Música para violines

Photo - {author}Abres la ventana al amanecer. Respiras el aire puro de las montañas, la brisa cálida del mar y el abrazo exquisito de la naturaleza. Te sientes arropada por las cosas buenas del mundo y por la paz del universo. Ante ti sopla el sonido de los monumentos construídos por las personas: los pozos húmedos, los cultivos ricos, las bibliotecas ilustradoras, las cumbres inalcanzables y las sonrisas en forma de caminos. Todo lo que el hombre y la mujer han erigido por el bien de su propio mundo.

Abres la ventana al amanecer. Ves el sol radiante dedicándote una sonrisa, los árboles crecer al amparo del altruismo, la gente camina cogida de la mano entre risas y bailes tribales. Tus ojos se llenan de alegría ante la plenitud de un mundo en paz.

Abres la ventana al amanecer. Y oyes el sonido más bonito del cosmos: risas humanas acompañadas de música para violines. Al escucharlo, te sientes parte de un mundo al que amas, del que te has enamorado y al que defiendes como lo más bello, ecuánime y bondadoso.

Al escuchar esos violines, te sientes una nota más de su melodía.

Iraultza Askerria

Adiós

AdiOs - {author}Tus palabras se han escapado, indomables y bohemias. Se han ido lejos, al otro lado del mundo, donde la realidad se confunde con los sueños y los sueños rozan la atemporalidad de la muerte. Allá te fuiste, prometiéndome que regresarías algún día.

Sabía yo que nunca más volvería a verte. Pero aún así, te dije: “esperaré”.

Y aquí estoy ahora, aguardando a un desaparecido, a un vagabundo, a un inexistente ser que fue en busca de aventuras porque la vida le parecía aburrida. Seguramente, encontrarás en la muerte la emoción que buscabas.

Yo estoy condenada a la nostalgia, al recuerdo, a la simpática ilusión de un imposible anhelo. Me marchito al aguardo de un regreso que tiende al infinito, como el universo. Tan inmenso como este, era el amor que te ofrecía.

Para ti nunca fue suficiente.

Iraultza Askerria

 

Una pareja de enamorados

true love / amor verdadero - {author}Tenía el rostro empapado por el sudor y los músculos doloridos por el monumental esfuerzo. Profirió un gemido de dolor, como si le estuvieran propinado una paliza, y luego se dejó caer sobre la cama, aliviando la agonía que aún recorría las arterias de su entrepierna. El decreciente calor se volvió un frío acecho de oscuridad, que sólo pudo remediarse bajo los brillantes ojos de su chica y con el satinado contacto de su desnuda piel. La miró entre los resquicios de la penumbra y se embriagó de su belleza universal, tan universal como el arte de un desequilibrado poeta. Envolviéndose en la calidez del amor, la abrazó torpemente, sin la fuerza y el vigor que había demostrado un instante atrás mientras la llenaba con su simiente. Ella favoreció las caricias, acurrucándose bajo el pecho viril en busca del tacto de la protección, la seguridad, el sosiego. Se miraron mutuamente, dedicándose la devoción del más beato de los fieles, y se besaron irradiando los sentimientos más profundos y más bonitos del mundo. Porque no hay emoción más intensa y sublime que el amor. Porque el mejor de los versos y el más cálido de los acordes están inspirados en él: en el amor de una pareja de enamorados.

Iraultza Askerria

El trino de un pájaro

ruiseñor 01 - rossinyol - rufous nightingale - luscinia megarhynchos - {author}En el punto intermedio entre la razón y el alma, un pájaro sembró su trino. Era melódico, dulce, acompasado; como un gemido, como un arrullo, como un silencio sonriente. Tenía forma de cabello liso y de mirada radiante; también aroma de flor virginal y textura de seda dorada. Recordaba a la vida más inocente, a la simpatía más melosa y a la belleza más inmarcesible. El trino de un ave que abarcaba todas estas sensaciones y sentimientos. Un trino que en el fondo de su música cantaba tu nombre de dos sílabas. Un nombre, que aún hoy, no me atrevo a pronunciar.

