Una romántica película

butacas en Cinemateca - El NandoEstábamos sentados en las últimas butacas del cine. En la pantalla se proyectaba el último filme hollywoodense, protagonizado por dos recientes promesas de la industria: una joven y hermosa pareja con un vasto futuro interpretativo. Se trataba de la típica comedia romántica, ambientada en la modernidad y provista de una caracterización banal y previsible.

La proyección avanzaba por la hora y cuarto hasta la fatídica escena donde la pareja protagonista se distanciaba por un malentendido, una sutil mentira inofensiva o cualquier otra situación mil veces abordada.

En ese instante, mi novia, sentada a la izquierda, me cogió de la mano.

Ignoré el significado de aquel contacto que yo, inocente, lo tomé como una caricia. Si fuese la profecía de una ruptura de nuestra relación, rogué que después de la misma aconteciese la siempre prevista reconciliación que caracterizaba a los desenlaces de las comedias románticas.

Desgraciadamente, esas reconciliaciones solo ocurren en la ficción, tal y como pude comprobar unas semanas después.

Iraultza Askerria

Soledad

Last days of summer - Jose Maria Cuellar

Aquella noche me abrigué bajo el frío de la soledad. No quería la compañía de nadie ni de nada. Ni siquiera la compañía de la literatura. Deseaba profundamente estar solo. ¿Por qué? Lo ignoro.Llegué a casa embutido en un grueso abrigo y con el cabello chorreando por la tormenta que me había cogido desprevenido. Mis amigos se habían librado del chaparrón, y en tal instante se divertían en un aparatoso bar saturado de jóvenes, música y jolgorio. Pero yo quería estar solo. Solo por eso les había abandonado en el amparo y la compañía del resto, y me había precipitado a la inmensidad de la álgida lluvia.

Tras franquear la puerta del domicilio, dejé el abrigo en la percha del vestíbulo y sequé mi pelo para evitar contagiarme de cualquier malavenido resfriado que pudiese entorpecer mi anhelada soledad. Después, me encaminé a mi sombrío dormitorio, donde una pequeña ventana obstaculizaba el acecho desafiante de los rayos y las centellas.

Con la dejadez de un anciano moribundo, me tumbé en el mullido colchón, lugar en el que diariamente pagaba por mi descanso a expensas de un mal aprovechado tiempo, y me limité a cerrar los ojos, cruzar los brazos y callar.

Me desvinculé del mundo, quedando en él la única constancia de mi cuerpo y corazón, y comencé a reflexionar. Medité sobre la vida y la muerte, sobre la codicia y la honradez, sobre el odio y el amor. Medité sobre todo aquello que había forjado mi personalidad y que creía importante. Medité sobre todo menos sobre mí mismo. Transcurrí horas así: con el pensamiento muerto y la apatía viva e insípida aguijoneándome las entrañas.

Serían las cuatro de la madrugada cuando mi teléfono móvil vibró instantáneamente, casi como un suspiro dormido. No respondí a dicho ruego. Ni siquiera pestañeé. Tampoco agité ningún músculo. Sencillamente, permanecí con los ojos clavados en la pálida techumbre, queriendo contagiarme de su blanca e inmensa pureza.

Sin embargo, los minutos transcurrieron incesantes y molestos, como el zumbido de un mosquito. No pude reprimir la curiosidad del momento: aferré el aparato electrónico y examiné la pantalla luminosa. En el centro del visor apareció el número que me había llamado. Era una chica; una chica como otra cualquiera, pero una chica al fin y al cabo.

Entonces, me percaté de que no quería estar solo.

¡Contenido extra!

Recupero en el día de hoy este texto escrito en mi adolescencia, y que en cierto sentido, aglomera la amargura contenida durante los tumultuosos años de la juventud. Pese a todo, el relato esconde cierto brillo de esperanza e ilusión, lo que apenas sin percatarnos de ello nos empuja a luchar por nuestros sueños.

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A ratos

Escribamos un rato - Cristian Carlos JuárezEscribo a ratos, cuando la melodía de la brisa es lo único que acompaña mi soledad. Escribo a ratos, cuando mi chica inexistente se queda dormida bajo el pincel de las tinieblas.

