Dedos

Up in Smoke 02 - WirosNo supe entender lo que pedían tus carnes, ávidas de un cuerpo en celo. Quizá, incluso, tuve miedo de comprenderlo. Me limité a hacer contigo lo que tú querías hacer conmigo, prohibiéndote el placer de masturbarme, obligándote a dejarte masturbar por mí. Casi esclava de mis dedos, expertos artífices de músicas, te contorsionabas abiertamente junto a mi cuerpo.

Estabas tendida cuan larga eras sobre una cama de apenas un metro. A pesar de tu atractiva largura, toda tu alma se había reducido a un nimio punto de vestigio fálico. Por ese lugar sentías, veías, escuchabas, olías y saboreabas. En el núcleo de tu emoción, la presión de los sentidos era inmensamente desproporcionada, demasiado grande como para albergarla en un cuerpo tan pequeño.

Pero yo no me detuve en ningún instante, y menos cuando vi como tus caderas se movían arriba y abajo, describiendo tímidos círculos alrededor de mi mano, mecánico objeto de tu satisfacción personal. Me contenté con abrigarte bajo la sombra de mi cuerpo erguido a media altura, con sentir entre mis dedos un tacto húmedo que besaba y devoraba mi piel. La ventosa se atragantaba por la fuerza de mi movimiento rectilíneo, a punto de alcanzar un placentero cólico que te mataría de hambre.

Iraultza Askerria

Luz

Madrid 4.09 El Retiro reflejos del sol - Fernando LópezEs inexplicable lo que ante mí se sucede con un carácter imaginario y demencial. Parece tan extraordinario como el propio amor y tan fantástico como la mente de un escritor alcohólico. Pero lo más importante no es esta extraña cualidad irreal, lo más importante y aterrador es que yo me encamino directamente y sin pausa hacia dicha onírica imagen, como si mi propio cuerpo y alma estuviesen ligados a ello. Pero en el fondo de mi mente quiero escapar de dicha especie de fantasía, darme la vuelta y alejarme de todo esto que me encoge el corazón. Sin embargo, lejos de hacerlo me acerco irremediablemente hacia la luz brillante y pálida que navega sinuosamente en el horizonte, formando una sábana gaseosa de color nube. Las formas, tan garabateadas, me crean nauseas, recordándome los retortijones sufridos por el vientre a causa de un irrefrenable mareo, cuyo remedio es siempre un hediondo y asqueroso vómito.

No entiendo el significado de este malestar, y mientras intento descifrarlo continuo avanzando directamente hacia la luminaria. Entonces comienzo a sentir punzantes molestias bajo la piel, en el corazón y en los pulmones, repletos de un aire envenenado. Cuanto más me acerco a la extraña imagen de luz pálida, más agudo y profundo siento el dolor.No obstante, a pesar de todo, no grito. Es cierto que siento un intenso tormento, pero lo siento como algo lejano y oscuro, y además, mi inconsciente aprecia un ligero estremecimiento de felicidad merced a este dolor.

Poco a poco, esta extraña alegría se va apoderando de mi mente, de mi corazón y de mi alma, y ya estoy a pocos metros de la imagen centelleante, cuando la total felicidad explota en mi interior en grandes dosis de euforia.

Es en ese instante, cubierto de gracia, cuando mis ojos se cierran y puedo observar turbiamente, como quien observa el exterior desde una tumba de cristal, a mi padre y a mi madre abrazados, llorando y rodeados de paredes de color pálido que expelen un exagerado olor a higiene y a fármacos.

Entonces lo comprendo.

Me acababa de morir.

Iraultza Askerria

Disolución

Photo - {author}
Una persiana entornada y, entre sus rendijas, la luz de las farolas iluminando el interior de la habitación. Los cuerpos desnudos, oleosos, sibilinos, amordazados el uno contra el otro sin más interrogante que los besos mordientes en los labios hinchados. Las sábanas apaleadas dibujan cortinas en el suelo, donde las prendas de uno y otra aprueban la conducta carnal.