Iraultza Askerria

 

Una tarde corriendo

Photo - {author}Aquella tarde salimos a correr. ¿Lo recuerdas? No hacía mucho calor, pero se estaba bien a tu lado. Incluso, me atrevería a decir que, salvo nosotros, el resto del mundo se estaba congelando en su frialdad. Así son los sentimientos, un verdadero amparo contra la temperatura.

Después de la tercera vuelta, te quitaste la sudadera y la ataste a tu cintura… ¡Cuánto deseaba yo atarme a ella! Emprendimos la marcha y después de la primera zancada no pude evitar atisbar tus pechos contonearse bajo la camiseta de color crema. Parecían las manzanas del Árbol del Conocimiento. Lujurioso pecado, tomar tus frutos y probarlos… ¡Qué apetitoso! ¡Cuánta lascivia recorría mis venas!

Al respecto, hice algún chiste jocoso y tú me atravesaste con la mirada. No era la primera vez ni sería la última. Tengo el defecto de decir siempre lo que pienso. Soy así. Hombres.

Sin mayor reparo, seguimos nuestra carrera alrededor del polideportivo. La pista estaba vacía. Nos acercábamos irremediablemente a las diez de la noche, hora en la que la gente normal se recogía en sus casas. Pero ni tú ni yo éramos prototipos corrientes. Seguimos al trote un buen rato, hasta que nos cansamos.

No sé cómo, pero me convenciste para que te acompañara a casa de tus abuelos. Extraño que dijera que sí. Aunque no puedo arrepentirme de la elección, porque fue un paseo dulce, ameno y agradable. Nos cruzamos con personajes embozados en chalecos negros, mujeres más llenas de arrugas que de piel, adolescentes acosados por cenicientas nubes de tabaco y atronadores coches que parecían haber brotado de la jungla. Pero ante tanta imperfección, tu belleza lo deslumbraba todo. Todo.

Al llegar al porche de la casa de tus abuelos, te detuviste frente al portal. Bajo la luz de las estrellas -llamemos estrellas a tus ojos, porque la contaminación lumínica nos impedía disfrutar de los astros celestes-, me miraste con una mezcla de sobresalto y necesidad. Te despediste con tu innata suavidad, deseosa de desaparecer.

Pero yo no lo hice. No pensaba hacerlo. No pensaba perder una oportunidad tan buena.

Te besé, furtivo. Como un ladrón que acomete a su tesoro. Rocé tus labios apenas un segundo y me supieron a polvo de estrellas. Ricos como un sueño de algodón. Tú temblaste, y no dijiste nada. Así que te volví a besar. Esta vez, te apartaste de mí, sobresaltada, y me dijiste:

—No ha sido buena idea.

Posteriormente, te escabulliste hacia la casa.

Yo sonreí, inmune al dolor. ¡Claro que había sido buena idea! Si no estuviera completamente seguro de que tarde o temprano te enamorarías de mí, no te habría besado. Es así de sencillo.

Y ahora que estás durmiendo entre mis brazos, comprendes que tenía razón.

¿Verdad?

Iraultza Askerria

Su espalda desnuda

Soft spine. - {author}… y entonces contemplé su espalda desnuda. Se recortaba suave y perlada bajo la luz del dormitorio. Mis ojos se deslumbraron ante la belleza de los hombros desnudos, de la cintura estrecha y de la piel tersa y morena. Tanta hermosura me arrancó el corazón, contagiando mi cuerpo de un insufrible sentimiento de agonía. Tuve miedo de alzar la mirada y observar el reflejo de sus pechos y de su rostro en el espejo del armario. Su divino esplendor me mataría. No pude resistir más angustia y malestar.

Deslicé los dedos por la pared y apagué la luz.

