendo con la cabeza, convencido—. Es usted católico.

—No, en absoluto. Soy ateo declarado.

—Entonces, ¿a qué se refiere con “su nueva vida”?

Alonso miró a su interlocutor con una mueca de perplejidad. Le parecía bastante fácil de
asimilar el sentido de sus palabras.

—Mire usted. Cuando comience a servir a sus intereses, bien sean justos o injustos, eso no lo juzgaré yo, perderé cualquier afinidad con mi vida actual, romperé los contactos con mi familia y mi vida cambiará radicalmente al convertirme en un criminal misterioso, en un asesino en serie. Mi nueva profesión me traerá novedades, otros puntos de vista, otros horizontes, otras metas. A esto me refería, señor.

El anfitrión no contestó, se mantuvo inmóvil en un profundo silencio. En ningún instante dejó de contemplar a Alonso con sus ojos oscuros repletos de enigmas que imbuyeron en el oficinista una intensa vacilación. Luego, el señor injirió el whisky de un trago, dejó el recipiente sobre la mesa y comenzó a acariciarse la perilla, meditabundo.
Sus pupilas seguían imperiosamente clavadas en las del oficinista:

—Alonso, creo que ha habido un malentendido.

—¿Qué quiere usted decir? —inquirió el oficinista, agitándose en el sofá. Su nerviosismo era patente. La portentosa firmeza de su anfitrión le relegaba a un mundo de indecisión y recelo.

Había algo maligno en su mirada.

El señor no dijo nada al principio. Se metió las manos en los bolsillos de la americana, se recostó tranquilamente en el sofá y finalmente agregó:

—Has interpretado mal el anuncio del periódico.

Un gemido se escapó de la garganta de Alonso:

—¿Qué insinúa?

—Que yo soy el asesino en serie.

La sentencia cayó como un mazo. Alonso fue incapaz de reaccionar ante semejante veredicto, como el reo condenado paralizado ante los argumentos del juez.

—Me explicaré —agregó el señor—: llevo años asesinando a personas por puro deleite. Últimamente, encuentro a mis víctimas publicitándome en diarios locales, pero nunca me ha sucedido este malentendido. Hablaré con mi redactor para que revise el anuncio y evitar este descuido tan desagradable, especialmente, para ti.

Alonso no respondió, había perdido la confianza en sí mismo, y aquel hombre vestido de traje y con el rostro consumido por la egolatría, le aterraba infinitamente. Por primera vez en semanas, se percató de que quería vivir: sentir la brisa en la cara, escuchar los gritos de su jefe, las rabietas de su vecina menopáusica, la antipatía del repartidor de periódicos y la insulsez y futilidad de su propia existencia.
Tenía que escapar de allí urgentemente.

No lo dudó: se incorporó del sofá y corrió hacia la entrada del salón.

Fue un gravísimo error.

Se escuchó un disparo, y súbitamente, Alonso se derrumbó en el suelo con una bala incrustada en la rodilla. El señor se había enderezado y le observa amenazadoramente con una pistola humeante, mientras el oficinista se retorcía de dolor.

—Aun así, tampoco vamos a perder el tiempo, ¿verdad? —preguntó simbólicamente el anfitrión, sin esperar respuesta—. Ya que estás tan harto de la vida, no rechazarás la oportunidad de complacer las manías de este viejo aristócrata.

El señor se inclinó delante de Alonso, quien se agarraba la rodilla ensangrentada mientras maldecía a los ricos con yate y a las prostitutas. Sin embargo, cuando vio el arma sobrevolar su frente, se calló.

—Bueno, Alonso, tú eliges: pistola, cuchillo o estrangulamiento.

Iraultza Askerria