Y encima, sobre el lecho, se cantan los gorriones en los oídos asfixiados, se arquean las espaldas como catedrales de huesos y los bustos se encuentran para unir y desunirse en un constante cambio de posiciones y centurias.

El tiempo transmite olores, arañazos, fluidos genitales cuya fuente se distorsiona en la fisión de los muslos. Las carnes rojas y aleadas, pero derretidas en la fogosa batalla cuyo final parece cercano, aunque volátil. Los dedos se acercan y se diluyen. Las voces claman y se evaporan. Los ojos se miran, esperándose para explosionar en la agonía conyugal.

Iraultza Askerria

Guerrero

Photo - {author}Soy el marcial de tus labios, el guerrero inmortal de tus ojos canela, el defensor acérrimo de tu libertad, de tu gloria, de tus muslos en celo. Soy yo el libertador, el Cid, un torneador de lanzas y espadas, un maligno caballero que arrasa de batalla en batalla. En mi violencia me escudo por escudarte. Cuerpito tuyo, mente tuya, por ello lucho en los campos y en las veredas, clavando mi escudo almidonado, mi pica húmeda, mis humeantes dedos que al aire se extienden imaginando rozar los tuyos. No soy bueno cuando lidio en las más cruentas confrontaciones, gritando mientras otros gritan bajo mi yugo. Soy malo, vil, atroz, inclemente y ácido. Pero en defensa de ti, mi trofeo anhelado, deambularé por bosques y campiñas, cautivando imperios y denostando países, convirtiendo naciones enteras en polvo y carroña y limitando las fronteras a la extensión de tu piel. Porque soy yo un loco enamorado cuya única fe es la miel de tus labios.

Iraultza Askerria

Cenicienta

Cristal. - Marcos de MadariagaCenicienta. Zapatitos de cristal. La corona que relumbra en tu frente. Los ojos… abiertos, pétalos, tesoros, estrellas, mansos ríos y agitadores vientos. Carmín derretido en la curva de tu sonrisa. Las mejillas frágiles…, pedazos de pan, caliente y húmedo de mi saliva, de mi ansia. Cuerpito de dócil fuego, ardiente arena, morena luz… ¡todo eso eres tú! Cenicienta por una noche, que al amanecer desapareces tras un sueño de cenizas y dolorosas nostalgias.

Iraultza Askerria

La casa abandonada

Quien tuvo, ¿retuvo? - Dani Sardà i LizaranNadie habitaba la casa desde hacía décadas. Estaba desolada, vacía, con los cristales rotos, las paredes desconchadas y el tejado desnudo de losas. Ningún hombre se había atrevido a entrar en ella, a ocuparla, a reclamarla para uno mismo. La vegetación que crecía incansablemente en los alrededores eliminaba cualquier deseo de posesión. Ni siquiera el ayuntamiento se había molestado en derruir la construcción.

Pasaron los siglos y el pueblo quedó desolado. Los milenios arrastraron la arena y el polvo, cubriéndolo todo del color de la miseria. Llegó un arqueólogo y comenzó a excavar.

Encontró la casa abandonada desde hacía milenios, que había permanecido en pie y fosilizada por una capa de vegetación.

En su interior no encontró nada, pero fue el mayor descubrimiento de su vida.

Iraultza Askerria

Ave rosa

PARA LA ABUELAAMALIA, CON MUCHO CARIÑO. - {author}Ave de rosa entre las ramas secas del otoño, llega el invierno y llegan mis besos para abrir tus alas. Llenar tu trino con mi penetrante atisbo de sexualidad, y con gruñidos servir de base a tu canto celestial. Golondrina entre nubes de cal y vino, la brisa zarandea tu desnudez, y entre las estrellas brillas como la más hermosa, en tu sagrada pequeñez.