Escribo a ratos, cuando el vacío de tu ausencia me recorre por dentro, matándome.

Escribo a ratos, ante el agónico fracaso de ver morir mis ilusiones bajo un trozo de cristal.

Indigesta soberbia

Soberbia - Cristina Mª Granados Roas
Quisiste comerte el mundo con un hambre voraz y varios días después falleciste víctima de un empacho. Presa fuiste de la propia jauría de tu voz. Un cazador ataviado con lana de oveja. La noche de tu muerte nadie fue a rendirte homenaje. En vez de ello, dieron un pequeño bocado al mundo, bebieron un insignificante sorbo de aire y siguieron adelante con sus vidas.

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Este relato fue recogido en una grabación hace varios años. Os dejo el link al audio para quienes gusten de escuchar relatos.

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Palabras en femenino

Esperando dormida... - Javi Sánchez de la viñaLa mano dormida reposaba sobre la almohada. La noche había cedido a una cálida aurora, cuyas luces resplandecían sobre las desgastadas sábanas de la cama, iluminando la piel desnuda de la mujer.

Él la contemplaba con la mirada pensativa.

Recordó la historia de pasión y sinceridad que habían vivido durante la madrugada. Ahora no quedaba más que la memoria nostálgica e imborrable de una pasada época.

Pero la vida era así.

Tomó su ropa y se vistió bajo las caricias de la mañana. Antes de abandonar la alcoba, la miró una vez más; por última vez. Sabía que nunca volvería a verla.

Jamás, nunca más.

Pero juró, sobre la vida y la muerte, que nunca dejaría de amarla.

¡Contenido extra!

Algún lector me preguntó alguna vez sobre el título de este microrrelato. “Palabras en femenino”, ¿por qué? La verdad es que no se puede encontrar relación del encabezado con el contenido narrativo del mismo; en vez de eso, hay que vincularlo con la morfología del texto. Todos los sustantivos que se han utilizado en el relato son de género femenino, de ahí, el título. Simple y llanamente.

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Y si hubiese sido verdad

Cuts Like a Knife - Marcelo César Augusto RomeoPorque en el fondo de su alma sabía, a ciencia cierta, que aquello iba a ocurrir. La verdad no podía ocultarse eternamente y cuando fuese desvelada, el vengador acudiría a su hogar para matarlo. Lo supo desde la noche en la que cometió el delito, un delito de traición e infidelidad, sin sangre, pero un delito al fin y al cabo. El crimen, aunque hubiese acontecido bajo el influjo del alcohol y dentro de la esfera de sus amistades, no dejaba de ser un crimen.

Se sentó en el sillón y dejó la puerta de casa abierta. No podía cambiar el destino; la suerte estaba echada y las cartas a la vista de todos, incluso de Dios. Por ello, resultaba inútil pretender cambiar los designios del hado.

Esperó, con los ojos clavados en la entrada del salón, a que su mejor amigo llegara. No tardó mucho. Siempre había sido puntual.

Cuando ambos se vieron, ni el traidor ni el inocente dijeron nada. Ni siquiera se escucharon palabras de súplica o un gesto de perdón. Nada, ni preguntas ni respuestas. Tampoco un grito cuando su amigo le perforó la lujuriosa carne una y otra vez con un cuchillo de cocina.

Murió en un completo silencio ante los ojos rojos del que había sido su mejor amigo, quien ahora observaba el cadáver acumulando en un mismo sentimiento el odio y los celos que sentía hacia él, y el amor y el deseo que sentía hacia ella: una hermosa jovencita que en aquellos instantes se encontraba en el Caribe, entre los brazos de un esbelto mulato. Nunca volvería a recuperarlos; ni a ella, que fue la chica que le habían robado; ni a él, que fue su mejor y peor amigo…

En ese momento, oí la alarma del reloj. Y desperté.

Hubiese preferido no hacerlo.

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Descubro del olvido otro relato escrito hace ya varios años, aunque algo retocado en los párrafos iniciales. El original era excesivamente enrevesado en la construcción de oraciones, falta que aún puede visualizar en los últimos párrafos. Pero a veces, por mucho que nos esforcemos en revisar un texto, sentimos una punzada de dolor cuando llega el momento de corregirlo. En ese momento, es mejor dejarlo tal y como está.