Iraultza Askerria

 

Tomé tus labios con los míos

Tomé tus labios con los míos, y con las manos tomé tus pechos. Tal vez fue locura, tal vez amargura, pero al cabo, mis lágrimas cayeron sobre tus pezones.

-¿Qué te pasa, mi vida? -dijiste.

-Nada… que no te quiero.

Iraultza Askerria

El mundo nos pertenece

Besos / Kisses - Macnolete—El mundo nos pertenece —susurré.

Luego me incliné sobre su cuerpo y la besé tiernamente. Mis labios se derritieron sobre los suyos, fundiéndose en una única boca. Bebimos a sorbos nuestras voces anhelosas mientras caminábamos por las arenas de nuestras carnes, donde nos hundimos en un abrazo cómplice para luego ahogarnos entre los dedos del otro. No sé cuánto tiempo se prolongó aquel arrebato de pasión y delirio, pero recuerdo que cuando mis labios estaban ya secos por la sal de su boca, los suyos dejaron de besarme, como si el bravo oleaje de un desafiante mar cesase en su pugna de conquistar la tierra.

En la cenicienta penumbra del pequeño salón, nos perfilamos, ella y yo, sobre el mullido sofá. Sus ojos, tiernos como una sonrisa, y su sonrisa, resplandeciente como unos ojos, se me aparecieron en la oscuridad de la noche como un regalo de Dios, como un fruto del Edén, como una luz celeste. Su presencia era divina; esencia de ninfa y benevolencia de serafín.

Nos mantuvimos largos minutos, quizás horas, no lo sé, con la mirada perdida en los ojos del otro y la sonrisa reflejándose, como un sueño de primavera, en los dientes ajenos. El tiempo parecía lejano, como parte de una realidad paralela que no podía penetrar en el estrecho y dichoso universo de dos enamorados; tal éramos ella y yo.

Contemplando directamente los soles de sus ojos, me embriagué de su beldad. La penumbra los maquillaba con un aura prodigiosa, donde los destellos del iris sobresalían como una luna ardiente en una noche cerrada. Abrió los labios para decir que me amaba. Su posterior sonrisa me mostró el deseo que crepitaba dentro de su alma y que se percibía en el sudor de su piel, cuyo aroma tan finamente intenso me hacía desfallecer. Me besó con arrebato. Sus labios sabían a lujuria.

La miré un instante y luego se abalanzó sobre mí.

Me arañó la espalda y me arrancó con furia la camisa que cubría mi torso. No pude más que rendirme a su dominio de mujer. Sabía de antemano, y lo había aprendido con el devenir del amor y del sexo, que no se podía vencer a una mujer en celo. Me limité a saborear el dolor provocado por sus uñas y sus dientes, que pintaban sobre mi cuerpo un húmedo cuadro, entintándome además, de su rica saliva. Besó mi piel y devoró mi alma. Después de eso, lo único que quedaba de mí era un corazón débil y apocado.

Al trasluz de las estrellas, su rostro parecía un seductor misterio. Mi cuerpo, ansioso del suyo, no podía más que abandonarse a la pasión. La besé con ternura y suavidad, combatiendo la fiereza con la que me había domeñado hasta aquel momento. Ella, quizá por el cansancio de su ira celosa o por la apetencia de que la llevara al cielo, se rindió ante mí. Cerró los ojos y se mordió el labio, mientras los míos descendían por su cuello hasta alcanzar los botones de una chaqueta plateada. Los desaté con la torpeza promovida por la penumbra y el desvarío de la lascivia, mientras ella lanzaba la cabeza hacia atrás, mostrando tímidamente el sujetador carmín que abrigaba sus senos. El sostén formaba dibujos de flores sobre sus pezones almendrados. Muy pronto, su torso estuvo desnudo. Ayudándome de las manos, acaricié y besé el contorno de sus pechos y trepé poco después por ellos con miedo, como quien escala la ladera de un volcán a punto de erupcionar.