Plumas, pétalos de azucena. Ojos rapaces penetrando mi corazón, incitando dulces latidos. Picoteas por mi vientre y entre mis ingles, no para hacerme daño, sino para hacerme agonizar de placer. Mi águila peregrina por los cañones de mi cuerpo. De tu valle, esplendorosa y húmeda, vas a revolotear a la montaña erguida de mi virilidad.

Ave querida, ave rosa y querida, que en tu pecho asoman cálidas joyas amparadas por tus alas. Permíteme tañer el compás de tu cuello hirviente y lamerte como un lobo hambriento. Devorarte sin arrancarte nada, salvo gemidos, y quizá inocencia.

En el aire reinas única. En la noche contemplas el mundo con tu ingente mirada de búho. La sierra y las costas conocen tu peregrinación. No hay marisma o montaña que no sepa de tu presencia, tan preciada. Ave diurna y noctámbula, ave de mar y de horizonte, ave de mi corazón y de mi alma.

Me haces volar, ave mía, por las esperanzas escarlatas, por las obras de ficción, por las ilusiones prohibidas, por las fantasías de tu plumífero cuerpo. Me transportas allí arriba, a lo más profundo del cielo, lugar inalcanzable para cualquiera, salvo para ti, que tienes el poder de llevarme lejos. Aterrizas en mi pecho y me subes al horizonte. Eclosiona nuestro amor como un huevo de galaxias. Nacen las espesuras. Vía Láctea. Tus alas se enorgullecen de conquistarme.

Ave mía, ave rosa, pájaro de los cielos y de mis amores, ven volando a mi vera, rescátame de esta terrenidad insufrible y trasládame, de nuevo, al mundo onírico de tus encantos.

Iraultza Askerria

La sirena

Black Mermaid / Sirena Negra - Jesus SolanaTomé sus ojos con los míos aquella noche de verano.

Recuerdo, como una imagen lejana pero profunda, que sus labios me respondieron sin que yo pudiera remediar el ataque. Me besaron con locura cuando y mientras mi razón intentaba explicarme qué estaba pasando. Sus manos se apoderaron de mi cuello y mi alma se aplastó bajo el liviano peso de su cuerpo de mujer. El mundo, en ese preciso instante, se me presentó como un arca henchida de fortuna.

La sirena me devoraba mientras la oscuridad se cernía tiernamente sobre mí, contagiándome de un sueño profundo. El sudor de mi cuerpo, espeso y escurridizo, me empapaba el pecho. Los pulmones que había en mi interior respiraban el aire insuflado por los besos de aquella mujer desconocida.

A lo lejos oía un susurro ajeno a mi fantasía: un murmullo que, vertiginoso, parecía sucederse en un plano paralelo. Los destellos de las estrellas bailaban rodeándome, apagándose de tanto en tanto, encendiéndose de cuando en cuando.

Al mismo tiempo, la sirena me devoraba, embriagándome con sus labios, sus manos y su cuerpo. Era tan satisfactorio que mis ojos estaban cegados por la felicidad.

Solo unos minutos después, cuando me sacaron, a trompicones, de la ambulancia, me percaté de que mi pecho estaba completamente ensangrentado y de que una mascarilla de oxígeno conectada a una bombona me suministraba el aire vital.

Mis ojos se cerraron entonces cuando el sonido de la sirena se apagó.

Iraultza Askerria

Almíbar

Naranja con Almibar de Txakoli y helado de nata - Javier Lastras

Almíbar. Así sabía tu boca. Aún sediento, tras haber bebido de tu cuerpo, me imaginaba saciándome en ti, que no contigo. Quizá ese sentimiento egoísta fue consecuencia de la ingente felicidad que me hiciste sentir, y que nunca quise compartir con nadie, ni siquiera contigo, por temor a perderla. Tal vez por eso, por mi individualismo, nunca supe complacerte ni dedicarte el tiempo que tú me dedicabas a mí. Eras buena, muy buena. Gracias a ello, tendrás un sitio en la historia y en los recuerdos de la gente, y una multitud de llantos acolcharán tu lecho fúnebre. Yo, posiblemente, solo tenga recuerdos y, a lo sumo, remordimientos. Nada más.