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Caballo de plata

Caballo blanco - {author}Galopa con las crines al viento un caballo blanco, portentoso y recio, repleto de una fortaleza casi inmortal. Su hocico relincha grave y firme, ahuyentando las nubes grises que se agolpan en los límites del cielo.

La tierra se ahueca bajo las pezuñas y resuenan los cascos cual timbales de orquesta. Su belleza imborrable ilumina el mundo oscuro recortado a su alrededor. Parece una antorcha blanca, fogosa y apasionada.

Nada se interpone en su camino hacia lo infinito, hacia el más allá. El mundo le pertenece y él lo sabe bien.

Cabalga en sus lomos un jinete etéreo, un hermano del caballo, un espíritu aunado a él. Juntos atraviesan la vasta pradera, sin temor a posibles obstáculos, sin miedo a caer o a tropezar. Tal es la seguridad que despide el caballo de plata que incluso la brisa se silencia ante su trote tendido.

El sonido del galope se pierde en el tiempo, volviéndose un eco imperecedero que nunca termina, quedando arraigado en la memoria. Parece una melodía, una música que invita a beber de la vastedad del universo.

El hijo del viento y el caballo de plata avanzan hacia lo eterno besando la libertad.

Iraultza Askerria

El gato

Benito jr - {author}Firme, impasible, el gato se asoma al borde del pozo. A su alrededor, nada más que soledad. Cierra los ojos un instante y las reminiscencias acuden a su mente:

El patio cordobés, con sus blancas fachadas engalanadas de floridas macetas, parece un vergel sobre la nieve.

Una anciana se desliza en el espacio abierto mientras humedece con una regadera el suelo empedrado y las flores altivas. Claveles, geranios, rosales y jazmines destilan frescura.

El gato abre los ojos, se gira, agilérrimo, y se descubre solo. Cierra los párpados de nuevo.

Una niña juega en el patio, próxima al pozo. Ríe, inocente, risueña, feliz. “No te acerques o te atrapará La Maldita”, amonesta la anciana agitando suavemente la regadera. La niña, curiosa y traviesa, se asoma al interior. Susurra algo. Hunde la cabeza en el umbroso fondo. Vuelve a gritar… silencio. La Maldita no quiere responder.

El gato abre los párpados, otra vez. Contempla en derredor, apesadumbrado. Vacío y soledad. Levanta la cabeza hacia el cielo, invocando a Dios en una última plegaria. Una lágrima cae de sus ojos felinos. Está solo, y lo sabe. Con sus siete vidas ha trascendido a todos los demás, a todos los que caminaron por aquel patio cordobés.

Ahora, sólo queda él.

Iraultza Askerria

El perro muerto

Perros - {author}Ellos se mudaron inmediatamente después de encontrar a su perro muerto. Trece años de convivencia habían dejado recuerdos imperecederos en la familia. El can ladraba suavemente. Se escondía entre los setos. Correteaba por el asfalto bajo el peligro de la circulación vial. Cuando sus amos lo reclamaban gritando, el animal regresaba al porche y lamía la mano de su dueño, de su amigo, como si nada hubiera ocurrido.

Vívidos recuerdos.

Para olvidar la nostalgia que suponía vivir en aquella casa ahora que el perro había muerto, decidieron alquilar un apartamento en el centro de la ciudad. Allí, en la puerta de madera de la entrada, dejaron colgado el collar del perro, como muestra inequívoca de que nunca lo olvidarían.

A los dos años el collar había desaparecido y nadie recordaba ya a la antigua mascota que lo portó.

Iraultza Askerria

Rumbo a las estrellas

The Sentinel / El Centinela - Claudio.ArLanzó el garfio hacia el cielo. Quería amarrarlo a una nube para poder subir hasta las estrellas. Pero el garfio cayó a sus pies. Lo intentó reiteradamente, fracasando y volviendo a fracasar.Al final, cincuenta años después, lo logró, pero ya no tenía fuerzas para trepar.

Iraultza Askerria