Levanté el rostro y vi el suyo descompuesto por el placer del momento, con los labios abiertos, las mejillas encendidas y los ojos entornados para contagiarse del excitado ambiente.

Oí un suspiro quebrado acercarse a mi oído, y como la voz, tan cristalina y pura, me rogaba como un moribundo, que le hiciera el amor. Recordé aquella lejana vez en la que ambos nos fundimos, temerosos de que sus padres nos descubrieran repentinamente, en un rincón de su habitación bajo la luz del atardecer estival.

Ahora, empero, nos encontrábamos solos y en intimidad, señores de nuestro pequeño imperio secreto y dueños de una inmensa felicidad. De ahí, que hiciera caso omiso de su agónica súplica por empezar ya y terminar cuanto antes el preciado actor carnal. Me reduje a rodearla con los brazos y a besar lentamente su fino vientre, desde donde podía escuchar nítidamente los latidos de su corazón desbocado.

Noté sus dedos encerrándose entre mis cabellos, y sus uñas, dementes, clavarse en mis sienes. Me arrastró la cabeza como si quisiera guiarme por los recónditos secretos de su cuerpo. Sabía conscientemente qué era lo que tanto anhelaba; pero no iba a rendirme tan dócilmente a sus impulsos.

La cogí de los brazos y le eché los mismos hacia atrás, por debajo de la nuca. Me quité el cinturón y até sus manos. Ella se rió de mis intenciones y dio permiso para rendirse ante mí, para que hiciera con ella todo cuanto quisiera, o todo cuanto quisiera ella.

Volví a empezar desde principio. Descendí por su tierno cuerpo, mordiendo y besando su fogosa carne, apeándome en su garganta, en sus montañas y en su acantilado, y me detuve ante el ceñido obstáculo de unos pantalones vaqueros. Mordí el botón de la prenda con suma sensualidad mientras desabrochaba la cremallera. Ella, con los ojos cerrados y el cuerpo transpirando de placer y delirio, levantó levemente la cadera, al tiempo que sus muslos se abrían a orden de mis brazos. Los pantalones desaparecieron de la escena en pocos minutos, acosados por la ropa interior. Un instante después la tímida pradera de ébano asomó ante mí respirando con libertad.

Como un zorro sigiloso me introduje a golpe de beso en sus húmedos secretos. La banda sonora de sus gemidos me guiaba como un ángel guía a su profeta hacia la Meca. No dudé en atravesar los límites del pudor, tan seguro que estaba de alcanzar mi objetivo: su corazón y su éxtasis. Mis labios jugaban con los suyos y mis dedos hacían a su vez de veteranos jugadores de billar. Me sentía ebrio bajo su influjo carnal, ido, loco, demente, atormentado por una felicidad contagiosa. Con los ojos cubiertos por las sombras, mi tacto me devolvía el sabor del amor y mis oídos las muestras de agradecimiento de mi amada. Año tras año, la misma dulzura exquisita de su cariño me había arropado, y década tras década iba a ser así. Siempre un inicio, siempre como una primera vez.

Varios minutos después, erguí la cabeza y la miré a los ojos. Los tenía cerrados, los labios ligeramente abiertos y las mejillas ardiendo como un volcán. Parecía fatigada, cerca de la agonía, ese sentimiento tan próximo en intensidad al éxtasis.

—Princesa… te quiero —le susurré, muy cerca de sus pechos.

No escuché su respuesta si la hubo. Los dos estábamos demasiado abrumados por nuestros cuerpos. Acaricié su rostro con los dedos mientras desataba sus muñecas apresadas. Cuando al fin se sintió libre, enlazó las manos alrededor de mi cuello y me miró jadeante, suplicante, ansiosa. Junté mis muslos a los suyos y sentí como de su boca se exhalaba un intenso suspiro. Me uní a ella con la suavidad del rocío matutino.