Iraultza Askerria

La princesa de Gades

Home - Juan Diego JiménezSara abrió entonces los ojos, y con ello, la costa gaditana se llenó de claridad. El sol fulguraba sobre aquella princesa, encamarada a lo alto del faro que alumbraba las caprichosas ondas del Atlántico. Su mirada de niña mimosa rivalizaba con la propia estrella solar. Eran unos ojos de noche estelífera, mucho más nítidos y profundos que la monumentalidad violenta del astro rey. Vida llena de vida.

La brisa marina le retozaba por la cara, creando tibios molinos en su cabello de ébano y agitando cada hebra en una profusión de destellos. El amanecer sonrosado simulando el pudor de sus mejillas virginales. ¿Había algo más bonito que aquel rostro asomado al fin del mundo? ¿Había algo más pleno e íntegro? ¿Más completo? ¿Más perfecto?

Cualquier hombre habría respondido con un no. Sara era la verdadera sirena de Gades, la gran perla de la Bética, la sensual bailarina que desafiaba a la mismísima Teletusa.

De hombros esbeltos y finísimo cuello. Estaba ataviada con un peplo escotado de albino color, y un cinturón que abrazaba su vientre de bizcocho dorado, como la cebada. Bajo los brazos desnudos, el vino fluctuaba trasportando dulzura y en las dársenas de sus dedos se cobijaba en tímidas palpitaciones.

¿Y en sus pechos? Allí brillaba una canción en aleluya, en la mayor, mástil inconmensurable de poesía. Ciertamente, aunque nadie en Gades lo supiera, Sara había recibido el don de Apolo. La décima musa. Sara era poetisa.

Había trascrito sus amores mirando al mar, a veces desde el Templo de Saturno, otras desde el foro, pero siempre con un pergamino y un cálamo, dejando a la imaginación desbordarse desde sus cuencas negras hasta la vastedad del cielo.

Frecuentemente, se despertaba en mitad de la oscuridad, recorría las calles adormecidas de Gades y trepaba por el faro del muelle. Desde la cima podía contemplar el crepúsculo en su máximo apogeo y escribir la belleza de las emociones. Tal y como había intentado hacer aquella mañana.

Pero en esta ocasión, no la habían conducido a lo alto de la torre marina ni sus ilusiones literarias ni su afán por contemplar la hermosura del universo. En vez de ello, gemebunda y llorosa, se había encamarado a la cresta del faro con la única intención de plañir. Desconsolada, perla de concha cerrada, henchida de heridas en el caparazón, cubierta de sal y desabrigada en una playa inhóspita.

La princesa moría de amor.

Aquel joven apuesto y franco, de cabellos rubios y acento íbero, había sido mandado a luchar a las Galias, bajo las órdenes de un general conocido por su temeridad. Cuando la noche anterior se habían despedido con un beso de fuego y nada más, Sara supo que nunca más volvería a verlo.

Ahora, con el joven exiliado a mil kilómetros, su corazón le llamaba a voces y la poesía de su alma brotaba a raudales por los poros de la piel, quemando e irritando las emociones. ¿Valía la pena escribir palabras de dolor, versos atribulados, lírica atormentada? ¿Valía algo la pena cuando el amor se perdía? ¿Y la vida, que era la vida sin un amante, sin una mano suave, sin un abrazo férreo más que pena?

La vida no era nada; y la poesía menos aún.

La princesa de Gades, carcomida por el tormento, no podía ver más allá su romance; y por eso, mientras miraba la luz del amanecer rojo y dejaba que su cuerpo cayera al vacío, no cesó de pensar en él.

Iraultza Askerria