Ella se abrazó con fuerza a mi espalda. A cada impulso, más se ceñía a mí, con cada penetración más intenso se volvía cada contacto. Estábamos fusionando físicamente nuestros cuerpos. Luego, al compás de nuestros suspiros quejumbrosos y con la combinación de sus gemidos y mis gruñidos, aunamos nuestras mentes. Y nuestros espíritus se enlazaron poco después, a medida que más cerca sentíamos el orgasmo final.

Vi, alrededor de sus ojos de miel, los colores de nuestros cuerpos fundidos en un solo matiz, los aromas de nuestra fogosa piel diluidos en un único olor y nuestro aliento licuado en la misma atmósfera. Y por si fuera poco, contemplé sobre su corazón el universo en el que vivíamos con sus millones de galaxias. Todo dentro de ella, todo dentro de nosotros. Dueños del cosmos.

—Cariño… —exclamó ella, rota por dentro.

Y yo del mismo modo, gritaba en mi interior.

Así alcanzamos el apogeo, acariciando por un instante la infinidad del universo.

Yo me derrumbé sobre ella, y ella disminuyó la presión sobre mi espalda.

Callados, silenciosos… Así estuvimos varios minutos. El uno abrazado al otro.

—Tenías razón —me dijo, aún con las punzadas del orgasmo palpitando en sus labios rojos.

—¿Sobre…? —pregunté, mirándola a los ojos.

—El mundo nos pertenece —respondió, silenciosa—. El mundo pertenece a los enamorados.

Iraultza Askerria

Ojos teñidos de lágrimas

Photo - {author}
Ojos teñidos de lágrimas me observaron durante la noche helada.

Tú estabas acurrucada bajo un soportal, con las manos vistiéndote el rostro y los gemidos de tu voz envolviendo acompasadamente el perfil de tu figura. Menudo, como un arbolillo silvestre, se me aparecía tu cuerpo; frágil como un deseo de porcelana que se rompe cuando llega a cumplirse.

Así de inestable, insegura e inconsolable surgiste en mi vida. Me acerqué a tu público escondite, me arrodillé ante ti como un vasallo y te pregunté si te podía ayudar. Naturalmente, entre argumentos generosos y explicaciones inciertas, declinaste mi ofrecimiento. Querías estar sola con tu soledad; alguien te había hecho daño y nadie podía apaciguar tu dolor.

En esta circunstancia, me acomodé a tu lado, en silencio, y me convertí en una sombra invisible, en una invisible fortaleza, en una fortaleza impenetrable y en una impenetrable alegoría del príncipe azul. Siempre en silencio.

No tenía intención de abandonarte en tu dolor. Aquellos ojos teñidos de lágrimas eran demasiado bonitos como para olvidarlos. Quería verlos felices antes de morirme.

De esta guisa, transcurrí horas a tu lado: mudo, como otra sombra de la noche. En ningún momento me miraste. Pasadas las horas, pensé que te habías olvidado de mi presencia, pero mucho tiempo después, me preguntaste cómo me llamaba.

Habías dejado de llorar. Y sonreías.

Han pasado muchos años, y aún hoy recordamos aquella noche, riéndonos dichosos.

Ya es hora de que el mundo sepa cómo nos conocimos.

Iraultza Askerria

La caricia

Careless Whisper - {author}Como un fino recuerdo nocturno que se pasea por la frontera de los sueños sin apenas apreciarlo, una caricia tuya me sobrevoló el corazón. Ahí se quedó, dormitando, durante días, semanas, meses, años y resurrecciones. Tan pálidamente callada que ni una puñalada a traición la habría descubierto. Los latidos del músculo no consiguieron borrar el vestigio de esa caricia, ni tan siquiera revelarla. Estaba oculta en lo más profundo, como un coral hundido bajo la costa o un remordimiento que nunca pide perdón. De esta forma, solo mucho tiempo después, cuando te acaricié la mano el día de tu entierro, me percaté de cuánto te amaba.

Iraultza Askerria